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domingo, 18 de febrero de 2024

 

El secreto mejor guardado pero peor cuidado de la cultura popular: la Murga Metropolitana y/o sus afines carnavaleros. Apuntes al respecto.


Por ARIEL PRAT 

Aproximación. Territorio intangible construido por la expresión barrial, el secreto mejor guardado pero peor cuidado de la cultura popular: la Murga Metropolitana y/o sus afines carnavaleros. Por un lado, las diversidades urbanas que van más allá del festejo del carnaval. Por el otro, performance murguera en la calle o escenario.

La comunidad toda entre tantas ignorancias bien aprendidas, el significado del género, desde el desfile de un centro murga pasando por una agrupación humorística, o la vieja comparsa negra que se blanquea en el tiempo. Sin estos berretines el festejo del carnaval ya no existiría. El folklore orgullo nacional que se transmite desde nuestras tribunas al mundo, sin la murga y sus creadores tampoco. La rítmica y la oralidad, lo coral multitudinario en sí, certifican el encanto con origen en la murga metropolitana. Pero el pavote medio porteño, que solo se siente argentino cuando juega la Selección, desprecia y ningunea el carnaval callejero con sus murgas, bien provisto de los tics que sobreviven en un sector importante de la clase media tilinga. Y luego votan.

Lo pavote. El desfile murguero es la recreación de aquellas comparsas candomberas porteñas. Las rondas de directores antes –Matanza ahora-, herederas de los encuentros de las naciones (Angolas, Mozambiques, Congos, Minas…) unidas en el baile, el movimiento de piernas y cuerpo en la Rumba, no son más que los elementos disueltos en la milonga bailada. Luego se incorporan otras danzas populares desde la tarantela hasta el hip hop moderno. ¿Por qué suben las manos trepidantes enguantadas murgueras como buscando arañar la luna? Un tal Fasulo lo pergeñó y Ova la pochola de Palermo inició el estilo «momia» tan usado en los desfiles. Más de un porteño mediopelo cruzó el charco a buscar el bar dónde paraba un Molina que no lo pisa más. Duele que con los carnavales se oculte o ignore el valor cultural que representa el género y personajes invalorables de nuestro modo de ser.

Personajes. Tuvimos en la murga un regisseur de alto nivel salido del Teatro Colón: Quique Molina, pionero para armar con actores y actrices una murga con todos los condimentos originales del circo criollo: Los Privilegiados del Plata. Fue hasta su partida al otro corso, el glosista presentador del Centro Murga Los Fantoches de Villa Urquiza. La rompía el maestro de la «crítica» con su voz de cancha y peronismo: El Tano o el Loco Mingo. Verdadero artista popular que por años agitó poesía atorranta desde el corazón de la tribuna millonaria. Cantamos con pena una retirada por ellos. En estos días por suerte celebramos el cumple del ínclito glosista y animador de las noches murgueras, rodeado de acólitos a los que triplica en edad con sus 87: don Juan Carlos Muralla.

Párrafo aparte para los bombistas esforzados y plenos de rítmica afro que se abrazaron al gran membranófono sobreviviente de nuestra cultura: el bombo, que con el tiempo ocultó a los tambores marginados, para que con los años y sus carnavales se convirtiera en símbolo de la negritud sincretizada y a mediados del siglo XX como «aluvión» incorregible. Curioso es que el bombista y su instrumento aún no formen parte de los festivales de percusión. Imposible obviar al gran Teté o a Lorenzo, a sus herederos: Ale Caraballo y tantos pibes y pibas, brillantes instrumentistas en cada barrio del AMBA. Sabiduría y esquina, don de gente y transmisión sin egoísmo, brilla aún como una lentejuela tatuada en el pecho, de El Abasto a Barracas, el gran Tato Serrano, múltiple y talentoso. Mi especial recuerdo sentimental.

La calle que espera. Salir a la tarde cuando cae en el ocaso, sillita replegable y nieve escondida para sorprender a familiares o vecinos, birrita o afines y meterse en algún corso cercano entre nieves perecederas y humo a bondiola o chori. Sugerencia: los de barrio puro(*), que no necesitan la venia del caretaje institucional burócrata y sus avatares, aunque hoy debamos salir más que nunca a defender el espacio ganado con la fuerza de la ley en cada corso «oficial» ante el embate de quienes creen que la murga nació en el Rojas, vino de Montevideo o que es una despreciable costumbre de salvajes que bailan como monos. Para este año, la jugada del gobierno de CABA es golpear duro al festejo popular, recortando presupuesto, quitando apoyos logísticos y librando a la meritocracia murguera para que se arreglen como puedan. Habrá que seguir peleando para ennegrecer la historia que se escribe desde los cuerpos danzantes y no desde las máscaras venecianas de los caretas. La calle no es un corte en carnavales ni piquete; es pura expresión cultural patrimonial y sobre todo arte popular transmitido por miles, desde el pibe/piba que baila con ilusión en febrero, hasta quien confecciona los simbólicos apliques, o sostiene la organización, directores o directoras. Sí, directoras aunque no descubran el carácter inclusivo en un género que ya no es un «grupo de muchachos que salen a divertirse» o un «mal conjunto musical». Desde la pionera Tana Lucía en El Abasto, hasta la voz maravillosa de Sole de Los Elegantes de Palermo, pasando por el trabajo en escena de Luciana Vainer de Quitapenas o las glosas feministas de Belu en Atrevidos x Costumbre. Las mujeres sacuden la modorra conservadora de los defensores de la sociedad machirula.

Patrimonio. Hay una estética diversa que defender y desarrollar, y al mismo tiempo promover. La iconografía metropolitana que reúne música, danza, poesía, escenografía, destreza e inclusión social y para eso no solo es menester atender el presupuesto; también lo comunicacional, cómo explicar y ofrecer el espectáculo a la comunidad para que se entienda a fondo de qué se trata y aprenda a valorar la cultura carnavalera. Es el mismo proceso educativo y comunicacional con el que nuestra sociedad se envuelve en su dilema: alejada de los bienes de la comunidad organizada pero tan cerca de lo líquido e impúdico que propone una mundialización de la pavada, el goce de la piel urbana y su extensión corporal social. A concederse entonces este espacio que alumbra las esquinas y es tan nuestro como necesario, indispensable en tiempos de esquirlas de motosierras eunucas clonadas en retroceso de lo que genera fraterna humanidad.

Besos de esquina y abrazos de cancha.

(*) Corsos off que resisten:  «Iluminados x Urquiza» (Bauness y Chorroarín, La Paternal), 12 y 17/febrero. «Corso de las ranas» (Grito de Asencio y Pepirí, Patricios) 16 y 23/febrero. «Corso Pituco» (Cuenca y Baigorria, V. del Parque) 10 y 11/febrero. «Museo vivo del carnaval» (actividad paralela y autogestionada) en La Boca (Teatro Brown/Club Nápoles). Charlas, muestras, show. El 23, a las 20, peregrinación por La Ribera y gran baile, gratuito y «tomando las calles que son nuestras».

martes, 19 de febrero de 2013


NOS HAN DADO LA FIESTA
Por Bárbara Corneli

El camino transitado por las murgas para recuperar el feriado y desempolvar el carnaval hace de estas agrupaciones espacios donde se reescriben los vínculos en los barrios y la cultura popular.

Un salto. Dos, tres. Una patada al aire y una convulsión. La levita se retuerce sobre el cuerpo y brilla en colores estridentes. Dicen que esos tres saltos incorporados como paso de baile rememoran los sobresaltos de los esclavos africanos por los latigazos con que los azotaban sus amos. “Ese es un chamuyo” dice Diego Robacio, integrante de la murga Gambeteando el empedrado de Barracas, escéptico respecto a algunos de los relatos de la tradición oral que acompañaron la continuidad de la murga como tradición. “pero es piola porque habla de que el murguero quiere reconocerse con ese negro de antes. En algún momento la murga fue cosa de negros, de ´cabecitas negras´, entonces había algo en común con aquellos negros marginados”.


Si bien nunca dejaron de haber corsos y murgas, la eliminación de los feriados y la prohibición de reuniones durante la dictadura dificultaron la posibilidad de vivir el carnaval. Según Robacio, incluso tras 10 años de democracia, “los murgueros no se juntaban”. Fue la marcha organizada por los Quitapenas y ATE el 4 de febrero de 1997 y una serie de encuentros en la legislatura de la ciudad de Buenos Aires, gestionados por el músico y murguero Ariel Prat que allanaron el camino para conseguir la consigna de “un feriado en el almanaque y un espacio en la ciudad”, que se materializó en la ordenanza que finalmente recuperó el feriado de carnaval e instituyó normas para el circuito oficial de murgas de la C.A.B.A.

