martes, 16 de febrero de 2010

Un proyecto para recuperar los feriados
Por Adrián Pérez

Alicia Martín es docente del Departamento de Ciencias Antropológicas de la UBA e investigadora del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (Inapl). Allí desarrolla una línea de investigación sobre Culturas Populares y Folklore y se especializa en fiestas populares. En 1986 comenzó a estudiar las murgas porteñas como fenómeno surgido desde la organización barrial y territorial. En diálogo con Página/12, reconoce que, no bien comenzó a trabajar, lo primero que encontró fue que existía “un gran desconocimiento sobre las murgas” y, como consecuencia de ello, “el vacío conceptual se trasladaba también a muchos de los vecinos y habitantes de la ciudad”.
“En ese momento había muy pocas agrupaciones de carnaval activas y el país venía de una dictadura muy feroz que había censurado la expresividad popular, clausurando los espacios públicos –recuerda–. Así que los murgueros de aquella época fueron auténticos sobrevivientes.” En 1770, la alegría del Carnaval quiso apagarse, por primera vez, cuando Juan José de Vértiz y Salcedo –quien desempeñaba funciones como virrey del Río de La Plata– amenazó con doscientos latigazos a “quien ejecutara bailes y toques de tambor” y se restringieron los bailes a lugares cerrados para evitar “escándalos callejeros”, para disciplinar los cuerpos, vigilar y castigar. Durante el siglo pasado y con la usurpación del Estado de derecho, la dictadura militar argentina eliminó el Carnaval del calendario de feriados mediante el decreto 21329/76.
La investigadora del Inapl recuerda que, en junio de 1976, “(José Alfredo) Martínez de Hoz estaba al frente del Ministerio de Economía aplicando a rajatabla el proyecto de la dictadura: ajustar la disciplina laboral lo máximo posible. Una de las medidas que se tomó fue la de anular los feriados. En esa volteada cayeron varios feriados religiosos, incluido el 8 de diciembre, pero también le tocó al lunes y martes de Carnaval”.
La antropóloga comenta que existiría una propuesta de la Secretaría de Turismo de la Nación y de algunos legisladores para recuperar los feriados de Carnaval (que por ahora sólo rigen en la Ciudad de Buenos Aires). ¿Cuál sería la ventaja de esa medida? “Si se avanza en ese sentido, la gente estaría en condiciones de viajar para asistir al carnaval de Humahuaca o correrse hasta el de Corrientes. Hay una coyuntura interesante y el carnaval en Buenos Aires está comenzando a tener más visibilidad.”
Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/140357-45240-2010-02-16.html
1997 - 2010. Un reclamo con historia murguera.
Texto contribuido por Pupita La Mocuda

La lucha por la restitución del feriado de carnaval, indudablemente, ha sido y es una lucha nacida de las entrañas mismas de la comunidad murguera contemporánea, entendida en términos amplios y sin ánimo de minimizar los conflictos ni las disputas a su interior. Este febrero, dos convocatorias, de cierta manera articuladas y cuidadosas de no reiterar posturas adversativas, tendrán lugar los días lunes y martes de carnaval en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, en consecusión del reclamo - que data de más de una década atrás y que fuera ideado por dos murgueras, Luciana Vainer y Maru Díaz - llevado adelante por miles de murgueros y murgueras durante largos años.
Cuando es de público conocimiento que podría ser inminente la restauración de la celebración popular por excelencia, la fiesta de los "de abajo", cercenada por la última de las dictaduras militares y jamás restablecida por los gobiernos elegidos democráticamente que la precedieron - nunca se fue más lejos que de la formulación de proyectos de ley presentados al Congreso de la Nación ni de reglamentaciones parcializadas a nivel regional - por medio de un decreto de necesidad y urgencia, no es un tema menor la referencia al origen de tal demanda, que la ubica más allá de intereses económicos (comerciales, empresariales) o partidarios que pudieran estar motorizando la decisión, alojándola en el campo de la cultura y de sus políticas, del arte y de la expresión popular, de lo político en tanto "libertad que actualiza la igualdad última" o en tanto accionar en conjunto en el ámbito de lo público. Todas cuestiones que deberían contemplarse con detenimiento a partir de una legislación integral que ayude a reconstituir lo que ha sido dañado y desdeñado por tanto tiempo.
Como también deberían serlo tantas otras y para mencionar sólo algunas a modo de ejemplo: la problemática de la identidad, la de las continuidades y rupturas en los géneros carnavalescos, las distintas formas de cuidar y realzar el patrimonio cultural o las limitaciones y dificultades que distintos grupos encuentran en la preparación y organización de sus eventos de carnaval.

lunes, 1 de febrero de 2010

Inspirada en la poderosa contribución anterior a esta proporcionada por Alfredo Armando Aguirre y pensando que nunca es claro ni totalmente descifrable ¡cuánto es heredado, cuánto es resignificado, cuánto es nuevo! Porque más allá de las (pre)ocupaciones relacionadas con lo organizativo, lo legislativo, el intenso trajín de la puesta en marcha del festejo en cada lugar determinado y según las costumbres y las regulaciones está lo ancestral que sigue latiendo en toda su fuerza aunque no sea aparente, quizás, a simple vista.


