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viernes, 16 de febrero de 2024

 

No privaticen el carnaval

Por Santiago Reich, Técnico en Gestión Cultural e integrante de los Descarrilados de Parque Avellaneda.


Este año los corsos de la Ciudad de Buenos Aires también fueron víctimas del ajuste, en un claro reflejo del ataque a la cultura popular que venimos sufriendo hace años.

Si bien la política cultural hacia el carnaval porteño siempre está en discusión -ya que hay una ley de patrimonio que obliga al gobierno a realizarlo y no lo quieren hacer, porque para ellos es un gasto y un corte de calle-, este recorte llega ahora porque se alinea a lo que pasa a nivel nacional, con el protocolo instaurado por Patricia Bullrich.

Ahí hay algo que hay que cuestionar y discutir que es que se está perdiendo la calle en las celebraciones populares y barriales, y la utilización del espacio público como lugar de legitimación de la cultura y la libre circulación. No nos olvidemos que el espacio público es el que permite encontrarnos todos, todas y todes a disfrutar o simplemente cruzarnos, sin una restricción económica, social, política.

Otro análisis para hacer es la importancia de la comunicación con respecto a este tema. En los últimos 10 años aproximadamente se viene comunicando desde ciertos medios sobre los cortes y no sobre el festejo. He revisado las tapas de los diarios, por ejemplo del medio Clarín, y titulan “vuelven los corsos con 35 cortes de calle”, y no “vuelven las 35 fiestas populares barriales”.

Todo colisiona en este contexto actual, donde además se propone la privatización de la festividad con un proyecto de ley que busca la derogación de las normas sobre el Carnaval Porteño y la prohibición de organización y de erogación presupuestaria para estos eventos por parte del GCBA (Exp. 2902-D-2023).

Esto va a provocar que algunes puedan acceder y otres no. Pero también va a generar una contrapropuesta. Como en el caso del de Gualeguaychú, que tiene como contraparte el Corso Popular Matecito.

Pero ahora quieren achicar la propuesta oficial y cada vez más la popular, la contracultura. Con esta mercantilización están tratando de callar a lo que está por fuera del circuito.

Ser más de lo que somos

El carnaval es el permitirse ser con las diferencias. Es el que nos permite encontrarnos para poder celebrar más allá de todo lo que nos suceda en la cotidianeidad. Es el momento de ebullición de todas las malicias que uno vive en el día a día para olvidarlas por un rato.

También es el que nos conforma. Ser carnavalero hace que mi vida sea de una forma, que piense y entienda el mundo desde esa manera, desde la colectividad, la comunidad y desde una fiesta que tiene que ver con descubrirnos todes iguales. Creo que este festejo nos invita a eso, a ser un poco más de lo que somos.

Para mí, ser parte de los Descarrilados tiene que ver con mi forma de vida y de ser. Los Descarrilados han sido formadores de lo que soy como sujeto colectivo, con mi trabajo, mi formación y la apertura hacia nuevos compañeros. Ellos han sido el primer escalón que me llevó a ser Técnico en Gestión Cultural y actualmente estar escribiendo una licenciatura.

También han sido la expresión popular que he encontrado para llevar adelante la cultura de una forma horizontal.

No hay que olvidarse que esto es un patrimonio vivo, intangible, que se transmite de generación en generación. Transmitirle a un niño de 8 años, desde mi conocimiento, cómo tocar el bombo con platillo tiene que ver con mantener encendida esa llama. Y creo que Descarrilados ha sido, a lo largo de su trayectoria, gran fundador y formador de murgueres, murgueras y murgueros.

Asimismo, este grupo surge en el Parque Avellaneda, tiene la identidad del barrio, ha defendido la Ley 1153 y el Parque sin rejas. Y por eso no puedo más que estar en contra de las privatizaciones, la censura y el silenciamiento de las voces disidentes.

La Ciudad de Buenos Aires crece cada vez más y en esa globalización y actualización de la comunicación, de la cultura, de los géneros, hay que aprender a aggiornarse pero a su vez hay que respetar los patrimonios. Y el carnaval es algo que hay que sostener, al igual que la utilización del espacio público y la cultura popular entendida en su multiplicidad de formas.

jueves, 24 de septiembre de 2020

PANDEMIA 2020 


Iniciativa de las murgas del circuito de la ciudad de Buenos Aires.

𝐋𝐚𝐬 𝐦𝐮𝐫𝐠𝐚𝐬 𝐩𝐨𝐫𝐭𝐞ñ𝐚𝐬 𝐝𝐢s𝐞ñ𝐚𝐧 𝐮𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐭𝐨𝐜𝐨𝐥𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐥 𝐩𝐫óxi𝐦𝐨 𝐂𝐚𝐫𝐧a𝐯𝐚𝐥

Más de 100 agrupaciones del carnaval porteño presentaron un Protocolo de Covid 19 al Gobierno de la Ciudad.
Con la aplicación de un protocolo especial, la comunidad carnavalera busca proyectar y prepararse para la celebración del Carnaval, atentos a las restricciones que impone la pandemia y priorizando el cuidado de la salud.
A menos de cinco meses de las fechas del Carnaval, las murgas porteñas, que se vienen reuniendo en forma virtual desde hace más de tres meses para analizar las posibilidades y modalidades del carnaval, presentaron en los últimos días un Protocolo Covid 19 al Gobierno de la Ciudad para reactivar la práctica de los ensayos, cumpliendo con las normativas vigentes.
El objetivo es mantener vivos los festejos del dios Momo, la histórica y popular celebración, y seguir fomentando la identidad social y cultural de los barrios, con la ilusión de cada murga y de los 15 mil murgueros de la ciudad, de seguir escribiendo la historia del carnaval, aunque en el próximo febrero deban adaptarse al contexto actual.
El Protocolo para el retorno a los ensayos de las agrupaciones murgueras plantea entre otras medidas, las referidas a los lugares, modalidad y tiempos de ensayos, uso de los instrumentos musicales, además del distanciamiento social preventivo y obligatorio, uso de tapabocas y sanitización individual y de los instrumentos en forma permanente.
En este marco, proponen ensayar en “parques, plazas, plazoletas, anfiteatros, polideportivos y espacios al aire libre en general”, donde los ensayos serán por bloques con una cantidad restringida de gen-te, mientras que si se realizan en locales, salones, teatros u otros lugares cerrados es imprescindible además “la sanitización del espacio antes, durante y posteriormente a la actividad”, destaca el Protocolo.
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Área de Prensa y Difusión Murgas del Circuito Carnaval Porteño

martes, 15 de mayo de 2018



EL CARNAVAL CALLEJERO Y GRATUITO EN PELIGRO


COMUNICADO DE LOS DELEGADOS DE LAS AGRUPACIONES ARTISTICAS DE CARNAVAL DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES
Los delegados de las agrupaciones artisticas de carnaval de la Ciudad de Buenos Aires (ordenanza 52039/97) hacemos nuestro el reclamo del conjunto de la comunidad del carnaval de la ciudad en contra de la encuesta llevada a cabo a partir del dia de la fecha (24 de abril de 2018) por la Dirección de Promoción Cultural del GCBA, no solo por ser contradictoria con lo prometido en la reunión que mantuvimos con el Ministro de Cultura y la Directora de Promocion Cultural de la ciudad con fecha 5 de abril de 2018, si no además por ser contraria al espíritu de la ley que los obliga como Estado de la ciudad a promover el carnaval y los corsos barriales (art. 3 de la ordenanza 52039/97 y su reglamentación),entre otras cuestiones.
Reafirmamos además que es condición innegociable para nosotros, representantes elegidos democráticamente por las agrupaciones de carnaval, y para toda la comunidad carnavalera de la ciudad, la continuidad en la realización de corsos barriales, libres y gratuitos. Si se actúa en contrario a este espíritu, será en desmedro de la cultura popular que dice promocionar la Dirección que generó, habilitó y difundió esta encuesta, y eso resulta antagónico con el mandato que nos han dado las agrupaciones de carnaval con sus votos. La encuesta a la que hacemos referencia, además de ser tendenciosa en sus preguntas,está orientada a determinados vecinos, por lo que tachamos de nulidad absoluta los resultados que se generen. Solicitamos que la encuesta sea sacada de las redes, que deje de enviarse por mail, que se anulen sus resultados y que aquellos que ya hayan sido relevados, sean eliminados sin generar consecuencias para las futuras acciones y gestiones que realice la comisión de carnaval, la dirección antes mencionada, así como el Ministerio de Cultura de la ciudad.
Esperando una respuesta consecuente con nuestro reclamo,los saludamos atentamente
Debido a que la Dirección de Promoción Cultural del GCABA ha enviado una encuesta a nuestro entender tendenciosa a determinada cantidad (incierta) de vecinos con respecto a la realizacion de los carnavales porteños, los representantes de las agrupaciones de carnaval hemos presentado este escrito ante el Programa Carnaval Porteño y la DG de Promocion Cultural.
Solicitamos a los representantes de las diferentes murgas y agrupaciones que informen de esto a todos los integrantes para que sepan y estén informados verazmente de lo que está sucediendo y cómo manejarse y responder.






