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lunes, 25 de junio de 2012

Carnavales Rioplatenses en el siglo XIX

Corsos porteños y montevideanos
Prof. María Guimarey

Las ciudades portuarias de Buenos Aires y Montevideo fueron dos centros importantes en la región del Río de La Plata a lo largo del siglo XIX y compartieron una tradición histórica común. Hubo entre ellas un fluido intercambio y ambas presentan una similar conformación multiétnica. Los festejos populares del carnaval, parte de la tradición hispánica heredada en ambas ciudades, fueron modificándose con el correr del siglo. El presente artículo, analiza la participación de los afroamericanos en los corsos porteños y montevideanos. Las similares condiciones históricas, políticas y socio-culturales de Montevideo y Buenos Aires en el siglo XIX, no suponen un proceso similar en el devenir de los festejos populares del carnaval.


La comunidad afroamericana de Buenos Aires y Montevideo a mediados del siglo XIX


Las ciudades de Montevideo y Buenos Aires recibieron población de origen africano desde la Colonia y en ambas se dio un progresivo descenso numérico con el correr del siglo XIX. Las guerras de la Independencia, modificaron la condición de los afroamericanos en las sociedades rioplatenses. La Asamblea del Año XIII instalada en Buenos Aires, consagró la Libertad de Vientres y en 1853, la Constitución abolió definitivamente la esclavitud. Sin embargo, la condición social de los negros continuó siendo marginal a pesar de estar emancipados legalmente. Las elites de ambas ciudades hicieron un esfuerzo sistemático por eliminar todo rastro afroamericano de la población .


Las sociedades multiétnicas rioplatenses encontraron en el asociacionismo una forma de participar en la vida pública de las nuevas naciones. La comunidad negra demostró una gran capacidad asociativa, destinada en su mayoría a la organización de los bailes rituales de cada comunidad. Las naciones fueron agrupaciones de negros que desde la Colonia se identificaban según el lugar de procedencia del pueblo, tribu, o reino africano. Cada una de ellas organizaba sus candombes, bailes rituales cuya denominación genérica proviene de la pantomima de coronación de los reyes de la comunidad del antiguo Congo.

Cada nación debía procurarse un espacio para la realización de los rituales festivos. En Buenos Aires, se organizaban en ranchos construidos por los mismos negros en terrenos libres o cedidos temporalmente por los propietarios a sus esclavos . En Montevideo, estas agrupaciones se reunían en las salas, generalmente casonas coloniales alquiladas o conseguidas por la buena voluntad de un amo a cambio de algún trabajo o como premio por el servicio doméstico ejemplar de un esclavo. Según afirma Rubén Carámbula en Montevideo, estas congregaciones elegían, entre sus ascendientes de más edad y prestigio a un negro y una negra, que erigían en "Rey" y "Reina", con su séquito de respectivas dignidades jerárquicas, que se ataviaban con vestimentas simbólicas. (…)


Participación afroamericana en los corsos porteños y montevideanos


El carnaval rioplatense, se componía de dos momentos: el primero era el del juego de agua entre el mediodía y el atardecer. El segundo era el desfile de comparsas en los corsos, hasta las primeras de la noche, además de los bailes en clubes privados. A pesar de las similitudes que presentan los festejos en Buenos Aires y Montevideo, la participación de la comunidad afroamericana en los corsos presenta algunas diferencias.

Como se dijo, la tradición festiva afroamericana está fundamentalmente ligada a los candombes. En Montevideo se realizaban en las salas ubicadas en los extramuros de la ciudad. También se podían llevar a cabo en las canchas, espacios abiertos especialmente dispuestos. Luego, entrado el siglo XX, estos festejos se trasladaron a los patios de los conventillos. Los días domingos, las familias acomodadas del centro de Montevideo se trasladaban a los barrios negros, Sur y Palermo, para presenciar estos bailes. La comunidad negra "recibía" en sus dominios a la elite, trastocando temporalmente las jerarquías. Por el contrario, los candombes porteños se desarrollaban en ranchos construidos por los mismos negros en los suburbios, pero ofrecían sus espectáculos en los patios de las residencias de mandatarios y familias adineradas del centro de Buenos Aires. Los afroargentinos eran "invitados" a los barrios acomodados, para mostrar sus artes como un divertimento para la elite.

¿Cuál fue la relación que se estableció entre los candombes propios de las comunidades negras, y las comparsas de carnaval? Según Milita Alfaro, poco a poco, el folclore afrouruguayo fue ganando terreno frente a aquella otra influencia [la de las bandas cuarteleras] y, desde una perspectiva de larga duración, dichas agrupaciones [sociedades filarmónicas con útiles musicales a la africana como los tambores] configuran la primera expresión del progresivo transvasamiento que van a operar las nuevas generaciones negras al incorporar a la comparsa carnavalesca ciertos elementos típicos de la coreografía del candombe; algunas de sus figuras más representativas, su paso de bailes y fundamentalmente, la rítmica de sus tambores que aflora, inconfundible en la cadencia de las letras…

Esta autora propone que las comparsas uruguayas de fines de siglo adoptaron las características principales de los candombes negros, operación realizada por las nuevas generaciones. En este sentido, la influencia afro en los carnavales montevideanos sería bastante visible en los elementos que la componen como la música, los bailes, los instrumentos, los personajes característicos, etc. Por su parte, Carámbula también da cuenta de esta marcada influencia. La comparsa de negros es tradicional en el Uruguay y constituye la nota culminante del famoso carnaval montevideano (…) En 1867 aparece la sociedad de negros, "La Raza Africana" (…) A esta agrupación han sucedido otras de justificado renombre, tales como los "Negros Lubolos", que se funda en 1874 (…) Conceptúo muy importante esta etapa de las comparsas, porque este género lubolo ha logrado mantener viva la tradición hasta nuestros días, imprimiendo una modalidad general que aún en la actualidad se conserva, con ligeras variantes.

En el caso de Buenos Aires, esta relación de los candombes con las comparsas del carnaval parece no ser tan estrecha. Dice Reid Andrews , con la declinación de las naciones y el surgimiento de nuevos estilos de bailes entre los afroargentinos más jóvenes, los candombes fueron desapareciendo gradualmente durante la segunda mitad del siglo [XIX] (…) Las comparsas, conjuntos que marchaban y bailaban, se permitieron por primera vez en Buenos Aires durante el carnaval de 1836. Todas las naciones africanas reunieron grupos para desfilar por las calles en brillantes trajes, cada uno con su conjunto de tambores y de bailarines. Estas comparsas negras dominaban las fiestas de carnaval de cada año (…) hasta avanzada la década de 1870, cuando empezaron a dominar las comparsas blancas .En los carnavales porteños se dio una progresiva eliminación de los rasgos afroargentinos de las comparsas.

En lo que respecta a la música, la década de 1890 es un punto de inflexión en la articulación del candombe con el Carnaval montevideano . En este período se produce la imposición del tamboril, instrumento clásico del candombe negro, como elemento fundamental de las comparsas. Así, se consolida la incorporación del candombe a las comparsas. En Buenos Aires, si bien las tapadas (batallas de tambores en las que participaban las distintas naciones), eran frecuentes sobre todo en el barrio negro de Monserrat conocido como "el barrio del tambor", este instrumento no formaba parte esencial de los festejos. Incluso, la necesidad de los jóvenes negros porteños de ser aceptados por la nueva sociedad, hizo que definieran al candombe como "el baile de nuestros antepasados", una tradición conocida, pero que ya no era practicada.


Las vestimentas que adoptaron las comparsas con el correr del siglo, también marcan la diferencia entre Buenos Aires y Montevideo. Las comparsas de negros porteños de fines del siglo XIX, incorporaron a su vestuario los trajes de estilo europeo usado por las otras asociaciones. En cambio en Montevideo, las agrupaciones carnavaleras fueron adoptando las vestimentas típicas de los negros que consistían en un calzón corto, camiseta negra ceñida al cuerpo, amplio vestón, alpargatas de color, y sombrero de paja profusamente adornado. Por último, los personajes que adoptaron las comparsas montevideanas para acompañar al estandarte, también estaban relacionados con el candombe. El director, el "gramillero", la negra vieja "Mama Vieja", el "escobero" que encabezaban los desfiles, eran personajes que conformaban el séquito de los reyes congos en los festejos candomberos de las naciones . Por el contrario, en Buenos Aires las comparsas se organizaban detrás de los carros adornados y de los estandartes que identificaban a cada una de ellas.

Conclusiones


El desarrollo de los festejos de carnaval en Montevideo y en Buenos Aires presenta diferencias significativas en cuanto a la inclusión y participación de los afroamericanos. Quizás no se pueda establecer una causa única que explique este fenómeno. Es necesario profundizar los estudios en el campo de las ciencias sociales para tomar conciencia de la complejidad de factores que intervienen en la conformación de un tejido social y sus procesos históricos. Este trabajo propone, sin pretender ser exhaustivo, hacer un aporte a la creación de nuevos marcos de análisis que permitan el abordaje sistemático de las prácticas festivas populares como espacios de significación particulares e independientes.


Es importante destacar que en Montevideo, los carnavales mantuvieron su vigencia a lo largo del siglo XX, e incluso se fueron adaptando a las nuevas necesidades sociales. En cambio, los festejos porteños de carácter masivo y ampliamente participativo, fueron desapareciendo con el correr del siglo XX para ser recuperados sólo en 1997, a partir de su declaración como patrimonio intangible de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.







sábado, 24 de marzo de 2012

Carnavales de antaño en San Juan
Por Rufino Martínez para El Nuevo Diario

Como dos meses antes, el aire tibio de la noche empezaba a llenarse de sones de quenas, guitarras, violines, tambores, mandolinas, acordeones, bronces y maderas. Eran las comparsas que ensayaban para competir en los corsos. ¡Y a bien que no lo tomaban en serio! Los ensayos generales los hacían con colorines y todo. Un trozo de papel crepé rojo, empapado en saliva, era un colorete especial;

un corcho quemado daba el negro de las pestañas y el sombreado de los ojos.

Los trajes, de colores fulgurantes y chillones, colmados de lentejuelas, espejitos, flecos y abalorios seguían las añejas costumbres de los “chinos de la virgen “. La reina de la comparsa, tiesa y manito alzada, saludaba con tanta prosopopeya y decoro que uno no sabía si estaba en un corso o en un funeral.

Por otro lado, el ¡boomm, boomm, boomm! de las murgas, con sus picarescas canciones y refranes ponían una colorida nota de ingenua desfachatez, cuando no de simple grosería. ¡Así eran esos tiempos y así esa gente!

La noche que empezaba el corso, que se hacía en torno a la plaza 25, el aire, desde temprano estaba saturado del olor a la albahaca y la manzana que exhalaba la chicha que, en innumerables puestos se vendía al público, por vaso o por jarro ¡Beber chicha era una hermosa costumbre que, desgraciadamente se perdió. ¡Menos mal que, según se ve, la costumbre de beber vino tiende a incrementarse y eso, es el último aliciente para continuar en este politizado y mentiroso planeta! Los entornos de la plaza y tres o cuatro cuadras que le agregaban, lucían engalanadas con gallardetes, farolitos, mascarones, luces de colores, banderas y cuanto jaez servía para exaltar el colorido y la alegría de los corsos de aquellos años. La década del treinta fue muy especial en sus carnavales. ¡Después vinieron otros carnavales, otros pomos y otras serpentinas, que más vale no “meneallo”!


EL CORSO

A las nueve de la noche el disparo de una bomba de estruendo anunciaba el comienzo del corso y empezaba a llenar las veredas la más heterogénea mezcla de gentes que se pueda imaginar.

Los chayeros, verdaderamente chayeros, merecen especial atención.

Llegaban en clanes, el hombre, la mujer, los hijos, hijos políticos y ¡cómo éramos pocos parió la abuela! le agregaban algunos compadres y vecinos amén de los que se agregaban solos. El gran jefe iba adelante. Traje negro, sombrero negro, pañuelo negro al cuello, camisa blanca, zapatos negros (costaba verle la cara), sobre el costado izquierdo, colgaba del hombro una toalla blanca, de hilo (la del médico) con largos flecos y puntillas y en no pocos casos, bordaba con claveles rojos y grandes iniciales con los colores patrios.

