Carnavales Rioplatenses en el siglo XIX
Corsos porteños y montevideanos
Prof. María Guimarey
Las ciudades portuarias de Buenos Aires y Montevideo fueron dos centros importantes en la región del Río de La Plata a lo largo del siglo XIX y compartieron una tradición histórica común. Hubo entre ellas un fluido intercambio y ambas presentan una similar conformación multiétnica. Los festejos populares del carnaval, parte de la tradición hispánica heredada en ambas ciudades, fueron modificándose con el correr del siglo. El presente artículo, analiza la participación de los afroamericanos en los corsos porteños y montevideanos. Las similares condiciones históricas, políticas y socio-culturales de Montevideo y Buenos Aires en el siglo XIX, no suponen un proceso similar en el devenir de los festejos populares del carnaval.
La comunidad afroamericana de Buenos Aires y Montevideo a mediados del siglo XIX
Las ciudades de Montevideo y Buenos Aires recibieron población de origen africano desde la Colonia y en ambas se dio un progresivo descenso numérico con el correr del siglo XIX. Las guerras de la Independencia, modificaron la condición de los afroamericanos en las sociedades rioplatenses. La Asamblea del Año XIII instalada en Buenos Aires, consagró la Libertad de Vientres y en 1853, la Constitución abolió definitivamente la esclavitud. Sin embargo, la condición social de los negros continuó siendo marginal a pesar de estar emancipados legalmente. Las elites de ambas ciudades hicieron un esfuerzo sistemático por eliminar todo rastro afroamericano de la población .
Las sociedades multiétnicas rioplatenses encontraron en el asociacionismo una forma de participar en la vida pública de las nuevas naciones. La comunidad negra demostró una gran capacidad asociativa, destinada en su mayoría a la organización de los bailes rituales de cada comunidad. Las naciones fueron agrupaciones de negros que desde la Colonia se identificaban según el lugar de procedencia del pueblo, tribu, o reino africano. Cada una de ellas organizaba sus candombes, bailes rituales cuya denominación genérica proviene de la pantomima de coronación de los reyes de la comunidad del antiguo Congo.
Cada nación debía procurarse un espacio para la realización de los rituales festivos. En Buenos Aires, se organizaban en ranchos construidos por los mismos negros en terrenos libres o cedidos temporalmente por los propietarios a sus esclavos . En Montevideo, estas agrupaciones se reunían en las salas, generalmente casonas coloniales alquiladas o conseguidas por la buena voluntad de un amo a cambio de algún trabajo o como premio por el servicio doméstico ejemplar de un esclavo. Según afirma Rubén Carámbula en Montevideo, estas congregaciones elegían, entre sus ascendientes de más edad y prestigio a un negro y una negra, que erigían en "Rey" y "Reina", con su séquito de respectivas dignidades jerárquicas, que se ataviaban con vestimentas simbólicas. (…)
Participación afroamericana en los corsos porteños y montevideanos
El carnaval rioplatense, se componía de dos momentos: el primero era el del juego de agua entre el mediodía y el atardecer. El segundo era el desfile de comparsas en los corsos, hasta las primeras de la noche, además de los bailes en clubes privados. A pesar de las similitudes que presentan los festejos en Buenos Aires y Montevideo, la participación de la comunidad afroamericana en los corsos presenta algunas diferencias.
Como se dijo, la tradición festiva afroamericana está fundamentalmente ligada a los candombes. En Montevideo se realizaban en las salas ubicadas en los extramuros de la ciudad. También se podían llevar a cabo en las canchas, espacios abiertos especialmente dispuestos. Luego, entrado el siglo XX, estos festejos se trasladaron a los patios de los conventillos. Los días domingos, las familias acomodadas del centro de Montevideo se trasladaban a los barrios negros, Sur y Palermo, para presenciar estos bailes. La comunidad negra "recibía" en sus dominios a la elite, trastocando temporalmente las jerarquías. Por el contrario, los candombes porteños se desarrollaban en ranchos construidos por los mismos negros en los suburbios, pero ofrecían sus espectáculos en los patios de las residencias de mandatarios y familias adineradas del centro de Buenos Aires. Los afroargentinos eran "invitados" a los barrios acomodados, para mostrar sus artes como un divertimento para la elite.
¿Cuál fue la relación que se estableció entre los candombes propios de las comunidades negras, y las comparsas de carnaval? Según Milita Alfaro, poco a poco, el folclore afrouruguayo fue ganando terreno frente a aquella otra influencia [la de las bandas cuarteleras] y, desde una perspectiva de larga duración, dichas agrupaciones [sociedades filarmónicas con útiles musicales a la africana como los tambores] configuran la primera expresión del progresivo transvasamiento que van a operar las nuevas generaciones negras al incorporar a la comparsa carnavalesca ciertos elementos típicos de la coreografía del candombe; algunas de sus figuras más representativas, su paso de bailes y fundamentalmente, la rítmica de sus tambores que aflora, inconfundible en la cadencia de las letras…
Esta autora propone que las comparsas uruguayas de fines de siglo adoptaron las características principales de los candombes negros, operación realizada por las nuevas generaciones. En este sentido, la influencia afro en los carnavales montevideanos sería bastante visible en los elementos que la componen como la música, los bailes, los instrumentos, los personajes característicos, etc. Por su parte, Carámbula también da cuenta de esta marcada influencia. La comparsa de negros es tradicional en el Uruguay y constituye la nota culminante del famoso carnaval montevideano (…) En 1867 aparece la sociedad de negros, "La Raza Africana" (…) A esta agrupación han sucedido otras de justificado renombre, tales como los "Negros Lubolos", que se funda en 1874 (…) Conceptúo muy importante esta etapa de las comparsas, porque este género lubolo ha logrado mantener viva la tradición hasta nuestros días, imprimiendo una modalidad general que aún en la actualidad se conserva, con ligeras variantes.
En el caso de Buenos Aires, esta relación de los candombes con las comparsas del carnaval parece no ser tan estrecha. Dice Reid Andrews , con la declinación de las naciones y el surgimiento de nuevos estilos de bailes entre los afroargentinos más jóvenes, los candombes fueron desapareciendo gradualmente durante la segunda mitad del siglo [XIX] (…) Las comparsas, conjuntos que marchaban y bailaban, se permitieron por primera vez en Buenos Aires durante el carnaval de 1836. Todas las naciones africanas reunieron grupos para desfilar por las calles en brillantes trajes, cada uno con su conjunto de tambores y de bailarines. Estas comparsas negras dominaban las fiestas de carnaval de cada año (…) hasta avanzada la década de 1870, cuando empezaron a dominar las comparsas blancas .En los carnavales porteños se dio una progresiva eliminación de los rasgos afroargentinos de las comparsas.
En lo que respecta a la música, la década de 1890 es un punto de inflexión en la articulación del candombe con el Carnaval montevideano . En este período se produce la imposición del tamboril, instrumento clásico del candombe negro, como elemento fundamental de las comparsas. Así, se consolida la incorporación del candombe a las comparsas. En Buenos Aires, si bien las tapadas (batallas de tambores en las que participaban las distintas naciones), eran frecuentes sobre todo en el barrio negro de Monserrat conocido como "el barrio del tambor", este instrumento no formaba parte esencial de los festejos. Incluso, la necesidad de los jóvenes negros porteños de ser aceptados por la nueva sociedad, hizo que definieran al candombe como "el baile de nuestros antepasados", una tradición conocida, pero que ya no era practicada.
Las vestimentas que adoptaron las comparsas con el correr del siglo, también marcan la diferencia entre Buenos Aires y Montevideo. Las comparsas de negros porteños de fines del siglo XIX, incorporaron a su vestuario los trajes de estilo europeo usado por las otras asociaciones. En cambio en Montevideo, las agrupaciones carnavaleras fueron adoptando las vestimentas típicas de los negros que consistían en un calzón corto, camiseta negra ceñida al cuerpo, amplio vestón, alpargatas de color, y sombrero de paja profusamente adornado. Por último, los personajes que adoptaron las comparsas montevideanas para acompañar al estandarte, también estaban relacionados con el candombe. El director, el "gramillero", la negra vieja "Mama Vieja", el "escobero" que encabezaban los desfiles, eran personajes que conformaban el séquito de los reyes congos en los festejos candomberos de las naciones . Por el contrario, en Buenos Aires las comparsas se organizaban detrás de los carros adornados y de los estandartes que identificaban a cada una de ellas.
Conclusiones
El desarrollo de los festejos de carnaval en Montevideo y en Buenos Aires presenta diferencias significativas en cuanto a la inclusión y participación de los afroamericanos. Quizás no se pueda establecer una causa única que explique este fenómeno. Es necesario profundizar los estudios en el campo de las ciencias sociales para tomar conciencia de la complejidad de factores que intervienen en la conformación de un tejido social y sus procesos históricos. Este trabajo propone, sin pretender ser exhaustivo, hacer un aporte a la creación de nuevos marcos de análisis que permitan el abordaje sistemático de las prácticas festivas populares como espacios de significación particulares e independientes.
Es importante destacar que en Montevideo, los carnavales mantuvieron su vigencia a lo largo del siglo XX, e incluso se fueron adaptando a las nuevas necesidades sociales. En cambio, los festejos porteños de carácter masivo y ampliamente participativo, fueron desapareciendo con el correr del siglo XX para ser recuperados sólo en 1997, a partir de su declaración como patrimonio intangible de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
lunes, 25 de junio de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
Declararon patrimonio cultural a las Murgas en La Matanza
El proyecto de declaración de la actividad carnavalera y los corsos, fueron declarados patrimonio cultural en la primer sesión ordinaria del HCD matancero.
El proyecto presentado sobre tablas por la concejala Sandra Oviedo, Bloque Libres del Sur-FAP y distintas agrupaciones murgueras del distrito, que declara a la actividad carnavalera y a los corsos como patrimonio cultural, fue aprobado por unanimidad en la primer sesión del Honorable Concejo Deliberante de La Matanza.
La concejala Sandra Oviedo, destacó la importancia de generar un ámbito de participación con las propuestas genuinas de las distintas expresiones murgueras y culturales del distrito, fue asi como "elaboramos este proyecto recorriendo las distintas localidades del distrito y rescatando los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural".
Las murgas "Polichinelas", de Gonzalez Catan; "Los Clandestinos", Isidro Casanova; "Extraviados de La Matanza"; "Furia de Carnaval", Ciudad Evita; "Matamufa"; "Guarda que Pega", Isidro Casanova; "Ritmo murguero", Escuela Nº 67, Virrey del Pino; "Maldito Camilo"; "Los Pibes de Castillo", entre otras, quienes participaron en la elaboración del proyecto estuvieron presentes en la sesión.
El proyecto de declaración de la actividad carnavalera y los corsos, fueron declarados patrimonio cultural en la primer sesión ordinaria del HCD matancero.
El proyecto presentado sobre tablas por la concejala Sandra Oviedo, Bloque Libres del Sur-FAP y distintas agrupaciones murgueras del distrito, que declara a la actividad carnavalera y a los corsos como patrimonio cultural, fue aprobado por unanimidad en la primer sesión del Honorable Concejo Deliberante de La Matanza.
La concejala Sandra Oviedo, destacó la importancia de generar un ámbito de participación con las propuestas genuinas de las distintas expresiones murgueras y culturales del distrito, fue asi como "elaboramos este proyecto recorriendo las distintas localidades del distrito y rescatando los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural".
