martes, 12 de febrero de 2013


Momo contra el desguace PROteño

En Villa Crespo, el Carnaval tuvo su color político distante del amarillo. Las murgas desfilaron con fuertes críticas a la acción del gobierno porteño. Los colores, las murgas, el lanzaperfumes y todo sobre los corsos de los primeros días de Carnaval.

Por Andrés Valenzuela

Es sábado, hace calor y el viento que baja por Scalabrini Ortiz hace ondear banderines de colores y alejan el humo del choripán. Todavía quedan restos de claridad en la noche de Villa Crespo cuando Los Desacatados, una murga de Recoleta, reclaman contra el enrejado de Parque Centenario. “La inseguridad no se combate con rejas”, afirman y los vecinos de ese corso porteño responden con los primeros aplausos espontáneos de la noche. Con el correr de las horas, ésta y otras agrupaciones recordarán a los maestros cesanteados, criticarán a los medios, la política de salud porteña, las calles inundadas, la basura acumulada, el achicamiento cultural de la Ciudad, las habituales vacaciones del jefe de Gobierno local y su preferencia por el turista extranjero. También celebrarán los feriados restituidos al Dios Momo.



La toma de posición es una constante en la noche y, por vocación y reglamento, atraviesa a todas las murgas. De hecho, uno de los items que tienen que cumplir, junto con el desfile o la glosa de retirada, es la “crítica”. En Villa Crespo, la cuestión se magnifica porque enfrente está el jurado encargado de evaluarlos. Esta noche son tres mujeres, una de ellas con la remera amarilla que identifica a los organizadores de la Ciudad, observando con cuidado cada uno de los seis grupos que desfilan frente al escenario. A Los Desacatados los siguen Atacados por la Santa Risa (de Palermo), La Redoblona (del proyecto FM La Tribu), Los Descontrolados (de Barracas), Los Impresentables (de Flores) y Los Descarrilados (de Parque Avellaneda).



“La calle es nuestra”, celebra desde el escenario el conductor de Recoleta, mientras invita a los vecinos a las palmas y el baile. Se la ve difícil: como sabe cualquier habitué de los corsos porteños, los triples saltos consiguen su máxima efectividad recién cuando cae la noche. Cuando él arenga son apenas 20.30 y el único puesto de paty y choripán (a 12 y 15 pesos) todavía no entró en ritmo.



Los que sí se mueven desde temprano son los puestos de venta de espuma, a 13 pesos. “¡No se las tiren a los murgueros!”, ruegan dos conductores sin mucho carisma. Luego, unos bailarines explicarán a Página/12 que la espuma mancha sin remedio la tafeta de las levitas que se compran o preparan con enorme esfuerzo. Igual ahí van los chiquitos persiguiéndose o escribiendo su nombre en el piso, los púberes jugando sus primeros coqueteos de verano y también alguna barrita adolescente esperando para llamar la atención de alguna chica. Uno de ellos, aburrido, empieza a soltar espuma al aire, bien arriba, y el viento se encarga de arremolinarla y dejarla descansar sobre los vecinos.



Los palermitanos concentran su función en torno a la bandera. El despliegue de los sesenta murgueros atrae la atención y el público empieza a cerrarse a los costados del espacio destinado a patadas y quebradas. “Usás la escarapela / en cada fecha nacional / pero depositás la plata afuera / porque de chiquito sos liberal”, disparan filosos en su tema central, que también recuerda a negros, mulatos y anarquistas de la historia argentina, y reivindica los orígenes del Carnaval porteño, que construyó su idiosincrasia de modo diferente al de sus pares de otras regiones. “Aunque no salgamos en muchas noticias, ni en muchos televisores, el Carnaval es de ustedes”, recuerdan mientras los aguateros hacen apartados con los bailarines, que necesitan retomar el aliento. Es que los medios no suelen ser amables con los corsos porteños, y a nadie se le escapa que los principales diarios prefieren destacar los cortes de calles antes que a los miles de participantes.



La glosa de retirada de Los Atacados culmina con un muchacho de musculosa y evidente cultura de gimnasio bailando sobre un transformador eléctrico y una murguera sonriéndole al cielo. “¿Ya se van?”, pregunta una nena divina que no deja de abrir los ojos ante los trajes y bombos (siempre es maravilloso ver a los niños de 3 o 4 años que descubren el Carnaval). “Sí, pero ya vienen otras”, le responde su papá. Y vaya si vienen otras: seguirán La Redoblona y Los Descontrolados, sin dudas dos de las mejores murgas porteñas, ambas parte de proyectos culturales integrales, con larga trayectoria en sus barrios e influidas por vertientes escénicas (La Redoblona, por las murgas uruguayas y la tradición circense; Los Descontrolados, por el teatro comunitario).



La Redoblona recuerda a Monsanto y reclama a los grupos mediáticos “basta de cautelar”, no olvidan el caso de Marita Verón y, al atacar a los jueces, consiguen un notable aplauso popular. Cuando mencionan al “germen de gobierno”, en cambio, se levanta un intenso abucheo y hasta las chicas del jurado sonríen. Imposible no hacerlo cuando el espectáculo gira en torno a la fiebre amarilla transmitida por el mosquito “aegyptus PRO”, que entra más fácil “por mirarse mucho el ombligo”. Cuando finalmente aparece el “germen de gobierno”, lo hace para asegurar que “la culpa es de ella, que me pone papas en la boca”.



La Redoblona invita a ponerse en contacto con el vecino, un tema que comparte con GPS Barrial, el espectáculo de Los Descontrolados. “Si uno se pone paranoico, se aísla y se pierden las tradiciones”, advierte uno de los personajes centrales de los de Barracas, Pancho, el parrillero del barrio, ese “sacerdote pagano del carbón y la brasa” que asegura que lo más rico del choripán es “la incertidumbre”.



Una de las glosas de esta murga vuelve sobre la cuestión del aislamiento: “Por prejuicio maltratamos y hacemos regla de la excepción”, reflexiona esta murga del maltratado sur porteño, que en shows anteriores abordó asuntos como la contaminación o la especulación inmobiliaria en el barrio. El coro recuerda a los vecinos de Villa Crespo que el verdadero recorrido es sin careta, poniéndose en contacto con el de al lado y cuidando entre todos lo que es de todos. Los Descontrolados terminan y dos chicas se abrazan interminablemente. Una de ellas casi no sale, por una lesión en una rodilla. Pero Momo pudo más y alentó a sus cumpas y pateó el aire como todos sus compañeros de naranja, amarillo y violeta.