Pero tener el feriado y hacer la fiesta eran cosas distintas. Para recuperar el carnaval había que andar un camino, con instancias que hoy parecen conquistadas. Diego Robacio destaca la iniciativa de Pantera (Daniel Reyes) Director del Centro Murga Los Reyes del Movimiento de Saavedra “de hacer encuentros fuera de época en las plazas de los barrios, para que se vuelvan a realizar los festejos, los corsos”. Por otro lado, Diego Santonovich, integrante de Cachengue y sudor dice que “es clave la existencia del Encuentro Nacional de Murgas que se realiza todos los años en Suardi, provincia de Santa Fe, donde agrupaciones de todo el país se reúnen para debatir el transcurrir de la vida carnavalera e intercambiar experiencias, amén de aunar criterios para seguir fomentando el crecimiento de las murgas tanto artísticamente como a nivel legal, pujando por que sean reconocidas como patrimonio intangible de la humanidad”.

En otro momento la disputa estaba planteada entre las murgas nacidas del barrio y aquellas amasadas en un taller (pese a que estos fueran orientados por murgueros tradicionales como el “Coco” Romero). Las murgas de taller incorporaron una participación más activa de la mujer en las voces o en los desfiles rompiendo la estructura de secciones; distintos instrumentos: un zurdo, un bandoneón o más redoblantes que la murga tradicional, donde estaba más marcado el bombo con platillo e incluso metieron trucos de circo, malabares o zancos. También las distanciaba una cuestión de clase más popular en el barrio que en el taller.

Hoy en día las divisiones, y no por eso los enfrentamientos, están dadas por quienes participan del circuito oficial, pudiendo recibir parte del presupuesto asignado y quienes no. Diego Robacio explica que las pautas del circuito “tienden a que no ingresen muy fácilmente murgas nuevas que tienen que anotarse un año antes para participar de una selección para entrar al carnaval del siguiente. Y tienen que estar consolidados como para resistir ese tiempo y no es fácil eso”.

Cachengue y sudor, por ejemplo, dejó de participar del circuito oficial en 2004 lo que generó, como cuenta Diego Santonovich “la obligación de generar recursos para sostener a la murga como colectivo y a salir a la calle cada verano”.

Sin embargo, ambos entrevistados concuerdan en las implicancias. “La murga es un espacio de contención sobre todo para los jóvenes y adolescentes, con casos extremos como las murgas conformadas en villas de Buenos Aires y del conurbano. Allí donde ningún gobierno le tiende una mano a los pibes, una murga le ofrece el latido de un bombo para salir de la mala” relata Santonovich. Según Robacio la murga también es testimonio de que hoy, en tiempos donde se intenta contener y reglamentar la sociabilidad, hay grupos de gente que pueblan el espacio público, que se juntan a hacer algo sin un fin económico y más allá de sus diferencias ideológicas. Con cierta melancolía, bajo la remembranza de las parejas que se formaron en los bailes de los corsos de antaño, los murgueros sueñan con fortalecer esos lazos en el hacer juntos, viviendo en ese calendario aparte que tiene su eje en febrero, cuando asoma el carnaval.

Fuente: http://revistamascaro.org/

DE FERIADOS, MURGAS Y CARNAVAL
Cuando se piensa en las características de febrero, indefectiblemente se arriba al carnaval. Saliendo del lugar común, Mascaró se aleja del glamour y los cuerpos vistosos de Río de Janeiro o Gualeguaychú y posa su mirada en Rosario, donde los tablados, los corsos y la alegría forman parte de una construcción colectiva a puro pulmón.


Por María Petraccaro.

La última dictadura militar, además de su tendal de muertes, robos y desapariciones, también había prohibido el carnaval. En 28 años, la democracia no se animó a restituir los feriados de este festejo popular. El pueblo, reunido en murgas de diversos tipos, durante 14 años se manifestó por el regreso de la fiesta. Finalmente, 35 años después de aquel decreto nefasto, volvieron los días de celebración.


Pero desde mucho antes, por abajo, muchos colectivos se iban uniendo, armando un grupo, juntándose a tocar, una comparsa, una murga, una cuerda de candombe. Febrero, a pesar de que faltara la marca roja en el almanaque, era sin dudas el mes del carnaval. Y en cada barrio florecía la fiesta, se montaba un escenario improvisado, se cortaba la calle, las vecinas se animaron a sacar las reposeras a la vereda y se volvió a respirar la libertad y la alegría.

Este movimiento carnavalero, con los matices típicos de cada zona, lleva adelante una tarea titánica, autogestiva y hasta social. Porque en muchos casos, la murga y la organización del festejo de carnaval son una herramienta para ocupar a los pibes y pibas de los barrios, para darles un motivo, para organizarlos.

Con el retorno de los días festivos, muchos oficialismos intentaron acaparar esas fiestas, institucionarlas o crear nuevas para fomentar el turismo. Allí donde la movida ya era grande, como en Entre Ríos y el litoral en general, terminaron de encorsetarlo en los estándares de consumo, convirtiendo al carnaval en una mercadería más para venderle al turista.

Sin embargo, en muchas otras ciudades, se mantuvo intacta una línea de trabajo que apuesta a otra cosa. Buena parte de las murgas de estilo porteño, tanto de la ciudad de Buenos Aires como de otras, sostienen la autogestión económica y la independencia política.

Lo mismo sucede en Rosario, a pesar de la significativa impronta que tuvo el municipio para institucionalizar a la mayor parte de la movida carnavalera. En esta ciudad, llamativamente, son muchos los festejos que se vienen haciendo desde hace muchos años en varios barrios populares.

Quizás uno de los más conocidos, por su importante contenido social y de lucha, sea el carnaval de Barrio Ludueña, donde cada 27 de febrero se festeja, durante tres días, el carnaval-cumpleaños de Claudio “Pocho” Lepratti, el militante social asesinado durante la represión del 19 de diciembre de 2001. A los pocos meses del crimen, se realizó el primer festejo y no ha dejado de hacerse hasta ahora, desarrollando incluso su propia murga: Los Trapos.

Son numerosas las murgas de estilo porteño en Rosario, que realizan todos los años corsos de carnaval en sus barrios de origen, convocando a vecinas y vecinos a retomar las calles para el festejo popular. Algunas de ellas ya llevan más de diez años de formación, como Inundados de Arroyito y Caídos del Puente. Otras más nuevas también han tenido un importante desarrollo, como el caso de Okupando Levitas, Porkerrías y Somos los que Somos.

Incluso, en esta prolífica urbe, ya se han desarrollado al menos dos colectivos de candombe que también apuestan a la autogestión y la promoción y participación de carnavales, fiestas populares y movilizaciones masivas.

Sin embargo, desde hace unos cinco o seis años (aquí las fuentes comienzan a hacerse más difusas) en esta ciudad santafesina comenzó a surgir un movimiento que fue haciéndose fuerte año tras año y hoy copa la movida carnavalera rosarina. Se trata de la murga de estilo uruguayo, que ya suma más de diez agrupaciones, surgidas de talleres, espacios culturales o de una reunión de amigos.

Juan Barreto nació del otro lado del charco, pero hace años que vive en Rosario. Es músico y murguista. De hecho, muchos lo señalan como uno de los pioneros del auge de la murga uruguaya de este lado. “Ha sido un largo camino de intentos y fracasos a lo largo de por lo menos tres décadas”, relata Juan al intentar buscar los orígenes de este fenómeno.

“La simetría cultural que tienen Argentina y Uruguay hacen que ambos países sean buenos caldos de cultivo para las manifestaciones artísticas de uno y otro país. Pero por sobre todas las cosas, Rosario tiene murgas uruguayas por la incansable tarea de los compañeros que sostienen los espacios de murga, los que proponen talleres y motivan la creación de nuevos espacios, aquellos que pudieron encuadrar la murga políticamente para acercarla al público que la hace grande. La murga es siempre gracias a los murguistas que la sostienen”, asegura.