Las murgas "Polichinelas", de Gonzalez Catan; "Los Clandestinos", Isidro Casanova; "Extraviados de La Matanza"; "Furia de Carnaval", Ciudad Evita; "Matamufa"; "Guarda que Pega", Isidro Casanova; "Ritmo murguero", Escuela Nº 67, Virrey del Pino; "Maldito Camilo"; "Los Pibes de Castillo", entre otras, quienes participaron en la elaboración del proyecto estuvieron presentes en la sesión.
sábado, 24 de marzo de 2012
Carnavales de antaño en San Juan
Por Rufino Martínez para El Nuevo Diario
Como dos meses antes, el aire tibio de la noche empezaba a llenarse de sones de quenas, guitarras, violines, tambores, mandolinas, acordeones, bronces y maderas. Eran las comparsas que ensayaban para competir en los corsos. ¡Y a bien que no lo tomaban en serio! Los ensayos generales los hacían con colorines y todo. Un trozo de papel crepé rojo, empapado en saliva, era un colorete especial;
un corcho quemado daba el negro de las pestañas y el sombreado de los ojos.
Los trajes, de colores fulgurantes y chillones, colmados de lentejuelas, espejitos, flecos y abalorios seguían las añejas costumbres de los “chinos de la virgen “. La reina de la comparsa, tiesa y manito alzada, saludaba con tanta prosopopeya y decoro que uno no sabía si estaba en un corso o en un funeral.
Por otro lado, el ¡boomm, boomm, boomm! de las murgas, con sus picarescas canciones y refranes ponían una colorida nota de ingenua desfachatez, cuando no de simple grosería. ¡Así eran esos tiempos y así esa gente!
La noche que empezaba el corso, que se hacía en torno a la plaza 25, el aire, desde temprano estaba saturado del olor a la albahaca y la manzana que exhalaba la chicha que, en innumerables puestos se vendía al público, por vaso o por jarro ¡Beber chicha era una hermosa costumbre que, desgraciadamente se perdió. ¡Menos mal que, según se ve, la costumbre de beber vino tiende a incrementarse y eso, es el último aliciente para continuar en este politizado y mentiroso planeta! Los entornos de la plaza y tres o cuatro cuadras que le agregaban, lucían engalanadas con gallardetes, farolitos, mascarones, luces de colores, banderas y cuanto jaez servía para exaltar el colorido y la alegría de los corsos de aquellos años. La década del treinta fue muy especial en sus carnavales. ¡Después vinieron otros carnavales, otros pomos y otras serpentinas, que más vale no “meneallo”!
EL CORSO
A las nueve de la noche el disparo de una bomba de estruendo anunciaba el comienzo del corso y empezaba a llenar las veredas la más heterogénea mezcla de gentes que se pueda imaginar.
Los chayeros, verdaderamente chayeros, merecen especial atención.
Llegaban en clanes, el hombre, la mujer, los hijos, hijos políticos y ¡cómo éramos pocos parió la abuela! le agregaban algunos compadres y vecinos amén de los que se agregaban solos. El gran jefe iba adelante. Traje negro, sombrero negro, pañuelo negro al cuello, camisa blanca, zapatos negros (costaba verle la cara), sobre el costado izquierdo, colgaba del hombro una toalla blanca, de hilo (la del médico) con largos flecos y puntillas y en no pocos casos, bordaba con claveles rojos y grandes iniciales con los colores patrios.
El gran jefe, llevaba en la mano izquierda una latita (ex aceite) con agua, y en la mano derecha una rama de albahaca que, por instantes sumergía en la latita, y asperjaba de perfume y frescor a cuanto conocido, compadre o comadre encontraba al paso, los cuales, previo un ¡yuyuy, y muchas gracias! respondían con idéntica asperjación o con un chorrito de agua florida que manaba del pomo El Loro (y si el bolsillo lo permitía), agregaban el cumplido de una serpentina Bellas Porteñas.
¡Ni qué decirle que aún no se estilaba el pica-pica, el engrudo, la harina, ni enroscare! pomo vacío y revoleárse!o a la cabeza de algún punto o de alguna reina! ¡No señor, eso vino después! Apenas sí al final de corso y, raras veces, era dable escuchar algunos tiros o ver el refucilo de algún facón, entretenimientos que dirimían alguna diferencia personal o justificaban la excesiva ingestión alcohólica.
¡Por lo demás, todo iba bien, algún muertito no le cae mal a ningún cementerio! A todo esto ya el corso estaba en lo mejor. Iban por la segunda vuelta el desfile de carruajes ornamentados. Las comparsas (orgullo de barriada) rivalizaban en música y atuendos. ¡Era de ver a los muchachos de La Estrella Oriental, La Lyra, La Quena, La de Concepción y tantas que uno olvida!
Al paso de las comparsas, la gente aplaudía y les arrojaba serpentinas, que las reinas agradecían, bajando un poco el estandarte e inclinando la cabeza en señal de saludo y agradecimiento. El estandarte, adornado con bordados y lucecitas, era una muestra del ingenio colectivo del barrio. Detrás del estandarte, una chica empujaba un carrito con una batería eléctrica que encendía y apagaba las lucecitas. ¡Hay que apreciar que eso era la conquista máxima de la tecnología lumínica de entonces!
Luego de las comparsas (contribución del barrio) y los grandes carruajes (contribución del comercio y la industria) las murgas ocupaban el tercer puesto en la preferencia. El ingenio a veces desfachatado y siempre oportuno, resaltaba, en lo grotesco, los acontecimientos más salientes del año. Le seguían las máscaras sueltas y los pequeños conjuntos humorísticos que hacían las delicias (cuando no el fastidio) de los concurrentes al corso. Una muestra: dos abogados muy conocidos en el medio, ocultos bajo caretas y con guardapolvos largos y pintarrajeados formaban un dúo de originales vendedores. Uno iba adelante llevando sobre un hombro un palo de escoba donde había unas ristras de chorizos; el otro lo seguía con dos palas viejas y pregonaban: ¡Chorizos frescoooos! —y el de atrás— ¡Palas viejaaaas! Manera ingenua de divertirse insinuando la función del embutido lejos de la parrilla y la nostalgia de quienes ya habían llegado a los apacibles años.
A las doce de la noche, una bomba anunciaba el fin del corso y ¡a salvarse! empezaba la chaya y las corridas. ¡Ahí se desataba el indio y la prudencia era un simple nombre de mujer! Menos mal que las mamás con pequeños, previendo el final, se habían retirado temprano, buscando el descanso y esquivando el chapuzón.
LOS BAILES
A las doce de la noche terminaba el corso y empezaban a ponerse lindos los bailes. Los del Club Español eran los más concurridos y divertidos. Le seguían los de La Libanesa y, en orden decreciente, de pelo y color, Obreros del Porvenir, Camilo Rojo y Salón Buenos Aires. Los que se organizaban en algunas piletas y clubes de barrios, más que bailes eran riesgos. Pero, conservaban el atractivo y el candor de lo genuino y el acicate de lo imprevisto.
El aire de la noche se poblaba de melodías bailables de las que se destacaban los pasodobles Valencia y El Niño de las Monjas. Hasta las seis de la mañana la juventud bailaba y las mamás velaban y vigilaban.
Como a las siete, en coches de plaza, capota baja y jamelgo enjaezado, las familias empezaban a caer a lo de Camacho, la chocolatería de la calle Santa Fe (aún está) y bajaban la cerveza y las bilzes con un chocolate con churros. Luego, ya sol alto, enderezaban para las casas, con una rueda de tejeringos para los más chicos, que se habían quedado en casa. ¡Y a sacarse los zapatos, aflojarse los corsés... y a dormir! ¡Hasta el otro carnaval!
Por Rufino Martínez para El Nuevo Diario
Como dos meses antes, el aire tibio de la noche empezaba a llenarse de sones de quenas, guitarras, violines, tambores, mandolinas, acordeones, bronces y maderas. Eran las comparsas que ensayaban para competir en los corsos. ¡Y a bien que no lo tomaban en serio! Los ensayos generales los hacían con colorines y todo. Un trozo de papel crepé rojo, empapado en saliva, era un colorete especial;
un corcho quemado daba el negro de las pestañas y el sombreado de los ojos.
Los trajes, de colores fulgurantes y chillones, colmados de lentejuelas, espejitos, flecos y abalorios seguían las añejas costumbres de los “chinos de la virgen “. La reina de la comparsa, tiesa y manito alzada, saludaba con tanta prosopopeya y decoro que uno no sabía si estaba en un corso o en un funeral.
Por otro lado, el ¡boomm, boomm, boomm! de las murgas, con sus picarescas canciones y refranes ponían una colorida nota de ingenua desfachatez, cuando no de simple grosería. ¡Así eran esos tiempos y así esa gente!
La noche que empezaba el corso, que se hacía en torno a la plaza 25, el aire, desde temprano estaba saturado del olor a la albahaca y la manzana que exhalaba la chicha que, en innumerables puestos se vendía al público, por vaso o por jarro ¡Beber chicha era una hermosa costumbre que, desgraciadamente se perdió. ¡Menos mal que, según se ve, la costumbre de beber vino tiende a incrementarse y eso, es el último aliciente para continuar en este politizado y mentiroso planeta! Los entornos de la plaza y tres o cuatro cuadras que le agregaban, lucían engalanadas con gallardetes, farolitos, mascarones, luces de colores, banderas y cuanto jaez servía para exaltar el colorido y la alegría de los corsos de aquellos años. La década del treinta fue muy especial en sus carnavales. ¡Después vinieron otros carnavales, otros pomos y otras serpentinas, que más vale no “meneallo”!
EL CORSO
A las nueve de la noche el disparo de una bomba de estruendo anunciaba el comienzo del corso y empezaba a llenar las veredas la más heterogénea mezcla de gentes que se pueda imaginar.
Los chayeros, verdaderamente chayeros, merecen especial atención.
Llegaban en clanes, el hombre, la mujer, los hijos, hijos políticos y ¡cómo éramos pocos parió la abuela! le agregaban algunos compadres y vecinos amén de los que se agregaban solos. El gran jefe iba adelante. Traje negro, sombrero negro, pañuelo negro al cuello, camisa blanca, zapatos negros (costaba verle la cara), sobre el costado izquierdo, colgaba del hombro una toalla blanca, de hilo (la del médico) con largos flecos y puntillas y en no pocos casos, bordaba con claveles rojos y grandes iniciales con los colores patrios.
El gran jefe, llevaba en la mano izquierda una latita (ex aceite) con agua, y en la mano derecha una rama de albahaca que, por instantes sumergía en la latita, y asperjaba de perfume y frescor a cuanto conocido, compadre o comadre encontraba al paso, los cuales, previo un ¡yuyuy, y muchas gracias! respondían con idéntica asperjación o con un chorrito de agua florida que manaba del pomo El Loro (y si el bolsillo lo permitía), agregaban el cumplido de una serpentina Bellas Porteñas.
¡Ni qué decirle que aún no se estilaba el pica-pica, el engrudo, la harina, ni enroscare! pomo vacío y revoleárse!o a la cabeza de algún punto o de alguna reina! ¡No señor, eso vino después! Apenas sí al final de corso y, raras veces, era dable escuchar algunos tiros o ver el refucilo de algún facón, entretenimientos que dirimían alguna diferencia personal o justificaban la excesiva ingestión alcohólica.