martes, 19 de marzo de 2013


Reflexiones a propósito de Odio de Clase Media
Por Emiliano Montini

No puede resumirse la cuestión del carnaval en un mero corte de calles omitiendo que todo festejo popular indefectiblemente genera inconvenientes al tránsito.  El carnaval porteño es el evento artìstico, gratuito y popular màs importante de Sudamérica. O ¿alguien conoce un evento gratuito con màs de diez mil  artistas en escena por noche? Debe tenerse en cuenta, ademas, que las murgas porteñas, sus artistas y el propio publico que concurre a los corsos, estan integrados - en su mayoría - por  personas de clase media, consagrándose de esta forma desde hace muchisimos años como el único evento gratuito y masivo de esa clase social (exceptuando el fútbol, obviamente). Anímese y dése una vuelta por alguno de los corsos mas tradicionales de la ciudad (Villa Urquiza, Saavedra, Boedo, Almagro) y se darà cuenta de la importancia que para muchas personas este festejo posee. De paso, se empapará un poco más de la centenaria historia al calor de las calles porteñas de este festejo castigado, denostado y olvidado por los grandes medios de comunicacion. Venga con su familia y quedese tranquilo que nadie le va a cobrar un peso por divertirlo, conducta bastante rara en los tiempos que corren... A lo sumo algun pequeñín lo podrà mojar con su espuma o su bombita de agua, o bien algun murguero vestido de payaso le hará un chiste.Venga, lo esperamos con los brazos abiertos. Cordialmente.

lunes, 25 de junio de 2012

Carnavales Rioplatenses en el siglo XIX

Corsos porteños y montevideanos
Prof. María Guimarey

Las ciudades portuarias de Buenos Aires y Montevideo fueron dos centros importantes en la región del Río de La Plata a lo largo del siglo XIX y compartieron una tradición histórica común. Hubo entre ellas un fluido intercambio y ambas presentan una similar conformación multiétnica. Los festejos populares del carnaval, parte de la tradición hispánica heredada en ambas ciudades, fueron modificándose con el correr del siglo. El presente artículo, analiza la participación de los afroamericanos en los corsos porteños y montevideanos. Las similares condiciones históricas, políticas y socio-culturales de Montevideo y Buenos Aires en el siglo XIX, no suponen un proceso similar en el devenir de los festejos populares del carnaval.


La comunidad afroamericana de Buenos Aires y Montevideo a mediados del siglo XIX


Las ciudades de Montevideo y Buenos Aires recibieron población de origen africano desde la Colonia y en ambas se dio un progresivo descenso numérico con el correr del siglo XIX. Las guerras de la Independencia, modificaron la condición de los afroamericanos en las sociedades rioplatenses. La Asamblea del Año XIII instalada en Buenos Aires, consagró la Libertad de Vientres y en 1853, la Constitución abolió definitivamente la esclavitud. Sin embargo, la condición social de los negros continuó siendo marginal a pesar de estar emancipados legalmente. Las elites de ambas ciudades hicieron un esfuerzo sistemático por eliminar todo rastro afroamericano de la población .


Las sociedades multiétnicas rioplatenses encontraron en el asociacionismo una forma de participar en la vida pública de las nuevas naciones. La comunidad negra demostró una gran capacidad asociativa, destinada en su mayoría a la organización de los bailes rituales de cada comunidad. Las naciones fueron agrupaciones de negros que desde la Colonia se identificaban según el lugar de procedencia del pueblo, tribu, o reino africano. Cada una de ellas organizaba sus candombes, bailes rituales cuya denominación genérica proviene de la pantomima de coronación de los reyes de la comunidad del antiguo Congo.

Cada nación debía procurarse un espacio para la realización de los rituales festivos. En Buenos Aires, se organizaban en ranchos construidos por los mismos negros en terrenos libres o cedidos temporalmente por los propietarios a sus esclavos . En Montevideo, estas agrupaciones se reunían en las salas, generalmente casonas coloniales alquiladas o conseguidas por la buena voluntad de un amo a cambio de algún trabajo o como premio por el servicio doméstico ejemplar de un esclavo. Según afirma Rubén Carámbula en Montevideo, estas congregaciones elegían, entre sus ascendientes de más edad y prestigio a un negro y una negra, que erigían en "Rey" y "Reina", con su séquito de respectivas dignidades jerárquicas, que se ataviaban con vestimentas simbólicas. (…)


Participación afroamericana en los corsos porteños y montevideanos


El carnaval rioplatense, se componía de dos momentos: el primero era el del juego de agua entre el mediodía y el atardecer. El segundo era el desfile de comparsas en los corsos, hasta las primeras de la noche, además de los bailes en clubes privados. A pesar de las similitudes que presentan los festejos en Buenos Aires y Montevideo, la participación de la comunidad afroamericana en los corsos presenta algunas diferencias.

Como se dijo, la tradición festiva afroamericana está fundamentalmente ligada a los candombes. En Montevideo se realizaban en las salas ubicadas en los extramuros de la ciudad. También se podían llevar a cabo en las canchas, espacios abiertos especialmente dispuestos. Luego, entrado el siglo XX, estos festejos se trasladaron a los patios de los conventillos. Los días domingos, las familias acomodadas del centro de Montevideo se trasladaban a los barrios negros, Sur y Palermo, para presenciar estos bailes. La comunidad negra "recibía" en sus dominios a la elite, trastocando temporalmente las jerarquías. Por el contrario, los candombes porteños se desarrollaban en ranchos construidos por los mismos negros en los suburbios, pero ofrecían sus espectáculos en los patios de las residencias de mandatarios y familias adineradas del centro de Buenos Aires. Los afroargentinos eran "invitados" a los barrios acomodados, para mostrar sus artes como un divertimento para la elite.

¿Cuál fue la relación que se estableció entre los candombes propios de las comunidades negras, y las comparsas de carnaval? Según Milita Alfaro, poco a poco, el folclore afrouruguayo fue ganando terreno frente a aquella otra influencia [la de las bandas cuarteleras] y, desde una perspectiva de larga duración, dichas agrupaciones [sociedades filarmónicas con útiles musicales a la africana como los tambores] configuran la primera expresión del progresivo transvasamiento que van a operar las nuevas generaciones negras al incorporar a la comparsa carnavalesca ciertos elementos típicos de la coreografía del candombe; algunas de sus figuras más representativas, su paso de bailes y fundamentalmente, la rítmica de sus tambores que aflora, inconfundible en la cadencia de las letras…

Esta autora propone que las comparsas uruguayas de fines de siglo adoptaron las características principales de los candombes negros, operación realizada por las nuevas generaciones. En este sentido, la influencia afro en los carnavales montevideanos sería bastante visible en los elementos que la componen como la música, los bailes, los instrumentos, los personajes característicos, etc. Por su parte, Carámbula también da cuenta de esta marcada influencia. La comparsa de negros es tradicional en el Uruguay y constituye la nota culminante del famoso carnaval montevideano (…) En 1867 aparece la sociedad de negros, "La Raza Africana" (…) A esta agrupación han sucedido otras de justificado renombre, tales como los "Negros Lubolos", que se funda en 1874 (…) Conceptúo muy importante esta etapa de las comparsas, porque este género lubolo ha logrado mantener viva la tradición hasta nuestros días, imprimiendo una modalidad general que aún en la actualidad se conserva, con ligeras variantes.