La Kacharpaya, Entierro del Carnaval

El entierro del Carnaval tiene un simbolismo religioso en el cual lo pagano se subordina a la concepción cristiana del pecado. La aparente relación dionisíaca del rito del enterramiento del Carnaval que se efectúa en los valles salteños, en Catamarca, en Santiago, del Estero, etcétera, tiene vinculaciones directas con el dogmatismo que siempre condenó el libertinaje de las carnestolendas y que imponía el acto de la purificación luego de los días de jolgorio desmedido.
En los valles salteños el entierro se realiza el 1 martes, a la caída de la tarde. De una de las carpas sale un hombre disfrazado de viejo decrépito, con unas largas barbas postizas y el traje completamente desgarrado. Detrás de él, una mujer disfrazada con harapos negros y completamente desgreñada, llorando desconsoladamente. El hombre es el Carnaval, muerto, que lo "llevan a enterrar", y la mujer, su viuda, que lo llora sin consuelo, Detrás de ambos personajes, que cruzan el pueblo, van uniéndote en extraño cortejo, hombres y mujeres que abandonan las danzas y libaciones, y que entonan, al son de las cajas, las vidalas de la despedida. A su paso, al hombre que simboliza el Carnaval lo ad ornan con serpentina, le arrojan harina, ceniza, cereza y chicha; le cuelgan rosquillas, rosquetes y muñecos de pan, en tanto las vidalas lloran en las voces cascadas por el alcohol.
La viuda arreciará sus chillidos a medida que el cortejo va acercándose al lugar de la sepultura. Ahí estará el hoyo, pequeño, donde el Carnaval se mete, y los circunstantes le echan poquita tierra, para que al año se pueda levantar Los vidaleros repetirán el estribillo, desesperadamente, ante el túmulo abierto, mientras cada cual alzará un puñado de tierra y lo arrojará a la sepultura.
Las cajas vuelven tristes a los boliches en acompasados sones.
En las provincias de Santiago del Estero, Catamarca y zona de los valles de Tafí, entre los contrafuertes del Aconquija, aparece la Kacharpaya, especie de muñeco que la tarde del martes, ya entrada la noche, se quema bajo los algarrobos, colgado de un alambre. Hemos visto la kacharpaya en la zona de Banderas, próxima a los límites de la provincia de Santa Fe. Es un gran muñeco relleno de paja y cohetes. Este comienza un infernal estruendo cuando las llamas de la fogata lo alcanzan. La turba que ha salido de los boliches para presenciar el "entierro del Carnaval", grita desaforadamente ante la explosión de los cohetes, y las vidalas se hacen oír desde el corro que circunda a la fogata.
Poco a poco, a medida que el fuego realiza su obra destructora, el silencio retorna en los valles y en la selva. El Carnaval es ahora un gusto amargo en la boca y un cansancio que busca sueños.
En plena ciudad de Santa Fe hemos visto a las huestes del negro Arigós, especie de pontífice de los carnavales tradicionales del viejo barrio del sur, quemar el muñeco en las callejas que desembocan en el clásico Quillá. La "negrada" de Arigós se reúne entusiasmada, ejecutando pasos. de candombe mientras el "judas". como ellos; le llaman, es consumido por el fuego. Aquí no se cantan vidalas, sino canciones propias de la comparsa del negro. Arigós, y danzas que son reminiscencias de antiguos rituales africanos muy en boga en Buenos Aires en la época de Rosas.
En algunos lugares de La Rioja el "enterramiento del Carnaval" da lugar a un acto, bárbaro y consiste en lo siguiente: Se busca a un voluntario que haga el papel de Momo; se lo sienta en el centro de la reunión como si se tratara de un dios dispuesto a, recibir las ofrendas que, sé dispongan, lo que ha de significarle la muerte y el enterramiento respectivo".
Los circunstantes empiezan a dar vueltas con "lentitud, en torno suyo, cantando al, compás del tamboril, una especie de candombe o de ronda báquica, de la que aquél fuese el dios figurado, llevando todos levantado en la derecha un jarro de aloja; llegan enfrente del ídolo ebrio, y cada uno bebe la mitad, arrojándole el resto a la cara; la ronda sigue impasible, acelerando el compás y repitiendo en cada vuelta la extraña ablución, que es saludada cada vez por las risas destempladas de los borrachos y por los chillidos ásperos de las mujeres que permanecen quietas en los bancos. El dios improvisado de, la ceremonia tiene que beber casi todo el líquido que le arrojan a la cara, pues mantiene la boca abierta para eso, para que se la llenen los que pasan danzando alrededor. Así se mantiene el tiempo que le permite la borrachera creciente, sin interrumpir el compás de su tambor, a pesar de los chorros que le ahogan, que le dejan ciego y que le bañan de pies a cabeza. Al fin rueda por tierra".
"... Ya pasó la Chaya. En el espacio inquieto de las montañas han quedado vibrando los cantores y los ecos del tamboril melancólico, de la flauta campestre de caña y cera, de las risas femeninas y los gritos desacordes de la turba frenética. Todo ha tenido una repercusión en las rocas; todo ha dejado un rastro; en la tierra, las danzas y las correrías desenfrenadas; en el aire, las músicas y las palabras, retozando en una libertad de tres días.
En las estribaciones del Ambato vemos el enterramiento del Carnaval con la misma alternativa que en los valles salteños. Aparece el dios carnavalesco con el nombre de Pukllay. Este sale sobre un burrito los días de carnaval y es paseado insistentemente y "convidado" con chicha, aloja, cenizas y almidón. El último día, a la tarde, lo llevarán a enterrar al monte más próximo; le abrirán una tumba, lo sepultarán y lo llorarán al compás de cajas vidaleras. En esta ocasión las vidalas repiten los responsos con tristes coplas.
En el "enterrado" del valle salteño, en el muñeco lleno de cohetes que hemos visto en la estación Banderas, de Santiago del Estero; en el muñeco que queman en el Aconquija, el "judas" de la negrada de Arigós, en Santa Fe; el dios figurado del Famatina, y en el Pukllay catamarqueño, vemos a la kacharpaya que Orestes Di Lullo cuenta recorriendo disfrazada, sobre un burro flaco o un caballo defectuoso, las calles de los pueblos: "seguido por una pacota -toda gente divertida- y una turba de chiquillos que cantan al son de las cajas, guitarras y violines o al ruido de instrumentos improvisados con tarros y latas".
Este personaje, según el autor citado, es uno de los juerguistas de Carnaval que en cada rancho, se detiene para exigir al dueño de casa un tributo, "que no es caridad ni mucho menos", sino una especie de colecta pública que el pueblo debe pagar como contribución por la diversión que estos animadores le proporcionaron. Aparece en los últimos días del Carnaval, cuando el cansancio hace presa en el ánimo popular y los bolsillos se alivianan resueltamente.
El autor citado dice: "Sin duda alguna, la kacharpaya es el último resplandor de esa llama que arde ininterrumpidamente en el alma del pueblo durante toda la fiesta, como en las representaciones antiguas, su aparición anuncia el término de esa orgía, mezcla de música, de cantos y de bailes, en la que el hombre solitario del campo se llena de goces fraternos y ensaya el primer paso en el sentido de su agremiación humana".
Si bien no la presenta como el símbolo de Momo que en determinados momentos hay que quemarlo o enterrarlo, admite que es una forma de la kacharpaya que se entierra en la zona montañosa y de la que se quemaba en otras épocas en Villa Atamisqui, de Santiago del Estero.
Muchas de estas costumbres han sido practicadas en otras fechas de festividades propias de la Iglesia, como lo es la fogata de San Juan en el mundo europeo, y aun en el nuestro, aunque con poca intensidad; la fiesta de los locos en la que se elegía papa de los dementes y era propiciada por los mismos canónigos de España; como, la fiesta del Asno, que a simple vista parecía un rito selvático, pero que tenía sus orígenes en la adoración del asno en que huyó de Egipto la Sagrada Familia; como la fiesta de los Inocentes, etcétera. El tiempo las fue postergando, superponiendo, y el pueblo las practicó en fechas que diferían absolutamente del móvil de origen.
Extraído de: "El mito, la leyenda y el hombre - Usos y costumbres del folklore", Félix Molina-Tellez, Editorial Claridad, Primera edición, Buenos Aires 1947.
Fuente: agenciaelvigia.com.ar/kacharpaya.htm
Texto aportado por Pupita La Mocuda

lunes, 18 de enero de 2010

DEL CARNAVAL EN " LA RAMA DORADA"