Es pasada la medianoche y el público se renueva. Algunos llegan. Otros se fueron a comer y perdieron su lugar junto a las vallas. Hay piernas cansadas y pomos de espuma vacíos. Quedan aún los chicos de Flores y Parque Avellaneda, que prometen “un espectáculo tan contundente como la contaminación”. Ellos también celebran los feriados recuperados. El Carnaval sigue hoy y mañana. Momo puede más.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar

domingo, 10 de febrero de 2013

Es Carnaval, diviértase, es una orden


Por Marcelo Pisarro
Lo más horrible del Carnaval porteño es la brusquedad con que las murgas se imponen en el espacio público. En el contexto de una celebración colectiva de esta naturaleza, la desfachatez es siempre saludable; se la espera, se la alienta. Pero la licencia para ser desvergonzado por un rato –el rato que dura la fiesta– no puede aplicarse de manera coercitiva. Debe brotar de un consenso tácito. “El desfile de murgas busca instalar la alegría del Carnaval”, dice un cable de agencia de noticias de esta semana. Y es eso: la alegría como cultura oficial que debe instalarse en el seno de una comunidad.

Es un imperativo: diviértase. Y los corsos porteños no son divertidos. No son pintorescos (como en Jujuy). Ni un buen entretenimiento (como en Entre Ríos). Sus propuestas artísticas son pobres (a diferencia de las correntinas). Fueron incapaces de inventarse una tradición atractiva o de tejerse un linaje histórico convincente (como han hecho en varias localidades bonaerenses). No invitan a reírse, a relajarse, a deslumbrarse, a beber y bailar en paz, a juguetear con las jerarquías sociales. Los corsos porteños –una forma de espectáculo sincrético de carácter ritual, insistía el lingüista Mijaíl Bajtín– son excluyentes. Aunque no tienen rejas que separan al artefacto cultural de la sociedad que lo rodea, a veces parece que las tuvieran.
Hay que ver a los tipos que tocan los bombos. El bombo se golpea con la misma precisión ausente en el corso, en la marcha sindical, en el acto político, en la tribuna de la cancha. Se golpea en Carnaval igual que en las protestas para exigir que haya feriados y subsidios por Carnaval. El modo de ejecutar el instrumento musical es tan rutinario que estremece. Pues aquello que distingue al tiempo de Carnaval es justamente su excepcionalidad. Es un tiempo espeso y cargado de adivinaciones, escribió Beatriz Sarlo. Como la semana que transcurre entre Navidad y Año Nuevo.
Esta experiencia colectiva de la percepción del tiempo extraordinario no puede imponerse con unos golpes de tambor en la calle. Eso, en Buenos Aires, es cosa de todos los días. Sin el ambiente cultural de ruptura con la vida diaria que propone la fiesta, las murgas son sólo otra forma de nombrar a los fastidios cotidianos.
En otras capitales latinoamericanas sí puede saborearse el aire de excepcionalidad de estas celebraciones religiosas y paganas, sincréticas y urbanas: “La metamorfosis de la vida cotidiana en una fiesta sin fin”, soñaba el sociólogo Henri Lefebvre. En La Paz, por ejemplo, las casas, las calles y las tiendas se cubren con globos y guirnaldas. Los comercios y las ferias ofrecen papel picado, espuma en pomo, máscaras, disfraces, diferentes artilugios lanza-agua. Los periódicos traen publicidades con sistemas infalibles para bajar de peso luego de beber y comer en Carnaval; las revistas repasan las últimas tendencias para la celebración ( “Equipados pa’ la mojazón” , titulan). La televisión repite imágenes del desfile de de Oruro, al que la Unesco designó como Patrimonio de la Humanidad; en las radios se cuenta la historia de los bailes, las músicas y los personajes. Los museos exhiben máscaras y trajes; las comilonas familiares se disponen con semanas de anticipación. Se oyen trompetas y cuetes en las calles, en los ensayos generales que detienen el tráfico y la vista de los transeúntes; se esperan las entradas, los aplausos, los favoritos. Nadie se quedará sin beber, sin serpentina alrededor del cuello, sin una bendición; incluso los forasteros son agasajados con comida y cerveza. Es una fiesta que forma parte de la ciudad deseable. No se impone; emerge.
Nada de eso se respira en Buenos Aires. La celebración pasa desapercibida excepto para las murgas, para los escasos espectadores y para quienes las padecen. En su estado contemporáneo, el Carnaval porteño es un artefacto cultural inerte. No hay mérito en conservar por la fuerza una práctica ruinosa y decadente en el espacio público; lo importante es preservar el espacio público en sí mismo. El espacio público como ámbito de interacción, de intervención, de encuentro, de juego.

Fuente: http://www.clarin.com/

miércoles, 5 de septiembre de 2012


PRIMERA  JORNADA SOBRE MURGA PORTEÑA Y CARNAVAL
NOVIEMBRE  DE 2004
LEGISLATURA DE LA CIUDAD AUTONOMA  DE BUENOS AIRES 



lunes, 25 de junio de 2012

Carnavales Rioplatenses en el siglo XIX

Corsos porteños y montevideanos
Prof. María Guimarey

Las ciudades portuarias de Buenos Aires y Montevideo fueron dos centros importantes en la región del Río de La Plata a lo largo del siglo XIX y compartieron una tradición histórica común. Hubo entre ellas un fluido intercambio y ambas presentan una similar conformación multiétnica. Los festejos populares del carnaval, parte de la tradición hispánica heredada en ambas ciudades, fueron modificándose con el correr del siglo. El presente artículo, analiza la participación de los afroamericanos en los corsos porteños y montevideanos. Las similares condiciones históricas, políticas y socio-culturales de Montevideo y Buenos Aires en el siglo XIX, no suponen un proceso similar en el devenir de los festejos populares del carnaval.


La comunidad afroamericana de Buenos Aires y Montevideo a mediados del siglo XIX


Las ciudades de Montevideo y Buenos Aires recibieron población de origen africano desde la Colonia y en ambas se dio un progresivo descenso numérico con el correr del siglo XIX. Las guerras de la Independencia, modificaron la condición de los afroamericanos en las sociedades rioplatenses. La Asamblea del Año XIII instalada en Buenos Aires, consagró la Libertad de Vientres y en 1853, la Constitución abolió definitivamente la esclavitud. Sin embargo, la condición social de los negros continuó siendo marginal a pesar de estar emancipados legalmente. Las elites de ambas ciudades hicieron un esfuerzo sistemático por eliminar todo rastro afroamericano de la población .