En el caso de Buenos Aires, esta relación de los candombes con las comparsas del carnaval parece no ser tan estrecha. Dice Reid Andrews , con la declinación de las naciones y el surgimiento de nuevos estilos de bailes entre los afroargentinos más jóvenes, los candombes fueron desapareciendo gradualmente durante la segunda mitad del siglo [XIX] (…) Las comparsas, conjuntos que marchaban y bailaban, se permitieron por primera vez en Buenos Aires durante el carnaval de 1836. Todas las naciones africanas reunieron grupos para desfilar por las calles en brillantes trajes, cada uno con su conjunto de tambores y de bailarines. Estas comparsas negras dominaban las fiestas de carnaval de cada año (…) hasta avanzada la década de 1870, cuando empezaron a dominar las comparsas blancas .En los carnavales porteños se dio una progresiva eliminación de los rasgos afroargentinos de las comparsas.

En lo que respecta a la música, la década de 1890 es un punto de inflexión en la articulación del candombe con el Carnaval montevideano . En este período se produce la imposición del tamboril, instrumento clásico del candombe negro, como elemento fundamental de las comparsas. Así, se consolida la incorporación del candombe a las comparsas. En Buenos Aires, si bien las tapadas (batallas de tambores en las que participaban las distintas naciones), eran frecuentes sobre todo en el barrio negro de Monserrat conocido como "el barrio del tambor", este instrumento no formaba parte esencial de los festejos. Incluso, la necesidad de los jóvenes negros porteños de ser aceptados por la nueva sociedad, hizo que definieran al candombe como "el baile de nuestros antepasados", una tradición conocida, pero que ya no era practicada.


Las vestimentas que adoptaron las comparsas con el correr del siglo, también marcan la diferencia entre Buenos Aires y Montevideo. Las comparsas de negros porteños de fines del siglo XIX, incorporaron a su vestuario los trajes de estilo europeo usado por las otras asociaciones. En cambio en Montevideo, las agrupaciones carnavaleras fueron adoptando las vestimentas típicas de los negros que consistían en un calzón corto, camiseta negra ceñida al cuerpo, amplio vestón, alpargatas de color, y sombrero de paja profusamente adornado. Por último, los personajes que adoptaron las comparsas montevideanas para acompañar al estandarte, también estaban relacionados con el candombe. El director, el "gramillero", la negra vieja "Mama Vieja", el "escobero" que encabezaban los desfiles, eran personajes que conformaban el séquito de los reyes congos en los festejos candomberos de las naciones . Por el contrario, en Buenos Aires las comparsas se organizaban detrás de los carros adornados y de los estandartes que identificaban a cada una de ellas.

Conclusiones


El desarrollo de los festejos de carnaval en Montevideo y en Buenos Aires presenta diferencias significativas en cuanto a la inclusión y participación de los afroamericanos. Quizás no se pueda establecer una causa única que explique este fenómeno. Es necesario profundizar los estudios en el campo de las ciencias sociales para tomar conciencia de la complejidad de factores que intervienen en la conformación de un tejido social y sus procesos históricos. Este trabajo propone, sin pretender ser exhaustivo, hacer un aporte a la creación de nuevos marcos de análisis que permitan el abordaje sistemático de las prácticas festivas populares como espacios de significación particulares e independientes.


Es importante destacar que en Montevideo, los carnavales mantuvieron su vigencia a lo largo del siglo XX, e incluso se fueron adaptando a las nuevas necesidades sociales. En cambio, los festejos porteños de carácter masivo y ampliamente participativo, fueron desapareciendo con el correr del siglo XX para ser recuperados sólo en 1997, a partir de su declaración como patrimonio intangible de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.







viernes, 25 de mayo de 2012

Declararon patrimonio cultural a las Murgas en La Matanza


El proyecto de declaración de la actividad carnavalera y los corsos, fueron declarados patrimonio cultural en la primer sesión ordinaria del HCD matancero.


El proyecto presentado sobre tablas por la concejala Sandra Oviedo, Bloque Libres del Sur-FAP y distintas agrupaciones murgueras del distrito, que declara a la actividad carnavalera y a los corsos como patrimonio cultural, fue aprobado por unanimidad en la primer sesión del Honorable Concejo Deliberante de La Matanza.


La concejala Sandra Oviedo, destacó la importancia de generar un ámbito de participación con las propuestas genuinas de las distintas expresiones murgueras y culturales del distrito, fue asi como "elaboramos este proyecto recorriendo las distintas localidades del distrito y rescatando los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural".

Las murgas "Polichinelas", de Gonzalez Catan; "Los Clandestinos", Isidro Casanova; "Extraviados de La Matanza"; "Furia de Carnaval", Ciudad Evita; "Matamufa"; "Guarda que Pega", Isidro Casanova; "Ritmo murguero", Escuela Nº 67, Virrey del Pino; "Maldito Camilo"; "Los Pibes de Castillo", entre otras, quienes participaron en la elaboración del proyecto estuvieron presentes en la sesión.


sábado, 24 de marzo de 2012

Carnavales de antaño en San Juan
Por Rufino Martínez para El Nuevo Diario

Como dos meses antes, el aire tibio de la noche empezaba a llenarse de sones de quenas, guitarras, violines, tambores, mandolinas, acordeones, bronces y maderas. Eran las comparsas que ensayaban para competir en los corsos. ¡Y a bien que no lo tomaban en serio! Los ensayos generales los hacían con colorines y todo. Un trozo de papel crepé rojo, empapado en saliva, era un colorete especial;

un corcho quemado daba el negro de las pestañas y el sombreado de los ojos.

Los trajes, de colores fulgurantes y chillones, colmados de lentejuelas, espejitos, flecos y abalorios seguían las añejas costumbres de los “chinos de la virgen “. La reina de la comparsa, tiesa y manito alzada, saludaba con tanta prosopopeya y decoro que uno no sabía si estaba en un corso o en un funeral.

Por otro lado, el ¡boomm, boomm, boomm! de las murgas, con sus picarescas canciones y refranes ponían una colorida nota de ingenua desfachatez, cuando no de simple grosería. ¡Así eran esos tiempos y así esa gente!

La noche que empezaba el corso, que se hacía en torno a la plaza 25, el aire, desde temprano estaba saturado del olor a la albahaca y la manzana que exhalaba la chicha que, en innumerables puestos se vendía al público, por vaso o por jarro ¡Beber chicha era una hermosa costumbre que, desgraciadamente se perdió. ¡Menos mal que, según se ve, la costumbre de beber vino tiende a incrementarse y eso, es el último aliciente para continuar en este politizado y mentiroso planeta! Los entornos de la plaza y tres o cuatro cuadras que le agregaban, lucían engalanadas con gallardetes, farolitos, mascarones, luces de colores, banderas y cuanto jaez servía para exaltar el colorido y la alegría de los corsos de aquellos años. La década del treinta fue muy especial en sus carnavales. ¡Después vinieron otros carnavales, otros pomos y otras serpentinas, que más vale no “meneallo”!


EL CORSO

A las nueve de la noche el disparo de una bomba de estruendo anunciaba el comienzo del corso y empezaba a llenar las veredas la más heterogénea mezcla de gentes que se pueda imaginar.

Los chayeros, verdaderamente chayeros, merecen especial atención.

Llegaban en clanes, el hombre, la mujer, los hijos, hijos políticos y ¡cómo éramos pocos parió la abuela! le agregaban algunos compadres y vecinos amén de los que se agregaban solos. El gran jefe iba adelante. Traje negro, sombrero negro, pañuelo negro al cuello, camisa blanca, zapatos negros (costaba verle la cara), sobre el costado izquierdo, colgaba del hombro una toalla blanca, de hilo (la del médico) con largos flecos y puntillas y en no pocos casos, bordaba con claveles rojos y grandes iniciales con los colores patrios.

El gran jefe, llevaba en la mano izquierda una latita (ex aceite) con agua, y en la mano derecha una rama de albahaca que, por instantes sumergía en la latita, y asperjaba de perfume y frescor a cuanto conocido, compadre o comadre encontraba al paso, los cuales, previo un ¡yuyuy, y muchas gracias! respondían con idéntica asperjación o con un chorrito de agua florida que manaba del pomo El Loro (y si el bolsillo lo permitía), agregaban el cumplido de una serpentina Bellas Porteñas.