DEL CARNAVAL EN “LA RAMA DORADA”
“LA RAMA DORADA”,es un libro de James Frazer,
una suerte de clásico de la Etnología o el
folklore. Fue publicado en 12 tomos en 1907, y
el mismo autor hizo una edición compendiado en
1922.Por suerte, para las actuales generaciones este
clasico, que estamos leyendo con detenimiento,
ahora esta accesible gratuitamente en Internet
en el sitio:
http://www.librosgr/atisweb.com/html/frazer-james/la-rama-dorada/index.htm
Creo que vale la pena compartir este punto,
porque nos permite ver que cosas nos llegaron
del carnaval europeo y que cosas le agregaron
los forzados migrantes africanos o sus
decendientes y como lo fagocitaron las etnias
precolombinas.
Ahí va:
“ 2. ENTIERRO DEL CARNAVALHasta aquí hemos ofrecido una explicación de la
regla o leyrequeria que el sacerdote de Nemi debiera ser
muerto por su sucesor.La explicación no pretende ser más que probable;
nuestro escaso conocimiento de la costumbre y de
su historia no permiten otra cosa, pero sus
probabilidades aumentarán en proporción a la
extensión con que podamos probar que los motivos
y modos de pensamiento atribuidos influyeron en
la sociedad primitiva. Hasta aquí, el dios de
cuya muerte y resurrección nos hemos ocupado
principalmente ha sido el dios del árbol Si
podemos demostrar que la costumbre de matar al
dios y la creencia en su resurrección se originó
o al menos existió en la etapa social de
cazadores y pastores, cuando el dios occiso era
un animal, y que sobrevivió en la etapa
agrícola, cuando el dios muerto era el cereal o
un ser humano representando al grano, la
probabilidad de nuestra explicación habrá
aumentado considerablemente. Trataremos de
hacerlo a continuación, esperando aclarar en el
curso de la exposición algunas obscuridades que
quedan todavía y responder a algunasobjeciones que pueden habérsele ocurrido al
lector.Reanudemos el hilo volviendo a las costumbres
vernales del campesinado europeo. Aparte de las
ceremonias que acabamos de describir, hay dos
clases de costumbres afines en las que la muerte
simulada de un ser divino o sobrenatural es un
rasgo sobresaliente. En una de estas clases, el
ser cuya muerte se representa dramáticamente es
la personificació n del carnaval; en la otra
clase, el ser es la muerte misma. La ceremonia
principal cae, como es natural, al final del
carnaval, sea en el último día, principalmente
el martes de carnestolendas, o en el primer día
de antruejo cuaresmal, es decir, el Miércoles de
Ceniza. La fecha de la otra ceremonia, "Llevarse
o expulsar la muerte", como se le llama
comúnmente, no está fijada por igual; por lo
común es el cuarto domingo de cuaresma, que por
esto es conocido con el nombre de "domingo
muerto". En otros lugares, empero, la
celebración cae una semana antes y en otros,
como entre los checos de Bohemia, unasemana después, mientras que en ciertas
poblaciones alemanas de Moravia es el primer
domingo que sigue a la Pascua de Resurrección.
Quizá, como se ha pensado, puede haber variado
originalmente la fecha por depender de la
primera golondrina o de algún heraldo parecido
de la primavera. Algunos escritores consideran
la ceremonia de origen eslavo; Grimm opina que
era un festival de Año Nuevo entre los antiguos
eslavos que comenzaban su año en el mes de
marzo. Nosotros escogemos ahora algunos ejemplos
de la “Muerte del Carnaval", farsa que siempre
cae antes que la otra en el calendario.En Frosinone, en el Lacio , casi a la mitad de
camino entre Roma yNapóles, la vida insípida y monótona de una
provinciana ciudad italiana rompe agradablemente
en el último día de Carnaval por la fiesta
conocida como la Radica. Hacia las cuatro de la
tarde, la banda de la ciudad, tocando alegres
marchas y seguida de un gran gentío, llega a la
Plaza del Plebiscito, donde están la
subprefectura y los demás edificios
gubernamentales. Allí, en medio de la plaza, los
ojos curiosos de la multitud se regocijan a la
aparición de una inmensa carroza dorada,
decorada con muchos festones de colorines y
arrastrada por cuatro caballos.En la carroza hay un asiento muy grande en el
que está entronizada la majestuosa figura del
Carnaval, muñeco de yeso de tres metros de
altura y de cara rubicunda y sonriente. Enormes
botas, un casco de hojalata parecido a los que
lucen en la cabeza los oficiales de la marina
italiana, y una túnica de muchos colores
embellecida con curiosas insignias adornan el
exterior de este imponente personaje. Su mano
izquierda descansa en el brazo del sillón y con
el brazo derecho saluda gentilmente a la
multitud, siendo cortesía que "le sale de
dentro" mediante una cuerda de la que tira un
hombre modestamente oculto a la publicidad bajo
el sillón propiciatorio. Y ahora la multitud se
agita y arremolina junto a la carroza y se
expansiona con gritos montaraces de alegría,
mezclándose la gente sencilla y educada con los
demás que danzan con frenesí el saltarello. Un
carácter especial de esta fiesta es que todos
llevan en la mano lo que ellos llaman unaradica (raíz), lo que significa una hoja grande
de áloe o mejor de pita. Cualquiera que se
aventure entre el gentío sin llevar la hoja,
será recibido hostilmente y echado de allí, a
menos de llevar como sustituto una col grande en
el extremo de una vara larga o un manojo de
hierba curiosamente trenzada. Después de dar una
vuelta corta escoltando a la carroza que se
mueve despacio, va la multitud con ella a la
puerta de la subprefectura. Allí hacen alto y la
carroza, traqueando en el suelo lleno de baches,
entra en el patio. La multitud se calma y su
murmullo en voz baja suena, según la descripción
de los que lo han oído, semejante a la resaca de
un mar agitado.Todas las miradas se vuelven ávidamente hacia la
puerta, donde el mismo subprefecto y otros
representantes de la majestad de la ley están
aguardando la llegada para hacerle el homenaje
debido al héroe de la fiesta. Unos momentos de
silencio y después una tormenta de vítores y
aplausos saludan la aparición de los dignatarios
según van desfilando y descendiendo la escalera
para tomar su puesto en la procesión.. El himno
del Carnaval atruena en este instante y entre
una ensordecedora gritería son voltejeadas por
el aire las hojas de áloe y las coles cayendo
indistintamente sobre justos y pecadores, lo que
conduce a un nuevo placer, pues se empeñan con
ellas en una lucha libre. Cuando estos
preliminares han concluido a satisfacción de
todos los interesados, la procesión prosigue su
marcha. Al final de ella va una carreta cargada
de toneles de vino y policías, afanados éstos en
la simpática tarea de servir vino a todo el que
lo pida, mientrasuna lucha sin cuartel, salpimentada de copiosas
descargas de aullidos, golpes y blasfemias, se
libra entre la multitud arremolinada a la
trasera del carro, en su afán de no perder la
ocasión gloriosa de emborracharse a expensas
públicas. Finalmente, y cuando ya la procesión
ha desfilado por las calles principales a un
paso mayestático, cogen la efigie del Carnaval,
la arrebatan sus adornos y la tienden en medio
de una plaza pública sobre un montón de leña,
quemándola entre gritos de la multitud y
atronando los aires una vez más con el canto del
Carnaval, volando las llamadas "radicas" a la
pira y entregándose el público a los placeres
del bailoteo más desenfrenado.En los Abruzos cuatro enterradores con la pipa
en la boca y botellas de vino colgadas de los
tirantes de los pantalones a la espalda llevan
un muñeco de cartón figurando al Carnaval. Al
frente marcha la esposa del Carnaval, vestida de
luto y deshecha en lágrimas. De vez en cuando el
acompañamiento hace un alto y mientras la esposa
habla al público simpatizante, los enterradores
refrescan "al hombre interior" con un beso a la
botella. En una plaza abierta, tienden al
Carnaval muerto sobre una pira y al redoble de
tambores, a los aullidos estridentes de las
mujeres y a los ásperos gritos de los hombres,
le prenden fuego.(1) En el Entierro de la Sardina (Escenas
matritenses de Mesonero Romanos, 1857) no
faltaba detalle ritual: Cofradía de la Sardina
(sardina arenque muy salada), de San Marcos o
"mansos", coros de "doncellas", "inocentes",
gatos amarrados por el rabo, el bamboche de paja
que lleva la sardina en la boca, quema y
entierro respectivos, coro deprecatorio y
apoteosis de palos.(fin cita 1)------------ ---------Mientras arde el muñeco, tiran castañas a la
multitud. Algunas veces se representa al Carnaval por un
muñeco de paja en la punta de un palo que un
tropel de enmascarados llevan por toda la ciudad
durante la tarde, y cuando llega la noche,
cuatro máscaras cogen una manta o sábana por las
puntas y mantean al Carnaval. La procesión se
continúa y los ejecutantes lloran lágrimas de
cocodrilo acentuando lo acerbo de su pesar con
la ayuda de cacerolas y cencerros. Otras veces,
también en los Abruzos, representa al Carnaval
un hombre vivo tendido en un féretro y
acompañado de otro que hace de sacerdote
asperjando con gran profusión el agua bendita de
una tina.En Lérida, España, asistió a los funerales del
Carnaval un viajero inglés en el año de 1877 y
lo relata así: El Domingo de Carnaval, una gran
procesión de infantería, caballería y máscaras
de toda clase, muchos a caballo y otros en
carruajes, escoltaron en triunfo la carroza de
Su Gracia Pau Pi, como llamaban a la efigie, por
las calles más importantes.Durante tres días el jolgorio fue muy grande y
por último a medianoche del último día de
antruejo, recorrió otra vez las calles la misma
procesión pero bajo un aspecto diferente y con
un final harto distinto. El carro triunfal había
sido convertido en un carro fúnebre en el que
reposaba la efigie de su Gracia, muerta. Un
grupo de enmascarados, que en la primera
procesión había actuado como estudiantes de la
folia entre bromas y jaranas iban ahora vestidos
de sacerdotes y obispos, andando pausadamente,
llevando grandes cirios encendidos y cantando
responsos. Todas las máscaras enlutadas con
crespones y todos los jinetes llevaban antorchas
encendidas. La procesión caminaba
melancólicamente por la calle principal entre
las altas casas de muchos pisos y balcones,
donde cada ventana balconada y tejados estaban
atestados por una densa masa de espectadores,
todos con antifaz y disfraces de lujo y
fantasía. En este escenario, bailaban y se
cruzabanlos destellos de las antorchas en las sombras y
las luces de bengala rojas y azules deslumbran
unos instantes para desaparecer; sobre el ruido