El gran jefe, llevaba en la mano izquierda una latita (ex aceite) con agua, y en la mano derecha una rama de albahaca que, por instantes sumergía en la latita, y asperjaba de perfume y frescor a cuanto conocido, compadre o comadre encontraba al paso, los cuales, previo un ¡yuyuy, y muchas gracias! respondían con idéntica asperjación o con un chorrito de agua florida que manaba del pomo El Loro (y si el bolsillo lo permitía), agregaban el cumplido de una serpentina Bellas Porteñas.

¡Ni qué decirle que aún no se estilaba el pica-pica, el engrudo, la harina, ni enroscare! pomo vacío y revoleárse!o a la cabeza de algún punto o de alguna reina! ¡No señor, eso vino después! Apenas sí al final de corso y, raras veces, era dable escuchar algunos tiros o ver el refucilo de algún facón, entretenimientos que dirimían alguna diferencia personal o justificaban la excesiva ingestión alcohólica.

¡Por lo demás, todo iba bien, algún muertito no le cae mal a ningún cementerio! A todo esto ya el corso estaba en lo mejor. Iban por la segunda vuelta el desfile de carruajes ornamentados. Las comparsas (orgullo de barriada) rivalizaban en música y atuendos. ¡Era de ver a los muchachos de La Estrella Oriental, La Lyra, La Quena, La de Concepción y tantas que uno olvida!

Al paso de las comparsas, la gente aplaudía y les arrojaba serpentinas, que las reinas agradecían, bajando un poco el estandarte e inclinando la cabeza en señal de saludo y agradecimiento. El estandarte, adornado con bordados y lucecitas, era una muestra del ingenio colectivo del barrio. Detrás del estandarte, una chica empujaba un carrito con una batería eléctrica que encendía y apagaba las lucecitas. ¡Hay que apreciar que eso era la conquista máxima de la tecnología lumínica de entonces!

Luego de las comparsas (contribución del barrio) y los grandes carruajes (contribución del comercio y la industria) las murgas ocupaban el tercer puesto en la preferencia. El ingenio a veces desfachatado y siempre oportuno, resaltaba, en lo grotesco, los acontecimientos más salientes del año. Le seguían las máscaras sueltas y los pequeños conjuntos humorísticos que hacían las delicias (cuando no el fastidio) de los concurrentes al corso. Una muestra: dos abogados muy conocidos en el medio, ocultos bajo caretas y con guardapolvos largos y pintarrajeados formaban un dúo de originales vendedores. Uno iba adelante llevando sobre un hombro un palo de escoba donde había unas ristras de chorizos; el otro lo seguía con dos palas viejas y pregonaban: ¡Chorizos frescoooos! —y el de atrás— ¡Palas viejaaaas! Manera ingenua de divertirse insinuando la función del embutido lejos de la parrilla y la nostalgia de quienes ya habían llegado a los apacibles años.

A las doce de la noche, una bomba anunciaba el fin del corso y ¡a salvarse! empezaba la chaya y las corridas. ¡Ahí se desataba el indio y la prudencia era un simple nombre de mujer! Menos mal que las mamás con pequeños, previendo el final, se habían retirado temprano, buscando el descanso y esquivando el chapuzón.



LOS BAILES

A las doce de la noche terminaba el corso y empezaban a ponerse lindos los bailes. Los del Club Español eran los más concurridos y divertidos. Le seguían los de La Libanesa y, en orden decreciente, de pelo y color, Obreros del Porvenir, Camilo Rojo y Salón Buenos Aires. Los que se organizaban en algunas piletas y clubes de barrios, más que bailes eran riesgos. Pero, conservaban el atractivo y el candor de lo genuino y el acicate de lo imprevisto.

El aire de la noche se poblaba de melodías bailables de las que se destacaban los pasodobles Valencia y El Niño de las Monjas. Hasta las seis de la mañana la juventud bailaba y las mamás velaban y vigilaban.

Como a las siete, en coches de plaza, capota baja y jamelgo enjaezado, las familias empezaban a caer a lo de Camacho, la chocolatería de la calle Santa Fe (aún está) y bajaban la cerveza y las bilzes con un chocolate con churros. Luego, ya sol alto, enderezaban para las casas, con una rueda de tejeringos para los más chicos, que se habían quedado en casa. ¡Y a sacarse los zapatos, aflojarse los corsés... y a dormir! ¡Hasta el otro carnaval!

martes, 23 de agosto de 2011

Carnaval de Antaño - por Alejandro Edgar Ansa




Hoy volvemos rescatar de nuestra memoria colectiva los “bailes de carnaval”, y lo hacemos a través del relato de Rubén “Firulin” Zampieri y su esposa Yolanda Godoy, que con la coordinación de Noemí Zampieri, tan gentilmente han accedido a contarnos sus experiencias de años “mozos”:
El patio del Club estaba casi listo para el baile, los mascarones y los gallardetes colgados del techo de la pista de baile techada por inaugurar, tenia diez metros de lado y era todo un orgullo para la comisión. Bajo la galería estaban dispuestas alrededor de las mesas, las sillas que seguramente esta noche serían pocas. Y como en veces anteriores habría que ir a buscar a la casa de algún vecino generoso algunas otras a medida que el público fuese ocupándolas y se tendría que pasar por arriba del tapial. El mismo que sabía dividir el “baile social” del popular, que permitía otros modos. Sabido era que al club se podría entrar de botas de campo, pero sin corbata, ¡jamás!
Este era el primer baile de carnaval de este año que se sitúa entre los’40 y los ’50, el primero de la serie de dos fines de semanas consecutivos con sus sábados y domingos respectivos, y el lunes y martes previos al “miércoles de ceniza”. Se sobreentiende que los últimos dos bailes se hacían ya entrada la Cuaresma y cuantos problemas traía ello con el Sacerdote. Seguramente las aguas se apaciguarían pasada la “Semana Santa” y los bailes retornarían el Domingo de Pascuas.
Por la tarde había arribado la “Orquesta Típica de Murillo”, directamente de la Ciudad de Buenos Aires, el viaje había sido largo incluyendo el cruce del Paraná en balsa desde Zárate hasta Puerto Constanza. Tras el descanso pertinente los músicos estaban preparados para un largo show donde serían la única y gran atracción. Como orquesta “Típica” se entendía por aquellos tiempos a la que ejecutaba ritmos clásicos del “2x4” como el tango, la milonga y el vals. Se diferenciaba de la orquesta “Característica” en que ésta última se dedicaba a los ritmos más populares como el Fox-trot, la rumba y el pasodoble. Los códigos de la época marcaban que la orquesta ejecutaba una serie de dos temas o “piezas musicales” y descansaba unos minutos, así que el baile entre las parejas cumplía las mismas condiciones.
Y entrando de a poco en el desarrollo del baile, las familias habían llegado temprano, casi al atardecer. Los grupos de señoras y sus hijas mozas se ubicaban en grandes rondas de charlas y comentarios. Algunos pocos niños correteando bajo la mirada atenta de sus madres. Por el predio social se paseaban varios disfrazados o “mascaritas” que, con su respectivo permiso policial y municipal por escrito, caminaban entre la gente haciendo sus pasayadas, para luego seguir su camino. Los hombres por su lado se reunían cerca de la cantina y de parados, compartían algunas cervezas “Quilmes” pues era noche de verano aún y el calor sofocaba. Los demás disfrutaban de la gaseosa popular de la época, la “Bilz”, que con su refrescante sabor a naranja satisfacía a todos. Aunque hay que destacar que uno de los productos mas vendidos en las noches de bailes eran las pastillas, en especial las de mentol, ya que había que ocultar en parte el aliento a
alcohol y a cigarrillo ante la oportunidad de bailar con alguna señorita.
El ritual del baile se iniciaba con la invitación a la agraciada en la propia mesa y a la vista de su señora madre, pues había que tener mucha confianza para, desde lejos, hacer una “seña con la cabeza” y tener la seguridad de que la señorita iba a responder. Cuantas veces la seña no era para uno, sino para otro que se encontraba detrás. Imagínense ir hacia la pista y nada…¡que vergüenza semejante desplante!
La orquesta seguía con su ritmo de dos “piezas” y su pertinente descanso, momento en que los asistentes aprovechaban para el disfrute carnavalesco por medio de “lanzaperfumes”, pomos de gomas rellenos con agua, papel picado y serpentinas, que quedaban enredadas en los alambres que sostenían los focos de colores. No era esta la ocasión, pero más de una vez se vio aparecer a una conocida familia mansillense provista de paraguas y piloto para atemperar los embates del agua de carnaval, y que la imprevista tormenta de verano retornó a aquellos elementos de defensa a su verdadero significado.
Así con el correr de las horas los bailarines disfrutaban cada instancia musical, pues casi nadie despreciaba la oportunidad, ya que eran pocas las ocasiones en el año para la diversión. La llegada de la medianoche marcaba el final de la provisión de energía eléctrica de la vieja usina, pero seguramente no sería la culminación del baile de carnaval. La extensión del mismo se alargaría a la luz de los “soles de noche” hasta que no haya quien para “darle fuelle”.
Un agradecimiento muy grande a “Yola” y “Firulín” por cedernos parte de sus gratos recuerdos sobre aquellos bailes de carnaval que tanto disfrutaron. Por ser protagonistas y seguramente grandes artífices de las reuniones sociales a través de varias décadas. Y por permitirnos rememorar una arista más de “nuestro pasado mansillense”.


Mansilla, Provincia de Entre Ríos

sábado, 12 de marzo de 2011

“La máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas”

Liberar el cuerpo y la alegría. Dar lugar a la crítica social. Reconocer que no se puede ser espectador sino todo un partícipe. Estas reglas gobiernan el carnaval, una fiesta con orígenes remotos que no pierde vigencia.

Por Daniel Ulanovsky Sack para Clarín


Ella se planteó un desafío: encontrar lo racional en aquello que parece irracional. Porque el carnaval es la máxima expresión del despilfarro, del hacer para desaparecer, de algo efímero que dura cuatro días y se diluye hasta el año siguiente. Sin embargo, al explorar la vida de la gente en el festejo, se comprueba que hay mucho más que experiencia inmediata o “pequeña barbarie”. En 1986, cuando el país aún sentía en la piel la dictadura feroz, la economía debilitada, la guerra perdida, estudiar la murga podía parecer algo frívolo. Pero la antropóloga Alicia Martín había decidido que para entender una sociedad más allá de las lógicas de costo-beneficio y de productividad había que ingresar en la expresión y en las estéticas populares. Veinticinco años después, reconocida ya como la principal teórica del carnaval en la Argentina, doctorada en la UBA con una tesis sobre la celebración en la ciudad de Buenos Aires, asegura que vivimos un momento espléndido: las murgas se consolidan tanto en los barrios como en los talleres que forman nuevos artistas y grupos y se abren, con sus letras, al mundo contemporáneo, desde los cacerolazos a los amores virtuales por Internet.



Es curioso el carnaval: una celebración religiosa que festeja el exceso bacanal, casi pagano. ¿Cómo se entiende? Parece un contrasentido hablar de carnaval religioso, pero el hecho de que esté integrado en el calendario litúrgico de la Iglesia romana es un avatar histórico, tiene que ver con su tradición, que se puede medir en siglos. Si bien toma su nombre actual en la Edad Media, sus orígenes se remontan a las fiestas dionisíacas de los griegos y a las celebraciones en honor a Saturno, dios del Tiempo de los romanos, en las que imperaba el todo vale. Se liberaban las rutinas y había una inversión marcada de los papeles sociales: los amos pasaban a ser esclavos y los esclavos eran reyes por unos días. Un verdadero mundo del revés.



¿La religión católica, más que aceptarla como el momento de alegría antes de la penitencia de la Cuaresma, la incorpora a la liturgia para no dejar una fiesta popular fuera del marco institucional? Creo que sí. Por eso varios autores han señalado ese contraste entre una festividad que es una especie de derroche o de exceso de todos los sentidos y una religión altamente ascética donde lo corporal está muy vinculado con lo prohibido o, en otra época, con lo demoníaco. Justamente, el juego de “atreverse a” es central en el Carnaval. Hoy se cree que uno se tapa para ocultarse pero no es así: la máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas. Uno puede pensarse como ese otro, criticarlo, satirizarlo.