¡Ni qué decirle que aún no se estilaba el pica-pica, el engrudo, la harina, ni enroscare! pomo vacío y revoleárse!o a la cabeza de algún punto o de alguna reina! ¡No señor, eso vino después! Apenas sí al final de corso y, raras veces, era dable escuchar algunos tiros o ver el refucilo de algún facón, entretenimientos que dirimían alguna diferencia personal o justificaban la excesiva ingestión alcohólica.

¡Por lo demás, todo iba bien, algún muertito no le cae mal a ningún cementerio! A todo esto ya el corso estaba en lo mejor. Iban por la segunda vuelta el desfile de carruajes ornamentados. Las comparsas (orgullo de barriada) rivalizaban en música y atuendos. ¡Era de ver a los muchachos de La Estrella Oriental, La Lyra, La Quena, La de Concepción y tantas que uno olvida!

Al paso de las comparsas, la gente aplaudía y les arrojaba serpentinas, que las reinas agradecían, bajando un poco el estandarte e inclinando la cabeza en señal de saludo y agradecimiento. El estandarte, adornado con bordados y lucecitas, era una muestra del ingenio colectivo del barrio. Detrás del estandarte, una chica empujaba un carrito con una batería eléctrica que encendía y apagaba las lucecitas. ¡Hay que apreciar que eso era la conquista máxima de la tecnología lumínica de entonces!

Luego de las comparsas (contribución del barrio) y los grandes carruajes (contribución del comercio y la industria) las murgas ocupaban el tercer puesto en la preferencia. El ingenio a veces desfachatado y siempre oportuno, resaltaba, en lo grotesco, los acontecimientos más salientes del año. Le seguían las máscaras sueltas y los pequeños conjuntos humorísticos que hacían las delicias (cuando no el fastidio) de los concurrentes al corso. Una muestra: dos abogados muy conocidos en el medio, ocultos bajo caretas y con guardapolvos largos y pintarrajeados formaban un dúo de originales vendedores. Uno iba adelante llevando sobre un hombro un palo de escoba donde había unas ristras de chorizos; el otro lo seguía con dos palas viejas y pregonaban: ¡Chorizos frescoooos! —y el de atrás— ¡Palas viejaaaas! Manera ingenua de divertirse insinuando la función del embutido lejos de la parrilla y la nostalgia de quienes ya habían llegado a los apacibles años.

A las doce de la noche, una bomba anunciaba el fin del corso y ¡a salvarse! empezaba la chaya y las corridas. ¡Ahí se desataba el indio y la prudencia era un simple nombre de mujer! Menos mal que las mamás con pequeños, previendo el final, se habían retirado temprano, buscando el descanso y esquivando el chapuzón.



LOS BAILES

A las doce de la noche terminaba el corso y empezaban a ponerse lindos los bailes. Los del Club Español eran los más concurridos y divertidos. Le seguían los de La Libanesa y, en orden decreciente, de pelo y color, Obreros del Porvenir, Camilo Rojo y Salón Buenos Aires. Los que se organizaban en algunas piletas y clubes de barrios, más que bailes eran riesgos. Pero, conservaban el atractivo y el candor de lo genuino y el acicate de lo imprevisto.

El aire de la noche se poblaba de melodías bailables de las que se destacaban los pasodobles Valencia y El Niño de las Monjas. Hasta las seis de la mañana la juventud bailaba y las mamás velaban y vigilaban.

Como a las siete, en coches de plaza, capota baja y jamelgo enjaezado, las familias empezaban a caer a lo de Camacho, la chocolatería de la calle Santa Fe (aún está) y bajaban la cerveza y las bilzes con un chocolate con churros. Luego, ya sol alto, enderezaban para las casas, con una rueda de tejeringos para los más chicos, que se habían quedado en casa. ¡Y a sacarse los zapatos, aflojarse los corsés... y a dormir! ¡Hasta el otro carnaval!

martes, 23 de agosto de 2011

Carnaval de Antaño - por Alejandro Edgar Ansa




Hoy volvemos rescatar de nuestra memoria colectiva los “bailes de carnaval”, y lo hacemos a través del relato de Rubén “Firulin” Zampieri y su esposa Yolanda Godoy, que con la coordinación de Noemí Zampieri, tan gentilmente han accedido a contarnos sus experiencias de años “mozos”:
El patio del Club estaba casi listo para el baile, los mascarones y los gallardetes colgados del techo de la pista de baile techada por inaugurar, tenia diez metros de lado y era todo un orgullo para la comisión. Bajo la galería estaban dispuestas alrededor de las mesas, las sillas que seguramente esta noche serían pocas. Y como en veces anteriores habría que ir a buscar a la casa de algún vecino generoso algunas otras a medida que el público fuese ocupándolas y se tendría que pasar por arriba del tapial. El mismo que sabía dividir el “baile social” del popular, que permitía otros modos. Sabido era que al club se podría entrar de botas de campo, pero sin corbata, ¡jamás!
Este era el primer baile de carnaval de este año que se sitúa entre los’40 y los ’50, el primero de la serie de dos fines de semanas consecutivos con sus sábados y domingos respectivos, y el lunes y martes previos al “miércoles de ceniza”. Se sobreentiende que los últimos dos bailes se hacían ya entrada la Cuaresma y cuantos problemas traía ello con el Sacerdote. Seguramente las aguas se apaciguarían pasada la “Semana Santa” y los bailes retornarían el Domingo de Pascuas.
Por la tarde había arribado la “Orquesta Típica de Murillo”, directamente de la Ciudad de Buenos Aires, el viaje había sido largo incluyendo el cruce del Paraná en balsa desde Zárate hasta Puerto Constanza. Tras el descanso pertinente los músicos estaban preparados para un largo show donde serían la única y gran atracción. Como orquesta “Típica” se entendía por aquellos tiempos a la que ejecutaba ritmos clásicos del “2x4” como el tango, la milonga y el vals. Se diferenciaba de la orquesta “Característica” en que ésta última se dedicaba a los ritmos más populares como el Fox-trot, la rumba y el pasodoble. Los códigos de la época marcaban que la orquesta ejecutaba una serie de dos temas o “piezas musicales” y descansaba unos minutos, así que el baile entre las parejas cumplía las mismas condiciones.
Y entrando de a poco en el desarrollo del baile, las familias habían llegado temprano, casi al atardecer. Los grupos de señoras y sus hijas mozas se ubicaban en grandes rondas de charlas y comentarios. Algunos pocos niños correteando bajo la mirada atenta de sus madres. Por el predio social se paseaban varios disfrazados o “mascaritas” que, con su respectivo permiso policial y municipal por escrito, caminaban entre la gente haciendo sus pasayadas, para luego seguir su camino. Los hombres por su lado se reunían cerca de la cantina y de parados, compartían algunas cervezas “Quilmes” pues era noche de verano aún y el calor sofocaba. Los demás disfrutaban de la gaseosa popular de la época, la “Bilz”, que con su refrescante sabor a naranja satisfacía a todos. Aunque hay que destacar que uno de los productos mas vendidos en las noches de bailes eran las pastillas, en especial las de mentol, ya que había que ocultar en parte el aliento a
alcohol y a cigarrillo ante la oportunidad de bailar con alguna señorita.
El ritual del baile se iniciaba con la invitación a la agraciada en la propia mesa y a la vista de su señora madre, pues había que tener mucha confianza para, desde lejos, hacer una “seña con la cabeza” y tener la seguridad de que la señorita iba a responder. Cuantas veces la seña no era para uno, sino para otro que se encontraba detrás. Imagínense ir hacia la pista y nada…¡que vergüenza semejante desplante!
La orquesta seguía con su ritmo de dos “piezas” y su pertinente descanso, momento en que los asistentes aprovechaban para el disfrute carnavalesco por medio de “lanzaperfumes”, pomos de gomas rellenos con agua, papel picado y serpentinas, que quedaban enredadas en los alambres que sostenían los focos de colores. No era esta la ocasión, pero más de una vez se vio aparecer a una conocida familia mansillense provista de paraguas y piloto para atemperar los embates del agua de carnaval, y que la imprevista tormenta de verano retornó a aquellos elementos de defensa a su verdadero significado.
Así con el correr de las horas los bailarines disfrutaban cada instancia musical, pues casi nadie despreciaba la oportunidad, ya que eran pocas las ocasiones en el año para la diversión. La llegada de la medianoche marcaba el final de la provisión de energía eléctrica de la vieja usina, pero seguramente no sería la culminación del baile de carnaval. La extensión del mismo se alargaría a la luz de los “soles de noche” hasta que no haya quien para “darle fuelle”.
Un agradecimiento muy grande a “Yola” y “Firulín” por cedernos parte de sus gratos recuerdos sobre aquellos bailes de carnaval que tanto disfrutaron. Por ser protagonistas y seguramente grandes artífices de las reuniones sociales a través de varias décadas. Y por permitirnos rememorar una arista más de “nuestro pasado mansillense”.


