jueves, 26 de agosto de 2010

El Carnaval Santafesino

Quizás una de las costumbres más antiguas de la humanidad haya sido el Carnaval; costumbre que ha perdurado a través de los siglos, y que aún continúa con toda su sugestión y magia.

Su origen se remonta a las antiguas fiestas de griegos y romanos en honor de sus dioses; festejos paganos en honor de Saturno o lujuriosas bacanales que enloquecieron a los pueblos de entonces, para convertirse más tarde en el auténtico Carnaval, establecido en la Edad Media, como rara antesala de la Cuaresma.

Desde entonces "la vida ha sido un carnaval", como dice algún tango. En América su culto se entronca con las ceremonias religiosas de quichuas y aimaráes en lo que hace a nuestro territorio, siendo así el Carnaval una fiesta de "neto sabor telúrico y profundo simbolismo", donde lo pagano se mezcla con lo trascendente en medio de un sonar de cajas, quenas o bombos y un desborde sin tregua de aloja y chicha, inspiradores báquicos del hombre del altiplano.

En nuestra vida independiente, a través de los españoles, la tradicional fiesta se prolongó en la sociedad criolla, pero con grandes intervalos y en forma e intensidad distintas según los pueblos o ciudades. En Buenos Aires, por ejemplo, el Carnaval tuvo un gran despliegue, especialmente en los barrios del sur: San Telmo, Monserrat y otros aledaños, donde la población de negros era muy numerosa. Luego cundió en el centro. Debido a sus excesos, en 1830, Tomás Guido ministro de Gobierno llamó a la reflexión a los habitantes de Buenos Aires para que controlaran o se abstuvieran de esa "cosa tan humillante como perniciosa". Y dentro de esta política, el Ilustre Restaurador de las Leyes, en 1844, luego de extensos considerandos, sobre la moral y demás extravíos de los hombres declara "abolido y prohibido para siempre el juego del Carnaval".

En la ciudad de Santa Fe, por aquellos años de don Juan Manuel, la popular fiesta pasó desapercibida, pero no fue prohibida del todo. Hay que tener en cuenta que durante los años de las luchas civiles el Carnaval, como otras fiestas populares, quedaron reducidas cuando no suprimidas, por las lógicas razones de toda guerra, donde no hay tiempo para el jolgorio.

Llegada la época de la Organización Nacional el dios Momo asoma recién su cabeza entre nosotros. Sobre estos carnavales del pasado siglo, en su parte final, han escrito muchos de nuestros historiadores, entre los que cabe mencionar a Floriano Zapata, Clementino Paredes, Jo-sé Pérez Martín, Mateo Booz y Agustín Zapata Gollán; sin olvidar a Lina Beck Bernard que, aunque extranjera, alude también al tema. De todos éstos, es indudable que es el Dr. Paredes quien nos proporciona más abundante material. También acudiremos a los relatos que nos hacía nuestro padre, testigo y protagonista de aquellos inolvidables carnavales.

En los primeros tiempos el corso santafesino se realizaba en las arenosas calles de nuestra ciudad; así también era la polvareda que hacían los carros, las comparsas y los jinetes disfrazados. Debido a eso, previo al corso, cada vecino "baldeaba" prolijamente el frente de su casa. El primitivo recorrido del corso era por calle Comercio (hoy, San Martín) desde la Plaza de Mayo hasta Tucumán; desde ahí se doblaba hacia el oeste, y se retornaba por calle San Jerónimo hasta 23 de Diciembre (hoy General López). Más tarde se prolongó hasta Humberto I, llegando así hasta el bulevar, ya en nuestro siglo.

Debido a la tradicional puja o rivalidad entre los del sur y los del norte, hubo un tiempo en que cada barriada tuvo su corso. El sureño llegaba, por calle Comercio, hasta Rosario; y cuadras más, los norteños hacían el suyo. Con el tiempo, limadas las asperezas, que no eran tales, los corsos se unificaron, y también los vecinos.

En cada Carnaval no había santafesino que no sacara a relucir sus pilchas o platería o adornara su vehículo a sangre de la mejor forma posible. Y así, coches de plaza, breackes, milores o landós, tirados por hermosos troncos, lucían orondos en las carnestolendas. En 1888 desfiló por las calles un carro, donde se levantaba un rancho de utilería, totalmente cubierto de nardos hasta el techo y tirado por seis caballos. En otra oportunidad dice el cronista se presentó un milord, tirado por tres yuntas de caballos, y uno plateado al frente, que lo manejaba Albino Crespo, solamente con las riendas. Don Albino, a quien tuvimos el gusto de conocer ya en su vejez, era en sus años mozos el azote del barrio, especialmente en los días de Carnaval. Sus bromas eran famosas y se le temía. Una vez, debido al chichoneo que le hicieron unos amigos suyos, cuando paseaba por el corso, a caballo, no tuvo mejor idea que enlazar a uno de ellos, y llevarlo así, entre paradas y tumbos, durante varias cuadras. En otra ocasión, el día llamado del "entierro del Carnaval", es decir, el último, cuando se quemaba el "Judas", un extraño y enorme muñeco, al que se lo llenaba de cohetes y bombas de estruendo, ceremonia a la que concurría todo Santa Fe (en el barrio sur), Albino Crespo, trepándose a hurtadillas por las barrancas de San Francisco, y faltando todavía dos horas para que empezara el festejo con los fuegos artificiales, se acercó subrepticiamente al muñeco custodiado por un viejo guardiacárcel y le prendió fuego. Demás está decir la indignación de los vecinos que, al llegar al lugar a la hora indicada, sólo pudieron contemplar las cenizas humeantes de Judas, junto a las carbonizadas cañitas voladoras y cohetes. Cuando la gente volvía esa noche apesadumbrada por la Plaza de Mayo, Albino el moderno Nerón reía a mandíbula suelta en lo de Merengo, junto a sus amigos.

Los coches que más llamaban la atención en los corsos de entonces eran los de Rodolfo Bruhl, Luciano Leiva, Néstor de Iriondo, Paulino Llambí Campbell, Luis Bruno, Ignacio C. Risso, Eugenio Alemán, Javier Silva, José Gálvez y José María Echagüe, entre otros.

Eran famosas en esa época las patotas, especialmente las que se formaban en la vereda del Bar Quo Vadis (San Martín entre Salta y Mendoza) y del Gambrinus (entre Mendoza y 1ra. Junta), o la que tenía su cuartel en el café de Aguirre y Bonechea, en calle San Martín y Moreno. Eran también temibles las establecidas en el almacén de D. Francisco Lafuente (San Martín y Gral. López); en la tienda de D. Sixto Sandaza (San Martín y Rosario); en la farmacia de D. Dalmiro Videla; en la tienda de D. Pedro Saldaña; en la tienda de D. Fernando Stagno, o en el almacén de D. Santiago Barros.

Al pobre infeliz que pasaba por allí, con aire de pajuerano o "candidato", le azotaban "un tremendo vejigazo en la espalda" o simplemente un cubo de agua en la cara amén de otras cosas más subidas de tono.

Los bailes del Carnaval fueron también célebres entre los santafesinos. El Club del Orden reunía a las viejas familias. Era un club de costumbres sencillas que gustaba de las reuniones sociales. El baile dedicado al rey Momo era infaltable. Es interesante la descripción de Paredes en una de esas noches: "Sus salones dice eran decorados artísticamente con flores naturales y guirnalda*. De sus techos pendían unas arañas de vidrio con caireles, cuya iluminación era toda a kerosene, y en sus mesas lucían candelabros de bronce con velas de estearina, que reemplazaban a las antiguas luces a base de aceite de potro".

Durante el baile la orquesta tocaba los consabidos valses, polcas, mazurcas, habaneras y cuadrillas, mientras las "mamás" de las niñas, sentadas alrededor del salón eran obsequiadas con vasos de agua con panales, chocolate con viscotela y masas de lo de Merengo y bizcochuelos de las Andino, y los señores, con cerveza marca "Caballo", refrescos y los clásicos sorbetes, preparados a base de jugo de uva, de limón o de naranja, con almíbar. (Estos bailes son alrededor de 1870).

En la octava de Carnaval se llevaba a cabo el "baile de la piñata", a la que se asistía con trajes de fantasía, pero sin disfraz. "Se colocaba en medio del salón y colgada del techo, una bolsa de seda que contenía exquisitas masas, alfeñiques y caramelos, y, pasada la medianoche las niñas abrían la bolsa y sacaban las confituras, obsequiando a sus respectivos novios".