Pienso en mi infancia en Rosario –fines de los 60 y los 70– y recuerdo el Carnaval con tristeza. La idea era dañar al otro: echarle espuma en los ojos, arrojarle fuerte un globo de agua para que doliera, “ahogarlo” en serpentinas, golpearlo con unos martillos de plástico que no resultaban inocuos. Era la alegría convertida en agresión.



Siempre fue así y creo que se vincula con que en el carnaval no hay espectadores. Si estás, jugás, y si no te gusta, te vas. Por eso existe ese imperativo para que el otro se incorpore a las reglas. En todos los carnavales se tiran cosas de las más insólitas. Y antes era peor. Las crónicas del siglo XIX hablan de carreras de caballo: los jinetes se armaban de proyectiles hechos con grandes hojas de diario y rellenos de agua o a veces de sustancia fétidas, que tiraban a los transeúntes. Es curioso, los diarios de la época daban información sobre los excesos, pero en secciones diferentes a las del festejo. En la portada, por ejemplo, se podía leer “Gran despliegue, la mejor sociedad se dio cita en el corso de Flores” y en Policiales se publicaba que había sido arrestado un inmigrante italiano recién llegado por arruinar el disfraz de una señora de alcurnia.



Para la celebración del año pasado, el gobierno de Brasil repartió en forma gratuita 55 millones de preservativos. ¿El carnaval implica una sexualidad desbordada? Sí, absolutamente. Es hacer lo que no está permitido durante el año. En algunas ciudades de Europa –en especial en Alemania y en el norte de Francia– los matrimonios se pierden, no van a dormir a la casa, nadie sabe dónde está el otro y existe un pacto de no preguntar ni de contar lo que sucede en esos días. Acá, en la Argentina, en las pequeñas ciudades de provincia, durante mucho tiempo estuvo vigente el dicho de “hijo del carnaval” para referirse a los embarazos no buscados. Piense que hasta la década del 60, las jóvenes tenían un espectro de candidatos posibles para “matrimoniarse” muy restringido y el carnaval abría una ventana para conocer gente, lo que generaba lógica expectativa.



¿Pero en los corsos de antes no había poco espacio para que la mujer participara activamente? Ese es un concepto que se debe revisar. Yo he visto fotos de un grupo que se llamaba “Los días y las noches” y esas noches estaban representadas por lunas actuadas por mujeres. Ellas también eran fuertes en los bailes de disfraces y en los juegos de agua. Es que antes, durante los cuatro días de carnaval, había horarios. Después del almuerzo, a la hora de la siesta y hasta las seis o siete de la tarde, era el momento de los juegos con agua, y ahí todo valía. Se tiraban manguerazos, baldazos, bombitas. Las mujeres participaban y eso permitía romper un poco la jerarquía patriarcal de una sociedad estratificada.



Entre tanta agua arrojada, ¿quedaba espacio para la coquetería? A la noche, en el horario del corso. Todo el mundo se cambiaba y empezaba la gran vidriera: los comerciantes de los barrios organizaban actividades, armaban palcos y se instituían premios al disfraz más llamativo o a la mejor agrupación. Después venían los bailes; hasta la década del 70 había en Buenos Aires clubes con tres pistas: una donde sólo se tocaba tango, otra de jazz y una última de música tropical.



Parece usual suponer que en el carnaval porteño “todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Verdad o mentira? Mentira. Estamos en un momento espléndido porque hay una fuerte decisión de la sociedad civil de recuperar espacios públicos para la expresión, y en ese movimiento ocupa su rol la tradición carnavalesca. Algunos consideran a las murgas como una vanguardia del teatro porteño ya que en sus letras se van reflejando los temas y las estéticas que le importan a la gente. La murga también se ha ido adaptando a lógicas contemporáneas. Hasta hace algunas décadas, tenían una raíz barrial, pero ahora se trabaja mucho por grupos de afinidad ya que los participantes se conocen en talleres y a partir de allí empiezan a formar nuevas agrupaciones.



¿La murga es un fenómeno clasista, de sectores populares, o integra a todos los niveles? Depende de la región. En ciudades como Gualeguaychú, los profesionales participan de las murgas en forma habitual. En Buenos Aires, en cambio, el movimiento quedó en manos de sus militantes más fieles, que son los sectores populares. ¿Por qué? Porque es su forma más sencilla, si no la única, de expresarse, de exhibirse, de apelar a la diversión. Un profesional de clase media o alta tiene múltiples formas de hacerlo: integra un grupo de rock, de jazz, un coro, se muestra en un campeonato de golf o de tenis. El que no puede acceder a esas grandes instituciones logra, como dice el músico Coco Romero, una vía de acceso a las bellas artes a través de la murga. Además, es un ambiente muy abierto: para decirlo en lógica murguera, si no sabés bailar, fijate si te va bien con algún instrumento de percusión, y si no te va bien con el instrumento, te disfrazás de payaso, te hacés otro disfraz … hay lugar para todos.



¿De qué manera las letras de las murgas reflejan las preocupaciones sociales? A veces lo hacen a través de canciones originales; otras, modificando las letras de temas populares, ya instalados. En diciembre del año pasado publicamos un libro –que compilé junto a Hernán Morel y a Analía Canale– sobre un Concurso de Poesía Carnavalesca. Ahí encontramos, por ejemplo letras como el “Entremés de la cacerola”, de Ana Claudia Escobar: Cómo anda doña Lola/ Qué la trae por acá/ La veo con cacerola/ ¿Qué está por cocinar? Y la respuesta: ¡Qué cocinar ni que guiso!/ Yo vengo pa’ protestar/ El Juan ya van cinco años/ No consigue laburar! Es llamativo cómo se le pone humor a lo oscuro.



Hay un ingenio popular que parece imbatible. Y también se abordan las tendencias de época como el auge de las tecnologías. Recuerdo la canción, “Winner”, de Luis Tomasetig Rossini, que empieza: Quiero ser un “winner”/ cómo soy no va/ El ganar es imposible/ me tengo que aggiornar/ El amor no es fashion/ ahora hay que ser light … light.



Y cierra, luego de su desarrollo: Soy muy adaptado/ ya puse mi mail/ y mi amor, virtual deseado/ lo busco por Internet / Qué civilizado/ mi amor está en la Net … Net ¿Hay mucha parodia en las letras? Sí, eso cumple un doble efecto. El ensayista ruso Mijail Bajtín decía que la parodia tiene un carácter ambivalente: degrada pero a la vez resucita aquello mismo que degrada, le vuelve a dar actualidad, vida. Es como una espiral en la que uno se ríe de lo que está llegando aunque sin desconocer su inevitabilidad y reconocer que ya está integrado a lo cotidiano. Las murgas le aportan picardía y pasión al debate y se asumen como un testigo crítico de las “locuras” de cada época.

lunes, 22 de noviembre de 2010

En 1884, Lucio V. López escribía La gran aldea y describía allí uno de los bailes a los que acudía Alejandro, un cochero mulato integrante de Los Tenorios del Plata que seducía a una sirvienta vasca y la llevaba a bailar, enfatizando su poder sobre la mujer, y también el mestizaje irrefrenable que esto conllevaba (...) Esta reiteración en la fuerza seductora de los negros y de las negras, de sus movimientos sexuados en una época donde el pudor debía velar todas las conductas y que se reivindicaba en un tiempo de trasgresión como el carnaval, se basaba en las imágenes que construían los hombres pertenecientes a los grupos hegemónicos de los candombes de la época de Rosas y que continuaban desarrollándose y utilizándose a principios del siglo XX, cuando la figura del "negro" en el carnaval, lejos de "desaparecer" - como aparentemente pasaba con su homólogo en la vida real - ganaba cada vez más importancia. Geler, Lea: Andares negros, caminos blancos. Afroporteños, Estado y Nación Argentina a fines del siglo XIX, Rosario, Prohistoria Ediciones, 2010.


“La gran aldea” (Fragmento)
 Lucio V. López



Era la última noche de carnaval y el mulato Alejandro estaba de baile. Su comparsa, los "Tenorios del Plata", con un brillante uniforme blanco y celeste y sus botas imitadas en hule, invadía el teatro de la Alegría, campo de las batallas galantes de la clase, en los tres días clásicos del año. Pero el corazón de Alejandro no estaba aquella noche en el salón de baile, sino en los dormitorios de Blanca. Graciana, una linda y traviesa francesita, en quien Blanca depositaba todos sus secretos, había cautivado el alma del mulato, sin que los antagonismos de raza fueran una razón de timidez por parte del cochero o de repugnancia por parte de la sirvienta. La cuestión grave era saber cómo haría Graciana para ir al baile con Alejandro, y eso era algo difícil. La señora con su mamá iban al baile de máscaras del club. El viejo don Ramón permanecía en casa a causa de su reumatismo. Graciana debía velar aquella noche por el bebé ; la noche anterior había estado de pascana con su Otelo; porque es necesario saber que Graciana estaba fuertemente apasionada del mulato.

Alejandro se daba un tono insoportable para con los de su clase, con motivo de sus nuevos amores; y la francesita, aunque estaba lejos de ser una doméstica como las de Zola, no tenía el más mínimo embarazo en desempeñar todos los servicios de su ama y en adorar a Alejandro, sin la más mínima limitación. Pero aquella noche, Blanca al salir enmascarada para el club, había recomendado a Graciana, de la manera más severa, que velara al marido a quien se le podía antojar vestirse e irla a buscar y sobre todo al bebé , a quien don Ramón no podía atender a pesar del entrañable cariño que sentía por su hijita. Graciana había jurado fidelidad, pero Alejandro, así que las señoras y el señor de Montifiori desaparecieron, comenzó a excitar poco a poco la imaginación de Graciana contándole las maravillas que aquella noche iban a hacer los "Tenorios" en el tablado de la Alegría.

La mujer es un ser débil en todas las clases sociales. Graciana comenzó por resistir y Alejandro terminó por vencer. Verdad es que el pardo tenía, según él, un ascendiente poderoso sobre el bello sexo. Los dos amantes, una vez de acuerdo en bailar esa noche en la Alegría sin que los patrones lo notoran, pusieron en juego su plan. Alejandro vistió su uniforme de "Tenorio", color blanco y celeste, con gorra de oficial de marina, espléndido specimen de mojiganga criolla; se echó al bolsillo el triángulo, su instrumento oficial en la comparsa de los "Tenorios" y esperó a Graciana acurrucado debajo de la escalera, completamente a obscuras en el acto de la evasión de los dos danzantes fugitivos. Graciana, por su parte, recorrió las habitaciones; vio que mi tío no daba señales de vida, que el bebé dormía e hizo ruido en el cuarto de la niña, como para dar a entender que ganaba la cama. Después de media hora de silencio, notando que la tranquilidad de la casa era completa, saltó de la cama, descalza, para no hacer ruido; tomó la bujía encendida que alumbraba apenas la habitación y acercándose con ella a la cuna de la niña, notó que ésta dormía tranquilamente; dejó la luz como tenía de costumbre, y abriendo suavemente la puerta del aposento que daba sobre el corredor, y cuya cerradura había tenido cuidado de enaceitar para que no hiciese ruido, salió en puntas de pie llevando en una mano un par de botines de raso y suspendiendo en la otra nada menos que el dominó con que Blanca había asistido disfrazada la primera noche de carnaval al baile del Club del Progreso. La interesante mascarita cerró cuidadosamente la puerta, y ayudada por su amante, sin muchas exigencias de recato por su parte, se disfrazó en un instante; se calzó sus botines blancos, se colocó la máscara de raso, y ambos bajaron resueltamente la escalera principal, abrieron la puerta de calle con la llave que poseía Alejandro y se encontraron muy pronto en la calle, libres como Romeo y Julieta , si Romeo y Julieta hubiesen sido sirvientes y se hubiesen escapado juntos alguna vez.

Cuando llegaron a la puerta de la Alegría, el baile estaba en todo su esplendor. Los "Tenorios" hacían una mella terrible en aquella Ineses de media tinta y de color entero.

Las cuadrillas se bailaban con una seriedad rígida, casi británica; el vals no dejaba nada que desear por corrección: la mazurca era de un remeneo de ancas de dudosa moderación, y por último la habanera algo alarmante como chacota de articulaciones.