¡Por lo demás, todo iba bien, algún muertito no le cae mal a ningún cementerio! A todo esto ya el corso estaba en lo mejor. Iban por la segunda vuelta el desfile de carruajes ornamentados. Las comparsas (orgullo de barriada) rivalizaban en música y atuendos. ¡Era de ver a los muchachos de La Estrella Oriental, La Lyra, La Quena, La de Concepción y tantas que uno olvida!
Al paso de las comparsas, la gente aplaudía y les arrojaba serpentinas, que las reinas agradecían, bajando un poco el estandarte e inclinando la cabeza en señal de saludo y agradecimiento. El estandarte, adornado con bordados y lucecitas, era una muestra del ingenio colectivo del barrio. Detrás del estandarte, una chica empujaba un carrito con una batería eléctrica que encendía y apagaba las lucecitas. ¡Hay que apreciar que eso era la conquista máxima de la tecnología lumínica de entonces!
Luego de las comparsas (contribución del barrio) y los grandes carruajes (contribución del comercio y la industria) las murgas ocupaban el tercer puesto en la preferencia. El ingenio a veces desfachatado y siempre oportuno, resaltaba, en lo grotesco, los acontecimientos más salientes del año. Le seguían las máscaras sueltas y los pequeños conjuntos humorísticos que hacían las delicias (cuando no el fastidio) de los concurrentes al corso. Una muestra: dos abogados muy conocidos en el medio, ocultos bajo caretas y con guardapolvos largos y pintarrajeados formaban un dúo de originales vendedores. Uno iba adelante llevando sobre un hombro un palo de escoba donde había unas ristras de chorizos; el otro lo seguía con dos palas viejas y pregonaban: ¡Chorizos frescoooos! —y el de atrás— ¡Palas viejaaaas! Manera ingenua de divertirse insinuando la función del embutido lejos de la parrilla y la nostalgia de quienes ya habían llegado a los apacibles años.
A las doce de la noche, una bomba anunciaba el fin del corso y ¡a salvarse! empezaba la chaya y las corridas. ¡Ahí se desataba el indio y la prudencia era un simple nombre de mujer! Menos mal que las mamás con pequeños, previendo el final, se habían retirado temprano, buscando el descanso y esquivando el chapuzón.
LOS BAILES
A las doce de la noche terminaba el corso y empezaban a ponerse lindos los bailes. Los del Club Español eran los más concurridos y divertidos. Le seguían los de La Libanesa y, en orden decreciente, de pelo y color, Obreros del Porvenir, Camilo Rojo y Salón Buenos Aires. Los que se organizaban en algunas piletas y clubes de barrios, más que bailes eran riesgos. Pero, conservaban el atractivo y el candor de lo genuino y el acicate de lo imprevisto.
El aire de la noche se poblaba de melodías bailables de las que se destacaban los pasodobles Valencia y El Niño de las Monjas. Hasta las seis de la mañana la juventud bailaba y las mamás velaban y vigilaban.
Como a las siete, en coches de plaza, capota baja y jamelgo enjaezado, las familias empezaban a caer a lo de Camacho, la chocolatería de la calle Santa Fe (aún está) y bajaban la cerveza y las bilzes con un chocolate con churros. Luego, ya sol alto, enderezaban para las casas, con una rueda de tejeringos para los más chicos, que se habían quedado en casa. ¡Y a sacarse los zapatos, aflojarse los corsés... y a dormir! ¡Hasta el otro carnaval!
martes, 23 de agosto de 2011
Carnaval de Antaño - por Alejandro Edgar Ansa
Hoy volvemos rescatar de nuestra memoria colectiva los “bailes de carnaval”, y lo hacemos a través del relato de Rubén “Firulin” Zampieri y su esposa Yolanda Godoy, que con la coordinación de Noemí Zampieri, tan gentilmente han accedido a contarnos sus experiencias de años “mozos”:
El patio del Club estaba casi listo para el baile, los mascarones y los gallardetes colgados del techo de la pista de baile techada por inaugurar, tenia diez metros de lado y era todo un orgullo para la comisión. Bajo la galería estaban dispuestas alrededor de las mesas, las sillas que seguramente esta noche serían pocas. Y como en veces anteriores habría que ir a buscar a la casa de algún vecino generoso algunas otras a medida que el público fuese ocupándolas y se tendría que pasar por arriba del tapial. El mismo que sabía dividir el “baile social” del popular, que permitía otros modos. Sabido era que al club se podría entrar de botas de campo, pero sin corbata, ¡jamás!
Este era el primer baile de carnaval de este año que se sitúa entre los’40 y los ’50, el primero de la serie de dos fines de semanas consecutivos con sus sábados y domingos respectivos, y el lunes y martes previos al “miércoles de ceniza”. Se sobreentiende que los últimos dos bailes se hacían ya entrada la Cuaresma y cuantos problemas traía ello con el Sacerdote. Seguramente las aguas se apaciguarían pasada la “Semana Santa” y los bailes retornarían el Domingo de Pascuas.
Por la tarde había arribado la “Orquesta Típica de Murillo”, directamente de la Ciudad de Buenos Aires, el viaje había sido largo incluyendo el cruce del Paraná en balsa desde Zárate hasta Puerto Constanza. Tras el descanso pertinente los músicos estaban preparados para un largo show donde serían la única y gran atracción. Como orquesta “Típica” se entendía por aquellos tiempos a la que ejecutaba ritmos clásicos del “2x4” como el tango, la milonga y el vals. Se diferenciaba de la orquesta “Característica” en que ésta última se dedicaba a los ritmos más populares como el Fox-trot, la rumba y el pasodoble. Los códigos de la época marcaban que la orquesta ejecutaba una serie de dos temas o “piezas musicales” y descansaba unos minutos, así que el baile entre las parejas cumplía las mismas condiciones.
Y entrando de a poco en el desarrollo del baile, las familias habían llegado temprano, casi al atardecer. Los grupos de señoras y sus hijas mozas se ubicaban en grandes rondas de charlas y comentarios. Algunos pocos niños correteando bajo la mirada atenta de sus madres. Por el predio social se paseaban varios disfrazados o “mascaritas” que, con su respectivo permiso policial y municipal por escrito, caminaban entre la gente haciendo sus pasayadas, para luego seguir su camino. Los hombres por su lado se reunían cerca de la cantina y de parados, compartían algunas cervezas “Quilmes” pues era noche de verano aún y el calor sofocaba. Los demás disfrutaban de la gaseosa popular de la época, la “Bilz”, que con su refrescante sabor a naranja satisfacía a todos. Aunque hay que destacar que uno de los productos mas vendidos en las noches de bailes eran las pastillas, en especial las de mentol, ya que había que ocultar en parte el aliento a
alcohol y a cigarrillo ante la oportunidad de bailar con alguna señorita.
El ritual del baile se iniciaba con la invitación a la agraciada en la propia mesa y a la vista de su señora madre, pues había que tener mucha confianza para, desde lejos, hacer una “seña con la cabeza” y tener la seguridad de que la señorita iba a responder. Cuantas veces la seña no era para uno, sino para otro que se encontraba detrás. Imagínense ir hacia la pista y nada…¡que vergüenza semejante desplante!
La orquesta seguía con su ritmo de dos “piezas” y su pertinente descanso, momento en que los asistentes aprovechaban para el disfrute carnavalesco por medio de “lanzaperfumes”, pomos de gomas rellenos con agua, papel picado y serpentinas, que quedaban enredadas en los alambres que sostenían los focos de colores. No era esta la ocasión, pero más de una vez se vio aparecer a una conocida familia mansillense provista de paraguas y piloto para atemperar los embates del agua de carnaval, y que la imprevista tormenta de verano retornó a aquellos elementos de defensa a su verdadero significado.
Así con el correr de las horas los bailarines disfrutaban cada instancia musical, pues casi nadie despreciaba la oportunidad, ya que eran pocas las ocasiones en el año para la diversión. La llegada de la medianoche marcaba el final de la provisión de energía eléctrica de la vieja usina, pero seguramente no sería la culminación del baile de carnaval. La extensión del mismo se alargaría a la luz de los “soles de noche” hasta que no haya quien para “darle fuelle”.
Un agradecimiento muy grande a “Yola” y “Firulín” por cedernos parte de sus gratos recuerdos sobre aquellos bailes de carnaval que tanto disfrutaron. Por ser protagonistas y seguramente grandes artífices de las reuniones sociales a través de varias décadas. Y por permitirnos rememorar una arista más de “nuestro pasado mansillense”.
El patio del Club estaba casi listo para el baile, los mascarones y los gallardetes colgados del techo de la pista de baile techada por inaugurar, tenia diez metros de lado y era todo un orgullo para la comisión. Bajo la galería estaban dispuestas alrededor de las mesas, las sillas que seguramente esta noche serían pocas. Y como en veces anteriores habría que ir a buscar a la casa de algún vecino generoso algunas otras a medida que el público fuese ocupándolas y se tendría que pasar por arriba del tapial. El mismo que sabía dividir el “baile social” del popular, que permitía otros modos. Sabido era que al club se podría entrar de botas de campo, pero sin corbata, ¡jamás!
Este era el primer baile de carnaval de este año que se sitúa entre los’40 y los ’50, el primero de la serie de dos fines de semanas consecutivos con sus sábados y domingos respectivos, y el lunes y martes previos al “miércoles de ceniza”. Se sobreentiende que los últimos dos bailes se hacían ya entrada la Cuaresma y cuantos problemas traía ello con el Sacerdote. Seguramente las aguas se apaciguarían pasada la “Semana Santa” y los bailes retornarían el Domingo de Pascuas.
Por la tarde había arribado la “Orquesta Típica de Murillo”, directamente de la Ciudad de Buenos Aires, el viaje había sido largo incluyendo el cruce del Paraná en balsa desde Zárate hasta Puerto Constanza. Tras el descanso pertinente los músicos estaban preparados para un largo show donde serían la única y gran atracción. Como orquesta “Típica” se entendía por aquellos tiempos a la que ejecutaba ritmos clásicos del “2x4” como el tango, la milonga y el vals. Se diferenciaba de la orquesta “Característica” en que ésta última se dedicaba a los ritmos más populares como el Fox-trot, la rumba y el pasodoble. Los códigos de la época marcaban que la orquesta ejecutaba una serie de dos temas o “piezas musicales” y descansaba unos minutos, así que el baile entre las parejas cumplía las mismas condiciones.
Y entrando de a poco en el desarrollo del baile, las familias habían llegado temprano, casi al atardecer. Los grupos de señoras y sus hijas mozas se ubicaban en grandes rondas de charlas y comentarios. Algunos pocos niños correteando bajo la mirada atenta de sus madres. Por el predio social se paseaban varios disfrazados o “mascaritas” que, con su respectivo permiso policial y municipal por escrito, caminaban entre la gente haciendo sus pasayadas, para luego seguir su camino. Los hombres por su lado se reunían cerca de la cantina y de parados, compartían algunas cervezas “Quilmes” pues era noche de verano aún y el calor sofocaba. Los demás disfrutaban de la gaseosa popular de la época, la “Bilz”, que con su refrescante sabor a naranja satisfacía a todos. Aunque hay que destacar que uno de los productos mas vendidos en las noches de bailes eran las pastillas, en especial las de mentol, ya que había que ocultar en parte el aliento a
alcohol y a cigarrillo ante la oportunidad de bailar con alguna señorita.