Quien retoma este argumento de la hermandad entre las dos costas es Natacha Scherbovsky, murguista, antropóloga, e integrante del equipo que está realizando el documental “Días de murga, instantes de carnaval”, ganador del concurso de Espacio Santafesino del Ministerio de Educación y Cultura provincial. “Hacer murga estilo uruguayo en Rosario tiene que ver con un enamoramiento con la murga como género, con el carnaval, con una forma de expresión popular colectiva, relacionado con poder decir, criticar, reflexionar lo que nos pasa cotidianamente a través del canto, del humor, la ironía, la sátira, el cuerpo en movimiento”, sostiene.

Natacha remite a la historia de la movida: “la murga estilo uruguayo en Rosario tiene dos momentos importantes respecto a su origen. Uno a fines de los ’90 y principios del 2000 con la aparición de las murgas ‘La Improvisada’ (1999) y ‘Mugasurga’ (2002). Y luego en el año 2007-2008 con la formación de las murgas ‘Mal Ejemplo’ y ‘La Cotorra’, ‘Aguantando la Pelusa’ y ‘Los Vecinos Re Contentos’. Luego con los años han ido apareciendo nuevas murgas y actualmente somos alrededor de doce”.

Diferencias

A pesar de que las formaciones rosarinas comparten el estilo uruguayo en la forma de cantar, los vestuarios, el maquillaje y la música, hay algunas cuestiones con las que, quienes saben, marcan las diferencias. Fundamentalmente a la hora de la organización interna y de los objetivos del trabajo.

“En la mayoría de las murgas, las decisiones se toman entre todos, por medio de charlas, discusiones, ‘asambleas’, plenarios. Es una particularidad de la forma que fuimos generando acá en Rosario”, explica Natacha. Es que en Uruguay, las murgas más antiguas y tradicionales tienen un dueño de murga, que es quien toma las decisiones y contrata a los murguistas.

Por su parte, Juan iguala lo que sucede en esta ciudad con el interior de Uruguay, distanciándose del carnaval de Montevideo. “El del interior es el más parecido a Rosario por la construcción colectiva que tiene. La retribución máxima para los carnavaleros es que la gente la pase bien, que se pueda dejar un mensaje, que se aplauda la entrega. La producción carnavalera no es excluyente, un mensaje le puede pasar el trapo a una buena producción, y es una sinceridad que está en la esencia del carnaval y que se tiene que conservar como lo más preciado”, afirma. Su mayor preocupación es que no suceda en estos espacios lo que viene pasando en varios lugares: “hay que cuidarse de hacer de las murgas un producto y del carnaval un mercado”.

En la segunda ciudad del país, hace rato que las murgas de estilo uruguayo tomaron nota de esa sentencia y se organizaron en consecuencia. Las reuniones entre ellas son habituales, además de que muchos murguistas son compartidos por varias formaciones. Las agrupaciones más viejitas también van tratando de incluir a las nuevas, de apoyar su crecimiento y formación y así generar lazos y trabajos en conjunto.

En 2012, esa coordinación se amplió con un hecho más que interesante: la conformación de AgrupaCarRos (Agrupaciones Carnavaleras Rosarinas), integrada por murgas porteñas, de estilo uruguayo y una cuerda de candombe. “Entre todas llevamos adelante lo que fue el ‘carnavalazo’ donde marchamos por la ciudad todas juntas, cantando, tocando tambores, bombos, platillos, y al final de la marcha terminamos en el Parque España con la actuación de algunas murgas y bandas de música amigas. Realmente fue una gran fiesta carnavalera”, relata Natacha.

Es esa obra mancomunada la que hace la diferencia a la hora de evaluar el carnaval rosarino. La que Juan destaca en sus palabras: “lo que más rescato es la construcción colectiva de los tablados, de los grupos carnavaleros, sostenida por aquella sinceridad entre los murguistas y el público. Esto se da porque por ahora el carnaval en Rosario está cargado de otros conceptos que no son los del mercado, sino los de la lucha, la resistencia y la memoria, lo que lo hace sincero y transparente”.

“Mientras podamos sostener esto así, las perspectivas hacia el carnaval van a ser amplias y duraderas”, asegura Juan, mirando hacia delante. “Para esto debemos sostener políticamente a las murgas como espacios en los cuales, con la seriedad del trabajo, se traducen las necesidades populares, sin engañarnos en que el ornamento es más importante que la desnudez, que la palabra linda es mejor que la palabra sincera”, finaliza.

Por su parte, Natacha asegura también que el carnaval seguirá creciendo, tanto por la vía independiente como desde el Estado, que lo promueve pero “que muchas veces lo significa como atractivo turístico y comercial”.

Por eso, para el cierre, la joven se permite parafrasear a un grande, casualmente nacido también en esta ciudad ribereña: “tenemos que seguir dando la disputa tanto en Rosario como en el resto del país, seguir construyendo carnavales con un sentido popular, donde sean verdaderas fiestas, que puedan vivirse en las calles, en las plazas de barrios, que dure días y días. Entonces la consigna sería: ¡crear uno, dos, tres, miles de carnavales!”.   FUENTE: http://revistamascaro.org/     

jueves, 26 de mayo de 2011

Las murgas y la reinstalación del carnaval como fiesta social


Por Pedro Fernández Moujan

Conformadas como grupos juveniles de los barrios porteños, las murgas se constituyen en la escena local con su estructura actual entre las décadas del 30, el 40 y el 50, en una serie de barrios que incluyen a Palermo, Boedo, Villa Urquiza, Saavedra, Liniers, Almagro y el Abasto, entre otros. Desde ese momento en el que la levita, la galera, el traje de raso y las lentejuelas comienzan a brillar como el vestuario que asumen las fiestas del dios Momo en la Ciudad de Buenas Aires, asistimos a la aparición de un género artístico, callejero y popular de características propias, únicas e irrepetibles.

Arma festiva y liberadora de los barrios de casas bajas, los conventillos y algunas villas, se comienza a forjar desde entonces una rica genealogía cruzada por calles, plazas, cantores de crítica, bombistas, bailarines, clubes de barrio, melodías y figuras del acervo popular que encuentran su máximo esplendor cuando la murga sale a recorrer los tablados de la ciudad en las noches de carnaval. En este acto de presencia que imponen sobre el conjunto de la comunidad, las murgas se convierten también en un exquisito mecanismo de decodificación de la realidad tanto a través de sus canciones como del modo de organización que asumen, ligado generalmente a los liderazgos barriales y a las formas autogestivas y corajudas de acreditar presencia por parte de los sectores bajos o desclasados.


Marginales a la industria cultural y a la apreciación académica y bien pensante, las murgas no renuncian (desinteresadas de este desprecio) a llevar adelante su proyecto artístico, festivo y social, pagando en su propio cuerpo las debilidades que portan desde su origen. El pop las señala, el ajuste las hiere, la dictadura las clausura, la violencia de los 80 las enferma. En los 90, en medio de la más dolorosa y radicalizada desarticulación social-familiar-escolar que trae consigo el proyecto neoliberal para los de abajo, con su saga de destrucción del patrimonio colectivo, desindustrialización, pauperización y desempleo, y con el aliento de algunos movimientos culturales surgidos en la apertura democrática (Centros Culturales Barriales, Centro Cultural Rojas), las murgas reasumen su proyecto cultural y ocupan otra vez la calle, transformándose en uno de los fenómenos de mayor adhesión social.


En este camino, las murgas no renuncian ni a la historia ni a la pertenencia ni al porvernir. Realizan su construcción día a día, cargando no sólo con la ardua tarea de reinventarse a sí mismas sino también de reinstalar el carnaval como fiesta social y como espectáculo, asumiendo (porque no hay otros con el coraje suficiente para llevarlo adelante), la tarea de organizar, sostener y difundir el festejo, enfrentando el intento mediático y político-estatal de suprimir y volver a sepultar los carnavales. En el medio hay discusiones, disputas, diferencias, distancias y no siempre la línea de pensamiento más lúcida tiene la consistencia y solidez necesarias como para imponerse pero la decisión de avanzar hacia el carnaval, hacia el festejo, hacia la inclusión y hacia la popularidad es la que marca siempre la dirección del conjunto, aglutina y encolumna las fuerzas y las luchas.