En medio de estos variados modos de bailar, se notaba en aquel salón, donde había una absoluta proscripción del perfil griego, una suma tendencia al tono y a la elegancia. Los "Tenorios" se llaman como sus amos; se dan su nombre y apellido; usan su papel timbrado, se ponen sus fracs, sus guantes, sus corbatas y sus camisas; la única nota discordante es el pie, el pie de un "Tenorio" es algo melancólico: un pedicuro con cierto talento dramático podría escribir una tragedia más terrible que Fedra, con sólo estudiar el pasaje de su instrumento a través del pie de un joven high-life de color. He ahí la causa por qué los negros, después de tres días de carnaval, por más elegantes y presuntuosos que sean, tienen que vivir otros tres días prendidos de una reja; los pies necesitan suspender su misión terrena por ese espacio de tiempo para volver a su estado primitivo.

En fin, a pesar de estos inconvenientes, los galanes bailaban aquella noche en la Alegría con tanto garbo, y tal vez con más suerte, que sus patrones del Club del Progreso. Un "Tenorio" con su uniforme blanco y celeste debe ser algo ideal para su compañera de baile y de color; porque al fin, convengamos en que, vestirse para enamorar con los purísimos colores del cielo, es mucho más lógico que hacerlo de negro como los amos.


Hay algo de fantástico en ese traje, en esa chaquetilla de merino azul con galones de plata, en ese pantalón de cotí blanco, en esas polainas de precio modesto pero de soberbio brillo, que se empeñan en confabularse con el botín chueco de elástico, para fingirse botas granaderas.

Alejandro entró en el baile del brazo de su compañera, cuyo espléndido dominó levantó el cotarro de todas las princesas negras que vieron pasar a su lado aquella vasca plebeya, pero blanca.

¡Alejandro, rendido a una "extranjera de Uropa"! ¡Qué decepción! ¡El, el más aristocrático swell de la clase , la flor y nata de las academias de baile, entregado a una gringa!

Las señoritas y las matronas no se lo perdonaron, pero el lindo mulato, sin importársele mucho de las críticas que le hacían por todos los centros del salón, tomó de la cintura a su linda compañera y acometió un scottish de paso doble que en aquel momento comenzaban a rascarlo cuatro violines de la orquesta y un figle solitario y pifión que se quejaba entre los labios de un viejo músico panzón y dormido, representante de la música de viento.

Es de ver la galantería del negro porteño. Prescindiendo, si es posible prescindir del ambiente del salón, que es algo pesado, la cortesía y la urbanidad entre ellos son incomparables: el lenguaje incorrecto pero elevadísimo. Se conversa con las mismas pretensiones con que se conversa en el gran mundo; se enamora con la misma gracia, con la misma compostura y con el mismo chic . Las niñas no dejan nada que desear desde el punto de vista de la educación: es cierto que los labios son un poco gruesos y las narices algo chatas, pero de una autenticidad indiscutible; allí no hay veloutine ni crema de perlas que formen cutis apócrifos. Los mozos son de la más alta estirpe administrativa: entre ellos está representada la secretaría del presidente de la República, por un empleado, que aunque sirve el té y el agua con panal, no se apea de su categoría de empleado público. Los cinco ministerios de la Nación tienen sus más dignos representantes: la diplomacia, el gobierno, la instrucción pública, la guerra y la hacienda forman parte de los "Tenorios del Plata", que bailan en la Alegría las tres noches de carnaval. Las mamás o las tías y madrinas viejas, que se le acomodan desde su asiento a una masa sopada en vino Priorato, ven pasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempeña cargos modestos, pero honrosos en la política argentina. Y generalmente, esos snobs de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodea su nombre; pero, si suelen ser eximios como amantes, son intolerables como maridos; todos concluyen enamorando vascas, como Alejandro, o perdiendo a las negritas mimadas de casas decentes. Aquella sociedad tiene sus escándalos como todas las sociedades: raptos, seducciones, adulterios, suicidios y hasta duelos. Hablan de las guerras y de las batallas pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque el negro y el pardo porteño saben batirse con la bizarría del mejor de los soldados y caer sobre el campo de la acción como caen los héroes.

Las dos de la madrugada habían dado ya, y Graciana apuraba a Alejandro para volver a casa. La sirvienta pensaba con razón, que el señor podía haber notado su ausencia, que la niñita podía haber llorado, que Blanca podía haber regresado del club; pero el negro, rumboso al fin, como todos los de su clase, quería concluir la noche con una cena en un café de la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita.

Tanto hizo Alejandro, que Graciana, después de bailar con él la última galopa con un ímpetu y un entusiasmo indescriptibles, consintió en ir a cenar, no por cierto unas ostras con Sauterne, sino unas suculentas costillas de chancho, apoyadas por una copiosa taza de café con leche, con pan y manteca, que sirvieron para corregir la vacuidad incómoda que todos los estómagos, ya sean plebeyos o aristocráticos, sienten a las tres de la mañana después de una noche de baile.

Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salían conjuntamente del teatro, con los "Tenorios", extenuados por la fatiga de la noche, demostrando en el rostro esa melancolía peculiar que demuestra el último comparsa que se retira en la madrugada de la tercera noche de carnaval.

Por entre ellos atravesó orgullosamente Alejandro con su compañera del brazo, y doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puerta de la casa de sus patrones.

Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa de mi tío Ramón; la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestíbulo bajo y en el vestíbulo alto. Algo de extraordinario debía de haber pasado durante su ausencia, y la fuga de Graciana había sido notada. La sirvienta tuvo un acceso de nervios muy común entre las francesas y no se atrevió a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de miedo.

El pardo vacilaba también, y caballeresco como era, no se atrevía a comprometer ni a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentaba con el ruido de los carruajes que comenzaban a remolinear en la esquina del Club del Progreso, lo que les indicaba que el baile allí tocaba a su término, que de un momento a otro, Blanca llegaría a su casa y encontraría a Graciana disfrazada con su dominó. Los dos amantes optaron por lo más práctico en aquellos instantes críticos y huyeron calle de Victoria arriba, prefiriendo la fuga a pasar por la vergüenza de ser descubiertos. Alejandro, el audaz seductor de aquella honesta Margarita, fue a golpear la puerta de una posada de la plaza de Lorea, donde se instaló con su compañera, resuelto a darle su nombre para cubrir su falta y purificar su honra manchada.
Fuente: Carnavales del siglo XIX. El club del Progreso,

jueves, 2 de septiembre de 2010

HISTORIAS DE BUENOS AIRES
Desde Nuevo Ciclo


Durante el año 1990 el Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires promovió diversos talleres de Historia Oral en distintos barrios de la Ciudad, uno de ellos el de Boedo, que fue coordinado por el Sr. Roberto D. Bolan. Uno de los temas abordados con la participación de quince vecinos, fue el referido a los carnavales en Boedo, recibiéndose los testimonios de quienes vivieron las fiestas desde las primeras décadas del siglo pasado. Un boletín del Instituto, actualmente agotado, que lleva el Nº16, editado en marzo de 1991, resumió aquellos encuentros, dejando recuerdos de reconocido interés. Creemos que, como introducción a las notas correspondientes al Carnaval 2007, resultará interesante para muchos de los lectores visitantes de estas páginas, tomar conocimiento de las vivencias sentidas por nuestros padres y abuelos en aquellos carnavales de la primera mitad del siglo XX. En la introducción a la nota, el coordinador expresa: “Para el lector llega ya el momento de introducirse en una especie de máquina del tiempo para transportarse al pasado de un barrio de Buenos Aires, para “vivir esos cuatro días locos” para recrear un ayer que produjo alegría e instantes de felicidad a un barrio tan entrañablemente metido en el corazón de los porteños“.