de los cascos de los caballos en el empedrado y
del mesurado paso de la multitud marchando, se
elevaban las voces de los sacerdotes cantando el
réquiem, mientras las bandas militares batían
"tristes marchando, las trompas roncas, los
tambores destemplados" . Al llegar la procesión
a la plaza principal, recitaron una oración
funeral burlesca ante el difunto Pau Pi y
apagaron las luces; al punto el demonio y sus
diablos saltaron entre la multitud, arrebataron
el cadáver y huyeron con él, perseguidos
vivamente por todo el gentío chillando, gritando
y aclamando. Naturalmente los diablos fueron
alcanzados y dispersados y el falso cadáver
rescatado de sus garras, fue metido en una fosa
preparada al efecto. Así vivió, murió y fue
enterrado el Carnaval de 1877 en Lérida.En Provenza se celebra una ceremonia de la misma
clase el Miércoles de Ceniza. Llevan una efigie
llamada Caramantrán, burlescamente ataviada, en
una carroza o porteada en unas andas y
acompañada por el gentío con trajes grotescos,
llevando calabazas llenas de vino que vacían con
todas las señales, verdaderas o fingidas, de la
borrachera. A la cabeza de la procesión van unos
cuantos disfrazados de jueces y abogados y un
alto y flacucho personaje caracterizado de
Cuaresma; tras ellos sigue la gente joven
montada en rocines miserables y ataviados de
luto, pretendiendo llorar el sino reservado a
Caramantrán. En la plaza principal hace alto la
procesión, se constituye el tribunal y
Caramantrán ocupa el banquillo de los acusados.
Después de un proceso formal, es sentenciado a
muerte entre las lamentaciones de la gente; el
abogado que le defiende abraza a su cliente por
última vez, los oficiales de la justicia cumplen
su deber y sientan al reo deespaldas al muro y le empujan a la eternidad
bajo un diluvio de piedras. El mar o un río
recibe sus destrozados y mortales restos. Por
casi todas las Ardenas era, y todavía es,
costumbre el Miércoles de Ceniza prender fuego a
una efigie que suponen representa al Carnaval,
mientras se recitan coplas apropiadas al acto
alrededor de la figura en llamas.(2) Es costumbre mexicana quemar los
"judas".(fin cita 2)Con gran frecuencia, se intenta dar a la efigie
el parecido de algún marido del pueblo al que
tachan de ser el menos fiel a su esposa. Como es
de suponer, la distinción de ser elegido para el
retrato bajo esta penosa circunstancia tiene una
ligera tendencia a producir altercados
domésticos, especialmente si queman el retrato
frente la casa del corretón burlador a quien
representa, mientras un coro atronador de
maullidos, balidos, rugidos y otros melodiosos
sones dan público testimonio de la opinión que
de sus virtudes privadas abrigan sus amigos y
convecinos. En algunos pueblos de las Ardenas,
un joven de carne y hueso, vestido de heno y
paja, hacía de Martes de Carnaval (Mardi Gras),
como se llama con frecuencia en Francia a la
personificació n del Carnaval, refiriéndose al
último día del período que personifica.Era llevado ante un tribunal de burlas y,
condenado ya a muerte le situaban de espaldas al
muro igual que a un soldado en una ejecución
militar y le disparaban cartuchos de salva. En
Vrigne-aux-Bois, uno de estos bufones inocentes,
llamado Thierry, fue muerto accidentalmente por
un taco que quedó en una escopeta del pelotón de
ejecución. Cuando el pobre Martes de Carnaval
cayó bajo la descarga, los aplausos fueron muy
fuertes y prolongados porque lo había hecho con
toda naturalidad; pero viendo que no trataba de
levantarse, corrieron a él y encontraron un
cadáver. Desde entonces no ha habido más de esas
ejecuciones de farsa en las Ardenas.En Normandía, al atardecer del Miércoles de
Ceniza se tenía la costumbre de celebrar lo que
llamaban el entierro del Martes de Carnaval..Una escuálida efigie escasamente vestida de
harapos, con un sombrero viejo, abollado y
encasquetado sobre la sucia cara y su grande y
redonda barriga rellena de paja, representaba al
viejo calavera desacreditado, que después de una
larga carrera de disipación estaba próximo a
pagar todos sus pecados. Alzado sobre los
hombros de un robusto compañero que simulaba
tambalearse bajo el peso, paseaban por las
calles a esta personificació n popular del
Carnaval, y siendo la última vez, de un modo muy
poco triunfal. Precedida de un tamborilero y
acompañada de un populacho insultante, entre
ellos todos los golfos, chusma y canalla de la
ciudad reunidos en gran número, la figura era
llevada a la vacilante llama de las antorchas y
al discordante ruido de badilas y tenazas,
pucheros y sartenes, trompas de cuerno y
cacerolas, mezclado con gritos, mugidos y
silbidos. De vez en cuando, la procesión hacía
un alto y algún campeón de la moralidad acusaba
alderrotado y viejo pecador de todos los excesos
que habían cometido y por los que se le iba a
quemar vivo. El culpable no encontraba nada que
decir en su propia defensa y era arrojado sobre
un montón de paja al que prendían fuego con una
de las antorchas y ardía levantando grandes
llamas, con delicia de la chiquillería, que
hacía cabriolas a su alrededor y recitaba a voz
en cuello algunas coplas populares que versaban
sobre la muerte del Carnaval.Algunas veces tiraban a la efigie por una cuesta
abajo antes de quemarla.En Saint-Lô, la andrajosa figura del, Martes de
Carnaval iba seguida por una viuda, mozallón
hastial vestido de mujer con un velo de luto,
lamentándose apesadumbrada con gritos
estentóreos. Después de pasearla por las calles
sobre sus parihuelas y acompañada por un grupo
de máscaras, tiraban la figura al río Vire. La
escena final la ha descrito Mme. Octavio
Feuillet tal como ella la vio en su niñez hace
setenta años '"Mis padres invitaron a los amigos
para ver desde lo alto de la torre de Jeanne
Couillard la procesión funeral. Allí sólo se
podía tomar limonada a causa del ayuno y al
llegar la noche vimos un espectáculo del que
siempre conservaré un vivo recuerdo. A nuestros
pies corría el río Vire bajo el viejo puente de
piedra. En mitad del puente yacía la figura del
Martes de Carnaval sobre unas andas de
hojarasca, rodeada de centenares de enmascarados
que bailaban, cantaban y agitaban antorchas.Algunos de ellos, con sus abigarradas
vestimentas, corrían por el pretil como
demonios. Los demás, cansados de la jarana,
estaban dormitando sentados en los pilares. De
repente cesó el bailoteo y uno del grupo,
cogiendo una antorcha, prendió fuego a la efigie
y después la tiraron puente abajo al río,
redoblando los gritos y el alboroto. El muñeco
de paja empapado de resina iba flotando llevado
por la corriente del Vire, iluminando con sus
llamas funerarias los bosques de las orillas y
los muros del viejo castillo en que durmieron
Luis XI y Francisco I.Cuando el último resplandor del llameante
fantasmón se desvaneció como una estrella
errante al final del valle, también se retiraron
gentes y máscaras y nosotros salimos con
nuestros huéspedes de la torre amurallada."En las vecindades de Tubinga, el Martes de
Carnaval visten con unos calzones viejos a un
muñeco de paja llamado el Oso de Carnaval y le
sujetan una morcilla fresca o dos vejigas de
sangre en el cuello; después de una ceremonia en
que se le condena, le decapitan, le tienden en
un féretro y el Miércoles de Ceniza lo entierran
en el cementerio.A esto llaman el "Entierro del Carnaval". En
algunos pueblos sajones deTransilvania, ahorcan al Carnaval. Así, en
Braller, el Miércoles de Ceniza o el Martes de
Carnaval, llevan un muñeco de paja envuelto en
una sábana en una narria arrastrada por dos
caballos alazanes y otros dos blancos. A su lado
hay una rueda de carro que va dando vueltas. Dos
jóvenes caracterizados de viejos siguen a la
narria lamentándose. El resto de los mozos del
pueblo, montados a caballo y adornados con
guirnaldas, acompañan la procesión, que va
encabezada por dos muchachas coronadas con
ramitas de abeto y transportadas en una carreta
o trineo.Celebran un juicio ante un tribunal, bajo un
árbol, en el que unos mozos caracterizados de
soldados pronuncian la sentencia de muerte. Los
viejos intentan rescatar al bausán para huir con
él, pero no lo consiguen; es capturado por las
dos muchachas y entregado al verdugo, que le
cuelga de un árbol. En vano los dos viejos
intentan gatear al árbol y descolgarle; siempre
se caen y al fin, desesperados, se tiran al
suelo y lloran y gimen por el ahorcado. Un
oficial les dedica un discurso en el que declara
que el Carnaval fue condenado a muerte porque
les había hecho mucho mal, obligándoles a
desgastar los zapatos y dejándoles además
cansados y soñolientos. En el entierro del
Carnaval, en Lechrain cuatro hombres transportan
en unas angarillas o un féretro a un hombre
vestido de mujer con ropas negras; le van
llorando otros hombres igualmente vestidos de
mujeres enlutadas. Al llegar al estercolero del
pueblo le arrojan de las angarillas, le mojancon agua y le entierran en el estiércol,
cubriéndole con paja. Los estonios, en el
anochecer del Martes de Carnaval, hacen una
figura de paja llamada metsik o "espíritu del
bosque"; un año visten al bausán con una
chaqueta de hombre y sombrero y al siguiente año
con una capota mujeril y enaguas; llevan esta
figura en lo alto de una pértiga por los
alrededores del pueblo entre grandes gritos de
alegría y por fin le atan a la parte más alta de
la copa de un árbol del bosque. Creen que esta
ceremonia es una protección contra toda clase de
desgracias.En ocasiones, en estas ceremonias del Carnaval o
de Cuaresma, efectúan la resurrección de la
persona que hace de muerto. Así, en algunas
partes de Suabia, en el Martes de Carnaval, el
Doctor Barba de Hierro trata de sangrar a un
enfermo que después cae como muerto al suelo;
pero el doctor le devuelve a la vida al fin
echándole su aliento por un tubo.En las montañas del Hartz, una vez que termina
el Carnaval, tienden a un hombre en una artesa
de amasar pan y le conducen entre responsos a la
sepultura, pero en lugar del hombre entierran
una botella de aguardiente. Pronuncian un
discurso y el acompañamiento vuelve al pueblo;
en el paseo o lugar de reunión, fuman esas
grandes pipas de barro que acostumbran a
distribuir en los funerales. Al año siguiente,
en la mañana del Martes de Carnaval,
desentierran la botella de aguardiente y la
fiesta comienza para todos probando "el
espíritu", que, según dicen, ha resucitado.” P. 352 -358
texto compartido por Alfredo Armando Aguirre.