Las sociedades multiétnicas rioplatenses encontraron en el asociacionismo una forma de participar en la vida pública de las nuevas naciones. La comunidad negra demostró una gran capacidad asociativa, destinada en su mayoría a la organización de los bailes rituales de cada comunidad. Las naciones fueron agrupaciones de negros que desde la Colonia se identificaban según el lugar de procedencia del pueblo, tribu, o reino africano. Cada una de ellas organizaba sus candombes, bailes rituales cuya denominación genérica proviene de la pantomima de coronación de los reyes de la comunidad del antiguo Congo.

Cada nación debía procurarse un espacio para la realización de los rituales festivos. En Buenos Aires, se organizaban en ranchos construidos por los mismos negros en terrenos libres o cedidos temporalmente por los propietarios a sus esclavos . En Montevideo, estas agrupaciones se reunían en las salas, generalmente casonas coloniales alquiladas o conseguidas por la buena voluntad de un amo a cambio de algún trabajo o como premio por el servicio doméstico ejemplar de un esclavo. Según afirma Rubén Carámbula en Montevideo, estas congregaciones elegían, entre sus ascendientes de más edad y prestigio a un negro y una negra, que erigían en "Rey" y "Reina", con su séquito de respectivas dignidades jerárquicas, que se ataviaban con vestimentas simbólicas. (…)


Participación afroamericana en los corsos porteños y montevideanos


El carnaval rioplatense, se componía de dos momentos: el primero era el del juego de agua entre el mediodía y el atardecer. El segundo era el desfile de comparsas en los corsos, hasta las primeras de la noche, además de los bailes en clubes privados. A pesar de las similitudes que presentan los festejos en Buenos Aires y Montevideo, la participación de la comunidad afroamericana en los corsos presenta algunas diferencias.

Como se dijo, la tradición festiva afroamericana está fundamentalmente ligada a los candombes. En Montevideo se realizaban en las salas ubicadas en los extramuros de la ciudad. También se podían llevar a cabo en las canchas, espacios abiertos especialmente dispuestos. Luego, entrado el siglo XX, estos festejos se trasladaron a los patios de los conventillos. Los días domingos, las familias acomodadas del centro de Montevideo se trasladaban a los barrios negros, Sur y Palermo, para presenciar estos bailes. La comunidad negra "recibía" en sus dominios a la elite, trastocando temporalmente las jerarquías. Por el contrario, los candombes porteños se desarrollaban en ranchos construidos por los mismos negros en los suburbios, pero ofrecían sus espectáculos en los patios de las residencias de mandatarios y familias adineradas del centro de Buenos Aires. Los afroargentinos eran "invitados" a los barrios acomodados, para mostrar sus artes como un divertimento para la elite.

¿Cuál fue la relación que se estableció entre los candombes propios de las comunidades negras, y las comparsas de carnaval? Según Milita Alfaro, poco a poco, el folclore afrouruguayo fue ganando terreno frente a aquella otra influencia [la de las bandas cuarteleras] y, desde una perspectiva de larga duración, dichas agrupaciones [sociedades filarmónicas con útiles musicales a la africana como los tambores] configuran la primera expresión del progresivo transvasamiento que van a operar las nuevas generaciones negras al incorporar a la comparsa carnavalesca ciertos elementos típicos de la coreografía del candombe; algunas de sus figuras más representativas, su paso de bailes y fundamentalmente, la rítmica de sus tambores que aflora, inconfundible en la cadencia de las letras…

Esta autora propone que las comparsas uruguayas de fines de siglo adoptaron las características principales de los candombes negros, operación realizada por las nuevas generaciones. En este sentido, la influencia afro en los carnavales montevideanos sería bastante visible en los elementos que la componen como la música, los bailes, los instrumentos, los personajes característicos, etc. Por su parte, Carámbula también da cuenta de esta marcada influencia. La comparsa de negros es tradicional en el Uruguay y constituye la nota culminante del famoso carnaval montevideano (…) En 1867 aparece la sociedad de negros, "La Raza Africana" (…) A esta agrupación han sucedido otras de justificado renombre, tales como los "Negros Lubolos", que se funda en 1874 (…) Conceptúo muy importante esta etapa de las comparsas, porque este género lubolo ha logrado mantener viva la tradición hasta nuestros días, imprimiendo una modalidad general que aún en la actualidad se conserva, con ligeras variantes.

En el caso de Buenos Aires, esta relación de los candombes con las comparsas del carnaval parece no ser tan estrecha. Dice Reid Andrews , con la declinación de las naciones y el surgimiento de nuevos estilos de bailes entre los afroargentinos más jóvenes, los candombes fueron desapareciendo gradualmente durante la segunda mitad del siglo [XIX] (…) Las comparsas, conjuntos que marchaban y bailaban, se permitieron por primera vez en Buenos Aires durante el carnaval de 1836. Todas las naciones africanas reunieron grupos para desfilar por las calles en brillantes trajes, cada uno con su conjunto de tambores y de bailarines. Estas comparsas negras dominaban las fiestas de carnaval de cada año (…) hasta avanzada la década de 1870, cuando empezaron a dominar las comparsas blancas .En los carnavales porteños se dio una progresiva eliminación de los rasgos afroargentinos de las comparsas.

En lo que respecta a la música, la década de 1890 es un punto de inflexión en la articulación del candombe con el Carnaval montevideano . En este período se produce la imposición del tamboril, instrumento clásico del candombe negro, como elemento fundamental de las comparsas. Así, se consolida la incorporación del candombe a las comparsas. En Buenos Aires, si bien las tapadas (batallas de tambores en las que participaban las distintas naciones), eran frecuentes sobre todo en el barrio negro de Monserrat conocido como "el barrio del tambor", este instrumento no formaba parte esencial de los festejos. Incluso, la necesidad de los jóvenes negros porteños de ser aceptados por la nueva sociedad, hizo que definieran al candombe como "el baile de nuestros antepasados", una tradición conocida, pero que ya no era practicada.


Las vestimentas que adoptaron las comparsas con el correr del siglo, también marcan la diferencia entre Buenos Aires y Montevideo. Las comparsas de negros porteños de fines del siglo XIX, incorporaron a su vestuario los trajes de estilo europeo usado por las otras asociaciones. En cambio en Montevideo, las agrupaciones carnavaleras fueron adoptando las vestimentas típicas de los negros que consistían en un calzón corto, camiseta negra ceñida al cuerpo, amplio vestón, alpargatas de color, y sombrero de paja profusamente adornado. Por último, los personajes que adoptaron las comparsas montevideanas para acompañar al estandarte, también estaban relacionados con el candombe. El director, el "gramillero", la negra vieja "Mama Vieja", el "escobero" que encabezaban los desfiles, eran personajes que conformaban el séquito de los reyes congos en los festejos candomberos de las naciones . Por el contrario, en Buenos Aires las comparsas se organizaban detrás de los carros adornados y de los estandartes que identificaban a cada una de ellas.