Este juego, que resultaba muy intenso y prolongado, a veces causaba algún accidente, ya sea por los elementos que se manejaban, como por los peligrosos resbalones debido al piso mojado…..
Herminia Faregna (H.F.): Al atardecer se jugaba con el pomo de plomo con agua perfumada (marca “La bella porteña”, y como costaba caro, Ud. no podía comprar otro. Luego los chicos se hacían de unas moneditas vendiendo el plomo.
Aurora Trotta (A.T.) Llevaban pomos y el lanza-perfume, pero no tiraba en los ojos; no había agresión, no. Jugaban con serpentina y con papel picado.
Leonor Trotta (L.T.). Eso sí, si le podían tirar papel picado en la boca, se lo tiraban.
Domingo Mittica (D.M.) Lo que quiero aclarar es que el juego de los lanza-perfumes, con serpentinas y papel picado, ocurría a la iniciación del corso. Por lo regular, los hombres acostumbraban expulsar los líquidos (que eran fríos) de los lanza-perfumes por las espaldas y piernas de las damas y cuando éstas querían esquivar el chorro, el líquido sin querer, a veces, se dirigía a los ojos, con los resultados de afecciones en la vista que debían ser tratadas en los hospitales.. Había problemas graves y por eso fue prohibido su uso, pero, a pesar de ello, aparecían los lanza-perfumes en carnaval, pues eran vendidos a escondidas de las autoridades policiales. Para la prevención en los ojos aparecieron a la venta las famosas antiparras…
A.T.: sobre todo en el pasaje Cabot, muchos jugaban al agua en la calle; eso sí, lo hacían nada más que los que querían jugar; no es como ahora (1990), que uno va por la calle le tiran un balde de agua. En dicho pasaje se juntaban vecinos de tres, cuatro o cinco casas; era una cosa que no se pasaba un año sin jugar al agua, aunque fuera un día, pero se jugaba…
María Ana Ugo (M.A.U.): Mi familia es muy vieja en el barrio. Vinieron de Italia y se establecieron en la zona sur de Boedo, a fines del siglo pasado (XIX) o principios de éste (XX). Mi abuelo fundó el mercado de “Inclan” y contaba que se jugaba mucho al agua, que era una tradición en el barrio…….
D.M.: Recuerdo que por una ordenanza o edicto policial (no se que sería), era permitido jugar al agua en carnaval en la vía pública, solo en la Costanera Sur, en el horario de 14 a 17:30 hs. El juego se hacía con pomos, bombitas o globitos y se usaban unas pistolas de goma que absorbían el agua de baldes que poseían en sus vehículos, coches, camiones y camionetas. Sucedió, según mis recuerdos, entre los años 1937 y 1945…si la memoria no me falla.
La gran fiesta
G.O.: Al atardecer comenzaban a aparecer las primeras comparsas y las “mascaritas” sueltas. Las agrupaciones desfilaban en correctas formaciones y vistosos disfraces. Algunos de estos conjuntos, como en el caso de los centros corales y musicales y de los marinos, se destacaban por sus impecables uniformes...
Ciertos conjuntos, como los de los clowns y murgas, acostumbraban detener sus marchas para hacer breves demostraciones, ya sea de pruebas acrobáticas o del repertorio de sus canciones, pero el objeto principal que perseguían era su presentación en los concursos organizados por las salas de espectáculos.
En dichos concursos se otorgaban premios a las mejores agrupaciones, consistentes en medallas, plaquetas y otros trofeos, cuyos merecedores los exhibían luego en sus estandartes.
Saturio Ortíz (S.O.): El Teatro Boedo era el que verdaderamente organizaba el carnaval en Boedo. Se ponían en venta las localidades y con solo mencionar al dúo Buono-Striano (animadores) en 35 o 40 minutos se vendía toda la sala con días de anticipación. La función empezaba a las 20:30 y terminaba a las 4 o 5 de la madrugada; un desfile constante, comparsa, tras comparsa Y a la gente, había que golpear las manos y decirles: ¡Se acabó, señores, hasta mañana!
Ángel Landro (A.L.) Al carnaval iba el gaucho, el paisano, el matrero, también el cocoliche, el que hablaba medio en italiano. Un pariente mío, cocoliche, decía al entrar al carnaval:
“Permasso pito p’entrare
Francesco Letra Cardone
Per te ven a salotare
A questa grande revonione”
No citado en el Boletín que estamos transcribiendo, pero obrante en los archivos de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo, se encuentra el más antiguo testimonio que hemos hallado de los carnavales en Boedo, y tiene relación –precisamente-con lo citado:
Beatriz Clavenna (B.C.): A mi marido, cuanto tenía 8 o 9 años los padres lo mandaban a las 5 de la tarde para ocupar una mesa en el “Rió de Oro” (Carlos Calvo y Boedo) – hoy café Recuerdo- para que a las 20:30 disfrutara toda la familia del corso de Boedo.
S.O.: recuerdo que desde 1922, aproximadamente, la gente venía al corso de Boedo desde muy lejos, con sus banquitos o sillas de paja para sentarse próximos al cordón de la vereda. El corso tenía una extensión desde Independencia (por Boedo) hasta San Juan y daban la vuelta (POR Boedo) porque era mano y contramano.
Luis Brenna (L.B.): En la comparsa de losMarinos Unidos del Plata (de la que fui integrante de chico) íbamos vestidos de marineros con el uniforme y el clásico sombrero de marino. Chicas y chicos ensayábamos meses en la calle Luzuriaga; nos enseñaban a marchar. Primero iba la banda, le seguían los que llevaba estandarte y luego la tropa.
Herminia Farenga (H.F.): Desfilaban los “limpia Spuzza y Cía.” (Un juego de palabras en italiano y castellano para designar a los cloaquistas); La comparsa de ese nombre aparecía con sus integrantes vestidos de cloaquistas que generalmente usaban un uniforme azul y portaban un recipiente de regular tamaño de bronce, bien lustrado. En el llevaban un cepillo, una sopapa, un trapo de piso, en fin lo necesario para limpiar piletas y baños (sin olvidar el uso de la acaroina)
G.O.: Otro de los conjuntos numerosos era el de los barrenderos o “musolinos”, Estas agrupaciones, cuyos uniformes eran parecidos al de los barrenderos municipales, llevaban cepillos y carritos para la limpieza de las calles. Los barrenderos marchaban parodiando el trabajo de esos servidores públicos, moviéndose exageradamente, lo que provocaba la risa de los presentes. Completaban la actuación con divertidos cánticos, en un italiano alrevesado……..
H.A. Lo importante del corso de Boedo era que acaparaba la atención de gente de muchos barrios de la Capital y del Gran Buenos Aires. Yo sabía de personas que venían de Valentín Alsina, de Lanús y de más lejos, además de las que llegaban desde Pompeya, Parque Patricios, Almagro, Caballito, en fin de todos lados.
Murgas y disfraces:
H.F.: Las murgas de los pibes atorrantes preparaban sus trajes con las bolsas de arpillera, algunos muy trabajados. Las tapitas de “Bilz” servían de adorno al traje y los cantos eran tan “fuertes” que las chicas tenían que “volar”
A.L.: Había una murga extraordinaria que se llamaba “Llanta de goma y su cría” porque
parecían de goma, saltaban muy alto y hacían pruebas acrobáticas.
G.O. Las murgas eran totalmente distintas a las de ahora, tanto en la cantidad de componentes como en vestimentas, instrumentos musicales, excepto el bombo, y canciones.
La cantidad de murguistas nunca superaba la docena de participantes y marchaban en fila india llevando, a su frente, como mascota, un chico vestido de director; luego le seguía el verdadero director. Ambos vestían pantalón, levita, galera alta, bastón, llevando largas melenas; el verdadero hacía sonar un silbato al compás del bombo.
Los instrumentos musicales de esas murgas eran de conexión casera, imitando a los de viento, pero de tamaño exageradamente grande.
Con el nombre de murga, los más chicos formaban pequeños grupos que usaban como vestimenta alguna ropa vieja; se colocaban sacos dado vuelta, se tiznaban las caras con corcho quemado, se ponían sombreros viejos y usaban como instrumentos musicales cacerolas a las que golpeaban con sus tapas. Sus canciones eran tan procaces que las familias optaban por rechazarlos cuando se acercaban para entonar su repertorio. En cambio eran bien aceptados por los parroquianos de los bares y despachos de bebidas, Quienes se divertían con sus ecires y les retribuían con alguna moneda, que era lo que finalmente buscaban esos pequeños muguistas………
G.O.: También había mascaritas sueltas. No todos se disfrazaban para integrar conjuntos; muchas personas mayores lo hacían para actuar individualmente y su actuación se reducía a visitar amigos, parientes, vecinos, etc.
En cuanto a los chicos, además de disfrazarlos para que lucieran sus vestidos ante familiares y amistades, su finalidad muchas veces consistía en presentarlos en los concursos de máscaras infantiles que organizaban los corsos. Es importante reiterar el concepto: el corso de Boedo no era organizado: carecía de palcos y de adornos. Podría decirse que era un corso con plateas, cuyas butacas las constituían las sillas de los cafés que se extendía a lo largo de la calle Boedo, desde
Independencia hasta San Juan
Bailes de carnaval.
Emilio Musi (E.M.): en el Club Mariano Boedo había Bailes. En Rioja pasando Cochabamba, había un club llamado “El Refugio”….
G.O.: Los grandes bailes eran con Di Sarli, Pugliese, Jazz Casino, Barry Moral. Hubo épocas en que a los bailes se iba con traje y corbata, los días domingo. Todo esto que comenté está referido a los bailes del Club San Lorenzo de Almagro.
B.C.: Ya no se hacen más los bailes de disfraces de aquellas épocas. Toda la gente se disfrazaba. En la calle los chicos, pero en los salones y en los clubes también los grandes. Actualmente (1990) se ha perdido esa costumbre, inclusive en el caso de los chiquitos. En el Club Mariano Boedo se organizaban bailes “a todo trapo”, con concurso de mascaritas y disfraces. En realidad todos los clubes hacían bailes y tenían su público.
Y así vamos llegando al final de esta evocación de viejos tiempos, realizada por nuestros mayores, hace ya quince años. Por supuesto ahora y no veremos chicos por las calles con disfraces de variado tipo y tampoco mayores, como este personaje de 1970 ¿el último disfrazado?, mostrado por La Nación en “Diario íntimo de un país”.
Pero tendremos para disfrutar los carnavales de estos tiempos. Con más de 11.000 actores participando de ocho jornadas plenas de alegría, que serán acompañadas por más de 800.000 personas, de toda edad, que aportarán su presencia y su aplauso al paso de cada una de más de cien agrupaciones de murga existentes en la ciudad.
Y hecha esta introducción, vamos a ocuparnos del Boedo 2007

jueves, 26 de agosto de 2010

El Carnaval Santafesino

Quizás una de las costumbres más antiguas de la humanidad haya sido el Carnaval; costumbre que ha perdurado a través de los siglos, y que aún continúa con toda su sugestión y magia.

Su origen se remonta a las antiguas fiestas de griegos y romanos en honor de sus dioses; festejos paganos en honor de Saturno o lujuriosas bacanales que enloquecieron a los pueblos de entonces, para convertirse más tarde en el auténtico Carnaval, establecido en la Edad Media, como rara antesala de la Cuaresma.

Desde entonces "la vida ha sido un carnaval", como dice algún tango. En América su culto se entronca con las ceremonias religiosas de quichuas y aimaráes en lo que hace a nuestro territorio, siendo así el Carnaval una fiesta de "neto sabor telúrico y profundo simbolismo", donde lo pagano se mezcla con lo trascendente en medio de un sonar de cajas, quenas o bombos y un desborde sin tregua de aloja y chicha, inspiradores báquicos del hombre del altiplano.

En nuestra vida independiente, a través de los españoles, la tradicional fiesta se prolongó en la sociedad criolla, pero con grandes intervalos y en forma e intensidad distintas según los pueblos o ciudades. En Buenos Aires, por ejemplo, el Carnaval tuvo un gran despliegue, especialmente en los barrios del sur: San Telmo, Monserrat y otros aledaños, donde la población de negros era muy numerosa. Luego cundió en el centro. Debido a sus excesos, en 1830, Tomás Guido ministro de Gobierno llamó a la reflexión a los habitantes de Buenos Aires para que controlaran o se abstuvieran de esa "cosa tan humillante como perniciosa". Y dentro de esta política, el Ilustre Restaurador de las Leyes, en 1844, luego de extensos considerandos, sobre la moral y demás extravíos de los hombres declara "abolido y prohibido para siempre el juego del Carnaval".

En la ciudad de Santa Fe, por aquellos años de don Juan Manuel, la popular fiesta pasó desapercibida, pero no fue prohibida del todo. Hay que tener en cuenta que durante los años de las luchas civiles el Carnaval, como otras fiestas populares, quedaron reducidas cuando no suprimidas, por las lógicas razones de toda guerra, donde no hay tiempo para el jolgorio.

Llegada la época de la Organización Nacional el dios Momo asoma recién su cabeza entre nosotros. Sobre estos carnavales del pasado siglo, en su parte final, han escrito muchos de nuestros historiadores, entre los que cabe mencionar a Floriano Zapata, Clementino Paredes, Jo-sé Pérez Martín, Mateo Booz y Agustín Zapata Gollán; sin olvidar a Lina Beck Bernard que, aunque extranjera, alude también al tema. De todos éstos, es indudable que es el Dr. Paredes quien nos proporciona más abundante material. También acudiremos a los relatos que nos hacía nuestro padre, testigo y protagonista de aquellos inolvidables carnavales.

En los primeros tiempos el corso santafesino se realizaba en las arenosas calles de nuestra ciudad; así también era la polvareda que hacían los carros, las comparsas y los jinetes disfrazados. Debido a eso, previo al corso, cada vecino "baldeaba" prolijamente el frente de su casa. El primitivo recorrido del corso era por calle Comercio (hoy, San Martín) desde la Plaza de Mayo hasta Tucumán; desde ahí se doblaba hacia el oeste, y se retornaba por calle San Jerónimo hasta 23 de Diciembre (hoy General López). Más tarde se prolongó hasta Humberto I, llegando así hasta el bulevar, ya en nuestro siglo.

Debido a la tradicional puja o rivalidad entre los del sur y los del norte, hubo un tiempo en que cada barriada tuvo su corso. El sureño llegaba, por calle Comercio, hasta Rosario; y cuadras más, los norteños hacían el suyo. Con el tiempo, limadas las asperezas, que no eran tales, los corsos se unificaron, y también los vecinos.

En cada Carnaval no había santafesino que no sacara a relucir sus pilchas o platería o adornara su vehículo a sangre de la mejor forma posible. Y así, coches de plaza, breackes, milores o landós, tirados por hermosos troncos, lucían orondos en las carnestolendas. En 1888 desfiló por las calles un carro, donde se levantaba un rancho de utilería, totalmente cubierto de nardos hasta el techo y tirado por seis caballos. En otra oportunidad dice el cronista se presentó un milord, tirado por tres yuntas de caballos, y uno plateado al frente, que lo manejaba Albino Crespo, solamente con las riendas. Don Albino, a quien tuvimos el gusto de conocer ya en su vejez, era en sus años mozos el azote del barrio, especialmente en los días de Carnaval. Sus bromas eran famosas y se le temía. Una vez, debido al chichoneo que le hicieron unos amigos suyos, cuando paseaba por el corso, a caballo, no tuvo mejor idea que enlazar a uno de ellos, y llevarlo así, entre paradas y tumbos, durante varias cuadras. En otra ocasión, el día llamado del "entierro del Carnaval", es decir, el último, cuando se quemaba el "Judas", un extraño y enorme muñeco, al que se lo llenaba de cohetes y bombas de estruendo, ceremonia a la que concurría todo Santa Fe (en el barrio sur), Albino Crespo, trepándose a hurtadillas por las barrancas de San Francisco, y faltando todavía dos horas para que empezara el festejo con los fuegos artificiales, se acercó subrepticiamente al muñeco custodiado por un viejo guardiacárcel y le prendió fuego. Demás está decir la indignación de los vecinos que, al llegar al lugar a la hora indicada, sólo pudieron contemplar las cenizas humeantes de Judas, junto a las carbonizadas cañitas voladoras y cohetes. Cuando la gente volvía esa noche apesadumbrada por la Plaza de Mayo, Albino el moderno Nerón reía a mandíbula suelta en lo de Merengo, junto a sus amigos.

Los coches que más llamaban la atención en los corsos de entonces eran los de Rodolfo Bruhl, Luciano Leiva, Néstor de Iriondo, Paulino Llambí Campbell, Luis Bruno, Ignacio C. Risso, Eugenio Alemán, Javier Silva, José Gálvez y José María Echagüe, entre otros.