jueves, 29 de octubre de 2009

El festejo del carnaval en la Buenos Aires del siglo XXI.
Ninguna certeza, muchos interrogantes

Pupita La Mocuda

No es la primera vez que nos referimos a la manera en que el abigarrado escenario de la murgueridad argentina contemporánea de profunda raigambre porteña incluye, en su fluir incesante de acomodamientos y reacomodamientos, situaciones que, en un amplísimo y variado arco van desde la segmentación y la fragmentación hasta la redificación y la confluencia a partir de afinidades de distinto tipo.  (1) Esto se relaciona profundamente con la celebración del  carnaval en la Ciudad de Buenos Aires, el cual puede ser caracterizado como murgocéntrico  ya que han sido precisamente las murgas las que han mantenido vivo el festejo participativo  y el espíritu colectivo al organizarse y volver a ganar la calle. (2) El panorama actual se complejiza, entre otras cuestiones, con la puesta en práctica desde 1997 de políticas de promoción cultural únicas en el país por parte del estado – emanadas de la  lucha de quienes mantuvieron la práctica y el arte murgueros aún en momentos tremendamente difíciles, incluso durante los años de la última dictadura militar – que han dado gran impulso a la actividad de las agrupaciones de carnaval.


La actual normativa, aunque reciente, no solamente ha generado intensos y nutridos intercambios, disensos y controversias a su alrededor en el seno de la “comunidad del carnaval” capitalina y sus ámbitos de expresión y trabajo conjunto sino que también ha sido objeto de distintas transfomaciones que de manera paulatina han ido alterando su fisonomía. Este último año el debate ha girado mayormente en torno al sistema de ingreso al circuito de corsos generados a partir del Programa Carnaval Porteño así como también a la cantidad de agrupaciones con posibilidad de participación en él. A toda esta conjunción no son ajenas tampoco ni la problemática del financiamiento de la actividad carnavalera en nuestra ciudad a partir del presupuesto previsto para ese menester por la legislación ni la preocupación por lo que suele denominarse la "calidad del espectáculo" y su programación así como tampoco la probable reorganización de las celebraciones carnavalescas en cuanto a cantidad de espacios para ellas destinadas.

Mucho ha sido el camino recorrido gracias al compromiso y la entrega personales de quienes han brindado todo de sí para que ocurriera. Aún así, en la etapa actual de consolidación  del extraordinario resurgimiento de la actividad de las formaciones murgueras en especial y carnavaleras en general es necesario redoblar los esfuerzos para que puedan ir gestándose y afianzándose configuraciones - y no sólo a nivel de la Ciudad de Buenos Aires, aunque ella es lo que nos ocupa en esta comunicación - que sean a la vez realmente integradoras, inclusivas y generadoras de la adhesión y participación de todo el espectro de las agrupaciones involucradas como así también de la ciudadanía mas no sólo con respecto a la restitución del feriado nacional sino también – y quizás principalmente –en el fomento y la promoción de la valoración positiva de los vecinos con respecto a la recuperación de la celebración y la consiguiente recuperación de la memoria colectiva. (No es ajeno a esto último el papel que juegan los medios masivos de comunicación en el tratamiento del tema).

El fenómeno murguero en la Argentina (desde su cuna, Buenos Aires) y también el carnavalero han estado desde siempre signados por su conexión con lo múltiple, lo multitudinario y una de sus características principales y distintivas es su innegable fuerza de absorción de “los muchos”. (3)  El acceso a la celebración es de modalidad libre y gratuita y ocurre principalmente en el espacio público. Son estas cuestiones y su ligazón, por ejemplo, con la posibilidad de su privatización o comercialización sobre las que hay posturas encontradas tanto entre los artífices del carnaval en sí como entre la población, las autoridades gubernamentales e instituciones de la sociedad civil.

Frente a este cuadro quedarían planteadas muchas preguntas que sólo tendrán respuestas con el correr del tiempo, ya sea en el corto, el mediano o incluso el largo plazo y las que, obviamente, no puede circunscribirse a lo que ocurra solamente dentro de los límites de la Ciudad de Buenos Aires sino que debe tener alcance nacional. Contabilizamos entre estos interrogantes aquello relacionado con lo que pueda deparar el futuro a la conformación de las agrupaciones en sí tanto como de los colectivos que las reúnen; a sus luchas y justos reclamos, los cuales se vienen sucediendo desde hace alrededor de dos décadas y a su fortalecimiento o su debilitamiento; a la posibilidad o no de formación y sostenimiento de nuevas y plurales corrientes de opinión y acción así como de articulación de las distintas corrientes que conforman el arco murguero y carnavalero en la actualidad siempre teniendo presente el hecho de que la cara triste de la diversidad puede ser la fragmentación si no hay algún horizonte común que nos contenga.

Otra de las interrogaciones posibles se abre alrededor de la compleja problemática de la tan mentada identidad de las agrupaciones de carnaval y su relación con el festejo del carnaval en tanto y en cuanto es necesario pensar cómo se conjugan o en qué medida se potencian o se contraponen. Una tercera se relaciona con los alcances y las limitaciones del reestablecimiento del feriado de carnaval  como manera de promover la participación y el involucramiento de la ciudadanía en general con la fiesta carnavalera aun cuando la lucha por su restitución haya sido iniciada y sostenida por distintos sectores murgueros a lo largo de más de una década.

Por último,  una cuestión de vital importancia se plantea en el desafío que supone para la “comunidad del carnaval” como conjunto de agentes culturales de activa participación en el mantenimiento de la celebración popular por excelencia para (re)convocar, para volver a enamorar, para  encontrar la fuerza, el empuje que afiance la imprescindible comunión con los habitantes de la ciudad, con sus instituciones barriales y vecinales así como para desmarcarse, destrabar los determinimos que amenazan con socavarla y que pretenden seguir ocultándola,  marginándola, invisibilizandola por ser el espacio de alegría de "los de abajo"  y ser, entonces,  capaz de disfrutarse a sí misma en plenitud. Por esto entendemos encontrar (o reencontrar) formas y modalidades más fecundas y superadoras que en vez de achicar o acotar la fiesta la hagan aún más vital, más amplia, más trascendente.

(1) Por ejemplo, en el Grupo Yahoo Dale Murga donde el debate ha sido y es intenso.
(2) Martín, Alicia (2001)
(3) Nos hemos referido a esto en La Murga como una de las Formas de la Multitud, (2006), Sostengan que Nacemos, [on line]: http://sostenganquenacemos.blogspot.com/2006/08/la-murga-como-una-de-las-formas-de-la.html









lunes, 26 de octubre de 2009

Escribí este pequeño artículo para mi blog y bajo la inspiración de los intercambios que se producían en ese momento en el Grupo Dale Murga luego hace dos años de las dos marchas reclamando la restitución del feriado. En términos generales sigo teniendo las mismas inquietudes y preguntas que allí y entonces aunque no me arriesgo a decir lo mismo de algunas de sus hipótesis cómo, por ejemplo, como entra a jugar la cuestión de lo generacional en las desaveniencias.
Marchas y Contramarchas
Impresiones acerca de las Concentraciones Murgueras en Buenos Aires por la Restitución del Feriado de Carnaval - Febrero de 2007