El ritual del baile se iniciaba con la invitación a la agraciada en la propia mesa y a la vista de su señora madre, pues había que tener mucha confianza para, desde lejos, hacer una “seña con la cabeza” y tener la seguridad de que la señorita iba a responder. Cuantas veces la seña no era para uno, sino para otro que se encontraba detrás. Imagínense ir hacia la pista y nada…¡que vergüenza semejante desplante!
La orquesta seguía con su ritmo de dos “piezas” y su pertinente descanso, momento en que los asistentes aprovechaban para el disfrute carnavalesco por medio de “lanzaperfumes”, pomos de gomas rellenos con agua, papel picado y serpentinas, que quedaban enredadas en los alambres que sostenían los focos de colores. No era esta la ocasión, pero más de una vez se vio aparecer a una conocida familia mansillense provista de paraguas y piloto para atemperar los embates del agua de carnaval, y que la imprevista tormenta de verano retornó a aquellos elementos de defensa a su verdadero significado.
Así con el correr de las horas los bailarines disfrutaban cada instancia musical, pues casi nadie despreciaba la oportunidad, ya que eran pocas las ocasiones en el año para la diversión. La llegada de la medianoche marcaba el final de la provisión de energía eléctrica de la vieja usina, pero seguramente no sería la culminación del baile de carnaval. La extensión del mismo se alargaría a la luz de los “soles de noche” hasta que no haya quien para “darle fuelle”.
Un agradecimiento muy grande a “Yola” y “Firulín” por cedernos parte de sus gratos recuerdos sobre aquellos bailes de carnaval que tanto disfrutaron. Por ser protagonistas y seguramente grandes artífices de las reuniones sociales a través de varias décadas. Y por permitirnos rememorar una arista más de “nuestro pasado mansillense”.
Mansilla, Provincia de Entre Ríos
jueves, 26 de mayo de 2011
Las murgas y la reinstalación del carnaval como fiesta social
Por Pedro Fernández Moujan
Conformadas como grupos juveniles de los barrios porteños, las murgas se constituyen en la escena local con su estructura actual entre las décadas del 30, el 40 y el 50, en una serie de barrios que incluyen a Palermo, Boedo, Villa Urquiza, Saavedra, Liniers, Almagro y el Abasto, entre otros. Desde ese momento en el que la levita, la galera, el traje de raso y las lentejuelas comienzan a brillar como el vestuario que asumen las fiestas del dios Momo en la Ciudad de Buenas Aires, asistimos a la aparición de un género artístico, callejero y popular de características propias, únicas e irrepetibles.
Conformadas como grupos juveniles de los barrios porteños, las murgas se constituyen en la escena local con su estructura actual entre las décadas del 30, el 40 y el 50, en una serie de barrios que incluyen a Palermo, Boedo, Villa Urquiza, Saavedra, Liniers, Almagro y el Abasto, entre otros. Desde ese momento en el que la levita, la galera, el traje de raso y las lentejuelas comienzan a brillar como el vestuario que asumen las fiestas del dios Momo en la Ciudad de Buenas Aires, asistimos a la aparición de un género artístico, callejero y popular de características propias, únicas e irrepetibles.
Arma festiva y liberadora de los barrios de casas bajas, los conventillos y algunas villas, se comienza a forjar desde entonces una rica genealogía cruzada por calles, plazas, cantores de crítica, bombistas, bailarines, clubes de barrio, melodías y figuras del acervo popular que encuentran su máximo esplendor cuando la murga sale a recorrer los tablados de la ciudad en las noches de carnaval. En este acto de presencia que imponen sobre el conjunto de la comunidad, las murgas se convierten también en un exquisito mecanismo de decodificación de la realidad tanto a través de sus canciones como del modo de organización que asumen, ligado generalmente a los liderazgos barriales y a las formas autogestivas y corajudas de acreditar presencia por parte de los sectores bajos o desclasados.
Marginales a la industria cultural y a la apreciación académica y bien pensante, las murgas no renuncian (desinteresadas de este desprecio) a llevar adelante su proyecto artístico, festivo y social, pagando en su propio cuerpo las debilidades que portan desde su origen. El pop las señala, el ajuste las hiere, la dictadura las clausura, la violencia de los 80 las enferma. En los 90, en medio de la más dolorosa y radicalizada desarticulación social-familiar-escolar que trae consigo el proyecto neoliberal para los de abajo, con su saga de destrucción del patrimonio colectivo, desindustrialización, pauperización y desempleo, y con el aliento de algunos movimientos culturales surgidos en la apertura democrática (Centros Culturales Barriales, Centro Cultural Rojas), las murgas reasumen su proyecto cultural y ocupan otra vez la calle, transformándose en uno de los fenómenos de mayor adhesión social.
En este camino, las murgas no renuncian ni a la historia ni a la pertenencia ni al porvernir. Realizan su construcción día a día, cargando no sólo con la ardua tarea de reinventarse a sí mismas sino también de reinstalar el carnaval como fiesta social y como espectáculo, asumiendo (porque no hay otros con el coraje suficiente para llevarlo adelante), la tarea de organizar, sostener y difundir el festejo, enfrentando el intento mediático y político-estatal de suprimir y volver a sepultar los carnavales. En el medio hay discusiones, disputas, diferencias, distancias y no siempre la línea de pensamiento más lúcida tiene la consistencia y solidez necesarias como para imponerse pero la decisión de avanzar hacia el carnaval, hacia el festejo, hacia la inclusión y hacia la popularidad es la que marca siempre la dirección del conjunto, aglutina y encolumna las fuerzas y las luchas.
Es en medio de todo esto y por todo esto, en el marco de una coyuntura político-estatal nacional favorable, que vuelven los feriados de carnaval, que se conquistan, se reapropian y se colectivizan y son ellos los que nos obligan a seguir pensando y a trazar nuevas estrategias ante el nuevo escenario.
sábado, 12 de marzo de 2011
“La máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas”
Liberar el cuerpo y la alegría. Dar lugar a la crítica social. Reconocer que no se puede ser espectador sino todo un partícipe. Estas reglas gobiernan el carnaval, una fiesta con orígenes remotos que no pierde vigencia.
Por Daniel Ulanovsky Sack para Clarín
Ella se planteó un desafío: encontrar lo racional en aquello que parece irracional. Porque el carnaval es la máxima expresión del despilfarro, del hacer para desaparecer, de algo efímero que dura cuatro días y se diluye hasta el año siguiente. Sin embargo, al explorar la vida de la gente en el festejo, se comprueba que hay mucho más que experiencia inmediata o “pequeña barbarie”. En 1986, cuando el país aún sentía en la piel la dictadura feroz, la economía debilitada, la guerra perdida, estudiar la murga podía parecer algo frívolo. Pero la antropóloga Alicia Martín había decidido que para entender una sociedad más allá de las lógicas de costo-beneficio y de productividad había que ingresar en la expresión y en las estéticas populares. Veinticinco años después, reconocida ya como la principal teórica del carnaval en la Argentina, doctorada en la UBA con una tesis sobre la celebración en la ciudad de Buenos Aires, asegura que vivimos un momento espléndido: las murgas se consolidan tanto en los barrios como en los talleres que forman nuevos artistas y grupos y se abren, con sus letras, al mundo contemporáneo, desde los cacerolazos a los amores virtuales por Internet.
Es curioso el carnaval: una celebración religiosa que festeja el exceso bacanal, casi pagano. ¿Cómo se entiende? Parece un contrasentido hablar de carnaval religioso, pero el hecho de que esté integrado en el calendario litúrgico de la Iglesia romana es un avatar histórico, tiene que ver con su tradición, que se puede medir en siglos. Si bien toma su nombre actual en la Edad Media, sus orígenes se remontan a las fiestas dionisíacas de los griegos y a las celebraciones en honor a Saturno, dios del Tiempo de los romanos, en las que imperaba el todo vale. Se liberaban las rutinas y había una inversión marcada de los papeles sociales: los amos pasaban a ser esclavos y los esclavos eran reyes por unos días. Un verdadero mundo del revés.
¿La religión católica, más que aceptarla como el momento de alegría antes de la penitencia de la Cuaresma, la incorpora a la liturgia para no dejar una fiesta popular fuera del marco institucional? Creo que sí. Por eso varios autores han señalado ese contraste entre una festividad que es una especie de derroche o de exceso de todos los sentidos y una religión altamente ascética donde lo corporal está muy vinculado con lo prohibido o, en otra época, con lo demoníaco. Justamente, el juego de “atreverse a” es central en el Carnaval. Hoy se cree que uno se tapa para ocultarse pero no es así: la máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas. Uno puede pensarse como ese otro, criticarlo, satirizarlo.
Pienso en mi infancia en Rosario –fines de los 60 y los 70– y recuerdo el Carnaval con tristeza. La idea era dañar al otro: echarle espuma en los ojos, arrojarle fuerte un globo de agua para que doliera, “ahogarlo” en serpentinas, golpearlo con unos martillos de plástico que no resultaban inocuos. Era la alegría convertida en agresión.
Siempre fue así y creo que se vincula con que en el carnaval no hay espectadores. Si estás, jugás, y si no te gusta, te vas. Por eso existe ese imperativo para que el otro se incorpore a las reglas. En todos los carnavales se tiran cosas de las más insólitas. Y antes era peor. Las crónicas del siglo XIX hablan de carreras de caballo: los jinetes se armaban de proyectiles hechos con grandes hojas de diario y rellenos de agua o a veces de sustancia fétidas, que tiraban a los transeúntes. Es curioso, los diarios de la época daban información sobre los excesos, pero en secciones diferentes a las del festejo. En la portada, por ejemplo, se podía leer “Gran despliegue, la mejor sociedad se dio cita en el corso de Flores” y en Policiales se publicaba que había sido arrestado un inmigrante italiano recién llegado por arruinar el disfraz de una señora de alcurnia.
Para la celebración del año pasado, el gobierno de Brasil repartió en forma gratuita 55 millones de preservativos. ¿El carnaval implica una sexualidad desbordada? Sí, absolutamente. Es hacer lo que no está permitido durante el año. En algunas ciudades de Europa –en especial en Alemania y en el norte de Francia– los matrimonios se pierden, no van a dormir a la casa, nadie sabe dónde está el otro y existe un pacto de no preguntar ni de contar lo que sucede en esos días. Acá, en la Argentina, en las pequeñas ciudades de provincia, durante mucho tiempo estuvo vigente el dicho de “hijo del carnaval” para referirse a los embarazos no buscados. Piense que hasta la década del 60, las jóvenes tenían un espectro de candidatos posibles para “matrimoniarse” muy restringido y el carnaval abría una ventana para conocer gente, lo que generaba lógica expectativa.
¿Pero en los corsos de antes no había poco espacio para que la mujer participara activamente? Ese es un concepto que se debe revisar. Yo he visto fotos de un grupo que se llamaba “Los días y las noches” y esas noches estaban representadas por lunas actuadas por mujeres. Ellas también eran fuertes en los bailes de disfraces y en los juegos de agua. Es que antes, durante los cuatro días de carnaval, había horarios. Después del almuerzo, a la hora de la siesta y hasta las seis o siete de la tarde, era el momento de los juegos con agua, y ahí todo valía. Se tiraban manguerazos, baldazos, bombitas. Las mujeres participaban y eso permitía romper un poco la jerarquía patriarcal de una sociedad estratificada.