Conclusiones


El desarrollo de los festejos de carnaval en Montevideo y en Buenos Aires presenta diferencias significativas en cuanto a la inclusión y participación de los afroamericanos. Quizás no se pueda establecer una causa única que explique este fenómeno. Es necesario profundizar los estudios en el campo de las ciencias sociales para tomar conciencia de la complejidad de factores que intervienen en la conformación de un tejido social y sus procesos históricos. Este trabajo propone, sin pretender ser exhaustivo, hacer un aporte a la creación de nuevos marcos de análisis que permitan el abordaje sistemático de las prácticas festivas populares como espacios de significación particulares e independientes.


Es importante destacar que en Montevideo, los carnavales mantuvieron su vigencia a lo largo del siglo XX, e incluso se fueron adaptando a las nuevas necesidades sociales. En cambio, los festejos porteños de carácter masivo y ampliamente participativo, fueron desapareciendo con el correr del siglo XX para ser recuperados sólo en 1997, a partir de su declaración como patrimonio intangible de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.







viernes, 25 de mayo de 2012

Declararon patrimonio cultural a las Murgas en La Matanza


El proyecto de declaración de la actividad carnavalera y los corsos, fueron declarados patrimonio cultural en la primer sesión ordinaria del HCD matancero.


El proyecto presentado sobre tablas por la concejala Sandra Oviedo, Bloque Libres del Sur-FAP y distintas agrupaciones murgueras del distrito, que declara a la actividad carnavalera y a los corsos como patrimonio cultural, fue aprobado por unanimidad en la primer sesión del Honorable Concejo Deliberante de La Matanza.


La concejala Sandra Oviedo, destacó la importancia de generar un ámbito de participación con las propuestas genuinas de las distintas expresiones murgueras y culturales del distrito, fue asi como "elaboramos este proyecto recorriendo las distintas localidades del distrito y rescatando los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural".

Las murgas "Polichinelas", de Gonzalez Catan; "Los Clandestinos", Isidro Casanova; "Extraviados de La Matanza"; "Furia de Carnaval", Ciudad Evita; "Matamufa"; "Guarda que Pega", Isidro Casanova; "Ritmo murguero", Escuela Nº 67, Virrey del Pino; "Maldito Camilo"; "Los Pibes de Castillo", entre otras, quienes participaron en la elaboración del proyecto estuvieron presentes en la sesión.


sábado, 24 de marzo de 2012

Carnavales de antaño en San Juan
Por Rufino Martínez para El Nuevo Diario

Como dos meses antes, el aire tibio de la noche empezaba a llenarse de sones de quenas, guitarras, violines, tambores, mandolinas, acordeones, bronces y maderas. Eran las comparsas que ensayaban para competir en los corsos. ¡Y a bien que no lo tomaban en serio! Los ensayos generales los hacían con colorines y todo. Un trozo de papel crepé rojo, empapado en saliva, era un colorete especial;

un corcho quemado daba el negro de las pestañas y el sombreado de los ojos.

Los trajes, de colores fulgurantes y chillones, colmados de lentejuelas, espejitos, flecos y abalorios seguían las añejas costumbres de los “chinos de la virgen “. La reina de la comparsa, tiesa y manito alzada, saludaba con tanta prosopopeya y decoro que uno no sabía si estaba en un corso o en un funeral.

Por otro lado, el ¡boomm, boomm, boomm! de las murgas, con sus picarescas canciones y refranes ponían una colorida nota de ingenua desfachatez, cuando no de simple grosería. ¡Así eran esos tiempos y así esa gente!

La noche que empezaba el corso, que se hacía en torno a la plaza 25, el aire, desde temprano estaba saturado del olor a la albahaca y la manzana que exhalaba la chicha que, en innumerables puestos se vendía al público, por vaso o por jarro ¡Beber chicha era una hermosa costumbre que, desgraciadamente se perdió. ¡Menos mal que, según se ve, la costumbre de beber vino tiende a incrementarse y eso, es el último aliciente para continuar en este politizado y mentiroso planeta! Los entornos de la plaza y tres o cuatro cuadras que le agregaban, lucían engalanadas con gallardetes, farolitos, mascarones, luces de colores, banderas y cuanto jaez servía para exaltar el colorido y la alegría de los corsos de aquellos años. La década del treinta fue muy especial en sus carnavales. ¡Después vinieron otros carnavales, otros pomos y otras serpentinas, que más vale no “meneallo”!


EL CORSO

A las nueve de la noche el disparo de una bomba de estruendo anunciaba el comienzo del corso y empezaba a llenar las veredas la más heterogénea mezcla de gentes que se pueda imaginar.

Los chayeros, verdaderamente chayeros, merecen especial atención.

Llegaban en clanes, el hombre, la mujer, los hijos, hijos políticos y ¡cómo éramos pocos parió la abuela! le agregaban algunos compadres y vecinos amén de los que se agregaban solos. El gran jefe iba adelante. Traje negro, sombrero negro, pañuelo negro al cuello, camisa blanca, zapatos negros (costaba verle la cara), sobre el costado izquierdo, colgaba del hombro una toalla blanca, de hilo (la del médico) con largos flecos y puntillas y en no pocos casos, bordaba con claveles rojos y grandes iniciales con los colores patrios.

El gran jefe, llevaba en la mano izquierda una latita (ex aceite) con agua, y en la mano derecha una rama de albahaca que, por instantes sumergía en la latita, y asperjaba de perfume y frescor a cuanto conocido, compadre o comadre encontraba al paso, los cuales, previo un ¡yuyuy, y muchas gracias! respondían con idéntica asperjación o con un chorrito de agua florida que manaba del pomo El Loro (y si el bolsillo lo permitía), agregaban el cumplido de una serpentina Bellas Porteñas.

¡Ni qué decirle que aún no se estilaba el pica-pica, el engrudo, la harina, ni enroscare! pomo vacío y revoleárse!o a la cabeza de algún punto o de alguna reina! ¡No señor, eso vino después! Apenas sí al final de corso y, raras veces, era dable escuchar algunos tiros o ver el refucilo de algún facón, entretenimientos que dirimían alguna diferencia personal o justificaban la excesiva ingestión alcohólica.

¡Por lo demás, todo iba bien, algún muertito no le cae mal a ningún cementerio! A todo esto ya el corso estaba en lo mejor. Iban por la segunda vuelta el desfile de carruajes ornamentados. Las comparsas (orgullo de barriada) rivalizaban en música y atuendos. ¡Era de ver a los muchachos de La Estrella Oriental, La Lyra, La Quena, La de Concepción y tantas que uno olvida!