Mansilla, Provincia de Entre Ríos

jueves, 26 de mayo de 2011

Las murgas y la reinstalación del carnaval como fiesta social


Por Pedro Fernández Moujan

Conformadas como grupos juveniles de los barrios porteños, las murgas se constituyen en la escena local con su estructura actual entre las décadas del 30, el 40 y el 50, en una serie de barrios que incluyen a Palermo, Boedo, Villa Urquiza, Saavedra, Liniers, Almagro y el Abasto, entre otros. Desde ese momento en el que la levita, la galera, el traje de raso y las lentejuelas comienzan a brillar como el vestuario que asumen las fiestas del dios Momo en la Ciudad de Buenas Aires, asistimos a la aparición de un género artístico, callejero y popular de características propias, únicas e irrepetibles.

Arma festiva y liberadora de los barrios de casas bajas, los conventillos y algunas villas, se comienza a forjar desde entonces una rica genealogía cruzada por calles, plazas, cantores de crítica, bombistas, bailarines, clubes de barrio, melodías y figuras del acervo popular que encuentran su máximo esplendor cuando la murga sale a recorrer los tablados de la ciudad en las noches de carnaval. En este acto de presencia que imponen sobre el conjunto de la comunidad, las murgas se convierten también en un exquisito mecanismo de decodificación de la realidad tanto a través de sus canciones como del modo de organización que asumen, ligado generalmente a los liderazgos barriales y a las formas autogestivas y corajudas de acreditar presencia por parte de los sectores bajos o desclasados.


Marginales a la industria cultural y a la apreciación académica y bien pensante, las murgas no renuncian (desinteresadas de este desprecio) a llevar adelante su proyecto artístico, festivo y social, pagando en su propio cuerpo las debilidades que portan desde su origen. El pop las señala, el ajuste las hiere, la dictadura las clausura, la violencia de los 80 las enferma. En los 90, en medio de la más dolorosa y radicalizada desarticulación social-familiar-escolar que trae consigo el proyecto neoliberal para los de abajo, con su saga de destrucción del patrimonio colectivo, desindustrialización, pauperización y desempleo, y con el aliento de algunos movimientos culturales surgidos en la apertura democrática (Centros Culturales Barriales, Centro Cultural Rojas), las murgas reasumen su proyecto cultural y ocupan otra vez la calle, transformándose en uno de los fenómenos de mayor adhesión social.


En este camino, las murgas no renuncian ni a la historia ni a la pertenencia ni al porvernir. Realizan su construcción día a día, cargando no sólo con la ardua tarea de reinventarse a sí mismas sino también de reinstalar el carnaval como fiesta social y como espectáculo, asumiendo (porque no hay otros con el coraje suficiente para llevarlo adelante), la tarea de organizar, sostener y difundir el festejo, enfrentando el intento mediático y político-estatal de suprimir y volver a sepultar los carnavales. En el medio hay discusiones, disputas, diferencias, distancias y no siempre la línea de pensamiento más lúcida tiene la consistencia y solidez necesarias como para imponerse pero la decisión de avanzar hacia el carnaval, hacia el festejo, hacia la inclusión y hacia la popularidad es la que marca siempre la dirección del conjunto, aglutina y encolumna las fuerzas y las luchas.


Es en medio de todo esto y por todo esto, en el marco de una coyuntura político-estatal nacional favorable, que vuelven los feriados de carnaval, que se conquistan, se reapropian y se colectivizan y son ellos los que nos obligan a seguir pensando y a trazar nuevas estrategias ante el nuevo escenario.


sábado, 12 de marzo de 2011

“La máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas”

Liberar el cuerpo y la alegría. Dar lugar a la crítica social. Reconocer que no se puede ser espectador sino todo un partícipe. Estas reglas gobiernan el carnaval, una fiesta con orígenes remotos que no pierde vigencia.

Por Daniel Ulanovsky Sack para Clarín


Ella se planteó un desafío: encontrar lo racional en aquello que parece irracional. Porque el carnaval es la máxima expresión del despilfarro, del hacer para desaparecer, de algo efímero que dura cuatro días y se diluye hasta el año siguiente. Sin embargo, al explorar la vida de la gente en el festejo, se comprueba que hay mucho más que experiencia inmediata o “pequeña barbarie”. En 1986, cuando el país aún sentía en la piel la dictadura feroz, la economía debilitada, la guerra perdida, estudiar la murga podía parecer algo frívolo. Pero la antropóloga Alicia Martín había decidido que para entender una sociedad más allá de las lógicas de costo-beneficio y de productividad había que ingresar en la expresión y en las estéticas populares. Veinticinco años después, reconocida ya como la principal teórica del carnaval en la Argentina, doctorada en la UBA con una tesis sobre la celebración en la ciudad de Buenos Aires, asegura que vivimos un momento espléndido: las murgas se consolidan tanto en los barrios como en los talleres que forman nuevos artistas y grupos y se abren, con sus letras, al mundo contemporáneo, desde los cacerolazos a los amores virtuales por Internet.



Es curioso el carnaval: una celebración religiosa que festeja el exceso bacanal, casi pagano. ¿Cómo se entiende? Parece un contrasentido hablar de carnaval religioso, pero el hecho de que esté integrado en el calendario litúrgico de la Iglesia romana es un avatar histórico, tiene que ver con su tradición, que se puede medir en siglos. Si bien toma su nombre actual en la Edad Media, sus orígenes se remontan a las fiestas dionisíacas de los griegos y a las celebraciones en honor a Saturno, dios del Tiempo de los romanos, en las que imperaba el todo vale. Se liberaban las rutinas y había una inversión marcada de los papeles sociales: los amos pasaban a ser esclavos y los esclavos eran reyes por unos días. Un verdadero mundo del revés.



¿La religión católica, más que aceptarla como el momento de alegría antes de la penitencia de la Cuaresma, la incorpora a la liturgia para no dejar una fiesta popular fuera del marco institucional? Creo que sí. Por eso varios autores han señalado ese contraste entre una festividad que es una especie de derroche o de exceso de todos los sentidos y una religión altamente ascética donde lo corporal está muy vinculado con lo prohibido o, en otra época, con lo demoníaco. Justamente, el juego de “atreverse a” es central en el Carnaval. Hoy se cree que uno se tapa para ocultarse pero no es así: la máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas. Uno puede pensarse como ese otro, criticarlo, satirizarlo.



Pienso en mi infancia en Rosario –fines de los 60 y los 70– y recuerdo el Carnaval con tristeza. La idea era dañar al otro: echarle espuma en los ojos, arrojarle fuerte un globo de agua para que doliera, “ahogarlo” en serpentinas, golpearlo con unos martillos de plástico que no resultaban inocuos. Era la alegría convertida en agresión.



Siempre fue así y creo que se vincula con que en el carnaval no hay espectadores. Si estás, jugás, y si no te gusta, te vas. Por eso existe ese imperativo para que el otro se incorpore a las reglas. En todos los carnavales se tiran cosas de las más insólitas. Y antes era peor. Las crónicas del siglo XIX hablan de carreras de caballo: los jinetes se armaban de proyectiles hechos con grandes hojas de diario y rellenos de agua o a veces de sustancia fétidas, que tiraban a los transeúntes. Es curioso, los diarios de la época daban información sobre los excesos, pero en secciones diferentes a las del festejo. En la portada, por ejemplo, se podía leer “Gran despliegue, la mejor sociedad se dio cita en el corso de Flores” y en Policiales se publicaba que había sido arrestado un inmigrante italiano recién llegado por arruinar el disfraz de una señora de alcurnia.