Eran famosas en esa época las patotas, especialmente las que se formaban en la vereda del Bar Quo Vadis (San Martín entre Salta y Mendoza) y del Gambrinus (entre Mendoza y 1ra. Junta), o la que tenía su cuartel en el café de Aguirre y Bonechea, en calle San Martín y Moreno. Eran también temibles las establecidas en el almacén de D. Francisco Lafuente (San Martín y Gral. López); en la tienda de D. Sixto Sandaza (San Martín y Rosario); en la farmacia de D. Dalmiro Videla; en la tienda de D. Pedro Saldaña; en la tienda de D. Fernando Stagno, o en el almacén de D. Santiago Barros.

Al pobre infeliz que pasaba por allí, con aire de pajuerano o "candidato", le azotaban "un tremendo vejigazo en la espalda" o simplemente un cubo de agua en la cara amén de otras cosas más subidas de tono.

Los bailes del Carnaval fueron también célebres entre los santafesinos. El Club del Orden reunía a las viejas familias. Era un club de costumbres sencillas que gustaba de las reuniones sociales. El baile dedicado al rey Momo era infaltable. Es interesante la descripción de Paredes en una de esas noches: "Sus salones dice eran decorados artísticamente con flores naturales y guirnalda*. De sus techos pendían unas arañas de vidrio con caireles, cuya iluminación era toda a kerosene, y en sus mesas lucían candelabros de bronce con velas de estearina, que reemplazaban a las antiguas luces a base de aceite de potro".

Durante el baile la orquesta tocaba los consabidos valses, polcas, mazurcas, habaneras y cuadrillas, mientras las "mamás" de las niñas, sentadas alrededor del salón eran obsequiadas con vasos de agua con panales, chocolate con viscotela y masas de lo de Merengo y bizcochuelos de las Andino, y los señores, con cerveza marca "Caballo", refrescos y los clásicos sorbetes, preparados a base de jugo de uva, de limón o de naranja, con almíbar. (Estos bailes son alrededor de 1870).

En la octava de Carnaval se llevaba a cabo el "baile de la piñata", a la que se asistía con trajes de fantasía, pero sin disfraz. "Se colocaba en medio del salón y colgada del techo, una bolsa de seda que contenía exquisitas masas, alfeñiques y caramelos, y, pasada la medianoche las niñas abrían la bolsa y sacaban las confituras, obsequiando a sus respectivos novios".

También fueron renombrados los bailes que, a partir de 1894, comenzó a dar el club Gimnasia y Esgrima. Comenta el cronista que, al margen de su actividad social, este club respondía a la política de don Luciano Leiva, que aspiraba entonces a la Gobernación; agregando que en oposición, estaba el Club del Orden que respondía a los hombres del Partido Radical que sostenía la candidatura de D. Marcos Paz. Creemos que no había tal lucha. En ambas instituciones sociales, había adictos a los dos partidos.

En las casas de familia, se organizaban también hermosas tertulias festejando al Carnaval, como en lo de doña Escolástica J. de Suárez, doña Cirila Britos de Fogues, doña Petrona Seco, y otras vecinas del norte. En dichas reuniones no faltaba el arpa de D. Roque Lisondo, la guitarra de Benito Ortegoza o el violin de Martín Molina (a) "Mangana".

En cuanto a los bailes populares, no cabe duda que los de la Plaza de Mayo fueron los más renombrados durante años.

A la pista, levantada sobre la calle Gral. López, frente a la casa de don Simón de Iriondo, se la rodeaba con escaños de algarrobo para que el público se sentara a mirar el bailongo. Colgados de los árboles se movían los infaltables farolitos chinescos y alrededor una profusión de candilejas y faroles a kerosene. El baile, amenizado por la banda de Policía, comenzaba pasada la medianoche. Alternaba con la banda una orquesta compuesta de acordeones y guitarra; y así se bailaba hasta que las velas ardían. En los jardines de la plaza los vendedores ambulantes ofrecían sus mazacotes y panales, sus alfeñiques y rosquillas, su cerveza y sus refrescos con caña paraguaya.

No faltaban tampoco los que, haciendo "rancho aparte" organizaban sus bailongos en la plazoleta llamada Paseo de las Ondinas, ubicada frente al puerto viejo, en la intersección actual de calle Rivadavia y 1ra. Junta. Allí, criollos y marinantes se entreveraban con sus "damas" y con música o con algo parecido bailaban hasta la madrugada, en una pista la media o la poca luz conspiraban contra la moral y las buenas costumbres.

El teatro Argentino (ubicado en la actual calle Lisandro de la Torre entre San Martín y 25 de Mayo), propiedad de don Juan Manuel Reyes daba también buenos bailes. Una noche, como la función teatral no terminaba, pues la obra era larga, y de esta manera el baile no empezaba, un grupo, capitaneado por Albino Crespo, Sebastián Puig, Aurelio Sebastián Puccio y Agustin Aragón comenzó a tirar cascotes al escenario por la cual, tuvo que suspenderse la función y dar comienzo el baile.

Finalmente cabe mencionar a los bailes de máscaras que se organizaban en el teatro Politeama, de Juan y Luis Terroza ubicado en la esquina de San Jerónimo y 1ra. Junta (después, cine Doré). En estas reuniones sus asistentes, de común terminaban en la comisaría, por embriaguez o por riña (desde 1887 en adelante)

Las comparsas

Uno de los aspectos más pintorescos de los carnavales fueron las comparsas que, años tras años, desfilaron por las calles de Santa Fe, poniendo su cuota de buen humor y bullicio.

Quizás la primera que se conoce es la llamada Alegría, presidida por Nicolás Fontes e integrada, entre otros, por Bartolomé Aldao, Juan Arzeno, José Gálvez, Celestino Rosas, Francisco B. Clucellas y Leoonidas Anadón. En ese mismo año, nace también una comparsa titulada La Juventud, fundada por el coronel Ricardo Basso, dirigiendo la orquesta el maestro Vicente Geannot. Estaba integrada por Ricardo Aldao, Néstor de Iriondo, Alejandro Videla y Dalmiro Videla, Agustín Aragón, Sebastián Puig, y Filadelfio y Cayetano Echagüe, por citar algunos, ya que las listas son largas.

Durante varios años época de revoluciones y agitaciones políticas las comparsas no asisten a los corsos, pues se controla el orden y se teme el encuentro armado o el alboroto callejero, especialmente entre los integrantes del Partido la Conciliación, liderado por don Nicanor Oroño y en donde militaban Luciano Leiva, Estanislao López, Francisco, Ventura, Ygnacio y Demetrio Iturraspe, Ramón Candioti, Nicanor Molinas y don Ignacio Crespo, candidato a gobernador para las elecciones de 1878, y por supuesto centenares de ciudadanos más. En el banco opuesto se movían los hombres que respondían al Dr. Simón de Iriondo y que se agrupaban en el Club del Pueblo, máxima expresión del "autonomismo" en nuestra provincia.

Pasada la revolución de abril del ` 78, y calmados los ánimos, surge a fin de ese año la comparsa La Fraternal que trata unir aunque más no fuera en Carnaval a los bandos en pugna. Presidieron este grupo Francisco Clucellas y Juan G. Parma. Esta, como las otras comparsas eran la atracción central de los corsos, ya que medio Santa Fe participaba en ellas, unos, como músicos; otros, como poetas; los más, como máscaras; sin faltar los artistas que construían y decoraban los carros. Terminado el corso las comparsas recorrían las casas de gente amiga, entonando su repertorio, lo que obligaba a recibirlos y convidarlos ya sea con "agua fresca de aljibe con panales blancos, con licor de rosas o con una rica cerveza, importada de Alemania".

Los jóvenes santafesinos con veleidades poéticas escribían los versos para las comparsas, distinguiéndose entre ellos, Ramón Lassaga, Horacio Rodríguez, Luis Martínez Marcos y Genaro Doldán, por mencionar algunos. Y entre los músicos, compositores de hermosas habaneras, mazurcas, valses o himnos alusivos, se destacaban don Francisco Parreño, D. Gaspar Vicente Geannot, D. Alfredo Arija, Enrique Spreáfico y don Zelindo Palamedi.

En ese mismo año 1878 los "jóvenes del norte" formaron la comparsa La Marina, bajo la presidencia de Francisco Zuviría. En la orquesta, dirigida por el maestro Jose Andreotti, se destacaban Juan P. Beleno y Pascual Bruniard con sus violines.

En 1880 nace la comparsa Los Locos, precursores de los llamados más tarde "mamarrachos", pues vestían con ropas harapientas y sus instrumentos eran latas y tarros, con los cuales atormentaban a los vecinos. Cuando veían una puerta abierta, entraban a esa casa con ollas y sartenes, revolvían todo, cantaban desaforadamente, y se despedían, no sin antes dar unos buenos vejigazos a los moradores. Desde las azoteas los vecinos les contestaban con cascotes, huevos de gallinas, y a veces de avestruz, duraznos y otros objetos contundentes.

Entre la larga nómina de comparsas podemos citar a Los Negros, fundada en 1883 por don Pedro San Martín; a Los Monos, del mismo año, cuyos integrantes vestían imitando a los orangutanes; a Los Artesanos, dirigidos por Emilio Lamothe (1883); a Los Murmuradores, destacados en el "alacraneo" y la farra; v a la comparsa de Los Seis, formada por José María Iriondo, Conrado Porta (h) y Guillermo Cullen, los cuales, paseaban en el corso montados en tres burros; de ahí, los "seis".

También queremos recordar a La Juventud Santafesina, fundada por Enrique Gaydou, formada en su mayoría por estudiantes; a Los Guitarreros, cuyos componentes tenían que saber tocar la guitarra; a Los Luises (1892); Los Trece (1890); La Tuna (1892); Los Hijos de la Noche (1893); Marinos en Tierra (1893); Los Descamisados (1894); Los Invencibles (1896); Juventud Santafesina (1896); Los Artesanos del Sud (1896) y la comparsa de la Sociedad Recreativa Musical, titulada Obreros, cuyo objeto principal era presentarse todos los años en los corsos.

Entrado el siglo, aparece la comparsa Los Negros del Sur y más tarde la de Los Negros Santafesinos. Miguel Angel Correa (Mateo Booz) en el prefacio de su libro El Tropel, dedica estas palabras al Negro Arigós, tradicional presidente de esta comparsa que, sin lugar a dudas integra el cosmos mitológico de nuestra historia popular. "Ningún nombre como el suyo --le dice para decoro de un libro elaborado íntegramente --tapa y contenido con pensamiento y herramientas de Santa Fe de la Vera Cruz. He procurado en El Tropel el abigarramiento de sones y tonos que descubrí entre luces de talcos y espejuelos, a sus negros santafesinos. Sus negros desfilaban por las calles de la ciudad nativa, en un morado atardecer, bajo el pendón ilustrado con la gloria de innúmeros carnavales y el medallerío de triunfos insignes. Cabalgaba usted las piernas destartaladas-- un petiso peludo y macilento y lo circuía una cohorte de diablillos desbaratados por los danzones salvajes. Y la comparsa, al ritmo de guitarras, masacallas y candombes, coreaba sus loas de homenaje al viejo paladín, erguido en la silla con el empaque orgulloso y taciturno de un monarca etíope".

A pesar de pertenecer a la pequeña historia, nuestro carnaval tuvo un no sé qué que todavía perdura y nos atrapa. Es que esa diminuta sociedad santafesina, ingenua y pacata tuvo sus encantos, difíciles de olvidar. Cómo echar al olvido aquellos corps bulliciosos aunque bullangueros, con sus guirnaldas de flores y sus faroles a kerosene; esos carromatos plenos de colorinches, esos bailes de la high society o los de "a media luz" en la plazoleta de las Ondinas; esas tremendas batallas de agua a puro vejigazo; esos Judas quemados, presidiendo la ceremonia del "entierro del Carnaval", con sus panzas plenas de cohetería esas orquestas de la legua musicalizando el aire y la noche con sus violines y sus flautas; esos tranvías a caballo, coronados de máscaras, que no pagaban el boleto; esos aguateros llevando en sus carritos de dos ruedas agua del Quillá para venderla a las patotas (a dos reales el barril); aquellas criollas vendiendo sus pasteles y sus panales; esos viejos mateos arrastrándose penosamente por el arenal: los fuegos artificiales, los farolitos chinescos, los saltimbanquis y cachidiablos, y toda esa runfla vocinglera y policroma que convertían como por arte de magia a una pequeña ciudad de provincia en una urbe feérica y alucinante. Milagro que sólo duraba tres días, los que marca el almanaque; porque después, después que pasaba el fugaz momento, la ciudad y sus seres volvían a lo de siempre, a esa fatiga de recorrer los mismos sitios, casi sin objetivos, con un destino aparente, como si la vida terminara todos los días al final de la calle. Sólo quedaba al pobre vecino el consuelo de saber que después de 365 días más volvería a renacer de nuevo la ciudad.