Es en medio de todo esto y por todo esto, en el marco de una coyuntura político-estatal nacional favorable, que vuelven los feriados de carnaval, que se conquistan, se reapropian y se colectivizan y son ellos los que nos obligan a seguir pensando y a trazar nuevas estrategias ante el nuevo escenario.


sábado, 12 de marzo de 2011

“La máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas”

Liberar el cuerpo y la alegría. Dar lugar a la crítica social. Reconocer que no se puede ser espectador sino todo un partícipe. Estas reglas gobiernan el carnaval, una fiesta con orígenes remotos que no pierde vigencia.

Por Daniel Ulanovsky Sack para Clarín


Ella se planteó un desafío: encontrar lo racional en aquello que parece irracional. Porque el carnaval es la máxima expresión del despilfarro, del hacer para desaparecer, de algo efímero que dura cuatro días y se diluye hasta el año siguiente. Sin embargo, al explorar la vida de la gente en el festejo, se comprueba que hay mucho más que experiencia inmediata o “pequeña barbarie”. En 1986, cuando el país aún sentía en la piel la dictadura feroz, la economía debilitada, la guerra perdida, estudiar la murga podía parecer algo frívolo. Pero la antropóloga Alicia Martín había decidido que para entender una sociedad más allá de las lógicas de costo-beneficio y de productividad había que ingresar en la expresión y en las estéticas populares. Veinticinco años después, reconocida ya como la principal teórica del carnaval en la Argentina, doctorada en la UBA con una tesis sobre la celebración en la ciudad de Buenos Aires, asegura que vivimos un momento espléndido: las murgas se consolidan tanto en los barrios como en los talleres que forman nuevos artistas y grupos y se abren, con sus letras, al mundo contemporáneo, desde los cacerolazos a los amores virtuales por Internet.



Es curioso el carnaval: una celebración religiosa que festeja el exceso bacanal, casi pagano. ¿Cómo se entiende? Parece un contrasentido hablar de carnaval religioso, pero el hecho de que esté integrado en el calendario litúrgico de la Iglesia romana es un avatar histórico, tiene que ver con su tradición, que se puede medir en siglos. Si bien toma su nombre actual en la Edad Media, sus orígenes se remontan a las fiestas dionisíacas de los griegos y a las celebraciones en honor a Saturno, dios del Tiempo de los romanos, en las que imperaba el todo vale. Se liberaban las rutinas y había una inversión marcada de los papeles sociales: los amos pasaban a ser esclavos y los esclavos eran reyes por unos días. Un verdadero mundo del revés.



¿La religión católica, más que aceptarla como el momento de alegría antes de la penitencia de la Cuaresma, la incorpora a la liturgia para no dejar una fiesta popular fuera del marco institucional? Creo que sí. Por eso varios autores han señalado ese contraste entre una festividad que es una especie de derroche o de exceso de todos los sentidos y una religión altamente ascética donde lo corporal está muy vinculado con lo prohibido o, en otra época, con lo demoníaco. Justamente, el juego de “atreverse a” es central en el Carnaval. Hoy se cree que uno se tapa para ocultarse pero no es así: la máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas. Uno puede pensarse como ese otro, criticarlo, satirizarlo.



Pienso en mi infancia en Rosario –fines de los 60 y los 70– y recuerdo el Carnaval con tristeza. La idea era dañar al otro: echarle espuma en los ojos, arrojarle fuerte un globo de agua para que doliera, “ahogarlo” en serpentinas, golpearlo con unos martillos de plástico que no resultaban inocuos. Era la alegría convertida en agresión.



Siempre fue así y creo que se vincula con que en el carnaval no hay espectadores. Si estás, jugás, y si no te gusta, te vas. Por eso existe ese imperativo para que el otro se incorpore a las reglas. En todos los carnavales se tiran cosas de las más insólitas. Y antes era peor. Las crónicas del siglo XIX hablan de carreras de caballo: los jinetes se armaban de proyectiles hechos con grandes hojas de diario y rellenos de agua o a veces de sustancia fétidas, que tiraban a los transeúntes. Es curioso, los diarios de la época daban información sobre los excesos, pero en secciones diferentes a las del festejo. En la portada, por ejemplo, se podía leer “Gran despliegue, la mejor sociedad se dio cita en el corso de Flores” y en Policiales se publicaba que había sido arrestado un inmigrante italiano recién llegado por arruinar el disfraz de una señora de alcurnia.



Para la celebración del año pasado, el gobierno de Brasil repartió en forma gratuita 55 millones de preservativos. ¿El carnaval implica una sexualidad desbordada? Sí, absolutamente. Es hacer lo que no está permitido durante el año. En algunas ciudades de Europa –en especial en Alemania y en el norte de Francia– los matrimonios se pierden, no van a dormir a la casa, nadie sabe dónde está el otro y existe un pacto de no preguntar ni de contar lo que sucede en esos días. Acá, en la Argentina, en las pequeñas ciudades de provincia, durante mucho tiempo estuvo vigente el dicho de “hijo del carnaval” para referirse a los embarazos no buscados. Piense que hasta la década del 60, las jóvenes tenían un espectro de candidatos posibles para “matrimoniarse” muy restringido y el carnaval abría una ventana para conocer gente, lo que generaba lógica expectativa.



¿Pero en los corsos de antes no había poco espacio para que la mujer participara activamente? Ese es un concepto que se debe revisar. Yo he visto fotos de un grupo que se llamaba “Los días y las noches” y esas noches estaban representadas por lunas actuadas por mujeres. Ellas también eran fuertes en los bailes de disfraces y en los juegos de agua. Es que antes, durante los cuatro días de carnaval, había horarios. Después del almuerzo, a la hora de la siesta y hasta las seis o siete de la tarde, era el momento de los juegos con agua, y ahí todo valía. Se tiraban manguerazos, baldazos, bombitas. Las mujeres participaban y eso permitía romper un poco la jerarquía patriarcal de una sociedad estratificada.



Entre tanta agua arrojada, ¿quedaba espacio para la coquetería? A la noche, en el horario del corso. Todo el mundo se cambiaba y empezaba la gran vidriera: los comerciantes de los barrios organizaban actividades, armaban palcos y se instituían premios al disfraz más llamativo o a la mejor agrupación. Después venían los bailes; hasta la década del 70 había en Buenos Aires clubes con tres pistas: una donde sólo se tocaba tango, otra de jazz y una última de música tropical.



Parece usual suponer que en el carnaval porteño “todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Verdad o mentira? Mentira. Estamos en un momento espléndido porque hay una fuerte decisión de la sociedad civil de recuperar espacios públicos para la expresión, y en ese movimiento ocupa su rol la tradición carnavalesca. Algunos consideran a las murgas como una vanguardia del teatro porteño ya que en sus letras se van reflejando los temas y las estéticas que le importan a la gente. La murga también se ha ido adaptando a lógicas contemporáneas. Hasta hace algunas décadas, tenían una raíz barrial, pero ahora se trabaja mucho por grupos de afinidad ya que los participantes se conocen en talleres y a partir de allí empiezan a formar nuevas agrupaciones.



¿La murga es un fenómeno clasista, de sectores populares, o integra a todos los niveles? Depende de la región. En ciudades como Gualeguaychú, los profesionales participan de las murgas en forma habitual. En Buenos Aires, en cambio, el movimiento quedó en manos de sus militantes más fieles, que son los sectores populares. ¿Por qué? Porque es su forma más sencilla, si no la única, de expresarse, de exhibirse, de apelar a la diversión. Un profesional de clase media o alta tiene múltiples formas de hacerlo: integra un grupo de rock, de jazz, un coro, se muestra en un campeonato de golf o de tenis. El que no puede acceder a esas grandes instituciones logra, como dice el músico Coco Romero, una vía de acceso a las bellas artes a través de la murga. Además, es un ambiente muy abierto: para decirlo en lógica murguera, si no sabés bailar, fijate si te va bien con algún instrumento de percusión, y si no te va bien con el instrumento, te disfrazás de payaso, te hacés otro disfraz … hay lugar para todos.



¿De qué manera las letras de las murgas reflejan las preocupaciones sociales? A veces lo hacen a través de canciones originales; otras, modificando las letras de temas populares, ya instalados. En diciembre del año pasado publicamos un libro –que compilé junto a Hernán Morel y a Analía Canale– sobre un Concurso de Poesía Carnavalesca. Ahí encontramos, por ejemplo letras como el “Entremés de la cacerola”, de Ana Claudia Escobar: Cómo anda doña Lola/ Qué la trae por acá/ La veo con cacerola/ ¿Qué está por cocinar? Y la respuesta: ¡Qué cocinar ni que guiso!/ Yo vengo pa’ protestar/ El Juan ya van cinco años/ No consigue laburar! Es llamativo cómo se le pone humor a lo oscuro.