También fueron renombrados los bailes que, a partir de 1894, comenzó a dar el club Gimnasia y Esgrima. Comenta el cronista que, al margen de su actividad social, este club respondía a la política de don Luciano Leiva, que aspiraba entonces a la Gobernación; agregando que en oposición, estaba el Club del Orden que respondía a los hombres del Partido Radical que sostenía la candidatura de D. Marcos Paz. Creemos que no había tal lucha. En ambas instituciones sociales, había adictos a los dos partidos.

En las casas de familia, se organizaban también hermosas tertulias festejando al Carnaval, como en lo de doña Escolástica J. de Suárez, doña Cirila Britos de Fogues, doña Petrona Seco, y otras vecinas del norte. En dichas reuniones no faltaba el arpa de D. Roque Lisondo, la guitarra de Benito Ortegoza o el violin de Martín Molina (a) "Mangana".

En cuanto a los bailes populares, no cabe duda que los de la Plaza de Mayo fueron los más renombrados durante años.

A la pista, levantada sobre la calle Gral. López, frente a la casa de don Simón de Iriondo, se la rodeaba con escaños de algarrobo para que el público se sentara a mirar el bailongo. Colgados de los árboles se movían los infaltables farolitos chinescos y alrededor una profusión de candilejas y faroles a kerosene. El baile, amenizado por la banda de Policía, comenzaba pasada la medianoche. Alternaba con la banda una orquesta compuesta de acordeones y guitarra; y así se bailaba hasta que las velas ardían. En los jardines de la plaza los vendedores ambulantes ofrecían sus mazacotes y panales, sus alfeñiques y rosquillas, su cerveza y sus refrescos con caña paraguaya.

No faltaban tampoco los que, haciendo "rancho aparte" organizaban sus bailongos en la plazoleta llamada Paseo de las Ondinas, ubicada frente al puerto viejo, en la intersección actual de calle Rivadavia y 1ra. Junta. Allí, criollos y marinantes se entreveraban con sus "damas" y con música o con algo parecido bailaban hasta la madrugada, en una pista la media o la poca luz conspiraban contra la moral y las buenas costumbres.

El teatro Argentino (ubicado en la actual calle Lisandro de la Torre entre San Martín y 25 de Mayo), propiedad de don Juan Manuel Reyes daba también buenos bailes. Una noche, como la función teatral no terminaba, pues la obra era larga, y de esta manera el baile no empezaba, un grupo, capitaneado por Albino Crespo, Sebastián Puig, Aurelio Sebastián Puccio y Agustin Aragón comenzó a tirar cascotes al escenario por la cual, tuvo que suspenderse la función y dar comienzo el baile.

Finalmente cabe mencionar a los bailes de máscaras que se organizaban en el teatro Politeama, de Juan y Luis Terroza ubicado en la esquina de San Jerónimo y 1ra. Junta (después, cine Doré). En estas reuniones sus asistentes, de común terminaban en la comisaría, por embriaguez o por riña (desde 1887 en adelante)

Las comparsas

Uno de los aspectos más pintorescos de los carnavales fueron las comparsas que, años tras años, desfilaron por las calles de Santa Fe, poniendo su cuota de buen humor y bullicio.

Quizás la primera que se conoce es la llamada Alegría, presidida por Nicolás Fontes e integrada, entre otros, por Bartolomé Aldao, Juan Arzeno, José Gálvez, Celestino Rosas, Francisco B. Clucellas y Leoonidas Anadón. En ese mismo año, nace también una comparsa titulada La Juventud, fundada por el coronel Ricardo Basso, dirigiendo la orquesta el maestro Vicente Geannot. Estaba integrada por Ricardo Aldao, Néstor de Iriondo, Alejandro Videla y Dalmiro Videla, Agustín Aragón, Sebastián Puig, y Filadelfio y Cayetano Echagüe, por citar algunos, ya que las listas son largas.

Durante varios años época de revoluciones y agitaciones políticas las comparsas no asisten a los corsos, pues se controla el orden y se teme el encuentro armado o el alboroto callejero, especialmente entre los integrantes del Partido la Conciliación, liderado por don Nicanor Oroño y en donde militaban Luciano Leiva, Estanislao López, Francisco, Ventura, Ygnacio y Demetrio Iturraspe, Ramón Candioti, Nicanor Molinas y don Ignacio Crespo, candidato a gobernador para las elecciones de 1878, y por supuesto centenares de ciudadanos más. En el banco opuesto se movían los hombres que respondían al Dr. Simón de Iriondo y que se agrupaban en el Club del Pueblo, máxima expresión del "autonomismo" en nuestra provincia.

Pasada la revolución de abril del ` 78, y calmados los ánimos, surge a fin de ese año la comparsa La Fraternal que trata unir aunque más no fuera en Carnaval a los bandos en pugna. Presidieron este grupo Francisco Clucellas y Juan G. Parma. Esta, como las otras comparsas eran la atracción central de los corsos, ya que medio Santa Fe participaba en ellas, unos, como músicos; otros, como poetas; los más, como máscaras; sin faltar los artistas que construían y decoraban los carros. Terminado el corso las comparsas recorrían las casas de gente amiga, entonando su repertorio, lo que obligaba a recibirlos y convidarlos ya sea con "agua fresca de aljibe con panales blancos, con licor de rosas o con una rica cerveza, importada de Alemania".

Los jóvenes santafesinos con veleidades poéticas escribían los versos para las comparsas, distinguiéndose entre ellos, Ramón Lassaga, Horacio Rodríguez, Luis Martínez Marcos y Genaro Doldán, por mencionar algunos. Y entre los músicos, compositores de hermosas habaneras, mazurcas, valses o himnos alusivos, se destacaban don Francisco Parreño, D. Gaspar Vicente Geannot, D. Alfredo Arija, Enrique Spreáfico y don Zelindo Palamedi.

En ese mismo año 1878 los "jóvenes del norte" formaron la comparsa La Marina, bajo la presidencia de Francisco Zuviría. En la orquesta, dirigida por el maestro Jose Andreotti, se destacaban Juan P. Beleno y Pascual Bruniard con sus violines.

En 1880 nace la comparsa Los Locos, precursores de los llamados más tarde "mamarrachos", pues vestían con ropas harapientas y sus instrumentos eran latas y tarros, con los cuales atormentaban a los vecinos. Cuando veían una puerta abierta, entraban a esa casa con ollas y sartenes, revolvían todo, cantaban desaforadamente, y se despedían, no sin antes dar unos buenos vejigazos a los moradores. Desde las azoteas los vecinos les contestaban con cascotes, huevos de gallinas, y a veces de avestruz, duraznos y otros objetos contundentes.

Entre la larga nómina de comparsas podemos citar a Los Negros, fundada en 1883 por don Pedro San Martín; a Los Monos, del mismo año, cuyos integrantes vestían imitando a los orangutanes; a Los Artesanos, dirigidos por Emilio Lamothe (1883); a Los Murmuradores, destacados en el "alacraneo" y la farra; v a la comparsa de Los Seis, formada por José María Iriondo, Conrado Porta (h) y Guillermo Cullen, los cuales, paseaban en el corso montados en tres burros; de ahí, los "seis".

También queremos recordar a La Juventud Santafesina, fundada por Enrique Gaydou, formada en su mayoría por estudiantes; a Los Guitarreros, cuyos componentes tenían que saber tocar la guitarra; a Los Luises (1892); Los Trece (1890); La Tuna (1892); Los Hijos de la Noche (1893); Marinos en Tierra (1893); Los Descamisados (1894); Los Invencibles (1896); Juventud Santafesina (1896); Los Artesanos del Sud (1896) y la comparsa de la Sociedad Recreativa Musical, titulada Obreros, cuyo objeto principal era presentarse todos los años en los corsos.

Entrado el siglo, aparece la comparsa Los Negros del Sur y más tarde la de Los Negros Santafesinos. Miguel Angel Correa (Mateo Booz) en el prefacio de su libro El Tropel, dedica estas palabras al Negro Arigós, tradicional presidente de esta comparsa que, sin lugar a dudas integra el cosmos mitológico de nuestra historia popular. "Ningún nombre como el suyo --le dice para decoro de un libro elaborado íntegramente --tapa y contenido con pensamiento y herramientas de Santa Fe de la Vera Cruz. He procurado en El Tropel el abigarramiento de sones y tonos que descubrí entre luces de talcos y espejuelos, a sus negros santafesinos. Sus negros desfilaban por las calles de la ciudad nativa, en un morado atardecer, bajo el pendón ilustrado con la gloria de innúmeros carnavales y el medallerío de triunfos insignes. Cabalgaba usted las piernas destartaladas-- un petiso peludo y macilento y lo circuía una cohorte de diablillos desbaratados por los danzones salvajes. Y la comparsa, al ritmo de guitarras, masacallas y candombes, coreaba sus loas de homenaje al viejo paladín, erguido en la silla con el empaque orgulloso y taciturno de un monarca etíope".