Para la celebración del año pasado, el gobierno de Brasil repartió en forma gratuita 55 millones de preservativos. ¿El carnaval implica una sexualidad desbordada? Sí, absolutamente. Es hacer lo que no está permitido durante el año. En algunas ciudades de Europa –en especial en Alemania y en el norte de Francia– los matrimonios se pierden, no van a dormir a la casa, nadie sabe dónde está el otro y existe un pacto de no preguntar ni de contar lo que sucede en esos días. Acá, en la Argentina, en las pequeñas ciudades de provincia, durante mucho tiempo estuvo vigente el dicho de “hijo del carnaval” para referirse a los embarazos no buscados. Piense que hasta la década del 60, las jóvenes tenían un espectro de candidatos posibles para “matrimoniarse” muy restringido y el carnaval abría una ventana para conocer gente, lo que generaba lógica expectativa.



¿Pero en los corsos de antes no había poco espacio para que la mujer participara activamente? Ese es un concepto que se debe revisar. Yo he visto fotos de un grupo que se llamaba “Los días y las noches” y esas noches estaban representadas por lunas actuadas por mujeres. Ellas también eran fuertes en los bailes de disfraces y en los juegos de agua. Es que antes, durante los cuatro días de carnaval, había horarios. Después del almuerzo, a la hora de la siesta y hasta las seis o siete de la tarde, era el momento de los juegos con agua, y ahí todo valía. Se tiraban manguerazos, baldazos, bombitas. Las mujeres participaban y eso permitía romper un poco la jerarquía patriarcal de una sociedad estratificada.



Entre tanta agua arrojada, ¿quedaba espacio para la coquetería? A la noche, en el horario del corso. Todo el mundo se cambiaba y empezaba la gran vidriera: los comerciantes de los barrios organizaban actividades, armaban palcos y se instituían premios al disfraz más llamativo o a la mejor agrupación. Después venían los bailes; hasta la década del 70 había en Buenos Aires clubes con tres pistas: una donde sólo se tocaba tango, otra de jazz y una última de música tropical.



Parece usual suponer que en el carnaval porteño “todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Verdad o mentira? Mentira. Estamos en un momento espléndido porque hay una fuerte decisión de la sociedad civil de recuperar espacios públicos para la expresión, y en ese movimiento ocupa su rol la tradición carnavalesca. Algunos consideran a las murgas como una vanguardia del teatro porteño ya que en sus letras se van reflejando los temas y las estéticas que le importan a la gente. La murga también se ha ido adaptando a lógicas contemporáneas. Hasta hace algunas décadas, tenían una raíz barrial, pero ahora se trabaja mucho por grupos de afinidad ya que los participantes se conocen en talleres y a partir de allí empiezan a formar nuevas agrupaciones.



¿La murga es un fenómeno clasista, de sectores populares, o integra a todos los niveles? Depende de la región. En ciudades como Gualeguaychú, los profesionales participan de las murgas en forma habitual. En Buenos Aires, en cambio, el movimiento quedó en manos de sus militantes más fieles, que son los sectores populares. ¿Por qué? Porque es su forma más sencilla, si no la única, de expresarse, de exhibirse, de apelar a la diversión. Un profesional de clase media o alta tiene múltiples formas de hacerlo: integra un grupo de rock, de jazz, un coro, se muestra en un campeonato de golf o de tenis. El que no puede acceder a esas grandes instituciones logra, como dice el músico Coco Romero, una vía de acceso a las bellas artes a través de la murga. Además, es un ambiente muy abierto: para decirlo en lógica murguera, si no sabés bailar, fijate si te va bien con algún instrumento de percusión, y si no te va bien con el instrumento, te disfrazás de payaso, te hacés otro disfraz … hay lugar para todos.



¿De qué manera las letras de las murgas reflejan las preocupaciones sociales? A veces lo hacen a través de canciones originales; otras, modificando las letras de temas populares, ya instalados. En diciembre del año pasado publicamos un libro –que compilé junto a Hernán Morel y a Analía Canale– sobre un Concurso de Poesía Carnavalesca. Ahí encontramos, por ejemplo letras como el “Entremés de la cacerola”, de Ana Claudia Escobar: Cómo anda doña Lola/ Qué la trae por acá/ La veo con cacerola/ ¿Qué está por cocinar? Y la respuesta: ¡Qué cocinar ni que guiso!/ Yo vengo pa’ protestar/ El Juan ya van cinco años/ No consigue laburar! Es llamativo cómo se le pone humor a lo oscuro.



Hay un ingenio popular que parece imbatible. Y también se abordan las tendencias de época como el auge de las tecnologías. Recuerdo la canción, “Winner”, de Luis Tomasetig Rossini, que empieza: Quiero ser un “winner”/ cómo soy no va/ El ganar es imposible/ me tengo que aggiornar/ El amor no es fashion/ ahora hay que ser light … light.



Y cierra, luego de su desarrollo: Soy muy adaptado/ ya puse mi mail/ y mi amor, virtual deseado/ lo busco por Internet / Qué civilizado/ mi amor está en la Net … Net ¿Hay mucha parodia en las letras? Sí, eso cumple un doble efecto. El ensayista ruso Mijail Bajtín decía que la parodia tiene un carácter ambivalente: degrada pero a la vez resucita aquello mismo que degrada, le vuelve a dar actualidad, vida. Es como una espiral en la que uno se ríe de lo que está llegando aunque sin desconocer su inevitabilidad y reconocer que ya está integrado a lo cotidiano. Las murgas le aportan picardía y pasión al debate y se asumen como un testigo crítico de las “locuras” de cada época.

jueves, 2 de septiembre de 2010

HISTORIAS DE BUENOS AIRES
Desde Nuevo Ciclo


Durante el año 1990 el Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires promovió diversos talleres de Historia Oral en distintos barrios de la Ciudad, uno de ellos el de Boedo, que fue coordinado por el Sr. Roberto D. Bolan. Uno de los temas abordados con la participación de quince vecinos, fue el referido a los carnavales en Boedo, recibiéndose los testimonios de quienes vivieron las fiestas desde las primeras décadas del siglo pasado. Un boletín del Instituto, actualmente agotado, que lleva el Nº16, editado en marzo de 1991, resumió aquellos encuentros, dejando recuerdos de reconocido interés. Creemos que, como introducción a las notas correspondientes al Carnaval 2007, resultará interesante para muchos de los lectores visitantes de estas páginas, tomar conocimiento de las vivencias sentidas por nuestros padres y abuelos en aquellos carnavales de la primera mitad del siglo XX. En la introducción a la nota, el coordinador expresa: “Para el lector llega ya el momento de introducirse en una especie de máquina del tiempo para transportarse al pasado de un barrio de Buenos Aires, para “vivir esos cuatro días locos” para recrear un ayer que produjo alegría e instantes de felicidad a un barrio tan entrañablemente metido en el corazón de los porteños“.