José Rafael López Rosas


Cfr. Coluccio Félix. "Fiestas populares y tradicionales de la República Argentina" (Bs. Aires, 1972).
Paredes Clementino. "Los carnavales de la vieja Santa Fe", (S. Fe, 1940).
Pérez Martín José. "Latitud sur 31°" (S. Fe, 1975).
Zapata Gollán A. "El Carnaval en Santa Fe" (1966).

Fuente:
http://www.patrimoniosf.gov.ar/ver/0-502/

miércoles, 14 de julio de 2010

Contribución de Enrique Molina

Me permito aportar algunos datos para entender los motivos que impulsan a Juan Manuel de Rosas a prohibir el carnaval. A continuación, extractos de: Kartun, Mauricio – Escritos 1975-2005 – Primera Edición – Buenos Aires, Colihue, 2006. (Colección Colihue Teatro dirigida por Jorge Adrián Dubatti)

“Con Rosas en el gobierno surgen arrasadoras las corrientes culturales del gaucho y del negro… El Restaurador empuja una política en la que el negro y el gaucho juegan un papel predominante”


“La copla del carnaval se tiñe de rojo punzó: “El es negro bosalona/ pelo neglo fedelá/ y agradecido a la patlia/ que le dio la libertá./ Esi neglo cada noche/ sueña con Don Juan Manuel/ y luego de mañanita/ ota vesi hablando de él” (G. A. Terrera: Cantos tradicionales argentinos)”

“El 22 de febrero de 1844 Rosas prohíbe por decreto el carnaval: once navíos franceses e ingleses penetran el Paraná, tratando de abrirse paso hacia el norte, Obligado ya es una amenaza que pesa sobre los federales.”

La medida responde a una necesidad de limitar el accionar de los unitarios aliados de la escuadra anglo-francesa, que bloquea el puerto de Buenos Aires, y que aprovechando la fiesta popular multitudinaria pudieran producir actos de violencia interna que favorecieran la agresión imperial.

jueves, 25 de marzo de 2010

Contribución de Alfredo Armando Aguirre

Historia del Carnaval bonaerense
Por Martín A. Cagliani
Artículo publicado en la revista Circulo de la Historia, Nº 47, febrero 2000

“Se acercan los días consagrados a esa brutal diversión. Legado de nuestros opresores.” Así comenzaba “Un porteño”, como dio en llamarse, una nota que publicara en un periódico de 1833. Como bien dice nuestro antepasado protestón, en los siglos pasados el carnaval se festejaba con una violencia increíble. Fue cambiando, poco a poco, a través de los años, influenciado por el también lento cambio cultural de nuestra sociedad. El carnaval fue legado por los españoles, con ellos llegaron a nuestras tierras estos festejos de antigua data en al continente europeo.

El carnaval que se festeja en nuestras tierras se ve originado como una fiesta cristiana, o por lo menos en un ámbito cristiano, ya que el carnaval son los tres días anteriores (sábado, domingo y lunes) al miércoles de ceniza, que es cuando comienza la Cuaresma. La cuaresma es un período de ayuno observado por los cristianos como preparación para la Pascua. Por todo esto, los tres días de carnestolendas o carnaval, eran festejados a pleno, porque luego vendría un período de ayuno completo, o sea, de fiestas también.

Como bien dice una antropóloga “el carnaval aparece como un absurdo; encarna la sublimación del ocio. El sinsentido del hacer para despilfarrar.” En esta fiesta, el disfraz propone la confusión de los lugares sociales y hasta la de los sexos, esclavos disfrazados de señores y al revés, humanos disfrazados de animales, hombres transformados en mujer, etc. Por esta suspensión de lo establecido se lo tildó muchas veces de subversivo. Pero es también un tiempo de sueño, se encarna el papel que se quiere ser, solo por tres días.

Nuestro carnaval ha adquirido muchas formas a lo largo de sus cientos de años de vida, pero la costumbre que siempre reino, y lo sigue haciendo, es la de arrojarse agua. El abuso de esta costumbre fue la causante de las distintas prohibiciones que se le impusieron a esta divertida fiesta. Nadie quedaba fuera del carnaval, todos se divertían en esos tres días en los cuales la ciudad parecía un campo de batalla; ricos, pobres, blancos, negros, desconocidos, conocidos, todos participaban. El mismo Domingo F. Sarmiento era un gran adepto al carnaval y no se molestaba en los mas mínimo si le arrojaban agua cuando era presidente.

Como se dijo, la costumbre de mojarse uno a otro en carnaval, la trajeron los españoles, a pesar que en España el carnaval cae en invierno. Ya desde el siglo XVIII los bonaerenses se mojaban los unos a los otros. En 1771 el Gobernador de Buenos Aires Juan José Vertíz implantó los bailes de carnaval en locales cerrados. Se oficializaban los bailes, a efectos de atenuar las inmorales manifestaciones callejeras de los negros, que habían sido prohibidas el año anterior. Por esa misma época, un grupo de gente descontenta con los bailes justo antes de la cuaresma, y según decían por los excesos que ocurrían en ellos, llevaron su descontento ante el mismísimo rey de España. El rey envió de inmediato dos órdenes a Vértiz, el 7 y 14 de enero de 1773, por las cuales prohibía los bailes y le encargaba que arreglase las escandalosas costumbres en que había caído la ciudad. Vértiz, no se quedó callado, le protesto al rey diciendo que como se bailaba en España, también se lo podía hacer en Buenos Aires. Pero el rey Carlos III promulgó una ley el 16 de diciembre de 1774, en la cual prohibía los bailes de carnaval, alegando que él nunca los había autorizado en las Indias. Como ustedes se imaginaran no se respetó la prohibición, tanto que los festejos degeneraron y ya en la época del virreinato, el virrey Cevallos se vio obligado a prohibir los festejos de carnaval. “…conviniendo remediar este desorden con el presente prohibo los dichos juegos de Carnestolendas…”, decía el bando del virrey, y sigue “… ha tomado en pocos años a esta parte tal incremento en esta ciudad [...] en ellos se apura la grosería de echarse agua y afrecho (salvado), y aun muchas inmundicias, unos a otros, sin distinción de estados ni sexos…”. Seguía diciendo que la gente, se metía en las casas y reventaban huevos por todos lados, hasta robaban y rompían los muebles.

Los excesos no disminuían, y si lo hacían era por poco tiempo. El 13 de febrero de 1795 el virrey Arredondo promulgó el bando acostumbrado prohibiendo “los juegos con agua, harina, huevos y otras cosas”.

En los años siguientes a la Revolución de Mayo, se volvió muy común entre la población, en especial entre las mujeres, la costumbre de jugar en forma intensa con agua. Para ello utilizaban todo tipo de recipiente, desde el modesto jarro, hasta los huevos vaciados y rellenos de agua con olor a rosa, pasando por baldes, jeringas, etc. Los huevos eran vaciados y llenos con agua, pero no siempre con agua aromatizada, a veces solo se tiraban huevos podridos. Entre la gente acomodada se usaba, comprar los huevos de ñandú, rellenos de agua con olor a flores, como hoy se venden las bombitas los huevos se vendían en las esquinas. Las azoteas de las casas se convertían en verdaderos campos de batalla acuáticos, y mas de un transeúnte se ligó una fresca catarata de agua. La batalla por una azotea entre hombres y mujeres, todos jóvenes, era divertidísima y terminaba con la inmersión de los perdedores en una tina o bañadera.

Esta costumbre de mojarse solo se utilizaba en la ciudad, no se había generalizado todavía en la campaña ni en las ciudades aledañas a la capital virreinal. En la campaña solían festejar de forma muy ruda, grupos de jinetes se chocaban entres si con mucha fuerza, quedando muchos heridos.

Un escritor inglés dice para 1820: “Llegado el carnaval se pone en uso una desagradable costumbre: en vez de música, disfraces y bailes, la gente se divierte arrojándose baldes de agua desde los balcones y ventanas a los transeúntes, y persiguiéndose unos a otros de casa en casa.” Y sigue “Los diarios y la policía han tratado de reprimir estos excesos sin obtener éxito.”

En las calles eran más encarnizadas las luchas con agua, ya que en ellas intervenían los esclavos, que mojaban a todo el mundo, se daban pequeñas venganzas, y más de uno no se la aguantaba pasando a las manos, que muchas veces terminaba con heridos o algún muerto. Por eso cada comienzo de carnaval se dictaban medidas preventivas, que nunca funcionaban porque los policías también jugaban al carnaval y los que estaban de servicio preferían alejarse de los lugares de lucha, para no ligarla ellos también.

El carnaval de 1827 fue mucho más tranquilo y los juegos con agua casi ni se vieron, las continuas quejas de años anteriores habían hecho efecto, aunque mas que nada se debió a la determinación de la policía de conservar el orden, algo que nuca había ocurrido. Pero esta moderación solo duro dos años, ya en 1829 vuelve la violencia. Dice un periódico: “Hemos oído asegurar que no han faltado brazos ni piernas rotas, ojos sacados, pistoletazos, etc.”. Esto porque otra vez los policías eran los primeros en jugar. Los juegos con agua siguieron, no siempre violentos.

En los tiempos de Juan Manuel de Rosas, el carnaval era esperado con mucho entusiasmo, en especial por la gente de color, protegidos de Rosas.

Para el carnaval de 1836 se permitieron las máscaras y comparsas, siempre y cuando gestionasen anticipadamente una autorización de la policía. Para esta época el carnaval estaba ya muy reglamentado para prevenir desmanes. Solo se permitía el juego en los tres días propiamente dichos de carnaval, y el horario era anunciado desde la Fortaleza (actual Casa Rosada) con tres cañonazos al comienzo, 12 del mediodía, y otros tres para finalizar los juegos, al toque de oración (seis de la tarde). También se tiraban cohetes, para los cuales había que tener permiso de la policía.

Para los juegos en esta época, se movilizaban carros con tinas de agua, jarros, jeringas, huevos de ñandú, también se usaban vejigas llenas de aire, con las cuales se golpeaba a los transeúntes. Estos juegos generaban verdaderas batallas campales. Luego del cese, de los juegos con agua, continuaban los festejos con reuniones particulares, que a veces terminaban a la madrugada.

Las costumbres del carnaval, en época de Rosas, fueron cayendo en excesos, llegando hasta el máximo desbordamiento. La gente se divertía muchisimo, no había ni clase ni estrato social que no jugara al agua en carnaval. Pero como en todo estaban los exagerados, que llegaban a las manos, y muchas veces ocurrían desgracias. También estaban los que no disfrutaban de estos juegos y no dejaban de quejarse por medio de revistas y periódicos. Muchos de estos últimos se iban de la ciudad por esos tres días de carnaval. Los excesos, ¿cuáles eran los excesos?, se preguntaran. Estaban los que aprovechaban para entrar en las casas y robar, los que se aprovechaban de las mujeres que jugaban al carnaval, manoseándolas, rompiendo sus ropas y hasta violando. También se catalogaban como excesos algunos que ahora son muy comunes en carnavales como los de Río de Janeiro o Gualeguaychú: “Las negras, muchas de ellas jóvenes y esbeltas, luciendo las desnudeces de sus carnes bien nutridas…”, decía José M. Ramos Mejía de esa época.

Por esta época los festejos de carnaval se habían extendido a todas las ciudades del actual Gran Buenos Aires. Los juegos con agua predominaban, pero también había bailes. Estos eran muy importantes, comenzaron en domicilios particulares, a principios de este siglo (s. XX) tomaron la posta los clubes de barrio.

Pero siguiendo con los “carnavales de Rosas”, los grandes protagonistas y protegidos de Rosas, eran los morenos. Los negros se dividían en “naciones”, y se juntaban en “tambos” a danzar al ritmo de sus candombes. El mismo Rosas concurría a los “huecos” donde los morenos festejaban. Por nombrar una, en 1838 acudió a la fiesta realizada por la “nación” “Congo Augunga”, en la esquina de las actuales San Juan y Santiago del Estero, acompañado de su esposa Encarnación y su hija Manuelita.