A pesar de pertenecer a la pequeña historia, nuestro carnaval tuvo un no sé qué que todavía perdura y nos atrapa. Es que esa diminuta sociedad santafesina, ingenua y pacata tuvo sus encantos, difíciles de olvidar. Cómo echar al olvido aquellos corps bulliciosos aunque bullangueros, con sus guirnaldas de flores y sus faroles a kerosene; esos carromatos plenos de colorinches, esos bailes de la high society o los de "a media luz" en la plazoleta de las Ondinas; esas tremendas batallas de agua a puro vejigazo; esos Judas quemados, presidiendo la ceremonia del "entierro del Carnaval", con sus panzas plenas de cohetería esas orquestas de la legua musicalizando el aire y la noche con sus violines y sus flautas; esos tranvías a caballo, coronados de máscaras, que no pagaban el boleto; esos aguateros llevando en sus carritos de dos ruedas agua del Quillá para venderla a las patotas (a dos reales el barril); aquellas criollas vendiendo sus pasteles y sus panales; esos viejos mateos arrastrándose penosamente por el arenal: los fuegos artificiales, los farolitos chinescos, los saltimbanquis y cachidiablos, y toda esa runfla vocinglera y policroma que convertían como por arte de magia a una pequeña ciudad de provincia en una urbe feérica y alucinante. Milagro que sólo duraba tres días, los que marca el almanaque; porque después, después que pasaba el fugaz momento, la ciudad y sus seres volvían a lo de siempre, a esa fatiga de recorrer los mismos sitios, casi sin objetivos, con un destino aparente, como si la vida terminara todos los días al final de la calle. Sólo quedaba al pobre vecino el consuelo de saber que después de 365 días más volvería a renacer de nuevo la ciudad.

José Rafael López Rosas


Cfr. Coluccio Félix. "Fiestas populares y tradicionales de la República Argentina" (Bs. Aires, 1972).
Paredes Clementino. "Los carnavales de la vieja Santa Fe", (S. Fe, 1940).
Pérez Martín José. "Latitud sur 31°" (S. Fe, 1975).
Zapata Gollán A. "El Carnaval en Santa Fe" (1966).

Fuente:
http://www.patrimoniosf.gov.ar/ver/0-502/

miércoles, 14 de julio de 2010

Contribución de Enrique Molina

Me permito aportar algunos datos para entender los motivos que impulsan a Juan Manuel de Rosas a prohibir el carnaval. A continuación, extractos de: Kartun, Mauricio – Escritos 1975-2005 – Primera Edición – Buenos Aires, Colihue, 2006. (Colección Colihue Teatro dirigida por Jorge Adrián Dubatti)

“Con Rosas en el gobierno surgen arrasadoras las corrientes culturales del gaucho y del negro… El Restaurador empuja una política en la que el negro y el gaucho juegan un papel predominante”


“La copla del carnaval se tiñe de rojo punzó: “El es negro bosalona/ pelo neglo fedelá/ y agradecido a la patlia/ que le dio la libertá./ Esi neglo cada noche/ sueña con Don Juan Manuel/ y luego de mañanita/ ota vesi hablando de él” (G. A. Terrera: Cantos tradicionales argentinos)”

“El 22 de febrero de 1844 Rosas prohíbe por decreto el carnaval: once navíos franceses e ingleses penetran el Paraná, tratando de abrirse paso hacia el norte, Obligado ya es una amenaza que pesa sobre los federales.”

La medida responde a una necesidad de limitar el accionar de los unitarios aliados de la escuadra anglo-francesa, que bloquea el puerto de Buenos Aires, y que aprovechando la fiesta popular multitudinaria pudieran producir actos de violencia interna que favorecieran la agresión imperial.

miércoles, 31 de marzo de 2010

miremos otro aspecto

aca les comparto algo que escribi hace mucho y que sigo escribiendo que es una forma de seguir pensando..es algo sobre el cuerpo..porque convengamos que en el carnaval es el cuerpo el protagonista....
luego me gustaria conocer que les a parecido...cariños ..latorda

"A veces el cuerpo se nos presenta implacable ante nosotros y nos pide respuestas. Ese cuerpo que nos permite ser, a la vez nos urge con sus necesidades.
No siempre podemos responder a lo que él desea.
A veces, actuamos como si la dimensión corporal fuera ajena a nosotros mismos. Es el momento en que nuestra mente, nuestra psiquis domina el ámbito de lo corpóreo y dirige los deseos. Este momento puede ser alternante, efímero, medido o continuo. Nuestro cuerpo entonces aprenderá a subordinarse automáticamente, o podrá encontrar escapes a través de actos de rebeldía o elegirá la opción de aparente adecuación, soportando la tensión del no poder manifestarse.
Pero es él, quien dice qué somos.
Y sin embargo, se es a partir de su dominación, por lo menos en esta sociedad en la me encuentro.
Tal vez en este proceso de adecuación de lo corporal a lo aceptado por nuestro entorno, radique la posibilidad de vivir en plenitud o a medias.
El manejo entre lo que nuestro cuerpo nos pide y lo que nosotros definimos como posible, filtrado por lo aprendido, lo exigido por nuestro medio y lo aceptado como conducta para nosotros mismos es complejo.
¿Lo fue siempre? ¿Lo es para todos?
¿Cada modelo cultural propone una relación mente cuerpo particular?
Muchas veces la forma de expresar lo que sentimos o necesitamos a través de lo gestual corporal, califica a esa persona y la ubica en diferentes status, prefijado por otros, pero que pone en evidencia lo esperable vs. lo no permitido.
Una carcajada a destajo, un tono de voz alto o sumamente bajo, la forma de balancear los brazos al caminar, la forma de cruzar o no las piernas al sentarnos, la forma de estornudar o de bostezar, es decir todo aquello que manifiesta lo que nos pasa y como nos pasa, está determinado por un modo y un tiempo que nos definirá como correctos o incorrectos.
Si salimos de lo gestual puramente postural, y tratamos de adentrarnos en otras instancias del cuerpo, también encontraremos situaciones similares y no deja de ser llamativo como el grado de disfrute de comer por ejemplo o de reaccionar frente a una película muchas veces se acota según los límites que le imponemos a nuestra posibilidad de expresarnos.
El comer con las manos parecería como mas disfrutable que comer con los cubiertos, reír o llorar a destajos, abiertamente, sin vergüenza aparece como más intenso que contenerse y moderar la respuesta. Sin embargo no siempre o no todos se animan a hacerlo.
El cuerpo limitado, domesticado, acotado parecería sinónimo de refinación y de sectores inteligentes, sin embargo nos condena a vivir a medias. ¿Es eso inteligente?
Esta dicotomía nos pone frente a una falacia: elegir entre educación o pasión.
Esta falsa opción, ubica a las personas en veredas opuestas y nos muestra como diferentes.
Esta brecha calificatoria condiciona nuestro accionar, y en un intento por ser aceptado en algunos ambientes nos exigen que subordinemos lo corporal a los códigos establecidos en esos círculos.
El soltar el cuerpo aparece como temido.
Un hombre o una mujer que es capaz de bailar desenfrenadamente, soltarse el pelo, descalzarse, sacarse la corbata o desabrocharse atrevidamente una blusa, asustan.
Asustan.
Asustan, porque si pueden hacer eso con el cuerpo, cuantas cosas más podrían hacer con sus pensamientos, sus sentimientos, su obrar.
La dimensión cuerpo, concreta, palpable, presagia entonces una manera de ser, una determinada forma de pensar, un anticipo del obrar.
Las personas en un intento de salvarse dentro la sociedad en que viven, aprenden desde muy pequeños a mostrar aquello que saben que les procura tierra segura para su andar en el medio, señalado para ellos.
Al ir creciendo, la vida, el destino, los ubica frente a diferentes opciones, y en cada decisión podrían modificar lo aprendido y ofrecido, sin embargo esto a veces presupone renunciar a los privilegios que vienen acoplados a esta programación familiar y social. Por lo que inician el proceso de olvido. Y se sienten seguros aceptando la propuesta.
Otros deciden mantener lo corporal a modo de máscara que tranquiliza, mientras la mente: las ideas, las convicciones, los valores inician un viraje hacia otros territorios. El corazón, con sus opciones se suma a este proceso y de a poco los individuos van sintiendo como el cuerpo ajusta, oprime, limita. Y se ponen en marcha diversos mecanismos para ayudar al cuerpo a acotarse. Pese al grito interior de liberación.
Son pocos los que realizan el verdadero salto, aflojando el cuerpo y permitiendo que se exprese fielmente el interior, disfrutando de las emociones sin barreras, permitiendo escucharlo, siendo capaces de
Arriesgarnos a sensaciones corporales diferentes…. Parecería que el ser respetable, en esta cultura, trae como añadidura que el cuerpo no esté en juego.
Las personas avanzan más fácilmente en el campo de las ideas….en el campo de la dialéctica….y hasta en algunas formas de darse a conocer….con opiniones jóvenes, actualizadas, impertinentes, inesperadas, provocativas, que hasta descolocan a los interlocutores, y presuponen cierta decisión de promover la libertad interior, de permitirse cuestionar a los propios principios, de fractura con lo establecido, de avanzar hacia territorios alternativos, de internarse con lo diferente, con lo marginal, con lo excluido.
Sin embargo, son pocos los que se animan al salto más importante. Ese que permite no decir con lenguaje escrito u oral, sino con el corporal. Ese lenguaje que naturalmente comunica el murguero/a, ese lenguaje temido, ese que sorprende y hasta algunos asusta. Esa manera desenfrenada de decir acá estoy.
La sociedad dominante recompensa a los cuerpos neutros. Y aborrece los que son liberados por eso de alguna manera establece mecanismos para contribuir a evitar el desborde.
No opera sobre lo que se siente: sabe que existen las turbulencias pero espera que se reacomoden permitiendo solo sensaciones de sereno placer. En la sabiduría del opresor, se sabe que el cuerpo que “dice” y por eso debe ser acotado.
La murga subvierte también esta dimensión y no es tolerable ese desenfreno expresado en disfraces, gestos, baile, risas, burlas, sudor, olor, que porta lo murgueril.
Y asimismo, todos los y las murgueras, conscientes o no de esto, apasionadamente disfrutan de esa sensación incomparable que es sentir el propio cuerpo libre, permitiéndole que se diga a si mismo."
Del Libro : Mueva!!!- Maria Graciela Zavala