Al paso de las comparsas, la gente aplaudía y les arrojaba serpentinas, que las reinas agradecían, bajando un poco el estandarte e inclinando la cabeza en señal de saludo y agradecimiento. El estandarte, adornado con bordados y lucecitas, era una muestra del ingenio colectivo del barrio. Detrás del estandarte, una chica empujaba un carrito con una batería eléctrica que encendía y apagaba las lucecitas. ¡Hay que apreciar que eso era la conquista máxima de la tecnología lumínica de entonces!

Luego de las comparsas (contribución del barrio) y los grandes carruajes (contribución del comercio y la industria) las murgas ocupaban el tercer puesto en la preferencia. El ingenio a veces desfachatado y siempre oportuno, resaltaba, en lo grotesco, los acontecimientos más salientes del año. Le seguían las máscaras sueltas y los pequeños conjuntos humorísticos que hacían las delicias (cuando no el fastidio) de los concurrentes al corso. Una muestra: dos abogados muy conocidos en el medio, ocultos bajo caretas y con guardapolvos largos y pintarrajeados formaban un dúo de originales vendedores. Uno iba adelante llevando sobre un hombro un palo de escoba donde había unas ristras de chorizos; el otro lo seguía con dos palas viejas y pregonaban: ¡Chorizos frescoooos! —y el de atrás— ¡Palas viejaaaas! Manera ingenua de divertirse insinuando la función del embutido lejos de la parrilla y la nostalgia de quienes ya habían llegado a los apacibles años.

A las doce de la noche, una bomba anunciaba el fin del corso y ¡a salvarse! empezaba la chaya y las corridas. ¡Ahí se desataba el indio y la prudencia era un simple nombre de mujer! Menos mal que las mamás con pequeños, previendo el final, se habían retirado temprano, buscando el descanso y esquivando el chapuzón.



LOS BAILES

A las doce de la noche terminaba el corso y empezaban a ponerse lindos los bailes. Los del Club Español eran los más concurridos y divertidos. Le seguían los de La Libanesa y, en orden decreciente, de pelo y color, Obreros del Porvenir, Camilo Rojo y Salón Buenos Aires. Los que se organizaban en algunas piletas y clubes de barrios, más que bailes eran riesgos. Pero, conservaban el atractivo y el candor de lo genuino y el acicate de lo imprevisto.

El aire de la noche se poblaba de melodías bailables de las que se destacaban los pasodobles Valencia y El Niño de las Monjas. Hasta las seis de la mañana la juventud bailaba y las mamás velaban y vigilaban.

Como a las siete, en coches de plaza, capota baja y jamelgo enjaezado, las familias empezaban a caer a lo de Camacho, la chocolatería de la calle Santa Fe (aún está) y bajaban la cerveza y las bilzes con un chocolate con churros. Luego, ya sol alto, enderezaban para las casas, con una rueda de tejeringos para los más chicos, que se habían quedado en casa. ¡Y a sacarse los zapatos, aflojarse los corsés... y a dormir! ¡Hasta el otro carnaval!

martes, 23 de agosto de 2011

Carnaval de Antaño - por Alejandro Edgar Ansa




Hoy volvemos rescatar de nuestra memoria colectiva los “bailes de carnaval”, y lo hacemos a través del relato de Rubén “Firulin” Zampieri y su esposa Yolanda Godoy, que con la coordinación de Noemí Zampieri, tan gentilmente han accedido a contarnos sus experiencias de años “mozos”:
El patio del Club estaba casi listo para el baile, los mascarones y los gallardetes colgados del techo de la pista de baile techada por inaugurar, tenia diez metros de lado y era todo un orgullo para la comisión. Bajo la galería estaban dispuestas alrededor de las mesas, las sillas que seguramente esta noche serían pocas. Y como en veces anteriores habría que ir a buscar a la casa de algún vecino generoso algunas otras a medida que el público fuese ocupándolas y se tendría que pasar por arriba del tapial. El mismo que sabía dividir el “baile social” del popular, que permitía otros modos. Sabido era que al club se podría entrar de botas de campo, pero sin corbata, ¡jamás!
Este era el primer baile de carnaval de este año que se sitúa entre los’40 y los ’50, el primero de la serie de dos fines de semanas consecutivos con sus sábados y domingos respectivos, y el lunes y martes previos al “miércoles de ceniza”. Se sobreentiende que los últimos dos bailes se hacían ya entrada la Cuaresma y cuantos problemas traía ello con el Sacerdote. Seguramente las aguas se apaciguarían pasada la “Semana Santa” y los bailes retornarían el Domingo de Pascuas.
Por la tarde había arribado la “Orquesta Típica de Murillo”, directamente de la Ciudad de Buenos Aires, el viaje había sido largo incluyendo el cruce del Paraná en balsa desde Zárate hasta Puerto Constanza. Tras el descanso pertinente los músicos estaban preparados para un largo show donde serían la única y gran atracción. Como orquesta “Típica” se entendía por aquellos tiempos a la que ejecutaba ritmos clásicos del “2x4” como el tango, la milonga y el vals. Se diferenciaba de la orquesta “Característica” en que ésta última se dedicaba a los ritmos más populares como el Fox-trot, la rumba y el pasodoble. Los códigos de la época marcaban que la orquesta ejecutaba una serie de dos temas o “piezas musicales” y descansaba unos minutos, así que el baile entre las parejas cumplía las mismas condiciones.
Y entrando de a poco en el desarrollo del baile, las familias habían llegado temprano, casi al atardecer. Los grupos de señoras y sus hijas mozas se ubicaban en grandes rondas de charlas y comentarios. Algunos pocos niños correteando bajo la mirada atenta de sus madres. Por el predio social se paseaban varios disfrazados o “mascaritas” que, con su respectivo permiso policial y municipal por escrito, caminaban entre la gente haciendo sus pasayadas, para luego seguir su camino. Los hombres por su lado se reunían cerca de la cantina y de parados, compartían algunas cervezas “Quilmes” pues era noche de verano aún y el calor sofocaba. Los demás disfrutaban de la gaseosa popular de la época, la “Bilz”, que con su refrescante sabor a naranja satisfacía a todos. Aunque hay que destacar que uno de los productos mas vendidos en las noches de bailes eran las pastillas, en especial las de mentol, ya que había que ocultar en parte el aliento a
alcohol y a cigarrillo ante la oportunidad de bailar con alguna señorita.
El ritual del baile se iniciaba con la invitación a la agraciada en la propia mesa y a la vista de su señora madre, pues había que tener mucha confianza para, desde lejos, hacer una “seña con la cabeza” y tener la seguridad de que la señorita iba a responder. Cuantas veces la seña no era para uno, sino para otro que se encontraba detrás. Imagínense ir hacia la pista y nada…¡que vergüenza semejante desplante!
La orquesta seguía con su ritmo de dos “piezas” y su pertinente descanso, momento en que los asistentes aprovechaban para el disfrute carnavalesco por medio de “lanzaperfumes”, pomos de gomas rellenos con agua, papel picado y serpentinas, que quedaban enredadas en los alambres que sostenían los focos de colores. No era esta la ocasión, pero más de una vez se vio aparecer a una conocida familia mansillense provista de paraguas y piloto para atemperar los embates del agua de carnaval, y que la imprevista tormenta de verano retornó a aquellos elementos de defensa a su verdadero significado.
Así con el correr de las horas los bailarines disfrutaban cada instancia musical, pues casi nadie despreciaba la oportunidad, ya que eran pocas las ocasiones en el año para la diversión. La llegada de la medianoche marcaba el final de la provisión de energía eléctrica de la vieja usina, pero seguramente no sería la culminación del baile de carnaval. La extensión del mismo se alargaría a la luz de los “soles de noche” hasta que no haya quien para “darle fuelle”.
Un agradecimiento muy grande a “Yola” y “Firulín” por cedernos parte de sus gratos recuerdos sobre aquellos bailes de carnaval que tanto disfrutaron. Por ser protagonistas y seguramente grandes artífices de las reuniones sociales a través de varias décadas. Y por permitirnos rememorar una arista más de “nuestro pasado mansillense”.