Entre tanta agua arrojada, ¿quedaba espacio para la coquetería? A la noche, en el horario del corso. Todo el mundo se cambiaba y empezaba la gran vidriera: los comerciantes de los barrios organizaban actividades, armaban palcos y se instituían premios al disfraz más llamativo o a la mejor agrupación. Después venían los bailes; hasta la década del 70 había en Buenos Aires clubes con tres pistas: una donde sólo se tocaba tango, otra de jazz y una última de música tropical.
Parece usual suponer que en el carnaval porteño “todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Verdad o mentira? Mentira. Estamos en un momento espléndido porque hay una fuerte decisión de la sociedad civil de recuperar espacios públicos para la expresión, y en ese movimiento ocupa su rol la tradición carnavalesca. Algunos consideran a las murgas como una vanguardia del teatro porteño ya que en sus letras se van reflejando los temas y las estéticas que le importan a la gente. La murga también se ha ido adaptando a lógicas contemporáneas. Hasta hace algunas décadas, tenían una raíz barrial, pero ahora se trabaja mucho por grupos de afinidad ya que los participantes se conocen en talleres y a partir de allí empiezan a formar nuevas agrupaciones.
¿La murga es un fenómeno clasista, de sectores populares, o integra a todos los niveles? Depende de la región. En ciudades como Gualeguaychú, los profesionales participan de las murgas en forma habitual. En Buenos Aires, en cambio, el movimiento quedó en manos de sus militantes más fieles, que son los sectores populares. ¿Por qué? Porque es su forma más sencilla, si no la única, de expresarse, de exhibirse, de apelar a la diversión. Un profesional de clase media o alta tiene múltiples formas de hacerlo: integra un grupo de rock, de jazz, un coro, se muestra en un campeonato de golf o de tenis. El que no puede acceder a esas grandes instituciones logra, como dice el músico Coco Romero, una vía de acceso a las bellas artes a través de la murga. Además, es un ambiente muy abierto: para decirlo en lógica murguera, si no sabés bailar, fijate si te va bien con algún instrumento de percusión, y si no te va bien con el instrumento, te disfrazás de payaso, te hacés otro disfraz … hay lugar para todos.
¿De qué manera las letras de las murgas reflejan las preocupaciones sociales? A veces lo hacen a través de canciones originales; otras, modificando las letras de temas populares, ya instalados. En diciembre del año pasado publicamos un libro –que compilé junto a Hernán Morel y a Analía Canale– sobre un Concurso de Poesía Carnavalesca. Ahí encontramos, por ejemplo letras como el “Entremés de la cacerola”, de Ana Claudia Escobar: Cómo anda doña Lola/ Qué la trae por acá/ La veo con cacerola/ ¿Qué está por cocinar? Y la respuesta: ¡Qué cocinar ni que guiso!/ Yo vengo pa’ protestar/ El Juan ya van cinco años/ No consigue laburar! Es llamativo cómo se le pone humor a lo oscuro.
Hay un ingenio popular que parece imbatible. Y también se abordan las tendencias de época como el auge de las tecnologías. Recuerdo la canción, “Winner”, de Luis Tomasetig Rossini, que empieza: Quiero ser un “winner”/ cómo soy no va/ El ganar es imposible/ me tengo que aggiornar/ El amor no es fashion/ ahora hay que ser light … light.
Y cierra, luego de su desarrollo: Soy muy adaptado/ ya puse mi mail/ y mi amor, virtual deseado/ lo busco por Internet / Qué civilizado/ mi amor está en la Net … Net ¿Hay mucha parodia en las letras? Sí, eso cumple un doble efecto. El ensayista ruso Mijail Bajtín decía que la parodia tiene un carácter ambivalente: degrada pero a la vez resucita aquello mismo que degrada, le vuelve a dar actualidad, vida. Es como una espiral en la que uno se ríe de lo que está llegando aunque sin desconocer su inevitabilidad y reconocer que ya está integrado a lo cotidiano. Las murgas le aportan picardía y pasión al debate y se asumen como un testigo crítico de las “locuras” de cada época.
Liberar el cuerpo y la alegría. Dar lugar a la crítica social. Reconocer que no se puede ser espectador sino todo un partícipe. Estas reglas gobiernan el carnaval, una fiesta con orígenes remotos que no pierde vigencia.
Por Daniel Ulanovsky Sack para Clarín
Ella se planteó un desafío: encontrar lo racional en aquello que parece irracional. Porque el carnaval es la máxima expresión del despilfarro, del hacer para desaparecer, de algo efímero que dura cuatro días y se diluye hasta el año siguiente. Sin embargo, al explorar la vida de la gente en el festejo, se comprueba que hay mucho más que experiencia inmediata o “pequeña barbarie”. En 1986, cuando el país aún sentía en la piel la dictadura feroz, la economía debilitada, la guerra perdida, estudiar la murga podía parecer algo frívolo. Pero la antropóloga Alicia Martín había decidido que para entender una sociedad más allá de las lógicas de costo-beneficio y de productividad había que ingresar en la expresión y en las estéticas populares. Veinticinco años después, reconocida ya como la principal teórica del carnaval en la Argentina, doctorada en la UBA con una tesis sobre la celebración en la ciudad de Buenos Aires, asegura que vivimos un momento espléndido: las murgas se consolidan tanto en los barrios como en los talleres que forman nuevos artistas y grupos y se abren, con sus letras, al mundo contemporáneo, desde los cacerolazos a los amores virtuales por Internet.
Es curioso el carnaval: una celebración religiosa que festeja el exceso bacanal, casi pagano. ¿Cómo se entiende? Parece un contrasentido hablar de carnaval religioso, pero el hecho de que esté integrado en el calendario litúrgico de la Iglesia romana es un avatar histórico, tiene que ver con su tradición, que se puede medir en siglos. Si bien toma su nombre actual en la Edad Media, sus orígenes se remontan a las fiestas dionisíacas de los griegos y a las celebraciones en honor a Saturno, dios del Tiempo de los romanos, en las que imperaba el todo vale. Se liberaban las rutinas y había una inversión marcada de los papeles sociales: los amos pasaban a ser esclavos y los esclavos eran reyes por unos días. Un verdadero mundo del revés.
¿La religión católica, más que aceptarla como el momento de alegría antes de la penitencia de la Cuaresma, la incorpora a la liturgia para no dejar una fiesta popular fuera del marco institucional? Creo que sí. Por eso varios autores han señalado ese contraste entre una festividad que es una especie de derroche o de exceso de todos los sentidos y una religión altamente ascética donde lo corporal está muy vinculado con lo prohibido o, en otra época, con lo demoníaco. Justamente, el juego de “atreverse a” es central en el Carnaval. Hoy se cree que uno se tapa para ocultarse pero no es así: la máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas. Uno puede pensarse como ese otro, criticarlo, satirizarlo.
Pienso en mi infancia en Rosario –fines de los 60 y los 70– y recuerdo el Carnaval con tristeza. La idea era dañar al otro: echarle espuma en los ojos, arrojarle fuerte un globo de agua para que doliera, “ahogarlo” en serpentinas, golpearlo con unos martillos de plástico que no resultaban inocuos. Era la alegría convertida en agresión.
Siempre fue así y creo que se vincula con que en el carnaval no hay espectadores. Si estás, jugás, y si no te gusta, te vas. Por eso existe ese imperativo para que el otro se incorpore a las reglas. En todos los carnavales se tiran cosas de las más insólitas. Y antes era peor. Las crónicas del siglo XIX hablan de carreras de caballo: los jinetes se armaban de proyectiles hechos con grandes hojas de diario y rellenos de agua o a veces de sustancia fétidas, que tiraban a los transeúntes. Es curioso, los diarios de la época daban información sobre los excesos, pero en secciones diferentes a las del festejo. En la portada, por ejemplo, se podía leer “Gran despliegue, la mejor sociedad se dio cita en el corso de Flores” y en Policiales se publicaba que había sido arrestado un inmigrante italiano recién llegado por arruinar el disfraz de una señora de alcurnia.
Para la celebración del año pasado, el gobierno de Brasil repartió en forma gratuita 55 millones de preservativos. ¿El carnaval implica una sexualidad desbordada? Sí, absolutamente. Es hacer lo que no está permitido durante el año. En algunas ciudades de Europa –en especial en Alemania y en el norte de Francia– los matrimonios se pierden, no van a dormir a la casa, nadie sabe dónde está el otro y existe un pacto de no preguntar ni de contar lo que sucede en esos días. Acá, en la Argentina, en las pequeñas ciudades de provincia, durante mucho tiempo estuvo vigente el dicho de “hijo del carnaval” para referirse a los embarazos no buscados. Piense que hasta la década del 60, las jóvenes tenían un espectro de candidatos posibles para “matrimoniarse” muy restringido y el carnaval abría una ventana para conocer gente, lo que generaba lógica expectativa.
¿Pero en los corsos de antes no había poco espacio para que la mujer participara activamente? Ese es un concepto que se debe revisar. Yo he visto fotos de un grupo que se llamaba “Los días y las noches” y esas noches estaban representadas por lunas actuadas por mujeres. Ellas también eran fuertes en los bailes de disfraces y en los juegos de agua. Es que antes, durante los cuatro días de carnaval, había horarios. Después del almuerzo, a la hora de la siesta y hasta las seis o siete de la tarde, era el momento de los juegos con agua, y ahí todo valía. Se tiraban manguerazos, baldazos, bombitas. Las mujeres participaban y eso permitía romper un poco la jerarquía patriarcal de una sociedad estratificada.
Entre tanta agua arrojada, ¿quedaba espacio para la coquetería? A la noche, en el horario del corso. Todo el mundo se cambiaba y empezaba la gran vidriera: los comerciantes de los barrios organizaban actividades, armaban palcos y se instituían premios al disfraz más llamativo o a la mejor agrupación. Después venían los bailes; hasta la década del 70 había en Buenos Aires clubes con tres pistas: una donde sólo se tocaba tango, otra de jazz y una última de música tropical.
Parece usual suponer que en el carnaval porteño “todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Verdad o mentira? Mentira. Estamos en un momento espléndido porque hay una fuerte decisión de la sociedad civil de recuperar espacios públicos para la expresión, y en ese movimiento ocupa su rol la tradición carnavalesca. Algunos consideran a las murgas como una vanguardia del teatro porteño ya que en sus letras se van reflejando los temas y las estéticas que le importan a la gente. La murga también se ha ido adaptando a lógicas contemporáneas. Hasta hace algunas décadas, tenían una raíz barrial, pero ahora se trabaja mucho por grupos de afinidad ya que los participantes se conocen en talleres y a partir de allí empiezan a formar nuevas agrupaciones.
¿La murga es un fenómeno clasista, de sectores populares, o integra a todos los niveles? Depende de la región. En ciudades como Gualeguaychú, los profesionales participan de las murgas en forma habitual. En Buenos Aires, en cambio, el movimiento quedó en manos de sus militantes más fieles, que son los sectores populares. ¿Por qué? Porque es su forma más sencilla, si no la única, de expresarse, de exhibirse, de apelar a la diversión. Un profesional de clase media o alta tiene múltiples formas de hacerlo: integra un grupo de rock, de jazz, un coro, se muestra en un campeonato de golf o de tenis. El que no puede acceder a esas grandes instituciones logra, como dice el músico Coco Romero, una vía de acceso a las bellas artes a través de la murga. Además, es un ambiente muy abierto: para decirlo en lógica murguera, si no sabés bailar, fijate si te va bien con algún instrumento de percusión, y si no te va bien con el instrumento, te disfrazás de payaso, te hacés otro disfraz … hay lugar para todos.