Este juego, que resultaba muy intenso y prolongado, a veces causaba algún accidente, ya sea por los elementos que se manejaban, como por los peligrosos resbalones debido al piso mojado…..
Herminia Faregna (H.F.): Al atardecer se jugaba con el pomo de plomo con agua perfumada (marca “La bella porteña”, y como costaba caro, Ud. no podía comprar otro. Luego los chicos se hacían de unas moneditas vendiendo el plomo.
Aurora Trotta (A.T.) Llevaban pomos y el lanza-perfume, pero no tiraba en los ojos; no había agresión, no. Jugaban con serpentina y con papel picado.
Leonor Trotta (L.T.). Eso sí, si le podían tirar papel picado en la boca, se lo tiraban.
Domingo Mittica (D.M.) Lo que quiero aclarar es que el juego de los lanza-perfumes, con serpentinas y papel picado, ocurría a la iniciación del corso. Por lo regular, los hombres acostumbraban expulsar los líquidos (que eran fríos) de los lanza-perfumes por las espaldas y piernas de las damas y cuando éstas querían esquivar el chorro, el líquido sin querer, a veces, se dirigía a los ojos, con los resultados de afecciones en la vista que debían ser tratadas en los hospitales.. Había problemas graves y por eso fue prohibido su uso, pero, a pesar de ello, aparecían los lanza-perfumes en carnaval, pues eran vendidos a escondidas de las autoridades policiales. Para la prevención en los ojos aparecieron a la venta las famosas antiparras…
A.T.: sobre todo en el pasaje Cabot, muchos jugaban al agua en la calle; eso sí, lo hacían nada más que los que querían jugar; no es como ahora (1990), que uno va por la calle le tiran un balde de agua. En dicho pasaje se juntaban vecinos de tres, cuatro o cinco casas; era una cosa que no se pasaba un año sin jugar al agua, aunque fuera un día, pero se jugaba…
María Ana Ugo (M.A.U.): Mi familia es muy vieja en el barrio. Vinieron de Italia y se establecieron en la zona sur de Boedo, a fines del siglo pasado (XIX) o principios de éste (XX). Mi abuelo fundó el mercado de “Inclan” y contaba que se jugaba mucho al agua, que era una tradición en el barrio…….
D.M.: Recuerdo que por una ordenanza o edicto policial (no se que sería), era permitido jugar al agua en carnaval en la vía pública, solo en la Costanera Sur, en el horario de 14 a 17:30 hs. El juego se hacía con pomos, bombitas o globitos y se usaban unas pistolas de goma que absorbían el agua de baldes que poseían en sus vehículos, coches, camiones y camionetas. Sucedió, según mis recuerdos, entre los años 1937 y 1945…si la memoria no me falla.
La gran fiesta
G.O.: Al atardecer comenzaban a aparecer las primeras comparsas y las “mascaritas” sueltas. Las agrupaciones desfilaban en correctas formaciones y vistosos disfraces. Algunos de estos conjuntos, como en el caso de los centros corales y musicales y de los marinos, se destacaban por sus impecables uniformes...
Ciertos conjuntos, como los de los clowns y murgas, acostumbraban detener sus marchas para hacer breves demostraciones, ya sea de pruebas acrobáticas o del repertorio de sus canciones, pero el objeto principal que perseguían era su presentación en los concursos organizados por las salas de espectáculos.
En dichos concursos se otorgaban premios a las mejores agrupaciones, consistentes en medallas, plaquetas y otros trofeos, cuyos merecedores los exhibían luego en sus estandartes.
Saturio Ortíz (S.O.): El Teatro Boedo era el que verdaderamente organizaba el carnaval en Boedo. Se ponían en venta las localidades y con solo mencionar al dúo Buono-Striano (animadores) en 35 o 40 minutos se vendía toda la sala con días de anticipación. La función empezaba a las 20:30 y terminaba a las 4 o 5 de la madrugada; un desfile constante, comparsa, tras comparsa Y a la gente, había que golpear las manos y decirles: ¡Se acabó, señores, hasta mañana!
Ángel Landro (A.L.) Al carnaval iba el gaucho, el paisano, el matrero, también el cocoliche, el que hablaba medio en italiano. Un pariente mío, cocoliche, decía al entrar al carnaval:
“Permasso pito p’entrare
Francesco Letra Cardone
Per te ven a salotare
A questa grande revonione”
No citado en el Boletín que estamos transcribiendo, pero obrante en los archivos de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo, se encuentra el más antiguo testimonio que hemos hallado de los carnavales en Boedo, y tiene relación –precisamente-con lo citado:
Beatriz Clavenna (B.C.): A mi marido, cuanto tenía 8 o 9 años los padres lo mandaban a las 5 de la tarde para ocupar una mesa en el “Rió de Oro” (Carlos Calvo y Boedo) – hoy café Recuerdo- para que a las 20:30 disfrutara toda la familia del corso de Boedo.
S.O.: recuerdo que desde 1922, aproximadamente, la gente venía al corso de Boedo desde muy lejos, con sus banquitos o sillas de paja para sentarse próximos al cordón de la vereda. El corso tenía una extensión desde Independencia (por Boedo) hasta San Juan y daban la vuelta (POR Boedo) porque era mano y contramano.
Luis Brenna (L.B.): En la comparsa de losMarinos Unidos del Plata (de la que fui integrante de chico) íbamos vestidos de marineros con el uniforme y el clásico sombrero de marino. Chicas y chicos ensayábamos meses en la calle Luzuriaga; nos enseñaban a marchar. Primero iba la banda, le seguían los que llevaba estandarte y luego la tropa.
Herminia Farenga (H.F.): Desfilaban los “limpia Spuzza y Cía.” (Un juego de palabras en italiano y castellano para designar a los cloaquistas); La comparsa de ese nombre aparecía con sus integrantes vestidos de cloaquistas que generalmente usaban un uniforme azul y portaban un recipiente de regular tamaño de bronce, bien lustrado. En el llevaban un cepillo, una sopapa, un trapo de piso, en fin lo necesario para limpiar piletas y baños (sin olvidar el uso de la acaroina)
G.O.: Otro de los conjuntos numerosos era el de los barrenderos o “musolinos”, Estas agrupaciones, cuyos uniformes eran parecidos al de los barrenderos municipales, llevaban cepillos y carritos para la limpieza de las calles. Los barrenderos marchaban parodiando el trabajo de esos servidores públicos, moviéndose exageradamente, lo que provocaba la risa de los presentes. Completaban la actuación con divertidos cánticos, en un italiano alrevesado……..
H.A. Lo importante del corso de Boedo era que acaparaba la atención de gente de muchos barrios de la Capital y del Gran Buenos Aires. Yo sabía de personas que venían de Valentín Alsina, de Lanús y de más lejos, además de las que llegaban desde Pompeya, Parque Patricios, Almagro, Caballito, en fin de todos lados.
Murgas y disfraces:
H.F.: Las murgas de los pibes atorrantes preparaban sus trajes con las bolsas de arpillera, algunos muy trabajados. Las tapitas de “Bilz” servían de adorno al traje y los cantos eran tan “fuertes” que las chicas tenían que “volar”
A.L.: Había una murga extraordinaria que se llamaba “Llanta de goma y su cría” porque
parecían de goma, saltaban muy alto y hacían pruebas acrobáticas.
G.O. Las murgas eran totalmente distintas a las de ahora, tanto en la cantidad de componentes como en vestimentas, instrumentos musicales, excepto el bombo, y canciones.
La cantidad de murguistas nunca superaba la docena de participantes y marchaban en fila india llevando, a su frente, como mascota, un chico vestido de director; luego le seguía el verdadero director. Ambos vestían pantalón, levita, galera alta, bastón, llevando largas melenas; el verdadero hacía sonar un silbato al compás del bombo.
Los instrumentos musicales de esas murgas eran de conexión casera, imitando a los de viento, pero de tamaño exageradamente grande.
Con el nombre de murga, los más chicos formaban pequeños grupos que usaban como vestimenta alguna ropa vieja; se colocaban sacos dado vuelta, se tiznaban las caras con corcho quemado, se ponían sombreros viejos y usaban como instrumentos musicales cacerolas a las que golpeaban con sus tapas. Sus canciones eran tan procaces que las familias optaban por rechazarlos cuando se acercaban para entonar su repertorio. En cambio eran bien aceptados por los parroquianos de los bares y despachos de bebidas, Quienes se divertían con sus ecires y les retribuían con alguna moneda, que era lo que finalmente buscaban esos pequeños muguistas………
G.O.: También había mascaritas sueltas. No todos se disfrazaban para integrar conjuntos; muchas personas mayores lo hacían para actuar individualmente y su actuación se reducía a visitar amigos, parientes, vecinos, etc.
En cuanto a los chicos, además de disfrazarlos para que lucieran sus vestidos ante familiares y amistades, su finalidad muchas veces consistía en presentarlos en los concursos de máscaras infantiles que organizaban los corsos. Es importante reiterar el concepto: el corso de Boedo no era organizado: carecía de palcos y de adornos. Podría decirse que era un corso con plateas, cuyas butacas las constituían las sillas de los cafés que se extendía a lo largo de la calle Boedo, desde
Independencia hasta San Juan
Bailes de carnaval.
Emilio Musi (E.M.): en el Club Mariano Boedo había Bailes. En Rioja pasando Cochabamba, había un club llamado “El Refugio”….
G.O.: Los grandes bailes eran con Di Sarli, Pugliese, Jazz Casino, Barry Moral. Hubo épocas en que a los bailes se iba con traje y corbata, los días domingo. Todo esto que comenté está referido a los bailes del Club San Lorenzo de Almagro.
B.C.: Ya no se hacen más los bailes de disfraces de aquellas épocas. Toda la gente se disfrazaba. En la calle los chicos, pero en los salones y en los clubes también los grandes. Actualmente (1990) se ha perdido esa costumbre, inclusive en el caso de los chiquitos. En el Club Mariano Boedo se organizaban bailes “a todo trapo”, con concurso de mascaritas y disfraces. En realidad todos los clubes hacían bailes y tenían su público.
Y así vamos llegando al final de esta evocación de viejos tiempos, realizada por nuestros mayores, hace ya quince años. Por supuesto ahora y no veremos chicos por las calles con disfraces de variado tipo y tampoco mayores, como este personaje de 1970 ¿el último disfrazado?, mostrado por La Nación en “Diario íntimo de un país”.
Pero tendremos para disfrutar los carnavales de estos tiempos. Con más de 11.000 actores participando de ocho jornadas plenas de alegría, que serán acompañadas por más de 800.000 personas, de toda edad, que aportarán su presencia y su aplauso al paso de cada una de más de cien agrupaciones de murga existentes en la ciudad.
Y hecha esta introducción, vamos a ocuparnos del Boedo 2007