jueves, 25 de marzo de 2010

Contribución de Alfredo Armando Aguirre

Historia del Carnaval bonaerense
Por Martín A. Cagliani
Artículo publicado en la revista Circulo de la Historia, Nº 47, febrero 2000

“Se acercan los días consagrados a esa brutal diversión. Legado de nuestros opresores.” Así comenzaba “Un porteño”, como dio en llamarse, una nota que publicara en un periódico de 1833. Como bien dice nuestro antepasado protestón, en los siglos pasados el carnaval se festejaba con una violencia increíble. Fue cambiando, poco a poco, a través de los años, influenciado por el también lento cambio cultural de nuestra sociedad. El carnaval fue legado por los españoles, con ellos llegaron a nuestras tierras estos festejos de antigua data en al continente europeo.

El carnaval que se festeja en nuestras tierras se ve originado como una fiesta cristiana, o por lo menos en un ámbito cristiano, ya que el carnaval son los tres días anteriores (sábado, domingo y lunes) al miércoles de ceniza, que es cuando comienza la Cuaresma. La cuaresma es un período de ayuno observado por los cristianos como preparación para la Pascua. Por todo esto, los tres días de carnestolendas o carnaval, eran festejados a pleno, porque luego vendría un período de ayuno completo, o sea, de fiestas también.

Como bien dice una antropóloga “el carnaval aparece como un absurdo; encarna la sublimación del ocio. El sinsentido del hacer para despilfarrar.” En esta fiesta, el disfraz propone la confusión de los lugares sociales y hasta la de los sexos, esclavos disfrazados de señores y al revés, humanos disfrazados de animales, hombres transformados en mujer, etc. Por esta suspensión de lo establecido se lo tildó muchas veces de subversivo. Pero es también un tiempo de sueño, se encarna el papel que se quiere ser, solo por tres días.

Nuestro carnaval ha adquirido muchas formas a lo largo de sus cientos de años de vida, pero la costumbre que siempre reino, y lo sigue haciendo, es la de arrojarse agua. El abuso de esta costumbre fue la causante de las distintas prohibiciones que se le impusieron a esta divertida fiesta. Nadie quedaba fuera del carnaval, todos se divertían en esos tres días en los cuales la ciudad parecía un campo de batalla; ricos, pobres, blancos, negros, desconocidos, conocidos, todos participaban. El mismo Domingo F. Sarmiento era un gran adepto al carnaval y no se molestaba en los mas mínimo si le arrojaban agua cuando era presidente.

Como se dijo, la costumbre de mojarse uno a otro en carnaval, la trajeron los españoles, a pesar que en España el carnaval cae en invierno. Ya desde el siglo XVIII los bonaerenses se mojaban los unos a los otros. En 1771 el Gobernador de Buenos Aires Juan José Vertíz implantó los bailes de carnaval en locales cerrados. Se oficializaban los bailes, a efectos de atenuar las inmorales manifestaciones callejeras de los negros, que habían sido prohibidas el año anterior. Por esa misma época, un grupo de gente descontenta con los bailes justo antes de la cuaresma, y según decían por los excesos que ocurrían en ellos, llevaron su descontento ante el mismísimo rey de España. El rey envió de inmediato dos órdenes a Vértiz, el 7 y 14 de enero de 1773, por las cuales prohibía los bailes y le encargaba que arreglase las escandalosas costumbres en que había caído la ciudad. Vértiz, no se quedó callado, le protesto al rey diciendo que como se bailaba en España, también se lo podía hacer en Buenos Aires. Pero el rey Carlos III promulgó una ley el 16 de diciembre de 1774, en la cual prohibía los bailes de carnaval, alegando que él nunca los había autorizado en las Indias. Como ustedes se imaginaran no se respetó la prohibición, tanto que los festejos degeneraron y ya en la época del virreinato, el virrey Cevallos se vio obligado a prohibir los festejos de carnaval. “…conviniendo remediar este desorden con el presente prohibo los dichos juegos de Carnestolendas…”, decía el bando del virrey, y sigue “… ha tomado en pocos años a esta parte tal incremento en esta ciudad [...] en ellos se apura la grosería de echarse agua y afrecho (salvado), y aun muchas inmundicias, unos a otros, sin distinción de estados ni sexos…”. Seguía diciendo que la gente, se metía en las casas y reventaban huevos por todos lados, hasta robaban y rompían los muebles.

Los excesos no disminuían, y si lo hacían era por poco tiempo. El 13 de febrero de 1795 el virrey Arredondo promulgó el bando acostumbrado prohibiendo “los juegos con agua, harina, huevos y otras cosas”.

En los años siguientes a la Revolución de Mayo, se volvió muy común entre la población, en especial entre las mujeres, la costumbre de jugar en forma intensa con agua. Para ello utilizaban todo tipo de recipiente, desde el modesto jarro, hasta los huevos vaciados y rellenos de agua con olor a rosa, pasando por baldes, jeringas, etc. Los huevos eran vaciados y llenos con agua, pero no siempre con agua aromatizada, a veces solo se tiraban huevos podridos. Entre la gente acomodada se usaba, comprar los huevos de ñandú, rellenos de agua con olor a flores, como hoy se venden las bombitas los huevos se vendían en las esquinas. Las azoteas de las casas se convertían en verdaderos campos de batalla acuáticos, y mas de un transeúnte se ligó una fresca catarata de agua. La batalla por una azotea entre hombres y mujeres, todos jóvenes, era divertidísima y terminaba con la inmersión de los perdedores en una tina o bañadera.

Esta costumbre de mojarse solo se utilizaba en la ciudad, no se había generalizado todavía en la campaña ni en las ciudades aledañas a la capital virreinal. En la campaña solían festejar de forma muy ruda, grupos de jinetes se chocaban entres si con mucha fuerza, quedando muchos heridos.

Un escritor inglés dice para 1820: “Llegado el carnaval se pone en uso una desagradable costumbre: en vez de música, disfraces y bailes, la gente se divierte arrojándose baldes de agua desde los balcones y ventanas a los transeúntes, y persiguiéndose unos a otros de casa en casa.” Y sigue “Los diarios y la policía han tratado de reprimir estos excesos sin obtener éxito.”