¿De qué manera las letras de las murgas reflejan las preocupaciones sociales? A veces lo hacen a través de canciones originales; otras, modificando las letras de temas populares, ya instalados. En diciembre del año pasado publicamos un libro –que compilé junto a Hernán Morel y a Analía Canale– sobre un Concurso de Poesía Carnavalesca. Ahí encontramos, por ejemplo letras como el “Entremés de la cacerola”, de Ana Claudia Escobar: Cómo anda doña Lola/ Qué la trae por acá/ La veo con cacerola/ ¿Qué está por cocinar? Y la respuesta: ¡Qué cocinar ni que guiso!/ Yo vengo pa’ protestar/ El Juan ya van cinco años/ No consigue laburar! Es llamativo cómo se le pone humor a lo oscuro.
Hay un ingenio popular que parece imbatible. Y también se abordan las tendencias de época como el auge de las tecnologías. Recuerdo la canción, “Winner”, de Luis Tomasetig Rossini, que empieza: Quiero ser un “winner”/ cómo soy no va/ El ganar es imposible/ me tengo que aggiornar/ El amor no es fashion/ ahora hay que ser light … light.
Y cierra, luego de su desarrollo: Soy muy adaptado/ ya puse mi mail/ y mi amor, virtual deseado/ lo busco por Internet / Qué civilizado/ mi amor está en la Net … Net ¿Hay mucha parodia en las letras? Sí, eso cumple un doble efecto. El ensayista ruso Mijail Bajtín decía que la parodia tiene un carácter ambivalente: degrada pero a la vez resucita aquello mismo que degrada, le vuelve a dar actualidad, vida. Es como una espiral en la que uno se ríe de lo que está llegando aunque sin desconocer su inevitabilidad y reconocer que ya está integrado a lo cotidiano. Las murgas le aportan picardía y pasión al debate y se asumen como un testigo crítico de las “locuras” de cada época.
Carnavales, cultura y política
Por Washington Uranga
Sería una simplificación mirar la restitución de las fiestas de Carnaval decidida este año por el Gobierno simplemente como parte de la política de incentivos al turismo o como una estrategia económica. También sería una ingenuidad creer que la decisión adoptada por la dictadura militar aboliendo el Carnaval fue apenas una demostración de supuesta austeridad por parte de los dictadores.
Ni tanto, ni tan poco. Nadie podría negar que en la decisión hay factores económicos y de estrategia política. También un sentido de justicia (ahora) y de injusticia (antes) respecto de los trabajadores y el reconocimiento o no de jornadas no laborables que pueden ser dedicadas al esparcimiento, a la distensión, a la vida familiar y cultural.
Pero habría que situar también la decisión actual en el camino de otras que se vienen adoptando para recuperar lo público como un espacio contenedor, la fiesta y la celebración como instancias que sirven para aglutinar a una comunidad, a un pueblo y consolidar su identidad. Ese fue también el sentido de las celebraciones del Bicentenario –el año anterior– que tan espontánea y genuinamente movilizaron a parte de la ciudadanía, en ese caso sin distingos de banderías o inclinaciones políticas. Aquélla fue la manifestación de un pueblo que recuperó para sí el espacio público sintiéndose protagonista del acontecimiento.
Para comprender el fenómeno habría que remontarse a la historia misma de la humanidad, para entender que la fiesta no es apenas un acto de representación. No es una manera de mostrar para otros. Es, ante todo y fundamentalmente, un acto de presencia a través del cual una comunidad, una colectividad, un pueblo se realiza. Particularmente el Carnaval no es un espacio donde las personas van a observar como espectadores. Es un ámbito donde el conjunto de las personas se integran y donde la vivencia en comunidad se hace concreta. En la fiesta la comunidad, y cada uno de sus integrantes, se hace visible. En el sentido más genuino la comunidad genera la ocasión para quitarse la máscara y sus miembros se revelan los unos a los otros. Para participar es necesario ser. El acto de representación, si es que existe como tal, viene a continuación.
Desde el punto de vista colectivo puede decirse que a través de la intervención en la fiesta los integrantes de una sociedad, los participantes que son a su vez ciudadanos, descubren y construyen juntos una razón de ser: la de vivir juntos en comunidad. Así se van constituyendo de manera asociada y compartida como un organismo vivo, dinámico, como una colectividad. Esta es la manera de construir la identidad cultural.
Privar a una sociedad, a la ciudadanía, del espacio de la fiesta es quitarle la posibilidad de construir también esa identidad nacional, romper o intentar romper los lazos que forjan una identidad cultural. Tomar una medida como la que ahora se pone en práctica es, entre otros motivos, aportar al sentido colectivo, una apuesta a seguir construyendo genuinamente una identidad cultural como pueblo. Podrá decirse que no alcanza con una medida aislada. Es verdad. Pero también es cierto que esta decisión de ahora se encuadra dentro de una serie de determinaciones que bien pueden entenderse como una orientación política en la misma línea. Recuperar el espacio público para la ciudadanía, como lugar de reconocimiento, de intercambio, de diálogo y también de celebración, es parte de una política pública en materia político-cultural.
Podrá decirse también que hoy el Carnaval no tiene las características de antaño. Porque la participación popular se ha restringido, porque las características de las celebraciones son otras. Es verdad. El sentido de la fiesta como lugar de encuentro y representación es otro, pero mantiene su condición fundamental: encontrarme con otros en un espacio común donde todos y todas nos hacemos visibles, nos reconocemos. No importa si es en el barrio o en un megafestival. La forma casi es un detalle menor.
Todo ello sin perder de vista que el acceso al espacio público hoy está atravesado por asimetrías. Y que mientras unos festejan en las calles y en las plazas, otros aprovechan la misma ocasión para hacer ostentación de consumo en selectos lugares turísticos. Las diferencias económicas y también socioculturales atraviesan y marcan nuestra sociedad. No se trata de olvidarlas. Pero esta realidad no invalida el sentido de lo que se afirma más arriba.
Uno de los mayores ataques que ha sufrido la cultura de nuestros pueblos latinoamericanos es la creciente individualización. El individuo se fue despojando (¿liberando?) de vínculos y hábitos culturales (¿tradicionales?) que por un lado lo encerraban y, por otro, lo protegían. Con ello se ganó en autodeterminación y en libertad, se abrieron otros horizontes, particularmente para los jóvenes. Pero ese ejercicio de la libertad depende de las capacidades y de las posibilidades. Unas y otras requieren de marcos de contención cultural para que aquella libertad pueda crecer y desarrollarse.
Si se disuelve lo público lo único que subsiste (y se potencia y sobrevalora) son las capacidades individuales. Sin lo público no sólo se pierde la posibilidad de reconocer a los otros y a las otras, sino que el sujeto mismo carece de referencias, de marcos para comprenderse a sí mismo, para desarrollar una identidad que siempre es en relación. Se diluye lo colectivo y desaparece la solidaridad.
En todo este recorrido, no es una cuestión menor recuperar el espacio y el sentido de la fiesta en el marco de lo público. Porque tiene valor político y cultural.
Por Washington Uranga
Sería una simplificación mirar la restitución de las fiestas de Carnaval decidida este año por el Gobierno simplemente como parte de la política de incentivos al turismo o como una estrategia económica. También sería una ingenuidad creer que la decisión adoptada por la dictadura militar aboliendo el Carnaval fue apenas una demostración de supuesta austeridad por parte de los dictadores.
Ni tanto, ni tan poco. Nadie podría negar que en la decisión hay factores económicos y de estrategia política. También un sentido de justicia (ahora) y de injusticia (antes) respecto de los trabajadores y el reconocimiento o no de jornadas no laborables que pueden ser dedicadas al esparcimiento, a la distensión, a la vida familiar y cultural.
Pero habría que situar también la decisión actual en el camino de otras que se vienen adoptando para recuperar lo público como un espacio contenedor, la fiesta y la celebración como instancias que sirven para aglutinar a una comunidad, a un pueblo y consolidar su identidad. Ese fue también el sentido de las celebraciones del Bicentenario –el año anterior– que tan espontánea y genuinamente movilizaron a parte de la ciudadanía, en ese caso sin distingos de banderías o inclinaciones políticas. Aquélla fue la manifestación de un pueblo que recuperó para sí el espacio público sintiéndose protagonista del acontecimiento.
Para comprender el fenómeno habría que remontarse a la historia misma de la humanidad, para entender que la fiesta no es apenas un acto de representación. No es una manera de mostrar para otros. Es, ante todo y fundamentalmente, un acto de presencia a través del cual una comunidad, una colectividad, un pueblo se realiza. Particularmente el Carnaval no es un espacio donde las personas van a observar como espectadores. Es un ámbito donde el conjunto de las personas se integran y donde la vivencia en comunidad se hace concreta. En la fiesta la comunidad, y cada uno de sus integrantes, se hace visible. En el sentido más genuino la comunidad genera la ocasión para quitarse la máscara y sus miembros se revelan los unos a los otros. Para participar es necesario ser. El acto de representación, si es que existe como tal, viene a continuación.
Desde el punto de vista colectivo puede decirse que a través de la intervención en la fiesta los integrantes de una sociedad, los participantes que son a su vez ciudadanos, descubren y construyen juntos una razón de ser: la de vivir juntos en comunidad. Así se van constituyendo de manera asociada y compartida como un organismo vivo, dinámico, como una colectividad. Esta es la manera de construir la identidad cultural.
Privar a una sociedad, a la ciudadanía, del espacio de la fiesta es quitarle la posibilidad de construir también esa identidad nacional, romper o intentar romper los lazos que forjan una identidad cultural. Tomar una medida como la que ahora se pone en práctica es, entre otros motivos, aportar al sentido colectivo, una apuesta a seguir construyendo genuinamente una identidad cultural como pueblo. Podrá decirse que no alcanza con una medida aislada. Es verdad. Pero también es cierto que esta decisión de ahora se encuadra dentro de una serie de determinaciones que bien pueden entenderse como una orientación política en la misma línea. Recuperar el espacio público para la ciudadanía, como lugar de reconocimiento, de intercambio, de diálogo y también de celebración, es parte de una política pública en materia político-cultural.
Podrá decirse también que hoy el Carnaval no tiene las características de antaño. Porque la participación popular se ha restringido, porque las características de las celebraciones son otras. Es verdad. El sentido de la fiesta como lugar de encuentro y representación es otro, pero mantiene su condición fundamental: encontrarme con otros en un espacio común donde todos y todas nos hacemos visibles, nos reconocemos. No importa si es en el barrio o en un megafestival. La forma casi es un detalle menor.
Todo ello sin perder de vista que el acceso al espacio público hoy está atravesado por asimetrías. Y que mientras unos festejan en las calles y en las plazas, otros aprovechan la misma ocasión para hacer ostentación de consumo en selectos lugares turísticos. Las diferencias económicas y también socioculturales atraviesan y marcan nuestra sociedad. No se trata de olvidarlas. Pero esta realidad no invalida el sentido de lo que se afirma más arriba.