Mansilla, Provincia de Entre Ríos

jueves, 26 de mayo de 2011

Las murgas y la reinstalación del carnaval como fiesta social


Por Pedro Fernández Moujan

Conformadas como grupos juveniles de los barrios porteños, las murgas se constituyen en la escena local con su estructura actual entre las décadas del 30, el 40 y el 50, en una serie de barrios que incluyen a Palermo, Boedo, Villa Urquiza, Saavedra, Liniers, Almagro y el Abasto, entre otros. Desde ese momento en el que la levita, la galera, el traje de raso y las lentejuelas comienzan a brillar como el vestuario que asumen las fiestas del dios Momo en la Ciudad de Buenas Aires, asistimos a la aparición de un género artístico, callejero y popular de características propias, únicas e irrepetibles.

Arma festiva y liberadora de los barrios de casas bajas, los conventillos y algunas villas, se comienza a forjar desde entonces una rica genealogía cruzada por calles, plazas, cantores de crítica, bombistas, bailarines, clubes de barrio, melodías y figuras del acervo popular que encuentran su máximo esplendor cuando la murga sale a recorrer los tablados de la ciudad en las noches de carnaval. En este acto de presencia que imponen sobre el conjunto de la comunidad, las murgas se convierten también en un exquisito mecanismo de decodificación de la realidad tanto a través de sus canciones como del modo de organización que asumen, ligado generalmente a los liderazgos barriales y a las formas autogestivas y corajudas de acreditar presencia por parte de los sectores bajos o desclasados.


Marginales a la industria cultural y a la apreciación académica y bien pensante, las murgas no renuncian (desinteresadas de este desprecio) a llevar adelante su proyecto artístico, festivo y social, pagando en su propio cuerpo las debilidades que portan desde su origen. El pop las señala, el ajuste las hiere, la dictadura las clausura, la violencia de los 80 las enferma. En los 90, en medio de la más dolorosa y radicalizada desarticulación social-familiar-escolar que trae consigo el proyecto neoliberal para los de abajo, con su saga de destrucción del patrimonio colectivo, desindustrialización, pauperización y desempleo, y con el aliento de algunos movimientos culturales surgidos en la apertura democrática (Centros Culturales Barriales, Centro Cultural Rojas), las murgas reasumen su proyecto cultural y ocupan otra vez la calle, transformándose en uno de los fenómenos de mayor adhesión social.


En este camino, las murgas no renuncian ni a la historia ni a la pertenencia ni al porvernir. Realizan su construcción día a día, cargando no sólo con la ardua tarea de reinventarse a sí mismas sino también de reinstalar el carnaval como fiesta social y como espectáculo, asumiendo (porque no hay otros con el coraje suficiente para llevarlo adelante), la tarea de organizar, sostener y difundir el festejo, enfrentando el intento mediático y político-estatal de suprimir y volver a sepultar los carnavales. En el medio hay discusiones, disputas, diferencias, distancias y no siempre la línea de pensamiento más lúcida tiene la consistencia y solidez necesarias como para imponerse pero la decisión de avanzar hacia el carnaval, hacia el festejo, hacia la inclusión y hacia la popularidad es la que marca siempre la dirección del conjunto, aglutina y encolumna las fuerzas y las luchas.


Es en medio de todo esto y por todo esto, en el marco de una coyuntura político-estatal nacional favorable, que vuelven los feriados de carnaval, que se conquistan, se reapropian y se colectivizan y son ellos los que nos obligan a seguir pensando y a trazar nuevas estrategias ante el nuevo escenario.


sábado, 12 de marzo de 2011

“La máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas”

Liberar el cuerpo y la alegría. Dar lugar a la crítica social. Reconocer que no se puede ser espectador sino todo un partícipe. Estas reglas gobiernan el carnaval, una fiesta con orígenes remotos que no pierde vigencia.

Por Daniel Ulanovsky Sack para Clarín


Ella se planteó un desafío: encontrar lo racional en aquello que parece irracional. Porque el carnaval es la máxima expresión del despilfarro, del hacer para desaparecer, de algo efímero que dura cuatro días y se diluye hasta el año siguiente. Sin embargo, al explorar la vida de la gente en el festejo, se comprueba que hay mucho más que experiencia inmediata o “pequeña barbarie”. En 1986, cuando el país aún sentía en la piel la dictadura feroz, la economía debilitada, la guerra perdida, estudiar la murga podía parecer algo frívolo. Pero la antropóloga Alicia Martín había decidido que para entender una sociedad más allá de las lógicas de costo-beneficio y de productividad había que ingresar en la expresión y en las estéticas populares. Veinticinco años después, reconocida ya como la principal teórica del carnaval en la Argentina, doctorada en la UBA con una tesis sobre la celebración en la ciudad de Buenos Aires, asegura que vivimos un momento espléndido: las murgas se consolidan tanto en los barrios como en los talleres que forman nuevos artistas y grupos y se abren, con sus letras, al mundo contemporáneo, desde los cacerolazos a los amores virtuales por Internet.