Pupita La Mocuda

Algún que otro distraído se habrá quedado pensando: - ¿Pero cómo? ¿Yo ayer a estos no los vi yendo para el otro lado?¿Donde habrán trasnochado? No por las cosas obvias como los trajes, las banderas, los bombos, los muñecos, la alegría, la efusividad y la mirada maravillada de los niños ... Ni tampoco porque hubo estandartes que estuvieron en las dos marchas ... Ni mucho menos porque las dos concentraciones, aún con consignas similares aunque no iguales, tenían cabeceras parecidas con sendos carteles que la encabezaban (en la del lunes se leía Murgas Independientes y en la del martes Agrupación M.U.R.G.A.S) ... Sino porque lo que fluye subterráneo - más allá o más acá de los estilos organizativos, de las estructuras y andamiajes institucionalizantes de distintos ropajes, de los soportes teóricos y hasta políticos - lo que aflora desde lo más hondo de nuestra memoria colectiva es decididamente lo mismo. Bienvenido que así sea.
Y la mascotita que cuando le cuente a sus propios nietos que pudo estar allí, en el momento preciso en que la historia la necesitaba, tal vez no recuerde si fue un martes o un lunes que marchó junto con otros murgueras y murgueros y seguramente no le importe no recordarlo. Porque, tal vez, lo verdaderamente importante sea que fue partícipe de algo que la sobrepasa como persona y la ubica en una instancia superadora: la lucha por la recuperación del carnaval cercenado como fiesta de todos y con todos, como parte esencial de su cultura.
Unos meses atrás, Osvaldo de Los Dandys de Boedo escribía para Dalemurga: "... Les dejo una frase de un murguero chapado a la antigua que todavía habla del aroma de su barrio. Los jóvenes murgueros creen que los viejos murgueros no saben nada y cuando pasa mucho tiempo se dan cuenta que tenian razon ... " Vamos a volver sobre algo a lo que ya nos refererimos hace algún tiempo: La puñalada que atravesó e intentó aniquilar la cultura popular - pensamos aquí en el inicio de la dictadura en 1976 aunque hay quienes ven sus comienzos en 1955 cuando cae el peronismo - de cabo a rabo fue tan pero tan profundo que recién hoy, tres o cuatro décadas después, podemos empezar a recomponer los pedazos. Bien o mal, la murga - en toda su variedad - se fortalece día a día. No se puede esperar que, en un país como el nuestro, plagado de ejemplos de desaveniencias presentes y pasadas, de rencores, de conflicto social desbordando aquí y allá, el quehacer murguero no contenga también cierta dosis de discusión y debate. A veces, incluso con las mejores intenciones o por una simple estrategia de supervivencia ante la adversidad y la carencia, lo que se genera son pequeños Frankensteins que se vuelven contra sus creadores. Eso sin contar que puede caerse en la trampa de los que sí saben que están creando monstruos que repriman, acallen o comercialicen.

viernes, 9 de octubre de 2009



Fina estampa

Dos imágenes del mismo Carnaval en el que el mítico Batato Barea se dio el gusto de desfilar con la comparsa de travestis de la que deseaba ser parte.
Klaudia con K




Los organizadores del Carnaval del Club de Villa Urquiza se enojaron porque mientras iban cantando B. junto a Urdapilleta, se sacaban las pelucas para escandalizar a las otras desfilantes tan armadas de spray y purpurinas. Los directores de la murga decidieron que no podían salir porque acaparaban demasiado y muy grotescamente la atención. Los otros travestis eran casi veinte y se espiaban todos entre sí. Se quejaban por esas rotosas y absurdas con la boca mal pintada y sin rímel. Esa falsa copia de las antiguas vedettes. También estaba Brunilda Bayer con tacones tan altos que no sé cómo no se quebraban y una pelucona blanca. También se mataba de risa de todas las caretas. Y estaba la Jorgelina Zubeldía, que parecía una dama y se notaba que tenía cancha, pero más para mannequin. Cuando B. me vio, dijo: “Pareces Isabel Sarli”. Pero las otras, al verlas tan zaparrastrosas, murmuraban: “¿Y esto qué es, de dónde salieron?”. Ellas iban tan producidas, y además “las nuevas” ni siquiera usaban plumas, lentejuelas, nada de eso. A Urdapilleta de entrada no lo dejaron desfilar, pero B. convenció a los jefes de la murga diciendo que era una caricata, es decir, un personaje copiado de Luisina Brando, que además era su prima, mientras mostraba algo en la agenda. Los tipos se la creyeron.
Igual, entre tanto travesti careta, había una que decía: “A pesar de no tener nada como nosotras, son divertidísimas”. No paraba de espiarnos con sus ojos de araña enjaulada de strass pegado con la gotita, a escondidas, como para que nadie supiera su secreto. También desfilaba la famosísima Héctor de Villa Adelina. Realmente parecía una señora disfrazada de travesti, se notaba que era peinador por su batido negro altísimo. B. llevaba apenas una tanga e infinidad de pulseras y cadenas, pero la tanga era en realidad un slip negro y eso no hacía más que alertar a las otras que se preocupaban y aconsejaban: “Mañana ponete una bombachita”.

La Pochocha

Nos conocimos en la murga “Los Viciosos de Almagro”. Muchas cosas coincidieron para las dos. Ella y yo nunca habíamos salido a desfilar en ninguna comparsa. Hasta entonces no nos habíamos vestido jamás de mujer, pero alguien me dijo: “Vamos, es Carnaval, vení a divertirte un rato y a bailar hasta el amanecer”. Me invitó una mariquita del barrio. No sabía qué ponerme, ella me prestó todo. Y así, a lo Liza Minnelli, me encontré en el ómnibus que nos paseaba de corso en corso, con una persona maravillosa, el propio B. Al cabo de un rato de charla descubrí que éramos vecinas (...) Nos encontramos en una casilla de madera donde se cambiaban todas las chicas. La vi salir tan exótica, con una cascada de collares multicolores y apenas el pequeño taparrabos negro. Usaba mucha bijouterie porque todavía no se había hecho las tetas. Mientras desfilábamos, ella de pronto dibujaba en el aire unas contorsiones increíbles. Todo el mundo la ovacionaba. Llamaba mucho la atención, más que las superemplumadas y requeteproducidas.
Del libro Te lo juro por Batato, de Fernando Noy, Libros del Rojas.


jueves, 1 de octubre de 2009

CANDOMBE , CARNAVALES Y TANGO

CANDOMBE , CARNAVALES Y TANGO


Las informaciones que nos van legando de la reunión de la UNESCO (Organización de las Naciones unidas, para la Educación, la ciencia La Cultura), dan poderosos estímulos, para continuar encendiendo el fuego de la cultura popular en nuestras peculiares geoculturas sudamericanas. Las sendas declaraciones declarando Patrimonio cultural intangible de la Humanidad al tango al candombe, y aun localizado festejo del carnaval en Colombia. Las mismas se suman a Declaraciones previas de la misma entidad respecto al Carnaval de Oruro y al de Maranhao (que pareciera ser el primer festejo carnavalesco en el “Nuevo Mundo” (Para los invasores occidentales se entiende).
Pero tomando al menos provisionalmente estos tres últimos reconocimientos recientes, contamos con una suerte de faros o estrellas, para continuar profundizando los alcances de estas manifestaciones de la cultura popular en la que estamos decididamente inmersos...Lo murguístico en sus variopintas manifestaciones se enriquece cuando se toma como referencias los tres patrimonios intangibles mencionados. De ellos se nutre y a ellos influencia, generando una enriquecimiento reciproco, que por azar, destino y tal vez designio divino, nos roza y bendice a los cultores del arte murguero

Buenos Aires, Banda Occidental del Río de la Plata, Argentina jueves, 01 de octubre de 2009, 07:05

martes, 8 de septiembre de 2009

Historia del Carnaval Bonaerense

Lo trajeron los españoles, las mujeres arrojaban huevos de ñandú, Rosas bailaba candombe

La costumbre de mojarse uno a otro en carnaval, la trajeron los españoles, a pesar que en España el carnaval cae en invierno. Ya desde el siglo XVIII los bonaerenses se mojaban los unos a los otros.

En 1771 el Gobernador de Buenos Aires Juan José Vertíz implantó los bailes de carnaval en locales cerrados. Por esa misma época, un grupo de gente descontenta con los bailes justo antes de la cuaresma, y según decían por los excesos que ocurrían en ellos, llevaron su descontento ante el mismísimo rey de España.

El rey envió de inmediato dos órdenes a Vértiz, el 7 y 14 de enero de 1773, por las cuales prohibía los bailes. Vértiz le protestó al rey diciendo que como se bailaba en España, también se lo podía hacer en Buenos Aires. Pero Carlos III promulgó una ley el 16 de diciembre de 1774, en la cual prohibía los bailes de carnaval, alegando que él nunca los había autorizado en las Indias.

A baldazo limpio

En los años siguientes a la Revolución de Mayo se volvió muy común entre la población, en especial entre las mujeres, la costumbre de jugar con agua. Utilizaban todo tipo de recipiente: desde el modesto jarro, hasta huevos vaciados y rellenos de agua con olor a rosa, pasando por baldes y jeringas. Entre la gente acomodada se usaba comprar los huevos de ñandú.