En las calles eran más encarnizadas las luchas con agua, ya que en ellas intervenían los esclavos, que mojaban a todo el mundo, se daban pequeñas venganzas, y más de uno no se la aguantaba pasando a las manos, que muchas veces terminaba con heridos o algún muerto. Por eso cada comienzo de carnaval se dictaban medidas preventivas, que nunca funcionaban porque los policías también jugaban al carnaval y los que estaban de servicio preferían alejarse de los lugares de lucha, para no ligarla ellos también.

El carnaval de 1827 fue mucho más tranquilo y los juegos con agua casi ni se vieron, las continuas quejas de años anteriores habían hecho efecto, aunque mas que nada se debió a la determinación de la policía de conservar el orden, algo que nuca había ocurrido. Pero esta moderación solo duro dos años, ya en 1829 vuelve la violencia. Dice un periódico: “Hemos oído asegurar que no han faltado brazos ni piernas rotas, ojos sacados, pistoletazos, etc.”. Esto porque otra vez los policías eran los primeros en jugar. Los juegos con agua siguieron, no siempre violentos.

En los tiempos de Juan Manuel de Rosas, el carnaval era esperado con mucho entusiasmo, en especial por la gente de color, protegidos de Rosas.

Para el carnaval de 1836 se permitieron las máscaras y comparsas, siempre y cuando gestionasen anticipadamente una autorización de la policía. Para esta época el carnaval estaba ya muy reglamentado para prevenir desmanes. Solo se permitía el juego en los tres días propiamente dichos de carnaval, y el horario era anunciado desde la Fortaleza (actual Casa Rosada) con tres cañonazos al comienzo, 12 del mediodía, y otros tres para finalizar los juegos, al toque de oración (seis de la tarde). También se tiraban cohetes, para los cuales había que tener permiso de la policía.

Para los juegos en esta época, se movilizaban carros con tinas de agua, jarros, jeringas, huevos de ñandú, también se usaban vejigas llenas de aire, con las cuales se golpeaba a los transeúntes. Estos juegos generaban verdaderas batallas campales. Luego del cese, de los juegos con agua, continuaban los festejos con reuniones particulares, que a veces terminaban a la madrugada.

Las costumbres del carnaval, en época de Rosas, fueron cayendo en excesos, llegando hasta el máximo desbordamiento. La gente se divertía muchisimo, no había ni clase ni estrato social que no jugara al agua en carnaval. Pero como en todo estaban los exagerados, que llegaban a las manos, y muchas veces ocurrían desgracias. También estaban los que no disfrutaban de estos juegos y no dejaban de quejarse por medio de revistas y periódicos. Muchos de estos últimos se iban de la ciudad por esos tres días de carnaval. Los excesos, ¿cuáles eran los excesos?, se preguntaran. Estaban los que aprovechaban para entrar en las casas y robar, los que se aprovechaban de las mujeres que jugaban al carnaval, manoseándolas, rompiendo sus ropas y hasta violando. También se catalogaban como excesos algunos que ahora son muy comunes en carnavales como los de Río de Janeiro o Gualeguaychú: “Las negras, muchas de ellas jóvenes y esbeltas, luciendo las desnudeces de sus carnes bien nutridas…”, decía José M. Ramos Mejía de esa época.

Por esta época los festejos de carnaval se habían extendido a todas las ciudades del actual Gran Buenos Aires. Los juegos con agua predominaban, pero también había bailes. Estos eran muy importantes, comenzaron en domicilios particulares, a principios de este siglo (s. XX) tomaron la posta los clubes de barrio.

Pero siguiendo con los “carnavales de Rosas”, los grandes protagonistas y protegidos de Rosas, eran los morenos. Los negros se dividían en “naciones”, y se juntaban en “tambos” a danzar al ritmo de sus candombes. El mismo Rosas concurría a los “huecos” donde los morenos festejaban. Por nombrar una, en 1838 acudió a la fiesta realizada por la “nación” “Congo Augunga”, en la esquina de las actuales San Juan y Santiago del Estero, acompañado de su esposa Encarnación y su hija Manuelita.

Una costumbre en esta época era la llamada “día del entierro”. Los vecinos de cada barrio colgaban en algún lugar un muñeco de paja, al que llamaban Judas, que luego era quemado, en medio de una fiesta general.

Pero no todo era diversión, los desmanes y las escenas “poco decorosas” aumentaron llegando a ser “repulsivas”. Rosas decidió cortar por lo sano y prohibió todo festejo de carnaval el 22 de febrero de 1844. La prohibición se extendió también a todas las ciudades del actual Gran Buenos Aires.

Las celebraciones se reanudaron recién en 1854, con Rosas fuera del poder. Pero el carnaval volvió muy reglamentado, se realizaban bailes públicos en diversos lugares, previo permiso de la policía. Había mucha vigilancia policial para prevenir los desmanes de las décadas anteriores.

En los años siguientes comenzaron a predominar las comparsas. Todo reglamentado, las comparsas tenían que estar anotadas, así como sus miembros, en la policía; también las personas que usaban caretas tenían que pedir un permiso y llevarlo encima por si un policía lo requería.

El primer corso se efectuó en 1869, participando en él mascaras y comparsas. Fue muy festejado por el pueblo y la prensa. Al año siguiente, una disposición policial permitió el desfile de carruajes en los corsos. Al principio, los corsos se llevaban a cabo en las calles Rivadavia, Victoria y Florida, con el tiempo se extendieron a diversas calles y barrios. Eran muy alegres y vistosos, el lujo de los disfraces y adornos fue creciendo con cada nuevo carnaval. Cada corso contaba con una comisión organizadora, los familiares de los miembros e invitados especiales se ubicaban en los balcones de la casa que servía de sede, y frente a esta se detenían las comparsas y mascaras para interpretar sus canciones y sus músicas.

Como es de esperarse, la costumbre de jugar con agua no había desaparecido, todavía sigue. Se utilizaban huevos y jeringas como antes, mas la incorporación de los pomos.

Cobraron auge los “centros”, sociedades organizadas especialmente para desfilar en los corsos. Predominaban los de los negros desfilando al son de sus candombes. A veces al enfrentarse dos comparsas de negros se iniciaban las “tapadas”, un contrapunto de todos los instrumentos que no terminaba hasta dejar en claro la supremacía de una de las comparsas, podían durar varias horas. Mas de una ves los vencidos apelaban a los golpes para expresar su descontento. Pero estos “centros” también estaban integrados por “gente de bien”, el mas conocido era la sociedad “Los Negros”. Esta estaba integrada por jóvenes intelectuales de la alta sociedad. Vestían un uniforme militar húngaro. Las letras de sus canciones eran sobre la relación de los negros y los blancos, ellos eran, supuestamente, esclavos. Bastardeaban las costumbres de los negros con sus canciones. Las comparsas tenían canciones con unas letras muy interesantes. Las había con contenido gracioso, crítica política, crítica social, de todo un poco.

Lo normal en estos años era que la gente jugaba con agua durante el día, veían los corsos, que comenzaban tipo cinco y media o seis de la tarde, y luego acudían a los bailes públicos o particulares, que comenzaban entre las 9 y 11 de la noche y terminaban de madrugada. Decía una crónica de 1872: “En los teatros, las puertas se abrirán mañana, el lunes 12 y el martes 13, a las 11 de la noche, y se cerrarán a las 4 de la madrugada. Los “tranways” estarán en funcionamiento toda la noche. En los teatros, los palcos costarán alrededor de 200 pesos y la entrada 100. En el Teatro de la Alegría los precios serán más módicos para los bailes de máscaras: 60 pesos los palcos y 25 la entrada para hombres. Las damas entrarán gratis. ¿No habrá algún disfrazado que se haga pasar por mujer?”. Este año de 1872, los juegos con agua fueron prohibidos por la policía, solo se permitían los disfraces y las comparsas.

Estas últimas se solían juntar en las plazas, la gente se apiñaba en ellas a fin de escuchar su música y sus canciones. Al mismo tiempo en estos lugares se libraban combates con bombas, pomos y huevos.

Los corsos de fines del siglo XIX estaban integrados por comparsas, “centros” y orfeones. Los centros eran sociedades que se juntaban durante todo el año a cantar en diferentes fiestas, principalmente en carnaval. Las comparsas estaban integradas por músicos y cantantes, que se reunían para carnaval. Los orfeones se caracterizaban por su muy buena vestimenta, estaban integrados por músicos de gran categoría, muy buenos coros y grandes orquestas y bandas. Los corsos eran financiados mediante colectas y donaciones, ya que las autoridades no contribuían con dinero. Los corsos comenzaban usualmente a las cinco y media o seis de la tarde, y finalizaban con una fiesta de la ceniza. En esta la gente se arrojaba harina y ceniza, eran luchas violentas, que más de una vez terminaba con incidentes lamentables, pero por lo general se jugaba con mucho divertimento.