Es curioso el carnaval: una celebración religiosa que festeja el exceso bacanal, casi pagano. ¿Cómo se entiende? Parece un contrasentido hablar de carnaval religioso, pero el hecho de que esté integrado en el calendario litúrgico de la Iglesia romana es un avatar histórico, tiene que ver con su tradición, que se puede medir en siglos. Si bien toma su nombre actual en la Edad Media, sus orígenes se remontan a las fiestas dionisíacas de los griegos y a las celebraciones en honor a Saturno, dios del Tiempo de los romanos, en las que imperaba el todo vale. Se liberaban las rutinas y había una inversión marcada de los papeles sociales: los amos pasaban a ser esclavos y los esclavos eran reyes por unos días. Un verdadero mundo del revés.



¿La religión católica, más que aceptarla como el momento de alegría antes de la penitencia de la Cuaresma, la incorpora a la liturgia para no dejar una fiesta popular fuera del marco institucional? Creo que sí. Por eso varios autores han señalado ese contraste entre una festividad que es una especie de derroche o de exceso de todos los sentidos y una religión altamente ascética donde lo corporal está muy vinculado con lo prohibido o, en otra época, con lo demoníaco. Justamente, el juego de “atreverse a” es central en el Carnaval. Hoy se cree que uno se tapa para ocultarse pero no es así: la máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas. Uno puede pensarse como ese otro, criticarlo, satirizarlo.



Pienso en mi infancia en Rosario –fines de los 60 y los 70– y recuerdo el Carnaval con tristeza. La idea era dañar al otro: echarle espuma en los ojos, arrojarle fuerte un globo de agua para que doliera, “ahogarlo” en serpentinas, golpearlo con unos martillos de plástico que no resultaban inocuos. Era la alegría convertida en agresión.



Siempre fue así y creo que se vincula con que en el carnaval no hay espectadores. Si estás, jugás, y si no te gusta, te vas. Por eso existe ese imperativo para que el otro se incorpore a las reglas. En todos los carnavales se tiran cosas de las más insólitas. Y antes era peor. Las crónicas del siglo XIX hablan de carreras de caballo: los jinetes se armaban de proyectiles hechos con grandes hojas de diario y rellenos de agua o a veces de sustancia fétidas, que tiraban a los transeúntes. Es curioso, los diarios de la época daban información sobre los excesos, pero en secciones diferentes a las del festejo. En la portada, por ejemplo, se podía leer “Gran despliegue, la mejor sociedad se dio cita en el corso de Flores” y en Policiales se publicaba que había sido arrestado un inmigrante italiano recién llegado por arruinar el disfraz de una señora de alcurnia.



Para la celebración del año pasado, el gobierno de Brasil repartió en forma gratuita 55 millones de preservativos. ¿El carnaval implica una sexualidad desbordada? Sí, absolutamente. Es hacer lo que no está permitido durante el año. En algunas ciudades de Europa –en especial en Alemania y en el norte de Francia– los matrimonios se pierden, no van a dormir a la casa, nadie sabe dónde está el otro y existe un pacto de no preguntar ni de contar lo que sucede en esos días. Acá, en la Argentina, en las pequeñas ciudades de provincia, durante mucho tiempo estuvo vigente el dicho de “hijo del carnaval” para referirse a los embarazos no buscados. Piense que hasta la década del 60, las jóvenes tenían un espectro de candidatos posibles para “matrimoniarse” muy restringido y el carnaval abría una ventana para conocer gente, lo que generaba lógica expectativa.



¿Pero en los corsos de antes no había poco espacio para que la mujer participara activamente? Ese es un concepto que se debe revisar. Yo he visto fotos de un grupo que se llamaba “Los días y las noches” y esas noches estaban representadas por lunas actuadas por mujeres. Ellas también eran fuertes en los bailes de disfraces y en los juegos de agua. Es que antes, durante los cuatro días de carnaval, había horarios. Después del almuerzo, a la hora de la siesta y hasta las seis o siete de la tarde, era el momento de los juegos con agua, y ahí todo valía. Se tiraban manguerazos, baldazos, bombitas. Las mujeres participaban y eso permitía romper un poco la jerarquía patriarcal de una sociedad estratificada.



Entre tanta agua arrojada, ¿quedaba espacio para la coquetería? A la noche, en el horario del corso. Todo el mundo se cambiaba y empezaba la gran vidriera: los comerciantes de los barrios organizaban actividades, armaban palcos y se instituían premios al disfraz más llamativo o a la mejor agrupación. Después venían los bailes; hasta la década del 70 había en Buenos Aires clubes con tres pistas: una donde sólo se tocaba tango, otra de jazz y una última de música tropical.



Parece usual suponer que en el carnaval porteño “todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Verdad o mentira? Mentira. Estamos en un momento espléndido porque hay una fuerte decisión de la sociedad civil de recuperar espacios públicos para la expresión, y en ese movimiento ocupa su rol la tradición carnavalesca. Algunos consideran a las murgas como una vanguardia del teatro porteño ya que en sus letras se van reflejando los temas y las estéticas que le importan a la gente. La murga también se ha ido adaptando a lógicas contemporáneas. Hasta hace algunas décadas, tenían una raíz barrial, pero ahora se trabaja mucho por grupos de afinidad ya que los participantes se conocen en talleres y a partir de allí empiezan a formar nuevas agrupaciones.



¿La murga es un fenómeno clasista, de sectores populares, o integra a todos los niveles? Depende de la región. En ciudades como Gualeguaychú, los profesionales participan de las murgas en forma habitual. En Buenos Aires, en cambio, el movimiento quedó en manos de sus militantes más fieles, que son los sectores populares. ¿Por qué? Porque es su forma más sencilla, si no la única, de expresarse, de exhibirse, de apelar a la diversión. Un profesional de clase media o alta tiene múltiples formas de hacerlo: integra un grupo de rock, de jazz, un coro, se muestra en un campeonato de golf o de tenis. El que no puede acceder a esas grandes instituciones logra, como dice el músico Coco Romero, una vía de acceso a las bellas artes a través de la murga. Además, es un ambiente muy abierto: para decirlo en lógica murguera, si no sabés bailar, fijate si te va bien con algún instrumento de percusión, y si no te va bien con el instrumento, te disfrazás de payaso, te hacés otro disfraz … hay lugar para todos.



¿De qué manera las letras de las murgas reflejan las preocupaciones sociales? A veces lo hacen a través de canciones originales; otras, modificando las letras de temas populares, ya instalados. En diciembre del año pasado publicamos un libro –que compilé junto a Hernán Morel y a Analía Canale– sobre un Concurso de Poesía Carnavalesca. Ahí encontramos, por ejemplo letras como el “Entremés de la cacerola”, de Ana Claudia Escobar: Cómo anda doña Lola/ Qué la trae por acá/ La veo con cacerola/ ¿Qué está por cocinar? Y la respuesta: ¡Qué cocinar ni que guiso!/ Yo vengo pa’ protestar/ El Juan ya van cinco años/ No consigue laburar! Es llamativo cómo se le pone humor a lo oscuro.