Hay un ingenio popular que parece imbatible. Y también se abordan las tendencias de época como el auge de las tecnologías. Recuerdo la canción, “Winner”, de Luis Tomasetig Rossini, que empieza: Quiero ser un “winner”/ cómo soy no va/ El ganar es imposible/ me tengo que aggiornar/ El amor no es fashion/ ahora hay que ser light … light.



Y cierra, luego de su desarrollo: Soy muy adaptado/ ya puse mi mail/ y mi amor, virtual deseado/ lo busco por Internet / Qué civilizado/ mi amor está en la Net … Net ¿Hay mucha parodia en las letras? Sí, eso cumple un doble efecto. El ensayista ruso Mijail Bajtín decía que la parodia tiene un carácter ambivalente: degrada pero a la vez resucita aquello mismo que degrada, le vuelve a dar actualidad, vida. Es como una espiral en la que uno se ríe de lo que está llegando aunque sin desconocer su inevitabilidad y reconocer que ya está integrado a lo cotidiano. Las murgas le aportan picardía y pasión al debate y se asumen como un testigo crítico de las “locuras” de cada época.
Carnavales, cultura y política


Por Washington Uranga

Sería una simplificación mirar la restitución de las fiestas de Carnaval decidida este año por el Gobierno simplemente como parte de la política de incentivos al turismo o como una estrategia económica. También sería una ingenuidad creer que la decisión adoptada por la dictadura militar aboliendo el Carnaval fue apenas una demostración de supuesta austeridad por parte de los dictadores.

Ni tanto, ni tan poco. Nadie podría negar que en la decisión hay factores económicos y de estrategia política. También un sentido de justicia (ahora) y de injusticia (antes) respecto de los trabajadores y el reconocimiento o no de jornadas no laborables que pueden ser dedicadas al esparcimiento, a la distensión, a la vida familiar y cultural.

Pero habría que situar también la decisión actual en el camino de otras que se vienen adoptando para recuperar lo público como un espacio contenedor, la fiesta y la celebración como instancias que sirven para aglutinar a una comunidad, a un pueblo y consolidar su identidad. Ese fue también el sentido de las celebraciones del Bicentenario –el año anterior– que tan espontánea y genuinamente movilizaron a parte de la ciudadanía, en ese caso sin distingos de banderías o inclinaciones políticas. Aquélla fue la manifestación de un pueblo que recuperó para sí el espacio público sintiéndose protagonista del acontecimiento.

Para comprender el fenómeno habría que remontarse a la historia misma de la humanidad, para entender que la fiesta no es apenas un acto de representación. No es una manera de mostrar para otros. Es, ante todo y fundamentalmente, un acto de presencia a través del cual una comunidad, una colectividad, un pueblo se realiza. Particularmente el Carnaval no es un espacio donde las personas van a observar como espectadores. Es un ámbito donde el conjunto de las personas se integran y donde la vivencia en comunidad se hace concreta. En la fiesta la comunidad, y cada uno de sus integrantes, se hace visible. En el sentido más genuino la comunidad genera la ocasión para quitarse la máscara y sus miembros se revelan los unos a los otros. Para participar es necesario ser. El acto de representación, si es que existe como tal, viene a continuación.

Desde el punto de vista colectivo puede decirse que a través de la intervención en la fiesta los integrantes de una sociedad, los participantes que son a su vez ciudadanos, descubren y construyen juntos una razón de ser: la de vivir juntos en comunidad. Así se van constituyendo de manera asociada y compartida como un organismo vivo, dinámico, como una colectividad. Esta es la manera de construir la identidad cultural.

Privar a una sociedad, a la ciudadanía, del espacio de la fiesta es quitarle la posibilidad de construir también esa identidad nacional, romper o intentar romper los lazos que forjan una identidad cultural. Tomar una medida como la que ahora se pone en práctica es, entre otros motivos, aportar al sentido colectivo, una apuesta a seguir construyendo genuinamente una identidad cultural como pueblo. Podrá decirse que no alcanza con una medida aislada. Es verdad. Pero también es cierto que esta decisión de ahora se encuadra dentro de una serie de determinaciones que bien pueden entenderse como una orientación política en la misma línea. Recuperar el espacio público para la ciudadanía, como lugar de reconocimiento, de intercambio, de diálogo y también de celebración, es parte de una política pública en materia político-cultural.

Podrá decirse también que hoy el Carnaval no tiene las características de antaño. Porque la participación popular se ha restringido, porque las características de las celebraciones son otras. Es verdad. El sentido de la fiesta como lugar de encuentro y representación es otro, pero mantiene su condición fundamental: encontrarme con otros en un espacio común donde todos y todas nos hacemos visibles, nos reconocemos. No importa si es en el barrio o en un megafestival. La forma casi es un detalle menor.

Todo ello sin perder de vista que el acceso al espacio público hoy está atravesado por asimetrías. Y que mientras unos festejan en las calles y en las plazas, otros aprovechan la misma ocasión para hacer ostentación de consumo en selectos lugares turísticos. Las diferencias económicas y también socioculturales atraviesan y marcan nuestra sociedad. No se trata de olvidarlas. Pero esta realidad no invalida el sentido de lo que se afirma más arriba.

Uno de los mayores ataques que ha sufrido la cultura de nuestros pueblos latinoamericanos es la creciente individualización. El individuo se fue despojando (¿liberando?) de vínculos y hábitos culturales (¿tradicionales?) que por un lado lo encerraban y, por otro, lo protegían. Con ello se ganó en autodeterminación y en libertad, se abrieron otros horizontes, particularmente para los jóvenes. Pero ese ejercicio de la libertad depende de las capacidades y de las posibilidades. Unas y otras requieren de marcos de contención cultural para que aquella libertad pueda crecer y desarrollarse.

Si se disuelve lo público lo único que subsiste (y se potencia y sobrevalora) son las capacidades individuales. Sin lo público no sólo se pierde la posibilidad de reconocer a los otros y a las otras, sino que el sujeto mismo carece de referencias, de marcos para comprenderse a sí mismo, para desarrollar una identidad que siempre es en relación. Se diluye lo colectivo y desaparece la solidaridad.

En todo este recorrido, no es una cuestión menor recuperar el espacio y el sentido de la fiesta en el marco de lo público. Porque tiene valor político y cultural.

lunes, 15 de noviembre de 2010

RESTITUCION DEL FERIADO DE CARNAVAL

Nuevos feriados, arrancando el lunes 22 de noviembre

Se conmemorará el Día de la Soberanía Nacional. Vuelven los feriados de carnaval y se agregan dos feriados turísticos por los próximos tres años. En 2011 habrá 17 feriados nacionales.
DyN