jueves, 29 de octubre de 2009

El festejo del carnaval en la Buenos Aires del siglo XXI.
Ninguna certeza, muchos interrogantes

Pupita La Mocuda

No es la primera vez que nos referimos a la manera en que el abigarrado escenario de la murgueridad argentina contemporánea de profunda raigambre porteña incluye, en su fluir incesante de acomodamientos y reacomodamientos, situaciones que, en un amplísimo y variado arco van desde la segmentación y la fragmentación hasta la redificación y la confluencia a partir de afinidades de distinto tipo.  (1) Esto se relaciona profundamente con la celebración del  carnaval en la Ciudad de Buenos Aires, el cual puede ser caracterizado como murgocéntrico  ya que han sido precisamente las murgas las que han mantenido vivo el festejo participativo  y el espíritu colectivo al organizarse y volver a ganar la calle. (2) El panorama actual se complejiza, entre otras cuestiones, con la puesta en práctica desde 1997 de políticas de promoción cultural únicas en el país por parte del estado – emanadas de la  lucha de quienes mantuvieron la práctica y el arte murgueros aún en momentos tremendamente difíciles, incluso durante los años de la última dictadura militar – que han dado gran impulso a la actividad de las agrupaciones de carnaval.


La actual normativa, aunque reciente, no solamente ha generado intensos y nutridos intercambios, disensos y controversias a su alrededor en el seno de la “comunidad del carnaval” capitalina y sus ámbitos de expresión y trabajo conjunto sino que también ha sido objeto de distintas transfomaciones que de manera paulatina han ido alterando su fisonomía. Este último año el debate ha girado mayormente en torno al sistema de ingreso al circuito de corsos generados a partir del Programa Carnaval Porteño así como también a la cantidad de agrupaciones con posibilidad de participación en él. A toda esta conjunción no son ajenas tampoco ni la problemática del financiamiento de la actividad carnavalera en nuestra ciudad a partir del presupuesto previsto para ese menester por la legislación ni la preocupación por lo que suele denominarse la "calidad del espectáculo" y su programación así como tampoco la probable reorganización de las celebraciones carnavalescas en cuanto a cantidad de espacios para ellas destinadas.

Mucho ha sido el camino recorrido gracias al compromiso y la entrega personales de quienes han brindado todo de sí para que ocurriera. Aún así, en la etapa actual de consolidación  del extraordinario resurgimiento de la actividad de las formaciones murgueras en especial y carnavaleras en general es necesario redoblar los esfuerzos para que puedan ir gestándose y afianzándose configuraciones - y no sólo a nivel de la Ciudad de Buenos Aires, aunque ella es lo que nos ocupa en esta comunicación - que sean a la vez realmente integradoras, inclusivas y generadoras de la adhesión y participación de todo el espectro de las agrupaciones involucradas como así también de la ciudadanía mas no sólo con respecto a la restitución del feriado nacional sino también – y quizás principalmente –en el fomento y la promoción de la valoración positiva de los vecinos con respecto a la recuperación de la celebración y la consiguiente recuperación de la memoria colectiva. (No es ajeno a esto último el papel que juegan los medios masivos de comunicación en el tratamiento del tema).

El fenómeno murguero en la Argentina (desde su cuna, Buenos Aires) y también el carnavalero han estado desde siempre signados por su conexión con lo múltiple, lo multitudinario y una de sus características principales y distintivas es su innegable fuerza de absorción de “los muchos”. (3)  El acceso a la celebración es de modalidad libre y gratuita y ocurre principalmente en el espacio público. Son estas cuestiones y su ligazón, por ejemplo, con la posibilidad de su privatización o comercialización sobre las que hay posturas encontradas tanto entre los artífices del carnaval en sí como entre la población, las autoridades gubernamentales e instituciones de la sociedad civil.

Frente a este cuadro quedarían planteadas muchas preguntas que sólo tendrán respuestas con el correr del tiempo, ya sea en el corto, el mediano o incluso el largo plazo y las que, obviamente, no puede circunscribirse a lo que ocurra solamente dentro de los límites de la Ciudad de Buenos Aires sino que debe tener alcance nacional. Contabilizamos entre estos interrogantes aquello relacionado con lo que pueda deparar el futuro a la conformación de las agrupaciones en sí tanto como de los colectivos que las reúnen; a sus luchas y justos reclamos, los cuales se vienen sucediendo desde hace alrededor de dos décadas y a su fortalecimiento o su debilitamiento; a la posibilidad o no de formación y sostenimiento de nuevas y plurales corrientes de opinión y acción así como de articulación de las distintas corrientes que conforman el arco murguero y carnavalero en la actualidad siempre teniendo presente el hecho de que la cara triste de la diversidad puede ser la fragmentación si no hay algún horizonte común que nos contenga.

Otra de las interrogaciones posibles se abre alrededor de la compleja problemática de la tan mentada identidad de las agrupaciones de carnaval y su relación con el festejo del carnaval en tanto y en cuanto es necesario pensar cómo se conjugan o en qué medida se potencian o se contraponen. Una tercera se relaciona con los alcances y las limitaciones del reestablecimiento del feriado de carnaval  como manera de promover la participación y el involucramiento de la ciudadanía en general con la fiesta carnavalera aun cuando la lucha por su restitución haya sido iniciada y sostenida por distintos sectores murgueros a lo largo de más de una década.

Por último,  una cuestión de vital importancia se plantea en el desafío que supone para la “comunidad del carnaval” como conjunto de agentes culturales de activa participación en el mantenimiento de la celebración popular por excelencia para (re)convocar, para volver a enamorar, para  encontrar la fuerza, el empuje que afiance la imprescindible comunión con los habitantes de la ciudad, con sus instituciones barriales y vecinales así como para desmarcarse, destrabar los determinimos que amenazan con socavarla y que pretenden seguir ocultándola,  marginándola, invisibilizandola por ser el espacio de alegría de "los de abajo"  y ser, entonces,  capaz de disfrutarse a sí misma en plenitud. Por esto entendemos encontrar (o reencontrar) formas y modalidades más fecundas y superadoras que en vez de achicar o acotar la fiesta la hagan aún más vital, más amplia, más trascendente.

(1) Por ejemplo, en el Grupo Yahoo Dale Murga donde el debate ha sido y es intenso.
(2) Martín, Alicia (2001)
(3) Nos hemos referido a esto en La Murga como una de las Formas de la Multitud, (2006), Sostengan que Nacemos, [on line]: http://sostenganquenacemos.blogspot.com/2006/08/la-murga-como-una-de-las-formas-de-la.html