Hay un ingenio popular que parece imbatible. Y también se abordan las tendencias de época como el auge de las tecnologías. Recuerdo la canción, “Winner”, de Luis Tomasetig Rossini, que empieza: Quiero ser un “winner”/ cómo soy no va/ El ganar es imposible/ me tengo que aggiornar/ El amor no es fashion/ ahora hay que ser light … light.



Y cierra, luego de su desarrollo: Soy muy adaptado/ ya puse mi mail/ y mi amor, virtual deseado/ lo busco por Internet / Qué civilizado/ mi amor está en la Net … Net ¿Hay mucha parodia en las letras? Sí, eso cumple un doble efecto. El ensayista ruso Mijail Bajtín decía que la parodia tiene un carácter ambivalente: degrada pero a la vez resucita aquello mismo que degrada, le vuelve a dar actualidad, vida. Es como una espiral en la que uno se ríe de lo que está llegando aunque sin desconocer su inevitabilidad y reconocer que ya está integrado a lo cotidiano. Las murgas le aportan picardía y pasión al debate y se asumen como un testigo crítico de las “locuras” de cada época.
Carnavales, cultura y política


Por Washington Uranga

Sería una simplificación mirar la restitución de las fiestas de Carnaval decidida este año por el Gobierno simplemente como parte de la política de incentivos al turismo o como una estrategia económica. También sería una ingenuidad creer que la decisión adoptada por la dictadura militar aboliendo el Carnaval fue apenas una demostración de supuesta austeridad por parte de los dictadores.

Ni tanto, ni tan poco. Nadie podría negar que en la decisión hay factores económicos y de estrategia política. También un sentido de justicia (ahora) y de injusticia (antes) respecto de los trabajadores y el reconocimiento o no de jornadas no laborables que pueden ser dedicadas al esparcimiento, a la distensión, a la vida familiar y cultural.

Pero habría que situar también la decisión actual en el camino de otras que se vienen adoptando para recuperar lo público como un espacio contenedor, la fiesta y la celebración como instancias que sirven para aglutinar a una comunidad, a un pueblo y consolidar su identidad. Ese fue también el sentido de las celebraciones del Bicentenario –el año anterior– que tan espontánea y genuinamente movilizaron a parte de la ciudadanía, en ese caso sin distingos de banderías o inclinaciones políticas. Aquélla fue la manifestación de un pueblo que recuperó para sí el espacio público sintiéndose protagonista del acontecimiento.

Para comprender el fenómeno habría que remontarse a la historia misma de la humanidad, para entender que la fiesta no es apenas un acto de representación. No es una manera de mostrar para otros. Es, ante todo y fundamentalmente, un acto de presencia a través del cual una comunidad, una colectividad, un pueblo se realiza. Particularmente el Carnaval no es un espacio donde las personas van a observar como espectadores. Es un ámbito donde el conjunto de las personas se integran y donde la vivencia en comunidad se hace concreta. En la fiesta la comunidad, y cada uno de sus integrantes, se hace visible. En el sentido más genuino la comunidad genera la ocasión para quitarse la máscara y sus miembros se revelan los unos a los otros. Para participar es necesario ser. El acto de representación, si es que existe como tal, viene a continuación.

Desde el punto de vista colectivo puede decirse que a través de la intervención en la fiesta los integrantes de una sociedad, los participantes que son a su vez ciudadanos, descubren y construyen juntos una razón de ser: la de vivir juntos en comunidad. Así se van constituyendo de manera asociada y compartida como un organismo vivo, dinámico, como una colectividad. Esta es la manera de construir la identidad cultural.

Privar a una sociedad, a la ciudadanía, del espacio de la fiesta es quitarle la posibilidad de construir también esa identidad nacional, romper o intentar romper los lazos que forjan una identidad cultural. Tomar una medida como la que ahora se pone en práctica es, entre otros motivos, aportar al sentido colectivo, una apuesta a seguir construyendo genuinamente una identidad cultural como pueblo. Podrá decirse que no alcanza con una medida aislada. Es verdad. Pero también es cierto que esta decisión de ahora se encuadra dentro de una serie de determinaciones que bien pueden entenderse como una orientación política en la misma línea. Recuperar el espacio público para la ciudadanía, como lugar de reconocimiento, de intercambio, de diálogo y también de celebración, es parte de una política pública en materia político-cultural.

Podrá decirse también que hoy el Carnaval no tiene las características de antaño. Porque la participación popular se ha restringido, porque las características de las celebraciones son otras. Es verdad. El sentido de la fiesta como lugar de encuentro y representación es otro, pero mantiene su condición fundamental: encontrarme con otros en un espacio común donde todos y todas nos hacemos visibles, nos reconocemos. No importa si es en el barrio o en un megafestival. La forma casi es un detalle menor.

Todo ello sin perder de vista que el acceso al espacio público hoy está atravesado por asimetrías. Y que mientras unos festejan en las calles y en las plazas, otros aprovechan la misma ocasión para hacer ostentación de consumo en selectos lugares turísticos. Las diferencias económicas y también socioculturales atraviesan y marcan nuestra sociedad. No se trata de olvidarlas. Pero esta realidad no invalida el sentido de lo que se afirma más arriba.

Uno de los mayores ataques que ha sufrido la cultura de nuestros pueblos latinoamericanos es la creciente individualización. El individuo se fue despojando (¿liberando?) de vínculos y hábitos culturales (¿tradicionales?) que por un lado lo encerraban y, por otro, lo protegían. Con ello se ganó en autodeterminación y en libertad, se abrieron otros horizontes, particularmente para los jóvenes. Pero ese ejercicio de la libertad depende de las capacidades y de las posibilidades. Unas y otras requieren de marcos de contención cultural para que aquella libertad pueda crecer y desarrollarse.

Si se disuelve lo público lo único que subsiste (y se potencia y sobrevalora) son las capacidades individuales. Sin lo público no sólo se pierde la posibilidad de reconocer a los otros y a las otras, sino que el sujeto mismo carece de referencias, de marcos para comprenderse a sí mismo, para desarrollar una identidad que siempre es en relación. Se diluye lo colectivo y desaparece la solidaridad.

En todo este recorrido, no es una cuestión menor recuperar el espacio y el sentido de la fiesta en el marco de lo público. Porque tiene valor político y cultural.