Las azoteas de las casas se convertían en verdaderos campos de batalla, y más de un transeúnte recibió una fresca catarata de agua. La batalla por una azotea entre hombres y mujeres, todos jóvenes, era divertidísima y terminaba con la inmersión de los perdedores en una tina.

Cada comienzo de carnaval se dictaban medidas preventivas, que nunca funcionaban porque los policías también jugaban.

El Candombe del Gobernador

Las costumbres del carnaval, en época de Rosas, fueron cayendo en excesos, llegando hasta el máximo desbordamiento. Estaban los que aprovechaban para entrar en las casas y robar, los que se aprovechaban de las mujeres que jugaban al carnaval, manoseándolas, rompiendo sus ropas y hasta violándolas.

Los grandes protagonistas y protegidos de Rosas eran los morenos. Los negros se juntaban a danzar al ritmo de sus candombes. El mismo Rosas concurría donde los morenos festejaban. En 1838 acudió a la fiesta realizada en la esquina de las actuales San Juan y Santiago del Estero, acompañado de su esposa Encarnación y su hija Manuelita.

Una costumbre en esta época era la llamada "día del entierro". Los vecinos de cada barrio colgaban en algún lugar un muñeco de paja, al que llamaban Judas, que luego era quemado, en medio de una fiesta general.

Los desmanes y escenas "poco decorosas" aumentaron, llegando a ser "repulsivas". Rosas decidió cortar por lo sano y prohibió todo festejo de carnaval el 22 de febrero de 1844. Las celebraciones se reanudaron recién en 1854, con Rosas fuera del poder. En los años siguientes comenzaron a predominar las comparsas.

La Princesa y el Oso Carolina

El primer corso se efectuó en 1869, participando en él mascaras y comparsas. Al año siguiente, una disposición policial permitió el desfile de carruajes. El lujo de los disfraces y adornos fue creciendo con cada nuevo carnaval.

Cobraron auge los «centros», sociedades organizadas especialmente para desfilar en los corsos. Predominaban los de los negros desfilando al son de sus candombes. Pero estos "centros" también estaban integrados por "gente de bien", el más conocido era la sociedad "Los Negros", integrada por jóvenes intelectuales de la alta sociedad. Vestían un uniforme militar húngaro. Las comparsas tenían canciones con letras de contenido gracioso, crítica política y crítica social.

Las nuevas armas para los juegos con agua, eran los famosos pomos Cradwell. Estos arrojaban agua perfumada. En San Isidro se vendían los pomos de plomo en la librería de Valentín Dosso o la de Plinio Spinelli.

A fines del siglo XIX y primeras décadas de 1900 los corsos alcanzaron su máxima popularidad. Los más importantes eran el de San Fernando, Adrogué, Lomas de Zamora, Avellaneda, Morón y San Isidro.

Grandes grupos de máscaras llevaban la alegría a la gente por todos lados. Se disfrazaban pintorescamente, se podía ver a la princesa, los príncipes y condes y al gracioso y simpático "Oso Carolina", el cual realizaba piruetas. Los carruajes eran siempre lujosos, pero la gente esperaba con ansia la llegada de las sociedades corales y musicales.

Y por estos años comenzaron a tener importancia los bailes. Los mas conocidos eran los del Tigre Hotel, Hotel de San Isidro, los de Francisco Bustamante, las suntuosas veladas que organizaba Alfredo Demarchi en su palacio de San Fernando, los de Morón, Lomas de Zamora, los del hotel Las Delicias en Adrogué, los del Club de Flores y los del hotel Carapachay de San Fernando.

Con el paso de los años se fue viendo que la gente de sociedad no compartía como antes estas fiestas populares, solo acudían a los bailes o se exhibían en los carruajes durante los corsos más importantes.

El carnaval fue perdiendo encanto. Muchas familias dejaron de ir a los corsos más populares. En 1909 se suspendieron por los continuos incidentes que se producían.

Llegó la murga, ¡sí señor!

A partir de 1915 muchas de las famosas comparsas fueron desapareciendo siendo reemplazadas por las murgas. Estas en principio estaban integradas por jóvenes de 20 o menos años. Sus cantos eran simples e ingenuos, y sus letras "atrevidas". Los corsos perdían brillo, se poblaban de chatas, carros y carritos de lechero, adornados con flores artificiales, farolitos chinescos y tiras de papel barrilete de distintos colores. Eran tiempos difíciles y se notaba en los festejos del carnaval. Los desfiles fueron siendo relegados por los bailes en gran escala que organizaban diferentes instituciones sociales.

En 1921 resultaron fabulosos los del Club de Flores, el realizado por el Círculo de la Prensa en el teatro Coliseo y las veladas en el Tigre Hotel. Las mujeres iban vestidas con disfraces y los hombres con smoking. Esto para las clases altas. Para los demás seguían existiendo los bailes en los clubes sociales.

Las murgas representaban a estos centros sociales, y fueron relegando a las grandes comparsas. No tenían ni tenores ni bandas sinfónicas, pero eran y son muy divertidas.

Los carnavales fueron mantenidos como fiesta pública por entidades que se organizaron en función de lazos de vecindad y territorio, que es la forma que todavía se encuentra en nuestros días. Desaparecieron los corsos, pero todavía se festeja. Y obviamente los juegos con agua nunca desaparecieron por más prohibiciones que les implantaron.

Por Martín A. Cagliani
Artículo publicado en la revista
Circulo de la Historia, Nº 47. (Fragmento)
Fuente en internet:

lunes, 7 de septiembre de 2009

Murga
El happening de la gente simple
Revista Confirmado - febrero 1968

"Este murgón, mamá
Este murgón
Hoy le saca el cuero a la televisión"

La poco complicada música del hit popular El Camaleón, venía de perillas para que el centenar de integrantes de la murga Los Mimosos de La Paternal dieran forma al ensayo de un complicado ritual, cada vez menos usado: cuando la semana que viene se inicien los festejos de un nuevo carnaval la agrupación será una de las cincuenta que todavía se animan a celebrar las fiestas mas tristes del alma-parque, el happening de la gente simple, muy simple.

Era la noche del martes 13 cuando un pitazo del director ubicó en la realidad a los celebrantes. Alberto Pajarito Pereira parecía un maestro cuando ordenaba, no muy dulcemente: "A ver, che salame, forma en la fila y toma las distancias, a ver. Hace lo que te digo." Frente a la fábrica de algodón Estrella, en Bauness y Constituyentes, rodeados de vecinos y vecinas que aplaudían las ocurrencias, Los mimosos arrancaron, con las cuartetas más picaras:

"El año 67 Fue un año de moda nueva
Se vino la minifalda
Acortando la pollera
Nosotros felicitamos
A aquel que la moda trajo
Porque ahora con las minis
Va a costar menos trabajo."

A un costado el inspirado vate que fabricó los argumentos escuchaba embelesado cómo El Chino ("No, este que, me va a perdonar pero el nombre no se lo doy a nadie. ¿Se cree que soy longi yo?") canturreaba sus intencionados arranques poéticos. Alfredo Zerrillo es el diariero de la zona (con parada en Nueva York y avenida San Martín) y también el afortunado autor de las letras: "No son verdes como cree la gente —advirtió—, son verdaderas, críticas. Ve ahora, ahora dicen pis en un verso. Escuche, escuche. ¿Pero quién no conoce la palabra pis? Eso no es verde."
Más allá de la peculiar interpretación de Zerrillo, de las críticas no se salva nadie: se llevan por delante la pinta del galán Rodolfo Beban, las respectivas malas famas populares de la locutora Pinky y de la vedette Zulma Faiad, ni siquiera la figura del cura Grandinetti. Tampoco quedan en pie los formidables baches porteños ("¿Sabe lo que pasa?: muchos de nosotros tienen taxi y camiones") y la supersexy Isabel Sarli ("Le falta un chorizo"), insinúa con perversidad la parte final de la cuarteta que le han dedicado.

Cuando desfilan oficialmente por los corsos se envasan en unos trajes calurosos y aproximadamente horribles. El de Vicente Filardi (un murguero fanático de 21 años) es un ejemplo. Es una levita azul, con una franja de color rosa y cuello del mismo color, un uniforme que se complementa con una peluca rubia y una galera repleta de adornos: plumas, moños, muñecas, luces, fantasías que la engordan en un par de kilos. "Me ayudo mi mamá y un poco mi novia", confiesa.

Cómo nace una murga

A los 23 años Pepino Guilo invierte sus días mascullando contra las deficientes carrocerías de los autos nacionales: su oficio es pintor de autos. Es el rey del bombo, un as para manejar esos mastodontes que pesan entre ocho y doce kilos y un testigo de primera mano en la historia de la murga: "En 1958 Argentinos Juniors casi sale campeón de fútbol de primera. En agradecimiento a la hinchada algunos jugadores y un dirigente nos regalaron un bombo, uno de los cuatro que tenemos ahora en el conjunto. Al principio éramos cincuenta y ensayábamos en la esquina de Caracas y Juan Agustín García. Ahora somos un montón y sacar la murga a la calle nos cuesta 100.000 pesos", reseña.