Las nuevas armas para los juegos con agua, eran los famosos pomos Cradwell, que se vendían en la farmacia Cradwell de la calle San Martín y Rivadavia, y los llamados de “bellas Artes”. Estos arrojaban agua perfumada. Todo esto a pesar de la ordenanza que prohibía arrojar agua en los días de carnaval. También se arrojaban serpentinas y “confettis”. En San Isidro se vendían los pomos de plomo en la librería de Valentín Dosso o la de Plinio Spinelli, donde también se ofrecían caretas, serpentinas y papel picado.

A fines del siglo XIX y primeras décadas de 1900 los corsos sobraban y alcanzaron su máxima popularidad. Los había en casi todas las calles principales de Buenos Aires. También en las ciudades aledañas. Predominaban en el Centro, pero los había en Flores, en Belgrano, Barracas, La Boca, Parque Patricios. También en el resto del Gran Buenos Aires. Uno muy importante era el de San Fernando, y se destacaban los de Adrogué, Lomas de Zamora, Avellaneda, Morón y San Isidro, este ultimo corso se llevaba a cabo en las calles Cosme Beccar, Belgrano, 9 de julio, 25 de mayo, hasta Primera Junta.

En estos tiempos estaba prohibido jugar con agua, solo se podía arrojar “papel cortado, flores, serpentinas y laminillas de mica”. Esto no quiere decir que no se jugara con agua, se siguió haciendo a pesar de todas las prohibiciones, pero por lo menos con menos violencia. Se solía dejar caer bolas de papel mojadas desde los balcones o azoteas sobre la gente, a veces sujetas con hilo para volver a utilizarla.

Grandes grupos de máscaras llevaban la alegría a la gente por todos lados. Se disfrazaban pintorescamente, se podía ver a la princesa, los príncipes y condes y al gracioso y simpático “oso Carolina”, el cual realizaba piruetas. Los carruajes eran siempre lujosos, pero la gente esperaba con ansia la llegada de las sociedades corales y musicales. También estaban los “clowns” o payasos, que ejecutaban difíciles pruebas gimnásticas. Luego surgieron los grupos de máscaras caricaturescas que divertían con sus números y vestimenta graciosa.

Y por estos años comenzaron a tener importancia los bailes. Se realizaban a continuación de los corsos en teatros, instituciones sociales, hoteles y residencias particulares. Por lo general eran de disfraces, y se bailaban polcas, valses, etc. Algunos de los teatros hasta tenían un servicio mediante el cual los concurrentes podían cambiar de disfraz cuantas veces quisiesen. Uno de los más famosos lugares de baile fue el “Club del Progreso”, fundado en 1852. Era un triunfo social poder participar de sus bailes, ya que había una rigurosa selección de invitados. Fuera de la Capital los mas conocidos eran los del “Tigre Hotel” los del “Hotel de San Isidro”, también en la ultima localidad eran famosos los bailes de Francisco Bustamante, o las suntuosas veladas que organizaba Alfredo Demarchi en su palacio de San Fernando, los de Morón, Lomas de Zamora y, los del hotel Las Delicias en Adrogué. También estaban los bailes del Club de Flores, los del hotel “Carapachay” de San Fernando. Otros bailes famosos eran los organizados por una comisión de vecinos en los salones de la Municipalidad al finalizar el corso de la calle Corrientes. En casi todos los clubes barriales había bailes en carnaval, tanto en la Capital como en el Gran Buenos Aires.

Con el paso de los años se fue viendo que la gente de sociedad no compartía como antes estas fiestas populares, solo acudían a los bailes o se exhibían en los carruajes durante los corsos más importantes. Ya no se daba la camaradería que imperase en el siglo anterior, en que los niños salían con los grandes, los negros con los blancos, ricos con pobres todos jugaban y festejaban juntos.

El carnaval fue perdiendo encanto, había muchas patotas y gente pasada de copas que acudía a los corsos, siempre armándose peleas. Muchas familias dejaron de ir a los corsos mas populares. En 1909 se suspendieron los corsos por los continuos incidentes que se producían en ellos.

Por estos años se daban los bailes de los conventillos, que eran legión en Buenos Aires, muchas veces terminando a tiros o puñaladas, pero la mayoría de ellas festejados con mucha alegría y camaradería.

A partir de 1915 muchas de las famosas comparsas fueron desapareciendo. Fueron siendo remplazadas por las murgas. Estas en principio estaban integradas por jóvenes de 20 o menos años. Sus cantos eran simples e ingenuos, y sus letras “atrevidas”. Los corsos perdían brillo, se poblaban de chatas, carros y carritos de lechero, adornados con flores artificiales, farolitos chinescos y tiras de papel barrilete de distintos colores. Ya no primaba la elegancia de tiempos pasados. Eran tiempos difíciles y se notaba en los festejos del carnaval. Los desfiles fueron siendo relegados por los bailes en gran escala que organizaban diferentes instituciones sociales. En 1921 resultaron fabulosos los del Club de Flores, el realizado por el Círculo de la Prensa en el teatro Coliseo y las veladas en el Tigre Hotel. Las mujeres iban vestidas con disfraces y los hombres con smoking. Esto para las clases altas, para los demás seguían existiendo los bailes en los clubes sociales y en residencias particulares. En todos se realizaban concursos y se premiaba al mejor bailarín y al mejor disfraz.

En la década del 20 eran muy pocos los corsos que seguían existiendo, y menos aun los que seguían siendo alegres y divertidos.

Como se dijo, con la declinación de las comparsas aparecen y proliferan las murgas. Las murgas apelan de modo desafiante al grotesco. Las comparsas en cambio tenían influencias europeas y eran bandas de músicos con alto dominio técnico y muchos coros e instrumentos. Las murgas también son el resultado de la mezcla de tradiciones que se dio con la gran inmigración. Antes las agrupaciones carnavalescas se fundaron en fuertes lazos étnicos, de clase y amistad. Con el tiempo se fueron organizando a partir del encuentro e intercambio vecinal de los barrios.

Las murgas representaban a estos centros sociales, y fueron relegando a las grandes comparsas. No tenían ni tenores ni bandas sinfónicas, pero eran y son muy divertidas.

Los carnavales fueron mantenidos como fiesta pública por entidades que se organizaron en función de lazos de vecindad y territorio, que es la forma que todavía se encuentra en nuestros días. Desaparecieron los corsos, pero todavía se festeja. Y obviamente los juegos con agua nunca desaparecieron por más prohibiciones que les implantaron.



Bibliografía relevante

Alonzo Piñeiro, Armando. “La historia argentina que muchos argentinos no conocen”.
Caro Baroja, Julio. “El carnaval”.
Crónicas de San Isidro. Nº 6, febrero de 1972. “El carnaval de antaño”.
Lozier Almazán, Bernardo P. “Carnavales de antaño”, Carta Abierta, 5 de febrero de 1994.
Martín, Alicia. “Fiesta en la calle”
Prestigiacomo, R. y Uccello, F. “La pequeña aldea”
Puccia, Enrique H. “Breve historia del carnaval porteño”.
Un Ingles. “Cinco años en Buenos Aires, 1820-1825″
Verdevoye, Paul. “Costumbres y costumbrismo en la prensa argentina”.