Buenos Aires, 3 de noviembre.- El Gobierno puso hoy en marcha a través de dos decretos el nuevo esquema de feriados nacionales, que reincorpora el lunes y martes de carnaval, crea el 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional y suma al calendario dos días por año para fomentar el turismo.
De acuerdo a las decisiones 1584 y 1585 publicadas hoy en el Boletín Oficial, en 2011 habrá 17  feriados: 1° de enero, lunes y martes de carnaval, 24 de marzo, 25 de marzo (turístico), Viernes Santo, 2 de abril, 1º de mayo, 25 de mayo, 20 de junio, 9 de julio, 17 de agosto, 12 de octubre, 20 de noviembre, 8 de diciembre, 9 de diciembre (turístico) y 25 de diciembre.
El proyecto había sido enviado al Congreso el 14 de septiembre, pero el Ejecutivo argumentó que `todo evidencia` que la sanción de la norma `no podrá concretarse con la premura del caso, obstaculizando una de las finalidades del envío`, que `era dar previsibilidad con un tiempo de antelación suficiente como para posibilitar a los ciudadanos la planificación de sus actividades`.
Es que, según explica en otro párrafo, desde la fecha del ingreso de la iniciativa, la Cámara de Diputados `casi no ha sesionado`.
Según lo establecido, el feriado del 17 de agosto será cumplido el tercer lunes de ese mes, el del 12 de octubre el segundo lunes de ese mes y el del 20 de noviembre el cuarto lunes de ese mes.
En cuanto a los feriados turísticos, cuando los feriados nacionales coincidan con los días martes o jueves, se fijarán dos feriados por año que deberán coincidir con los días lunes o viernes inmediato, usualmente denominados feriados puente.
En tanto, si los feriados no coinciden con los días martes o jueves, se fijarán dos feriados destinados a desarrollar la actividad turística, y en este caso el Poder Ejecutivo deberá establecer los feriados turísticos por períodos trianuales.
En este caso, el Gobierno ya anticipó las fechas de los próximos tres años: en 2011 será el 25 de marzo y 9 de diciembre, en 2012 30 de abril y 24 de diciembre y en 2013 1 de abril y 21 de junio.
El feriado de carnaval, que había sido eliminado durante la última dictadura militar, volverá al calendario a partir de este proyecto y se cumplirá durante dos jornadas (lunes y martes).
Para el Gobierno, ésta `una de las manifestaciones más genuinas de las diferentes culturas que habitan nuestro vasto territorio`.
Otra novedad que se suma es la instauración como nuevo feriado patrio el 20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional, en homenaje a la batalla de Vuelta de Obligado, `uno de los hitos históricos más importantes de nuestra Nación`, se destaca. Además, se suma a la lista de feriados inamovibles el 20 de junio, Día de la Bandera, en honor a Manuel Belgrano. En tanto, el 12 de octubre dejará de denominarse Día de la Raza y pasará a llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural.
Por otra parte, se estableció como días no laborables el Jueves Santo, para la comunidad judía el Año Nuevo (dos días), el Día del Perdón (un día) y la Pascua (los dos primeros días y los dos últimos); y para la comunidad islámica el Año Nuevo Musulmán, el día posterior a la culminación del ayuno y el día de la Fiesta del Sacrificio.

lunes, 11 de octubre de 2010

11 de octubre de 2010
Diputados comienza a discutir el proyecto del Ejecutivo para el reordenamiento de los feriadosDFuente: Télam

La comisión de Legislación General de la Cámara de Diputados buscará esta semana avanzar en el dictamen del proyecto enviado por el Poder Ejecutivo, que reordena los feriados anuales y eleva de 12 a 15 esas celebraciones nacionales.

La iniciativa incorpora tres nuevos feriados: los lunes y martes de Carnaval (anulados por la última dictadura militar) y el 20 de noviembre (Día de la Soberanía Nacional).

Además, establece "días puente" para lunes o viernes cuando los feriados inamovibles caigan martes o jueves, con lo cual se extenderán esos fines de semana a cuatro días.

En tanto, el 20 de noviembre se recordará la batalla de Vuelta de Obligado, en la que milicias criollas enfrentaron a fuerzas anglo-francesas.

El texto propone además que el 12 de octubre se celebre el "Día del Respeto a la Diversidad Cultural " y no el Día de la Raza, como ocurre actualmente.

En la iniciativa se suma también el 20 de junio (Día de la Bandera) a los feriados inamovibles, a pedido de la provincia de Santa Fe y de la intendencia de Rosario, por lo que serán diez las fechas anuales no trasladables.

El proyecto del PEN ingresó el 14 de septiembre a la Cámara de Diputados y tiene como comisión cabecera a la de Legislación General, que preside Vilma Ibarra (Nuevo Encuentro), pero debe ser discutido también en la de Turismo.

"Será rápidamente tratado en la comisión de Legislación General para lograr una rápida sanción", aseguró Ibarra, para quien, entre otras cuestiones, "recuperar los carnavales es una iniciativa valiosa" por su aporte a la "cultura popular y al turismo".

Ibarra, autora de otra propuesta con objetivos similares a los del proyecto del PEN, consideró que "da contenido a la conmemoración festejar las fechas patrias en su día" y juzgó que los feriados "puente" estimulan la actividad turística, el desarrollo regional y el consumo interno.

La norma presentada a principios de septiembre por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner establece además que serán no laborables e inamovibles varias festividades religiosas de las colectividades judías e islámicas.

En todos los casos, una vez que se apruebe la ley, el Poder Ejecutivo deberá reglamentar y planificar antes del 30 de octubre el cronograma de feriados para el próximo año.

Ya en el 2006, el gobierno del ex presidente Néstor Kirchner introdujo cambios al calendario al instaurar por ley el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia (24 de marzo, día en que ocurrió el último golpe militar) y declarar no trasladable el feriado del 2 de abril (Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas).





martes, 14 de septiembre de 2010

Que no se vaya nunca más la retirada
Por Adrián Pérez para Página 12

La actividad de las murgas viene creciendo desde 1985. Por ese entonces casi no existían y hoy ya son más de cien. Hay proyectos oficiales para recuperar los feriados de Carnaval, eliminados por la dictadura y hoy vigentes sólo en la ciudad


“Sos la murga que nace en la entraña del malón, de la raza que destila este sudor”, dice el tema “Negra Murguera”, de Bersuit Vergarabat, como tributo musical a un fenómeno cultural que se apropia de las calles de Buenos Aires durante febrero, amalgamando estandartes, disfraces y desfiles en una variedad de personajes paridos por las agrupaciones barriales. Con un origen en las fiestas paganas de la antigüedad que se brindaban en honor al dios del vino –Dioniso en la mitología griega–, el Carnaval se remonta cinco mil años atrás a Sumeria y Egipto; celebración que rescata antiguos elementos de las fiestas de invierno romanas o Saturnalias, donde amos y esclavos eran libres de intercambiar vestimentas y roles. Y aunque llegó al Río de la Plata con el hombre blanco, entre el abanico de celebraciones que el calendario gregoriano determina, el Carnaval está entre los momentos del año donde el ingenio y lo popular se estrechan en un abrazo fraterno e interminable. Página/12 dialogó con dos antropólogas de la Universidad de Buenos Aires especialistas en el Carnaval porteño para adentrarse en sus orígenes, significados y rituales. Analía Canale es licenciada en Ciencias Antropológicas de la UBA y becaria del Conicet en el Instituto de Ciencias Antropológicas de la misma universidad, donde estudió la poética, las canciones y presentaciones ante el público de las murgas a partir de mediados de los ’80. Su trabajo se centró en los cambios producidos en un proceso que la investigadora determina como de “resurgimiento”, cuando la actividad murguera comienza a practicarse durante todo el año. “Aunque para 1985 quedaban muy pocas murgas y en algunos barrios comenzaban a formarse dos o tres nuevas, a mediados de los ’90 fueron treinta y cinco, y cerca de 2000 crecieron hasta ser cien. Con el retorno de la democracia se produjo toda una movida en cuanto a la recuperación del espacio público, no sólo desde los movimientos populares, sino también desde el Estado.”

Ese panorama comenzó a profundizarse, a fines de 1980, con la apertura de talleres. “Fue entonces cuando se produjo un nuevo espacio donde se aprende a ser murguero en muy poco tiempo y la murga muda su centro de los barrios y del aprendizaje folklórico desde la participación familiar. En los talleres se aprende canto, baile, a tocar el bombo con platillos y a escribir las letras de las canciones”, destaca la antropóloga y, además, afirma que la aparición de nuevas generaciones interesadas en el Carnaval “jugó un papel importante en el proceso de resurgimiento”. En esta nueva escena comienzan a formarse agrupaciones donde “el interés de los jóvenes, especialmente de clase media, está puesto en prácticas artísticas, pero ya no al estilo de las escuelas más tradicionales sino con formas más participativas”. ¿Por qué la murga atrajo particularmente a ese estrato socio-etario? “Ellos se involucran con expresiones artísticas que permitan formas más democráticas de participación y que no requieran una formación estructurada o estandarizada, ni escuelas de música, teatro o conservatorios.”

Además de los jóvenes, para que ese paradigma cambiara, fue necesaria la emergencia de otro actor que participara activamente en el nuevo modelo. “Muchos de los viejos murgueros de los barrios fueron quienes comenzaron a enseñar en los nuevos talleres; ellos identificaron, a través del interés que mostraban los jóvenes, que eran poseedores de una forma de arte popular. Así pudieron revalorizar sus propios conocimientos y formas de expresión”, indica.