Una costumbre en esta época era la llamada “día del entierro”. Los vecinos de cada barrio colgaban en algún lugar un muñeco de paja, al que llamaban Judas, que luego era quemado, en medio de una fiesta general.

Pero no todo era diversión, los desmanes y las escenas “poco decorosas” aumentaron llegando a ser “repulsivas”. Rosas decidió cortar por lo sano y prohibió todo festejo de carnaval el 22 de febrero de 1844. La prohibición se extendió también a todas las ciudades del actual Gran Buenos Aires.

Las celebraciones se reanudaron recién en 1854, con Rosas fuera del poder. Pero el carnaval volvió muy reglamentado, se realizaban bailes públicos en diversos lugares, previo permiso de la policía. Había mucha vigilancia policial para prevenir los desmanes de las décadas anteriores.

En los años siguientes comenzaron a predominar las comparsas. Todo reglamentado, las comparsas tenían que estar anotadas, así como sus miembros, en la policía; también las personas que usaban caretas tenían que pedir un permiso y llevarlo encima por si un policía lo requería.

El primer corso se efectuó en 1869, participando en él mascaras y comparsas. Fue muy festejado por el pueblo y la prensa. Al año siguiente, una disposición policial permitió el desfile de carruajes en los corsos. Al principio, los corsos se llevaban a cabo en las calles Rivadavia, Victoria y Florida, con el tiempo se extendieron a diversas calles y barrios. Eran muy alegres y vistosos, el lujo de los disfraces y adornos fue creciendo con cada nuevo carnaval. Cada corso contaba con una comisión organizadora, los familiares de los miembros e invitados especiales se ubicaban en los balcones de la casa que servía de sede, y frente a esta se detenían las comparsas y mascaras para interpretar sus canciones y sus músicas.

Como es de esperarse, la costumbre de jugar con agua no había desaparecido, todavía sigue. Se utilizaban huevos y jeringas como antes, mas la incorporación de los pomos.

Cobraron auge los “centros”, sociedades organizadas especialmente para desfilar en los corsos. Predominaban los de los negros desfilando al son de sus candombes. A veces al enfrentarse dos comparsas de negros se iniciaban las “tapadas”, un contrapunto de todos los instrumentos que no terminaba hasta dejar en claro la supremacía de una de las comparsas, podían durar varias horas. Mas de una ves los vencidos apelaban a los golpes para expresar su descontento. Pero estos “centros” también estaban integrados por “gente de bien”, el mas conocido era la sociedad “Los Negros”. Esta estaba integrada por jóvenes intelectuales de la alta sociedad. Vestían un uniforme militar húngaro. Las letras de sus canciones eran sobre la relación de los negros y los blancos, ellos eran, supuestamente, esclavos. Bastardeaban las costumbres de los negros con sus canciones. Las comparsas tenían canciones con unas letras muy interesantes. Las había con contenido gracioso, crítica política, crítica social, de todo un poco.

Lo normal en estos años era que la gente jugaba con agua durante el día, veían los corsos, que comenzaban tipo cinco y media o seis de la tarde, y luego acudían a los bailes públicos o particulares, que comenzaban entre las 9 y 11 de la noche y terminaban de madrugada. Decía una crónica de 1872: “En los teatros, las puertas se abrirán mañana, el lunes 12 y el martes 13, a las 11 de la noche, y se cerrarán a las 4 de la madrugada. Los “tranways” estarán en funcionamiento toda la noche. En los teatros, los palcos costarán alrededor de 200 pesos y la entrada 100. En el Teatro de la Alegría los precios serán más módicos para los bailes de máscaras: 60 pesos los palcos y 25 la entrada para hombres. Las damas entrarán gratis. ¿No habrá algún disfrazado que se haga pasar por mujer?”. Este año de 1872, los juegos con agua fueron prohibidos por la policía, solo se permitían los disfraces y las comparsas.

Estas últimas se solían juntar en las plazas, la gente se apiñaba en ellas a fin de escuchar su música y sus canciones. Al mismo tiempo en estos lugares se libraban combates con bombas, pomos y huevos.

Los corsos de fines del siglo XIX estaban integrados por comparsas, “centros” y orfeones. Los centros eran sociedades que se juntaban durante todo el año a cantar en diferentes fiestas, principalmente en carnaval. Las comparsas estaban integradas por músicos y cantantes, que se reunían para carnaval. Los orfeones se caracterizaban por su muy buena vestimenta, estaban integrados por músicos de gran categoría, muy buenos coros y grandes orquestas y bandas. Los corsos eran financiados mediante colectas y donaciones, ya que las autoridades no contribuían con dinero. Los corsos comenzaban usualmente a las cinco y media o seis de la tarde, y finalizaban con una fiesta de la ceniza. En esta la gente se arrojaba harina y ceniza, eran luchas violentas, que más de una vez terminaba con incidentes lamentables, pero por lo general se jugaba con mucho divertimento.

Las nuevas armas para los juegos con agua, eran los famosos pomos Cradwell, que se vendían en la farmacia Cradwell de la calle San Martín y Rivadavia, y los llamados de “bellas Artes”. Estos arrojaban agua perfumada. Todo esto a pesar de la ordenanza que prohibía arrojar agua en los días de carnaval. También se arrojaban serpentinas y “confettis”. En San Isidro se vendían los pomos de plomo en la librería de Valentín Dosso o la de Plinio Spinelli, donde también se ofrecían caretas, serpentinas y papel picado.

A fines del siglo XIX y primeras décadas de 1900 los corsos sobraban y alcanzaron su máxima popularidad. Los había en casi todas las calles principales de Buenos Aires. También en las ciudades aledañas. Predominaban en el Centro, pero los había en Flores, en Belgrano, Barracas, La Boca, Parque Patricios. También en el resto del Gran Buenos Aires. Uno muy importante era el de San Fernando, y se destacaban los de Adrogué, Lomas de Zamora, Avellaneda, Morón y San Isidro, este ultimo corso se llevaba a cabo en las calles Cosme Beccar, Belgrano, 9 de julio, 25 de mayo, hasta Primera Junta.

En estos tiempos estaba prohibido jugar con agua, solo se podía arrojar “papel cortado, flores, serpentinas y laminillas de mica”. Esto no quiere decir que no se jugara con agua, se siguió haciendo a pesar de todas las prohibiciones, pero por lo menos con menos violencia. Se solía dejar caer bolas de papel mojadas desde los balcones o azoteas sobre la gente, a veces sujetas con hilo para volver a utilizarla.

Grandes grupos de máscaras llevaban la alegría a la gente por todos lados. Se disfrazaban pintorescamente, se podía ver a la princesa, los príncipes y condes y al gracioso y simpático “oso Carolina”, el cual realizaba piruetas. Los carruajes eran siempre lujosos, pero la gente esperaba con ansia la llegada de las sociedades corales y musicales. También estaban los “clowns” o payasos, que ejecutaban difíciles pruebas gimnásticas. Luego surgieron los grupos de máscaras caricaturescas que divertían con sus números y vestimenta graciosa.

Y por estos años comenzaron a tener importancia los bailes. Se realizaban a continuación de los corsos en teatros, instituciones sociales, hoteles y residencias particulares. Por lo general eran de disfraces, y se bailaban polcas, valses, etc. Algunos de los teatros hasta tenían un servicio mediante el cual los concurrentes podían cambiar de disfraz cuantas veces quisiesen. Uno de los más famosos lugares de baile fue el “Club del Progreso”, fundado en 1852. Era un triunfo social poder participar de sus bailes, ya que había una rigurosa selección de invitados. Fuera de la Capital los mas conocidos eran los del “Tigre Hotel” los del “Hotel de San Isidro”, también en la ultima localidad eran famosos los bailes de Francisco Bustamante, o las suntuosas veladas que organizaba Alfredo Demarchi en su palacio de San Fernando, los de Morón, Lomas de Zamora y, los del hotel Las Delicias en Adrogué. También estaban los bailes del Club de Flores, los del hotel “Carapachay” de San Fernando. Otros bailes famosos eran los organizados por una comisión de vecinos en los salones de la Municipalidad al finalizar el corso de la calle Corrientes. En casi todos los clubes barriales había bailes en carnaval, tanto en la Capital como en el Gran Buenos Aires.

Con el paso de los años se fue viendo que la gente de sociedad no compartía como antes estas fiestas populares, solo acudían a los bailes o se exhibían en los carruajes durante los corsos más importantes. Ya no se daba la camaradería que imperase en el siglo anterior, en que los niños salían con los grandes, los negros con los blancos, ricos con pobres todos jugaban y festejaban juntos.

El carnaval fue perdiendo encanto, había muchas patotas y gente pasada de copas que acudía a los corsos, siempre armándose peleas. Muchas familias dejaron de ir a los corsos mas populares. En 1909 se suspendieron los corsos por los continuos incidentes que se producían en ellos.

Por estos años se daban los bailes de los conventillos, que eran legión en Buenos Aires, muchas veces terminando a tiros o puñaladas, pero la mayoría de ellas festejados con mucha alegría y camaradería.

A partir de 1915 muchas de las famosas comparsas fueron desapareciendo. Fueron siendo remplazadas por las murgas. Estas en principio estaban integradas por jóvenes de 20 o menos años. Sus cantos eran simples e ingenuos, y sus letras “atrevidas”. Los corsos perdían brillo, se poblaban de chatas, carros y carritos de lechero, adornados con flores artificiales, farolitos chinescos y tiras de papel barrilete de distintos colores. Ya no primaba la elegancia de tiempos pasados. Eran tiempos difíciles y se notaba en los festejos del carnaval. Los desfiles fueron siendo relegados por los bailes en gran escala que organizaban diferentes instituciones sociales. En 1921 resultaron fabulosos los del Club de Flores, el realizado por el Círculo de la Prensa en el teatro Coliseo y las veladas en el Tigre Hotel. Las mujeres iban vestidas con disfraces y los hombres con smoking. Esto para las clases altas, para los demás seguían existiendo los bailes en los clubes sociales y en residencias particulares. En todos se realizaban concursos y se premiaba al mejor bailarín y al mejor disfraz.

En la década del 20 eran muy pocos los corsos que seguían existiendo, y menos aun los que seguían siendo alegres y divertidos.

Como se dijo, con la declinación de las comparsas aparecen y proliferan las murgas. Las murgas apelan de modo desafiante al grotesco. Las comparsas en cambio tenían influencias europeas y eran bandas de músicos con alto dominio técnico y muchos coros e instrumentos. Las murgas también son el resultado de la mezcla de tradiciones que se dio con la gran inmigración. Antes las agrupaciones carnavalescas se fundaron en fuertes lazos étnicos, de clase y amistad. Con el tiempo se fueron organizando a partir del encuentro e intercambio vecinal de los barrios.

Las murgas representaban a estos centros sociales, y fueron relegando a las grandes comparsas. No tenían ni tenores ni bandas sinfónicas, pero eran y son muy divertidas.

Los carnavales fueron mantenidos como fiesta pública por entidades que se organizaron en función de lazos de vecindad y territorio, que es la forma que todavía se encuentra en nuestros días. Desaparecieron los corsos, pero todavía se festeja. Y obviamente los juegos con agua nunca desaparecieron por más prohibiciones que les implantaron.



Bibliografía relevante

Alonzo Piñeiro, Armando. “La historia argentina que muchos argentinos no conocen”.
Caro Baroja, Julio. “El carnaval”.
Crónicas de San Isidro. Nº 6, febrero de 1972. “El carnaval de antaño”.
Lozier Almazán, Bernardo P. “Carnavales de antaño”, Carta Abierta, 5 de febrero de 1994.
Martín, Alicia. “Fiesta en la calle”
Prestigiacomo, R. y Uccello, F. “La pequeña aldea”
Puccia, Enrique H. “Breve historia del carnaval porteño”.
Un Ingles. “Cinco años en Buenos Aires, 1820-1825″
Verdevoye, Paul. “Costumbres y costumbrismo en la prensa argentina”.

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Fuentes:
http://www.agendadereflexion.com.ar/2010/02/15/601-historia-del-carnaval-bonaerense/
www.geocities.com/CapeCanaveral/Hangar/7892/