Uno de los mayores ataques que ha sufrido la cultura de nuestros pueblos latinoamericanos es la creciente individualización. El individuo se fue despojando (¿liberando?) de vínculos y hábitos culturales (¿tradicionales?) que por un lado lo encerraban y, por otro, lo protegían. Con ello se ganó en autodeterminación y en libertad, se abrieron otros horizontes, particularmente para los jóvenes. Pero ese ejercicio de la libertad depende de las capacidades y de las posibilidades. Unas y otras requieren de marcos de contención cultural para que aquella libertad pueda crecer y desarrollarse.
Si se disuelve lo público lo único que subsiste (y se potencia y sobrevalora) son las capacidades individuales. Sin lo público no sólo se pierde la posibilidad de reconocer a los otros y a las otras, sino que el sujeto mismo carece de referencias, de marcos para comprenderse a sí mismo, para desarrollar una identidad que siempre es en relación. Se diluye lo colectivo y desaparece la solidaridad.
En todo este recorrido, no es una cuestión menor recuperar el espacio y el sentido de la fiesta en el marco de lo público. Porque tiene valor político y cultural.
lunes, 22 de noviembre de 2010
En 1884, Lucio V. López escribía La gran aldea y describía allí uno de los bailes a los que acudía Alejandro, un cochero mulato integrante de Los Tenorios del Plata que seducía a una sirvienta vasca y la llevaba a bailar, enfatizando su poder sobre la mujer, y también el mestizaje irrefrenable que esto conllevaba (...) Esta reiteración en la fuerza seductora de los negros y de las negras, de sus movimientos sexuados en una época donde el pudor debía velar todas las conductas y que se reivindicaba en un tiempo de trasgresión como el carnaval, se basaba en las imágenes que construían los hombres pertenecientes a los grupos hegemónicos de los candombes de la época de Rosas y que continuaban desarrollándose y utilizándose a principios del siglo XX, cuando la figura del "negro" en el carnaval, lejos de "desaparecer" - como aparentemente pasaba con su homólogo en la vida real - ganaba cada vez más importancia. Geler, Lea: Andares negros, caminos blancos. Afroporteños, Estado y Nación Argentina a fines del siglo XIX, Rosario, Prohistoria Ediciones, 2010.
“La gran aldea” (Fragmento)
Lucio V. López
Era la última noche de carnaval y el mulato Alejandro estaba de baile. Su comparsa, los "Tenorios del Plata", con un brillante uniforme blanco y celeste y sus botas imitadas en hule, invadía el teatro de la Alegría, campo de las batallas galantes de la clase, en los tres días clásicos del año. Pero el corazón de Alejandro no estaba aquella noche en el salón de baile, sino en los dormitorios de Blanca. Graciana, una linda y traviesa francesita, en quien Blanca depositaba todos sus secretos, había cautivado el alma del mulato, sin que los antagonismos de raza fueran una razón de timidez por parte del cochero o de repugnancia por parte de la sirvienta. La cuestión grave era saber cómo haría Graciana para ir al baile con Alejandro, y eso era algo difícil. La señora con su mamá iban al baile de máscaras del club. El viejo don Ramón permanecía en casa a causa de su reumatismo. Graciana debía velar aquella noche por el bebé ; la noche anterior había estado de pascana con su Otelo; porque es necesario saber que Graciana estaba fuertemente apasionada del mulato.
Alejandro se daba un tono insoportable para con los de su clase, con motivo de sus nuevos amores; y la francesita, aunque estaba lejos de ser una doméstica como las de Zola, no tenía el más mínimo embarazo en desempeñar todos los servicios de su ama y en adorar a Alejandro, sin la más mínima limitación. Pero aquella noche, Blanca al salir enmascarada para el club, había recomendado a Graciana, de la manera más severa, que velara al marido a quien se le podía antojar vestirse e irla a buscar y sobre todo al bebé , a quien don Ramón no podía atender a pesar del entrañable cariño que sentía por su hijita. Graciana había jurado fidelidad, pero Alejandro, así que las señoras y el señor de Montifiori desaparecieron, comenzó a excitar poco a poco la imaginación de Graciana contándole las maravillas que aquella noche iban a hacer los "Tenorios" en el tablado de la Alegría.
La mujer es un ser débil en todas las clases sociales. Graciana comenzó por resistir y Alejandro terminó por vencer. Verdad es que el pardo tenía, según él, un ascendiente poderoso sobre el bello sexo. Los dos amantes, una vez de acuerdo en bailar esa noche en la Alegría sin que los patrones lo notoran, pusieron en juego su plan. Alejandro vistió su uniforme de "Tenorio", color blanco y celeste, con gorra de oficial de marina, espléndido specimen de mojiganga criolla; se echó al bolsillo el triángulo, su instrumento oficial en la comparsa de los "Tenorios" y esperó a Graciana acurrucado debajo de la escalera, completamente a obscuras en el acto de la evasión de los dos danzantes fugitivos. Graciana, por su parte, recorrió las habitaciones; vio que mi tío no daba señales de vida, que el bebé dormía e hizo ruido en el cuarto de la niña, como para dar a entender que ganaba la cama. Después de media hora de silencio, notando que la tranquilidad de la casa era completa, saltó de la cama, descalza, para no hacer ruido; tomó la bujía encendida que alumbraba apenas la habitación y acercándose con ella a la cuna de la niña, notó que ésta dormía tranquilamente; dejó la luz como tenía de costumbre, y abriendo suavemente la puerta del aposento que daba sobre el corredor, y cuya cerradura había tenido cuidado de enaceitar para que no hiciese ruido, salió en puntas de pie llevando en una mano un par de botines de raso y suspendiendo en la otra nada menos que el dominó con que Blanca había asistido disfrazada la primera noche de carnaval al baile del Club del Progreso. La interesante mascarita cerró cuidadosamente la puerta, y ayudada por su amante, sin muchas exigencias de recato por su parte, se disfrazó en un instante; se calzó sus botines blancos, se colocó la máscara de raso, y ambos bajaron resueltamente la escalera principal, abrieron la puerta de calle con la llave que poseía Alejandro y se encontraron muy pronto en la calle, libres como Romeo y Julieta , si Romeo y Julieta hubiesen sido sirvientes y se hubiesen escapado juntos alguna vez.
Cuando llegaron a la puerta de la Alegría, el baile estaba en todo su esplendor. Los "Tenorios" hacían una mella terrible en aquella Ineses de media tinta y de color entero.
Las cuadrillas se bailaban con una seriedad rígida, casi británica; el vals no dejaba nada que desear por corrección: la mazurca era de un remeneo de ancas de dudosa moderación, y por último la habanera algo alarmante como chacota de articulaciones.
En medio de estos variados modos de bailar, se notaba en aquel salón, donde había una absoluta proscripción del perfil griego, una suma tendencia al tono y a la elegancia. Los "Tenorios" se llaman como sus amos; se dan su nombre y apellido; usan su papel timbrado, se ponen sus fracs, sus guantes, sus corbatas y sus camisas; la única nota discordante es el pie, el pie de un "Tenorio" es algo melancólico: un pedicuro con cierto talento dramático podría escribir una tragedia más terrible que Fedra, con sólo estudiar el pasaje de su instrumento a través del pie de un joven high-life de color. He ahí la causa por qué los negros, después de tres días de carnaval, por más elegantes y presuntuosos que sean, tienen que vivir otros tres días prendidos de una reja; los pies necesitan suspender su misión terrena por ese espacio de tiempo para volver a su estado primitivo.
En fin, a pesar de estos inconvenientes, los galanes bailaban aquella noche en la Alegría con tanto garbo, y tal vez con más suerte, que sus patrones del Club del Progreso. Un "Tenorio" con su uniforme blanco y celeste debe ser algo ideal para su compañera de baile y de color; porque al fin, convengamos en que, vestirse para enamorar con los purísimos colores del cielo, es mucho más lógico que hacerlo de negro como los amos.
Hay algo de fantástico en ese traje, en esa chaquetilla de merino azul con galones de plata, en ese pantalón de cotí blanco, en esas polainas de precio modesto pero de soberbio brillo, que se empeñan en confabularse con el botín chueco de elástico, para fingirse botas granaderas.
Alejandro entró en el baile del brazo de su compañera, cuyo espléndido dominó levantó el cotarro de todas las princesas negras que vieron pasar a su lado aquella vasca plebeya, pero blanca.
¡Alejandro, rendido a una "extranjera de Uropa"! ¡Qué decepción! ¡El, el más aristocrático swell de la clase , la flor y nata de las academias de baile, entregado a una gringa!
Las señoritas y las matronas no se lo perdonaron, pero el lindo mulato, sin importársele mucho de las críticas que le hacían por todos los centros del salón, tomó de la cintura a su linda compañera y acometió un scottish de paso doble que en aquel momento comenzaban a rascarlo cuatro violines de la orquesta y un figle solitario y pifión que se quejaba entre los labios de un viejo músico panzón y dormido, representante de la música de viento.
Es de ver la galantería del negro porteño. Prescindiendo, si es posible prescindir del ambiente del salón, que es algo pesado, la cortesía y la urbanidad entre ellos son incomparables: el lenguaje incorrecto pero elevadísimo. Se conversa con las mismas pretensiones con que se conversa en el gran mundo; se enamora con la misma gracia, con la misma compostura y con el mismo chic . Las niñas no dejan nada que desear desde el punto de vista de la educación: es cierto que los labios son un poco gruesos y las narices algo chatas, pero de una autenticidad indiscutible; allí no hay veloutine ni crema de perlas que formen cutis apócrifos. Los mozos son de la más alta estirpe administrativa: entre ellos está representada la secretaría del presidente de la República, por un empleado, que aunque sirve el té y el agua con panal, no se apea de su categoría de empleado público. Los cinco ministerios de la Nación tienen sus más dignos representantes: la diplomacia, el gobierno, la instrucción pública, la guerra y la hacienda forman parte de los "Tenorios del Plata", que bailan en la Alegría las tres noches de carnaval. Las mamás o las tías y madrinas viejas, que se le acomodan desde su asiento a una masa sopada en vino Priorato, ven pasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempeña cargos modestos, pero honrosos en la política argentina. Y generalmente, esos snobs de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodea su nombre; pero, si suelen ser eximios como amantes, son intolerables como maridos; todos concluyen enamorando vascas, como Alejandro, o perdiendo a las negritas mimadas de casas decentes. Aquella sociedad tiene sus escándalos como todas las sociedades: raptos, seducciones, adulterios, suicidios y hasta duelos. Hablan de las guerras y de las batallas pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque el negro y el pardo porteño saben batirse con la bizarría del mejor de los soldados y caer sobre el campo de la acción como caen los héroes.
Las dos de la madrugada habían dado ya, y Graciana apuraba a Alejandro para volver a casa. La sirvienta pensaba con razón, que el señor podía haber notado su ausencia, que la niñita podía haber llorado, que Blanca podía haber regresado del club; pero el negro, rumboso al fin, como todos los de su clase, quería concluir la noche con una cena en un café de la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita.
Tanto hizo Alejandro, que Graciana, después de bailar con él la última galopa con un ímpetu y un entusiasmo indescriptibles, consintió en ir a cenar, no por cierto unas ostras con Sauterne, sino unas suculentas costillas de chancho, apoyadas por una copiosa taza de café con leche, con pan y manteca, que sirvieron para corregir la vacuidad incómoda que todos los estómagos, ya sean plebeyos o aristocráticos, sienten a las tres de la mañana después de una noche de baile.
Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salían conjuntamente del teatro, con los "Tenorios", extenuados por la fatiga de la noche, demostrando en el rostro esa melancolía peculiar que demuestra el último comparsa que se retira en la madrugada de la tercera noche de carnaval.
Por entre ellos atravesó orgullosamente Alejandro con su compañera del brazo, y doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puerta de la casa de sus patrones.
Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa de mi tío Ramón; la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestíbulo bajo y en el vestíbulo alto. Algo de extraordinario debía de haber pasado durante su ausencia, y la fuga de Graciana había sido notada. La sirvienta tuvo un acceso de nervios muy común entre las francesas y no se atrevió a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de miedo.
El pardo vacilaba también, y caballeresco como era, no se atrevía a comprometer ni a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentaba con el ruido de los carruajes que comenzaban a remolinear en la esquina del Club del Progreso, lo que les indicaba que el baile allí tocaba a su término, que de un momento a otro, Blanca llegaría a su casa y encontraría a Graciana disfrazada con su dominó. Los dos amantes optaron por lo más práctico en aquellos instantes críticos y huyeron calle de Victoria arriba, prefiriendo la fuga a pasar por la vergüenza de ser descubiertos. Alejandro, el audaz seductor de aquella honesta Margarita, fue a golpear la puerta de una posada de la plaza de Lorea, donde se instaló con su compañera, resuelto a darle su nombre para cubrir su falta y purificar su honra manchada.
Fuente: Carnavales del siglo XIX. El club del Progreso,
lunes, 15 de noviembre de 2010
RESTITUCION DEL FERIADO DE CARNAVAL
Nuevos feriados, arrancando el lunes 22 de noviembre
Se conmemorará el Día de la Soberanía Nacional. Vuelven los feriados de carnaval y se agregan dos feriados turísticos por los próximos tres años. En 2011 habrá 17 feriados nacionales.
DyN
Buenos Aires, 3 de noviembre.- El Gobierno puso hoy en marcha a través de dos decretos el nuevo esquema de feriados nacionales, que reincorpora el lunes y martes de carnaval, crea el 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional y suma al calendario dos días por año para fomentar el turismo.
De acuerdo a las decisiones 1584 y 1585 publicadas hoy en el Boletín Oficial, en 2011 habrá 17 feriados: 1° de enero, lunes y martes de carnaval, 24 de marzo, 25 de marzo (turístico), Viernes Santo, 2 de abril, 1º de mayo, 25 de mayo, 20 de junio, 9 de julio, 17 de agosto, 12 de octubre, 20 de noviembre, 8 de diciembre, 9 de diciembre (turístico) y 25 de diciembre.
El proyecto había sido enviado al Congreso el 14 de septiembre, pero el Ejecutivo argumentó que `todo evidencia` que la sanción de la norma `no podrá concretarse con la premura del caso, obstaculizando una de las finalidades del envío`, que `era dar previsibilidad con un tiempo de antelación suficiente como para posibilitar a los ciudadanos la planificación de sus actividades`.
Es que, según explica en otro párrafo, desde la fecha del ingreso de la iniciativa, la Cámara de Diputados `casi no ha sesionado`.
Según lo establecido, el feriado del 17 de agosto será cumplido el tercer lunes de ese mes, el del 12 de octubre el segundo lunes de ese mes y el del 20 de noviembre el cuarto lunes de ese mes.
En cuanto a los feriados turísticos, cuando los feriados nacionales coincidan con los días martes o jueves, se fijarán dos feriados por año que deberán coincidir con los días lunes o viernes inmediato, usualmente denominados feriados puente.
En tanto, si los feriados no coinciden con los días martes o jueves, se fijarán dos feriados destinados a desarrollar la actividad turística, y en este caso el Poder Ejecutivo deberá establecer los feriados turísticos por períodos trianuales.
En este caso, el Gobierno ya anticipó las fechas de los próximos tres años: en 2011 será el 25 de marzo y 9 de diciembre, en 2012 30 de abril y 24 de diciembre y en 2013 1 de abril y 21 de junio.
El feriado de carnaval, que había sido eliminado durante la última dictadura militar, volverá al calendario a partir de este proyecto y se cumplirá durante dos jornadas (lunes y martes).
Para el Gobierno, ésta `una de las manifestaciones más genuinas de las diferentes culturas que habitan nuestro vasto territorio`.
Otra novedad que se suma es la instauración como nuevo feriado patrio el 20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional, en homenaje a la batalla de Vuelta de Obligado, `uno de los hitos históricos más importantes de nuestra Nación`, se destaca. Además, se suma a la lista de feriados inamovibles el 20 de junio, Día de la Bandera, en honor a Manuel Belgrano. En tanto, el 12 de octubre dejará de denominarse Día de la Raza y pasará a llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural.
Por otra parte, se estableció como días no laborables el Jueves Santo, para la comunidad judía el Año Nuevo (dos días), el Día del Perdón (un día) y la Pascua (los dos primeros días y los dos últimos); y para la comunidad islámica el Año Nuevo Musulmán, el día posterior a la culminación del ayuno y el día de la Fiesta del Sacrificio.
Nuevos feriados, arrancando el lunes 22 de noviembre
Se conmemorará el Día de la Soberanía Nacional. Vuelven los feriados de carnaval y se agregan dos feriados turísticos por los próximos tres años. En 2011 habrá 17 feriados nacionales.
DyN
Buenos Aires, 3 de noviembre.- El Gobierno puso hoy en marcha a través de dos decretos el nuevo esquema de feriados nacionales, que reincorpora el lunes y martes de carnaval, crea el 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional y suma al calendario dos días por año para fomentar el turismo.
De acuerdo a las decisiones 1584 y 1585 publicadas hoy en el Boletín Oficial, en 2011 habrá 17 feriados: 1° de enero, lunes y martes de carnaval, 24 de marzo, 25 de marzo (turístico), Viernes Santo, 2 de abril, 1º de mayo, 25 de mayo, 20 de junio, 9 de julio, 17 de agosto, 12 de octubre, 20 de noviembre, 8 de diciembre, 9 de diciembre (turístico) y 25 de diciembre.
El proyecto había sido enviado al Congreso el 14 de septiembre, pero el Ejecutivo argumentó que `todo evidencia` que la sanción de la norma `no podrá concretarse con la premura del caso, obstaculizando una de las finalidades del envío`, que `era dar previsibilidad con un tiempo de antelación suficiente como para posibilitar a los ciudadanos la planificación de sus actividades`.
Es que, según explica en otro párrafo, desde la fecha del ingreso de la iniciativa, la Cámara de Diputados `casi no ha sesionado`.
Según lo establecido, el feriado del 17 de agosto será cumplido el tercer lunes de ese mes, el del 12 de octubre el segundo lunes de ese mes y el del 20 de noviembre el cuarto lunes de ese mes.
En cuanto a los feriados turísticos, cuando los feriados nacionales coincidan con los días martes o jueves, se fijarán dos feriados por año que deberán coincidir con los días lunes o viernes inmediato, usualmente denominados feriados puente.
En tanto, si los feriados no coinciden con los días martes o jueves, se fijarán dos feriados destinados a desarrollar la actividad turística, y en este caso el Poder Ejecutivo deberá establecer los feriados turísticos por períodos trianuales.
En este caso, el Gobierno ya anticipó las fechas de los próximos tres años: en 2011 será el 25 de marzo y 9 de diciembre, en 2012 30 de abril y 24 de diciembre y en 2013 1 de abril y 21 de junio.
El feriado de carnaval, que había sido eliminado durante la última dictadura militar, volverá al calendario a partir de este proyecto y se cumplirá durante dos jornadas (lunes y martes).
Para el Gobierno, ésta `una de las manifestaciones más genuinas de las diferentes culturas que habitan nuestro vasto territorio`.
Otra novedad que se suma es la instauración como nuevo feriado patrio el 20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional, en homenaje a la batalla de Vuelta de Obligado, `uno de los hitos históricos más importantes de nuestra Nación`, se destaca. Además, se suma a la lista de feriados inamovibles el 20 de junio, Día de la Bandera, en honor a Manuel Belgrano. En tanto, el 12 de octubre dejará de denominarse Día de la Raza y pasará a llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural.
Por otra parte, se estableció como días no laborables el Jueves Santo, para la comunidad judía el Año Nuevo (dos días), el Día del Perdón (un día) y la Pascua (los dos primeros días y los dos últimos); y para la comunidad islámica el Año Nuevo Musulmán, el día posterior a la culminación del ayuno y el día de la Fiesta del Sacrificio.
lunes, 11 de octubre de 2010
11 de octubre de 2010
Diputados comienza a discutir el proyecto del Ejecutivo para el reordenamiento de los feriadosDFuente: Télam
La comisión de Legislación General de la Cámara de Diputados buscará esta semana avanzar en el dictamen del proyecto enviado por el Poder Ejecutivo, que reordena los feriados anuales y eleva de 12 a 15 esas celebraciones nacionales.
La iniciativa incorpora tres nuevos feriados: los lunes y martes de Carnaval (anulados por la última dictadura militar) y el 20 de noviembre (Día de la Soberanía Nacional).
Además, establece "días puente" para lunes o viernes cuando los feriados inamovibles caigan martes o jueves, con lo cual se extenderán esos fines de semana a cuatro días.
En tanto, el 20 de noviembre se recordará la batalla de Vuelta de Obligado, en la que milicias criollas enfrentaron a fuerzas anglo-francesas.
El texto propone además que el 12 de octubre se celebre el "Día del Respeto a la Diversidad Cultural " y no el Día de la Raza, como ocurre actualmente.
En la iniciativa se suma también el 20 de junio (Día de la Bandera) a los feriados inamovibles, a pedido de la provincia de Santa Fe y de la intendencia de Rosario, por lo que serán diez las fechas anuales no trasladables.
El proyecto del PEN ingresó el 14 de septiembre a la Cámara de Diputados y tiene como comisión cabecera a la de Legislación General, que preside Vilma Ibarra (Nuevo Encuentro), pero debe ser discutido también en la de Turismo.
"Será rápidamente tratado en la comisión de Legislación General para lograr una rápida sanción", aseguró Ibarra, para quien, entre otras cuestiones, "recuperar los carnavales es una iniciativa valiosa" por su aporte a la "cultura popular y al turismo".
Ibarra, autora de otra propuesta con objetivos similares a los del proyecto del PEN, consideró que "da contenido a la conmemoración festejar las fechas patrias en su día" y juzgó que los feriados "puente" estimulan la actividad turística, el desarrollo regional y el consumo interno.
La norma presentada a principios de septiembre por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner establece además que serán no laborables e inamovibles varias festividades religiosas de las colectividades judías e islámicas.
En todos los casos, una vez que se apruebe la ley, el Poder Ejecutivo deberá reglamentar y planificar antes del 30 de octubre el cronograma de feriados para el próximo año.
Ya en el 2006, el gobierno del ex presidente Néstor Kirchner introdujo cambios al calendario al instaurar por ley el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia (24 de marzo, día en que ocurrió el último golpe militar) y declarar no trasladable el feriado del 2 de abril (Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas).
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