El discurso irónico es otra de las características que rescata la antropóloga. “La crítica es un tipo de canción dentro de la presentación de las murgas que es considerada central. Es una construcción lírica que se edifica a partir de la ironía, la burla, la inversión de los sucesos o personajes que hayan tenido algún interés durante los sucesos del año anterior.” “Con la crítica, que puede ser de una o hasta tres canciones, se pretende mostrar que la interpretación popular de las noticias o de los hechos considerados importantes por la política, la sociedad o el espectáculo son de una importancia relativa”, amplía. Por el orden de aparición, las canciones reciben tres clasificaciones. En la presentación o canción de entrada se menciona el nombre de la agrupación, barrio de origen o ciertas características propias de la agrupación (la más antigua, la que se destaca por su baile) y se hacen promesas de brindar alegría y felicidad. Funciona como “carta de presentación”, donde se mencionan los colores de pertenencia.

El homenaje es otro de los tipos de canciones. En este caso, se destaca algún personaje con reconocimiento o anónimo. “Pueden haber canciones de homenaje referidas al barrio de Saavedra, a su murga o a Goyeneche –ejemplifica la investigadora–. La canción de homenaje forma parte del discurso crítico porque al resaltarse los valores de esa figura o personaje se contrastan con los valores de los que se burlaban, anteriormente, en las canciones de crítica. Es una canción que puede o no hacerse y cuya interpretación es patrimonio de las formas más tradicionales.” El cierre de cada murga llega con la canción de despedida o retirada, donde se suele hacer alusión al “mito del eterno retorno del carnaval”, a la idea del entierro y renacimiento del festejo. “En las canciones se habla mucho del ‘volveremos’, ‘esta murga seguirá’ o ‘hasta el otro Carnaval’, bajo una idea de permanencia en el tiempo”, describe Canale.

La antropóloga considera que el proceso que llevó a las actividades de Carnaval a ser declaradas Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires en 1997 fue interesante porque inauguró una negociación entre legisladores porteños y murgueros, que “generó un proyecto conjunto donde los murgueros tuvieron que organizarse entre sí e institucionalarse para poder mediar con el Estado”. Antes, el corsero era un empresario que organizaba todo y las agrupaciones “trabajaban cada una por su lado con mucha competencia entre ellas para obtener los mejores lugares de actuación. Pero con la intervención estatal, al que muchos consideran un ‘gran corsero’, las agrupaciones tuvieron que coordinarse entre sí para generar un espacio importante de participación”, puntualizó

martes, 16 de febrero de 2010

Un proyecto para recuperar los feriados
Por Adrián Pérez

Alicia Martín es docente del Departamento de Ciencias Antropológicas de la UBA e investigadora del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (Inapl). Allí desarrolla una línea de investigación sobre Culturas Populares y Folklore y se especializa en fiestas populares. En 1986 comenzó a estudiar las murgas porteñas como fenómeno surgido desde la organización barrial y territorial. En diálogo con Página/12, reconoce que, no bien comenzó a trabajar, lo primero que encontró fue que existía “un gran desconocimiento sobre las murgas” y, como consecuencia de ello, “el vacío conceptual se trasladaba también a muchos de los vecinos y habitantes de la ciudad”.
“En ese momento había muy pocas agrupaciones de carnaval activas y el país venía de una dictadura muy feroz que había censurado la expresividad popular, clausurando los espacios públicos –recuerda–. Así que los murgueros de aquella época fueron auténticos sobrevivientes.” En 1770, la alegría del Carnaval quiso apagarse, por primera vez, cuando Juan José de Vértiz y Salcedo –quien desempeñaba funciones como virrey del Río de La Plata– amenazó con doscientos latigazos a “quien ejecutara bailes y toques de tambor” y se restringieron los bailes a lugares cerrados para evitar “escándalos callejeros”, para disciplinar los cuerpos, vigilar y castigar. Durante el siglo pasado y con la usurpación del Estado de derecho, la dictadura militar argentina eliminó el Carnaval del calendario de feriados mediante el decreto 21329/76.
La investigadora del Inapl recuerda que, en junio de 1976, “(José Alfredo) Martínez de Hoz estaba al frente del Ministerio de Economía aplicando a rajatabla el proyecto de la dictadura: ajustar la disciplina laboral lo máximo posible. Una de las medidas que se tomó fue la de anular los feriados. En esa volteada cayeron varios feriados religiosos, incluido el 8 de diciembre, pero también le tocó al lunes y martes de Carnaval”.
La antropóloga comenta que existiría una propuesta de la Secretaría de Turismo de la Nación y de algunos legisladores para recuperar los feriados de Carnaval (que por ahora sólo rigen en la Ciudad de Buenos Aires). ¿Cuál sería la ventaja de esa medida? “Si se avanza en ese sentido, la gente estaría en condiciones de viajar para asistir al carnaval de Humahuaca o correrse hasta el de Corrientes. Hay una coyuntura interesante y el carnaval en Buenos Aires está comenzando a tener más visibilidad.”
Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/140357-45240-2010-02-16.html
1997 - 2010. Un reclamo con historia murguera.
Texto contribuido por Pupita La Mocuda

La lucha por la restitución del feriado de carnaval, indudablemente, ha sido y es una lucha nacida de las entrañas mismas de la comunidad murguera contemporánea, entendida en términos amplios y sin ánimo de minimizar los conflictos ni las disputas a su interior. Este febrero, dos convocatorias, de cierta manera articuladas y cuidadosas de no reiterar posturas adversativas, tendrán lugar los días lunes y martes de carnaval en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, en consecusión del reclamo - que data de más de una década atrás y que fuera ideado por dos murgueras, Luciana Vainer y Maru Díaz - llevado adelante por miles de murgueros y murgueras durante largos años.
Cuando es de público conocimiento que podría ser inminente la restauración de la celebración popular por excelencia, la fiesta de los "de abajo", cercenada por la última de las dictaduras militares y jamás restablecida por los gobiernos elegidos democráticamente que la precedieron - nunca se fue más lejos que de la formulación de proyectos de ley presentados al Congreso de la Nación ni de reglamentaciones parcializadas a nivel regional - por medio de un decreto de necesidad y urgencia, no es un tema menor la referencia al origen de tal demanda, que la ubica más allá de intereses económicos (comerciales, empresariales) o partidarios que pudieran estar motorizando la decisión, alojándola en el campo de la cultura y de sus políticas, del arte y de la expresión popular, de lo político en tanto "libertad que actualiza la igualdad última" o en tanto accionar en conjunto en el ámbito de lo público. Todas cuestiones que deberían contemplarse con detenimiento a partir de una legislación integral que ayude a reconstituir lo que ha sido dañado y desdeñado por tanto tiempo.
Como también deberían serlo tantas otras y para mencionar sólo algunas a modo de ejemplo: la problemática de la identidad, la de las continuidades y rupturas en los géneros carnavalescos, las distintas formas de cuidar y realzar el patrimonio cultural o las limitaciones y dificultades que distintos grupos encuentran en la preparación y organización de sus eventos de carnaval.

jueves, 29 de octubre de 2009

El festejo del carnaval en la Buenos Aires del siglo XXI.
Ninguna certeza, muchos interrogantes

Pupita La Mocuda

No es la primera vez que nos referimos a la manera en que el abigarrado escenario de la murgueridad argentina contemporánea de profunda raigambre porteña incluye, en su fluir incesante de acomodamientos y reacomodamientos, situaciones que, en un amplísimo y variado arco van desde la segmentación y la fragmentación hasta la redificación y la confluencia a partir de afinidades de distinto tipo.  (1) Esto se relaciona profundamente con la celebración del  carnaval en la Ciudad de Buenos Aires, el cual puede ser caracterizado como murgocéntrico  ya que han sido precisamente las murgas las que han mantenido vivo el festejo participativo  y el espíritu colectivo al organizarse y volver a ganar la calle. (2) El panorama actual se complejiza, entre otras cuestiones, con la puesta en práctica desde 1997 de políticas de promoción cultural únicas en el país por parte del estado – emanadas de la  lucha de quienes mantuvieron la práctica y el arte murgueros aún en momentos tremendamente difíciles, incluso durante los años de la última dictadura militar – que han dado gran impulso a la actividad de las agrupaciones de carnaval.