Para sobrevivir los paternales tienen una única fuente de recursos: se imprime un programa con una lista de avisos, que publicitan a los comercios del barrio: la vinería de Don Felipe, el almacén de Santiaguito, la cartonería de Manolo. Al fin de cuentas, la cartelera les reporta unos 100.000 pesos."Desde hace años no tenemos contras —asegura el director Pereira, 25 años, cuidador en un garaje—. Imagínese qué responsabilidad para mí dirigir esta banda. Para los que hacen murga, es como los brasileños, ¿vio?: uno siente que ha nacido para esto. No por nada luchamos dos meses como unos negros."

¿Para qué luchan dos meses?

Primero que nada, y esa es la respuesta casi común, "porque me gusta, porque lo siento en el alma." Quien más correctamente lo explica es el diariero Zerrillo: "Yo salgo todos los años porque cuando siento el bombo me da una especie de nostalgia. Son dos meses en los que uno vive para la murga. Abandona el trabajo, la casa, tenga en cuenta que hay muchos casados. A mí, por ejemplo, mi suegra me quiere echar de la casa. ¿Sabe lo que pasa?: la gente piensa que los murgueros somos todos atorrantes, vagos, fascinerosos, ladrones."

El horario normal de una murga en comisión se inicia a las 16.30 horas y no termina hasta las 5 de la madrugada, como dice el tango, con la última serpentina. El habitat natural de las murgas, comparsas y agrupaciones son los corsos (tan venidos a menos) y los cines, que preparan espectáculos durante los días de carnaval, en base a la presencia de los saltimbanquis. Este año el corso de la Avenida de Mayo acaparará las presencias más resonantes; habrá 10.000.000 de por medio como un desesperado intento de revivir a ese muerto llamado carnaval porteño. El último corso de la calle de los gallegos fue en 1954 y los cachéts desde entonces han variado, pero no mucho: una gran comparsa (unas 200 personas) puede exigir hasta 300.000 por cada noche de desfile. Son caravanas muy completas: incluyen, además, números de circo, valientes tragasables, intrépidos tragafuegos, hábiles contorsionistas, deprimentes tríos folklóricos, añejas vedettes. Otras bandas, menos exigentes, acceden a ser aplaudidas tan sólo por 10.000 pesos para toda la compañía por noche. Que no es un gran negocio el de la murga entonces, lo dice el precio de los camiones u ómnibus en alquiler para transportar a la gente: no menos de 5.000 pesos la noche. Los instrumentos del grupo (globos, dados, estandartes, corazones, mariposas), confeccionados en satén de colores muy brillantes, aun terminados en casa por la nona, cuestan entre 3.000 y 8.000 pesos.

"Todo lo que sea entretener y divertir a la gente es bueno, muy bueno", afirmó el asturiano Longinos Viejo, en su despacho del Hotel Madrid, en la avenida de Mayo al 1100, en donde recibió a Confirmado en su carácter de presidente de la Asociación de Amigos de esa arteria. "Ya le dije al intendente los otros días, que yo quiero alegrar al pueblo. Y él también estuvo de acuerdo."El Nilo es un cine de barrio colorido y tradicional: es el último refugio de las murgas para 1968. Enrique Barbaglia, de la firma comercial que administra la sala de San Juan y Boedo, en Buenos Aires, declaró: "El año pasado ya fue muy flojo, pero cómo vamos a dejar de traer murgas: ¿cómo vamos a romper la tradición? Por noche hacemos unos 100.000 pesos de recaudación a 300 pesos la platea. ¿Cuánto les pagamos a los murgueros?: Y, unos 10.000 pesos por conjunto. ¿Qué? ¿Le parece poco?", concluyó.
Este año, no. Juan José Piscitello se recostó en una de las sillas del gastado Café Unión, una parada de guapos célebres en la Isla Maciel y confesó por lo bajo, más bien avergonzado: "Anduvimos muy bien los años anteriores, pero ahora no salimos. No hay plata y contra eso, viejito, no hay nadie que pueda". Los que no salen son los créditos de la zona del Puente Avellaneda, la Como Salga Murga, la representación de los 10.000 habitantes de ese apéndice del Riachuelo. "Se necesita mucha plata para salir y, usted sabe, nosotros no vamos a corsos bacanes, vamos a corsos de gente humilde, visitamos orfelinatos, les llevamos golosinas a los pobres y a los internados. Además, todos nuestros integrantes son gente de trabajo, pero que ganan muy poco dinero. Encima debimos soportar muchos incendios en las villas vecinas".

Curdelas, pero no tanto

El año pasado cuando se cruzaron en el corso de aquel club de Saavedra, cada cual por su lado, integrando murgas rivales, sintieron que un nudo les traicionaba la garganta, que, curiosamente, sentían muchas ganas de llorar. Uno era el diariero Juan Carlos Brugorello (25 años, casado, cuatro hijos); el otro, su íntimo amigo, Ezequiel Juan Galeán. "Nosotros nos conocimos en una murga y ahora somos como hermanos, más que hermanos. Y los días de carnaval —reconoció Galeán— voy a trabajar sin dormir, pero qué me importa; si no salgo en la murga me tengo que encerrar en un ropero." Ahora, Brugorello y Galeán co-dirigen un conjunto de vieja historia, Los Curdelas de Saavedra, plagado de gente de color.

En el barrio de las latas

El club se llama Agrupación Juventud Oriente y a la entrada de esa casona de Olavarría al 700, a pocas cuadras del estadio de Boca Juniors, un cartelón escrito con tizas de colores informa: "Lunes, miércoles y viernes 21.30 horas: ensayo para la comparsa 1968." A partir de las nueve de la noche un aluvión de socios y socias promueve la gama de ruidos más infernales. Tanto que algunos vecinos prominentes, los integrantes del grupo teatral Caminito, han prometido denunciarlos a la policía si los bombos unidos siguen filtrándose como subversión en los esquicios de la pieza que actualmente representan, Angelito, el secuestrador. Mientras, un angustiante pinturón del hijo dilecto de la Boca, el pintor Quinquela Martín, pendía del salón principal: -era la colaboración del maestro en la ardua financiación del murgón. El presidente de la comisión de comparsa, Andrés Farro, recuerda sin esfuerzos: "Estábamos un día de 1952 en la puerta del café de la esquina. Era Año Nuevo: todos nosotros, con quince años menos, esperábamos con muchas esperanzas un año más. ¿Por qué no salimos en estos carnavales? Ese año las fiestas cayeron en el mes de febrero. Así nació esta murga, la Juventud Bar Oriente, y desde entonces han sido varios primeros premios los que conseguimos."

Pero, como ellos mismos reconocen, "la inflación nos mató". El último año que tuvieron pesitos para salir fue hacia 1960: volver a la calle, en 1968, les insume 1.000.000 de pesos. Músicos (bandoneonistas, acordeonistas, violinistas, trompetistas, bateristas, bombistas, etcétera), una carroza que representa la Ciudad Deportiva en miniatura, "y una troupe de humoristas muy familiares"; un coordinado equipo de adolescentes que bailan y portan extraños instrumentos (zambombas, martillos, chapiteros) harán lo posible por justificar un título demasiado ampuloso, tal vez: la murga más numerosa del carnaval de Buenos Aires. La más organizada y cara, también.

Este año las clásicas rumberas de las murgas serán, por fin, mujeres y no homosexuales como hasta ahora. Están cansados, claro, de las arduas, terribles peleas que los singulares maricas despertaban con sus provocaciones, con sus meticulosos disfraces de mujer. "Ahora ya no nos peleamos más", aseguró un integrante de la troupe de Paternal: "Banda rival que pasa, todos nos paramos y aplaudimos. Sí, señor, aplaudimos." En tanto, la compulsa es unánime: no menos de cinco agrupaciones de enloquecidos bailarines invirtieron sus últimos pesos, pergeñaron los trajes más encendidos y reservaron pasaje para pasar este carnaval en la provincia de Corrientes, la celebración más famosa del país. Cada uno de los once días tendrá para los conjuntos apetecibles recompensas: hasta 3.000.000 de pesos en premios para los de primera categoría.
REVISTA CONFIRMADO - NUMERO DE FEBRERO DE 1968
Fuente en internet:
http://www.magicasruinas.com.ar/revdesto032.htm
Aporte de Héctor Alvarez