Copyright©2000
Fuentes:
http://www.agendadereflexion.com.ar/2010/02/15/601-historia-del-carnaval-bonaerense/
www.geocities.com/CapeCanaveral/Hangar/7892/

martes, 16 de febrero de 2010

Un proyecto para recuperar los feriados
Por Adrián Pérez

Alicia Martín es docente del Departamento de Ciencias Antropológicas de la UBA e investigadora del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (Inapl). Allí desarrolla una línea de investigación sobre Culturas Populares y Folklore y se especializa en fiestas populares. En 1986 comenzó a estudiar las murgas porteñas como fenómeno surgido desde la organización barrial y territorial. En diálogo con Página/12, reconoce que, no bien comenzó a trabajar, lo primero que encontró fue que existía “un gran desconocimiento sobre las murgas” y, como consecuencia de ello, “el vacío conceptual se trasladaba también a muchos de los vecinos y habitantes de la ciudad”.
“En ese momento había muy pocas agrupaciones de carnaval activas y el país venía de una dictadura muy feroz que había censurado la expresividad popular, clausurando los espacios públicos –recuerda–. Así que los murgueros de aquella época fueron auténticos sobrevivientes.” En 1770, la alegría del Carnaval quiso apagarse, por primera vez, cuando Juan José de Vértiz y Salcedo –quien desempeñaba funciones como virrey del Río de La Plata– amenazó con doscientos latigazos a “quien ejecutara bailes y toques de tambor” y se restringieron los bailes a lugares cerrados para evitar “escándalos callejeros”, para disciplinar los cuerpos, vigilar y castigar. Durante el siglo pasado y con la usurpación del Estado de derecho, la dictadura militar argentina eliminó el Carnaval del calendario de feriados mediante el decreto 21329/76.
La investigadora del Inapl recuerda que, en junio de 1976, “(José Alfredo) Martínez de Hoz estaba al frente del Ministerio de Economía aplicando a rajatabla el proyecto de la dictadura: ajustar la disciplina laboral lo máximo posible. Una de las medidas que se tomó fue la de anular los feriados. En esa volteada cayeron varios feriados religiosos, incluido el 8 de diciembre, pero también le tocó al lunes y martes de Carnaval”.
La antropóloga comenta que existiría una propuesta de la Secretaría de Turismo de la Nación y de algunos legisladores para recuperar los feriados de Carnaval (que por ahora sólo rigen en la Ciudad de Buenos Aires). ¿Cuál sería la ventaja de esa medida? “Si se avanza en ese sentido, la gente estaría en condiciones de viajar para asistir al carnaval de Humahuaca o correrse hasta el de Corrientes. Hay una coyuntura interesante y el carnaval en Buenos Aires está comenzando a tener más visibilidad.”
Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/140357-45240-2010-02-16.html
1997 - 2010. Un reclamo con historia murguera.
Texto contribuido por Pupita La Mocuda

La lucha por la restitución del feriado de carnaval, indudablemente, ha sido y es una lucha nacida de las entrañas mismas de la comunidad murguera contemporánea, entendida en términos amplios y sin ánimo de minimizar los conflictos ni las disputas a su interior. Este febrero, dos convocatorias, de cierta manera articuladas y cuidadosas de no reiterar posturas adversativas, tendrán lugar los días lunes y martes de carnaval en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, en consecusión del reclamo - que data de más de una década atrás y que fuera ideado por dos murgueras, Luciana Vainer y Maru Díaz - llevado adelante por miles de murgueros y murgueras durante largos años.
Cuando es de público conocimiento que podría ser inminente la restauración de la celebración popular por excelencia, la fiesta de los "de abajo", cercenada por la última de las dictaduras militares y jamás restablecida por los gobiernos elegidos democráticamente que la precedieron - nunca se fue más lejos que de la formulación de proyectos de ley presentados al Congreso de la Nación ni de reglamentaciones parcializadas a nivel regional - por medio de un decreto de necesidad y urgencia, no es un tema menor la referencia al origen de tal demanda, que la ubica más allá de intereses económicos (comerciales, empresariales) o partidarios que pudieran estar motorizando la decisión, alojándola en el campo de la cultura y de sus políticas, del arte y de la expresión popular, de lo político en tanto "libertad que actualiza la igualdad última" o en tanto accionar en conjunto en el ámbito de lo público. Todas cuestiones que deberían contemplarse con detenimiento a partir de una legislación integral que ayude a reconstituir lo que ha sido dañado y desdeñado por tanto tiempo.
Como también deberían serlo tantas otras y para mencionar sólo algunas a modo de ejemplo: la problemática de la identidad, la de las continuidades y rupturas en los géneros carnavalescos, las distintas formas de cuidar y realzar el patrimonio cultural o las limitaciones y dificultades que distintos grupos encuentran en la preparación y organización de sus eventos de carnaval.

lunes, 1 de febrero de 2010

Inspirada en la poderosa contribución anterior a esta proporcionada por Alfredo Armando Aguirre y pensando que nunca es claro ni totalmente descifrable ¡cuánto es heredado, cuánto es resignificado, cuánto es nuevo! Porque más allá de las (pre)ocupaciones relacionadas con lo organizativo, lo legislativo, el intenso trajín de la puesta en marcha del festejo en cada lugar determinado y según las costumbres y las regulaciones está lo ancestral que sigue latiendo en toda su fuerza aunque no sea aparente, quizás, a simple vista.


La Kacharpaya, Entierro del Carnaval

El entierro del Carnaval tiene un simbolismo religioso en el cual lo pagano se subordina a la concepción cristiana del pecado. La aparente relación dionisíaca del rito del enterramiento del Carnaval que se efectúa en los valles salteños, en Catamarca, en Santiago, del Estero, etcétera, tiene vinculaciones directas con el dogmatismo que siempre condenó el libertinaje de las carnestolendas y que imponía el acto de la purificación luego de los días de jolgorio desmedido.
En los valles salteños el entierro se realiza el 1 martes, a la caída de la tarde. De una de las carpas sale un hombre disfrazado de viejo decrépito, con unas largas barbas postizas y el traje completamente desgarrado. Detrás de él, una mujer disfrazada con harapos negros y completamente desgreñada, llorando desconsoladamente. El hombre es el Carnaval, muerto, que lo "llevan a enterrar", y la mujer, su viuda, que lo llora sin consuelo, Detrás de ambos personajes, que cruzan el pueblo, van uniéndote en extraño cortejo, hombres y mujeres que abandonan las danzas y libaciones, y que entonan, al son de las cajas, las vidalas de la despedida. A su paso, al hombre que simboliza el Carnaval lo ad ornan con serpentina, le arrojan harina, ceniza, cereza y chicha; le cuelgan rosquillas, rosquetes y muñecos de pan, en tanto las vidalas lloran en las voces cascadas por el alcohol.
La viuda arreciará sus chillidos a medida que el cortejo va acercándose al lugar de la sepultura. Ahí estará el hoyo, pequeño, donde el Carnaval se mete, y los circunstantes le echan poquita tierra, para que al año se pueda levantar Los vidaleros repetirán el estribillo, desesperadamente, ante el túmulo abierto, mientras cada cual alzará un puñado de tierra y lo arrojará a la sepultura.
Las cajas vuelven tristes a los boliches en acompasados sones.
En las provincias de Santiago del Estero, Catamarca y zona de los valles de Tafí, entre los contrafuertes del Aconquija, aparece la Kacharpaya, especie de muñeco que la tarde del martes, ya entrada la noche, se quema bajo los algarrobos, colgado de un alambre. Hemos visto la kacharpaya en la zona de Banderas, próxima a los límites de la provincia de Santa Fe. Es un gran muñeco relleno de paja y cohetes. Este comienza un infernal estruendo cuando las llamas de la fogata lo alcanzan. La turba que ha salido de los boliches para presenciar el "entierro del Carnaval", grita desaforadamente ante la explosión de los cohetes, y las vidalas se hacen oír desde el corro que circunda a la fogata.
Poco a poco, a medida que el fuego realiza su obra destructora, el silencio retorna en los valles y en la selva. El Carnaval es ahora un gusto amargo en la boca y un cansancio que busca sueños.
En plena ciudad de Santa Fe hemos visto a las huestes del negro Arigós, especie de pontífice de los carnavales tradicionales del viejo barrio del sur, quemar el muñeco en las callejas que desembocan en el clásico Quillá. La "negrada" de Arigós se reúne entusiasmada, ejecutando pasos. de candombe mientras el "judas". como ellos; le llaman, es consumido por el fuego. Aquí no se cantan vidalas, sino canciones propias de la comparsa del negro. Arigós, y danzas que son reminiscencias de antiguos rituales africanos muy en boga en Buenos Aires en la época de Rosas.
En algunos lugares de La Rioja el "enterramiento del Carnaval" da lugar a un acto, bárbaro y consiste en lo siguiente: Se busca a un voluntario que haga el papel de Momo; se lo sienta en el centro de la reunión como si se tratara de un dios dispuesto a, recibir las ofrendas que, sé dispongan, lo que ha de significarle la muerte y el enterramiento respectivo".
Los circunstantes empiezan a dar vueltas con "lentitud, en torno suyo, cantando al, compás del tamboril, una especie de candombe o de ronda báquica, de la que aquél fuese el dios figurado, llevando todos levantado en la derecha un jarro de aloja; llegan enfrente del ídolo ebrio, y cada uno bebe la mitad, arrojándole el resto a la cara; la ronda sigue impasible, acelerando el compás y repitiendo en cada vuelta la extraña ablución, que es saludada cada vez por las risas destempladas de los borrachos y por los chillidos ásperos de las mujeres que permanecen quietas en los bancos. El dios improvisado de, la ceremonia tiene que beber casi todo el líquido que le arrojan a la cara, pues mantiene la boca abierta para eso, para que se la llenen los que pasan danzando alrededor. Así se mantiene el tiempo que le permite la borrachera creciente, sin interrumpir el compás de su tambor, a pesar de los chorros que le ahogan, que le dejan ciego y que le bañan de pies a cabeza. Al fin rueda por tierra".
"... Ya pasó la Chaya. En el espacio inquieto de las montañas han quedado vibrando los cantores y los ecos del tamboril melancólico, de la flauta campestre de caña y cera, de las risas femeninas y los gritos desacordes de la turba frenética. Todo ha tenido una repercusión en las rocas; todo ha dejado un rastro; en la tierra, las danzas y las correrías desenfrenadas; en el aire, las músicas y las palabras, retozando en una libertad de tres días.
En las estribaciones del Ambato vemos el enterramiento del Carnaval con la misma alternativa que en los valles salteños. Aparece el dios carnavalesco con el nombre de Pukllay. Este sale sobre un burrito los días de carnaval y es paseado insistentemente y "convidado" con chicha, aloja, cenizas y almidón. El último día, a la tarde, lo llevarán a enterrar al monte más próximo; le abrirán una tumba, lo sepultarán y lo llorarán al compás de cajas vidaleras. En esta ocasión las vidalas repiten los responsos con tristes coplas.
En el "enterrado" del valle salteño, en el muñeco lleno de cohetes que hemos visto en la estación Banderas, de Santiago del Estero; en el muñeco que queman en el Aconquija, el "judas" de la negrada de Arigós, en Santa Fe; el dios figurado del Famatina, y en el Pukllay catamarqueño, vemos a la kacharpaya que Orestes Di Lullo cuenta recorriendo disfrazada, sobre un burro flaco o un caballo defectuoso, las calles de los pueblos: "seguido por una pacota -toda gente divertida- y una turba de chiquillos que cantan al son de las cajas, guitarras y violines o al ruido de instrumentos improvisados con tarros y latas".
Este personaje, según el autor citado, es uno de los juerguistas de Carnaval que en cada rancho, se detiene para exigir al dueño de casa un tributo, "que no es caridad ni mucho menos", sino una especie de colecta pública que el pueblo debe pagar como contribución por la diversión que estos animadores le proporcionaron. Aparece en los últimos días del Carnaval, cuando el cansancio hace presa en el ánimo popular y los bolsillos se alivianan resueltamente.
El autor citado dice: "Sin duda alguna, la kacharpaya es el último resplandor de esa llama que arde ininterrumpidamente en el alma del pueblo durante toda la fiesta, como en las representaciones antiguas, su aparición anuncia el término de esa orgía, mezcla de música, de cantos y de bailes, en la que el hombre solitario del campo se llena de goces fraternos y ensaya el primer paso en el sentido de su agremiación humana".
Si bien no la presenta como el símbolo de Momo que en determinados momentos hay que quemarlo o enterrarlo, admite que es una forma de la kacharpaya que se entierra en la zona montañosa y de la que se quemaba en otras épocas en Villa Atamisqui, de Santiago del Estero.
Muchas de estas costumbres han sido practicadas en otras fechas de festividades propias de la Iglesia, como lo es la fogata de San Juan en el mundo europeo, y aun en el nuestro, aunque con poca intensidad; la fiesta de los locos en la que se elegía papa de los dementes y era propiciada por los mismos canónigos de España; como, la fiesta del Asno, que a simple vista parecía un rito selvático, pero que tenía sus orígenes en la adoración del asno en que huyó de Egipto la Sagrada Familia; como la fiesta de los Inocentes, etcétera. El tiempo las fue postergando, superponiendo, y el pueblo las practicó en fechas que diferían absolutamente del móvil de origen.
Extraído de: "El mito, la leyenda y el hombre - Usos y costumbres del folklore", Félix Molina-Tellez, Editorial Claridad, Primera edición, Buenos Aires 1947.
Fuente: agenciaelvigia.com.ar/kacharpaya.htm
Texto aportado por Pupita La Mocuda