La actual normativa, aunque reciente, no solamente ha generado intensos y nutridos intercambios, disensos y controversias a su alrededor en el seno de la “comunidad del carnaval” capitalina y sus ámbitos de expresión y trabajo conjunto sino que también ha sido objeto de distintas transfomaciones que de manera paulatina han ido alterando su fisonomía. Este último año el debate ha girado mayormente en torno al sistema de ingreso al circuito de corsos generados a partir del Programa Carnaval Porteño así como también a la cantidad de agrupaciones con posibilidad de participación en él. A toda esta conjunción no son ajenas tampoco ni la problemática del financiamiento de la actividad carnavalera en nuestra ciudad a partir del presupuesto previsto para ese menester por la legislación ni la preocupación por lo que suele denominarse la "calidad del espectáculo" y su programación así como tampoco la probable reorganización de las celebraciones carnavalescas en cuanto a cantidad de espacios para ellas destinadas.

Mucho ha sido el camino recorrido gracias al compromiso y la entrega personales de quienes han brindado todo de sí para que ocurriera. Aún así, en la etapa actual de consolidación  del extraordinario resurgimiento de la actividad de las formaciones murgueras en especial y carnavaleras en general es necesario redoblar los esfuerzos para que puedan ir gestándose y afianzándose configuraciones - y no sólo a nivel de la Ciudad de Buenos Aires, aunque ella es lo que nos ocupa en esta comunicación - que sean a la vez realmente integradoras, inclusivas y generadoras de la adhesión y participación de todo el espectro de las agrupaciones involucradas como así también de la ciudadanía mas no sólo con respecto a la restitución del feriado nacional sino también – y quizás principalmente –en el fomento y la promoción de la valoración positiva de los vecinos con respecto a la recuperación de la celebración y la consiguiente recuperación de la memoria colectiva. (No es ajeno a esto último el papel que juegan los medios masivos de comunicación en el tratamiento del tema).

El fenómeno murguero en la Argentina (desde su cuna, Buenos Aires) y también el carnavalero han estado desde siempre signados por su conexión con lo múltiple, lo multitudinario y una de sus características principales y distintivas es su innegable fuerza de absorción de “los muchos”. (3)  El acceso a la celebración es de modalidad libre y gratuita y ocurre principalmente en el espacio público. Son estas cuestiones y su ligazón, por ejemplo, con la posibilidad de su privatización o comercialización sobre las que hay posturas encontradas tanto entre los artífices del carnaval en sí como entre la población, las autoridades gubernamentales e instituciones de la sociedad civil.

Frente a este cuadro quedarían planteadas muchas preguntas que sólo tendrán respuestas con el correr del tiempo, ya sea en el corto, el mediano o incluso el largo plazo y las que, obviamente, no puede circunscribirse a lo que ocurra solamente dentro de los límites de la Ciudad de Buenos Aires sino que debe tener alcance nacional. Contabilizamos entre estos interrogantes aquello relacionado con lo que pueda deparar el futuro a la conformación de las agrupaciones en sí tanto como de los colectivos que las reúnen; a sus luchas y justos reclamos, los cuales se vienen sucediendo desde hace alrededor de dos décadas y a su fortalecimiento o su debilitamiento; a la posibilidad o no de formación y sostenimiento de nuevas y plurales corrientes de opinión y acción así como de articulación de las distintas corrientes que conforman el arco murguero y carnavalero en la actualidad siempre teniendo presente el hecho de que la cara triste de la diversidad puede ser la fragmentación si no hay algún horizonte común que nos contenga.

Otra de las interrogaciones posibles se abre alrededor de la compleja problemática de la tan mentada identidad de las agrupaciones de carnaval y su relación con el festejo del carnaval en tanto y en cuanto es necesario pensar cómo se conjugan o en qué medida se potencian o se contraponen. Una tercera se relaciona con los alcances y las limitaciones del reestablecimiento del feriado de carnaval  como manera de promover la participación y el involucramiento de la ciudadanía en general con la fiesta carnavalera aun cuando la lucha por su restitución haya sido iniciada y sostenida por distintos sectores murgueros a lo largo de más de una década.

Por último,  una cuestión de vital importancia se plantea en el desafío que supone para la “comunidad del carnaval” como conjunto de agentes culturales de activa participación en el mantenimiento de la celebración popular por excelencia para (re)convocar, para volver a enamorar, para  encontrar la fuerza, el empuje que afiance la imprescindible comunión con los habitantes de la ciudad, con sus instituciones barriales y vecinales así como para desmarcarse, destrabar los determinimos que amenazan con socavarla y que pretenden seguir ocultándola,  marginándola, invisibilizandola por ser el espacio de alegría de "los de abajo"  y ser, entonces,  capaz de disfrutarse a sí misma en plenitud. Por esto entendemos encontrar (o reencontrar) formas y modalidades más fecundas y superadoras que en vez de achicar o acotar la fiesta la hagan aún más vital, más amplia, más trascendente.

(1) Por ejemplo, en el Grupo Yahoo Dale Murga donde el debate ha sido y es intenso.
(2) Martín, Alicia (2001)
(3) Nos hemos referido a esto en La Murga como una de las Formas de la Multitud, (2006), Sostengan que Nacemos, [on line]: http://sostenganquenacemos.blogspot.com/2006/08/la-murga-como-una-de-las-formas-de-la.html









lunes, 26 de octubre de 2009

Escribí este pequeño artículo para mi blog y bajo la inspiración de los intercambios que se producían en ese momento en el Grupo Dale Murga luego hace dos años de las dos marchas reclamando la restitución del feriado. En términos generales sigo teniendo las mismas inquietudes y preguntas que allí y entonces aunque no me arriesgo a decir lo mismo de algunas de sus hipótesis cómo, por ejemplo, como entra a jugar la cuestión de lo generacional en las desaveniencias.
Marchas y Contramarchas
Impresiones acerca de las Concentraciones Murgueras en Buenos Aires por la Restitución del Feriado de Carnaval - Febrero de 2007


Pupita La Mocuda

Algún que otro distraído se habrá quedado pensando: - ¿Pero cómo? ¿Yo ayer a estos no los vi yendo para el otro lado?¿Donde habrán trasnochado? No por las cosas obvias como los trajes, las banderas, los bombos, los muñecos, la alegría, la efusividad y la mirada maravillada de los niños ... Ni tampoco porque hubo estandartes que estuvieron en las dos marchas ... Ni mucho menos porque las dos concentraciones, aún con consignas similares aunque no iguales, tenían cabeceras parecidas con sendos carteles que la encabezaban (en la del lunes se leía Murgas Independientes y en la del martes Agrupación M.U.R.G.A.S) ... Sino porque lo que fluye subterráneo - más allá o más acá de los estilos organizativos, de las estructuras y andamiajes institucionalizantes de distintos ropajes, de los soportes teóricos y hasta políticos - lo que aflora desde lo más hondo de nuestra memoria colectiva es decididamente lo mismo. Bienvenido que así sea.
Y la mascotita que cuando le cuente a sus propios nietos que pudo estar allí, en el momento preciso en que la historia la necesitaba, tal vez no recuerde si fue un martes o un lunes que marchó junto con otros murgueras y murgueros y seguramente no le importe no recordarlo. Porque, tal vez, lo verdaderamente importante sea que fue partícipe de algo que la sobrepasa como persona y la ubica en una instancia superadora: la lucha por la recuperación del carnaval cercenado como fiesta de todos y con todos, como parte esencial de su cultura.
Unos meses atrás, Osvaldo de Los Dandys de Boedo escribía para Dalemurga: "... Les dejo una frase de un murguero chapado a la antigua que todavía habla del aroma de su barrio. Los jóvenes murgueros creen que los viejos murgueros no saben nada y cuando pasa mucho tiempo se dan cuenta que tenian razon ... " Vamos a volver sobre algo a lo que ya nos refererimos hace algún tiempo: La puñalada que atravesó e intentó aniquilar la cultura popular - pensamos aquí en el inicio de la dictadura en 1976 aunque hay quienes ven sus comienzos en 1955 cuando cae el peronismo - de cabo a rabo fue tan pero tan profundo que recién hoy, tres o cuatro décadas después, podemos empezar a recomponer los pedazos. Bien o mal, la murga - en toda su variedad - se fortalece día a día. No se puede esperar que, en un país como el nuestro, plagado de ejemplos de desaveniencias presentes y pasadas, de rencores, de conflicto social desbordando aquí y allá, el quehacer murguero no contenga también cierta dosis de discusión y debate. A veces, incluso con las mejores intenciones o por una simple estrategia de supervivencia ante la adversidad y la carencia, lo que se genera son pequeños Frankensteins que se vuelven contra sus creadores. Eso sin contar que puede caerse en la trampa de los que sí saben que están creando monstruos que repriman, acallen o comercialicen.