lunes, 18 de enero de 2010

DEL CARNAVAL EN " LA RAMA DORADA"

DEL CARNAVAL EN “LA RAMA DORADA”
“LA RAMA DORADA”,es un libro de James Frazer,
una suerte de clásico de la Etnología o el
folklore. Fue publicado en 12 tomos en 1907, y
el mismo autor hizo una edición compendiado en
1922.Por suerte, para las actuales generaciones este
clasico, que estamos leyendo con detenimiento,
ahora esta accesible gratuitamente en Internet
en el sitio:
http://www.librosgr/atisweb.com/html/frazer-james/la-rama-dorada/index.htm
Creo que vale la pena compartir este punto,
porque nos permite ver que cosas nos llegaron
del carnaval europeo y que cosas le agregaron
los forzados migrantes africanos o sus
decendientes y como lo fagocitaron las etnias
precolombinas.
Ahí va:
“ 2. ENTIERRO DEL CARNAVALHasta aquí hemos ofrecido una explicación de la
regla o leyrequeria que el sacerdote de Nemi debiera ser
muerto por su sucesor.La explicación no pretende ser más que probable;
nuestro escaso conocimiento de la costumbre y de
su historia no permiten otra cosa, pero sus
probabilidades aumentarán en proporción a la
extensión con que podamos probar que los motivos
y modos de pensamiento atribuidos influyeron en
la sociedad primitiva. Hasta aquí, el dios de
cuya muerte y resurrección nos hemos ocupado
principalmente ha sido el dios del árbol Si
podemos demostrar que la costumbre de matar al
dios y la creencia en su resurrección se originó
o al menos existió en la etapa social de
cazadores y pastores, cuando el dios occiso era
un animal, y que sobrevivió en la etapa
agrícola, cuando el dios muerto era el cereal o
un ser humano representando al grano, la
probabilidad de nuestra explicación habrá
aumentado considerablemente. Trataremos de
hacerlo a continuación, esperando aclarar en el
curso de la exposición algunas obscuridades que
quedan todavía y responder a algunasobjeciones que pueden habérsele ocurrido al
lector.Reanudemos el hilo volviendo a las costumbres
vernales del campesinado europeo. Aparte de las
ceremonias que acabamos de describir, hay dos
clases de costumbres afines en las que la muerte
simulada de un ser divino o sobrenatural es un
rasgo sobresaliente. En una de estas clases, el
ser cuya muerte se representa dramáticamente es
la personificació n del carnaval; en la otra
clase, el ser es la muerte misma. La ceremonia
principal cae, como es natural, al final del
carnaval, sea en el último día, principalmente
el martes de carnestolendas, o en el primer día
de antruejo cuaresmal, es decir, el Miércoles de
Ceniza. La fecha de la otra ceremonia, "Llevarse
o expulsar la muerte", como se le llama
comúnmente, no está fijada por igual; por lo
común es el cuarto domingo de cuaresma, que por
esto es conocido con el nombre de "domingo
muerto". En otros lugares, empero, la
celebración cae una semana antes y en otros,
como entre los checos de Bohemia, unasemana después, mientras que en ciertas
poblaciones alemanas de Moravia es el primer
domingo que sigue a la Pascua de Resurrección.
Quizá, como se ha pensado, puede haber variado
originalmente la fecha por depender de la
primera golondrina o de algún heraldo parecido
de la primavera. Algunos escritores consideran
la ceremonia de origen eslavo; Grimm opina que
era un festival de Año Nuevo entre los antiguos
eslavos que comenzaban su año en el mes de
marzo. Nosotros escogemos ahora algunos ejemplos
de la “Muerte del Carnaval", farsa que siempre
cae antes que la otra en el calendario.En Frosinone, en el Lacio , casi a la mitad de
camino entre Roma yNapóles, la vida insípida y monótona de una
provinciana ciudad italiana rompe agradablemente
en el último día de Carnaval por la fiesta
conocida como la Radica. Hacia las cuatro de la
tarde, la banda de la ciudad, tocando alegres
marchas y seguida de un gran gentío, llega a la
Plaza del Plebiscito, donde están la
subprefectura y los demás edificios
gubernamentales. Allí, en medio de la plaza, los
ojos curiosos de la multitud se regocijan a la
aparición de una inmensa carroza dorada,
decorada con muchos festones de colorines y
arrastrada por cuatro caballos.En la carroza hay un asiento muy grande en el
que está entronizada la majestuosa figura del
Carnaval, muñeco de yeso de tres metros de
altura y de cara rubicunda y sonriente. Enormes
botas, un casco de hojalata parecido a los que
lucen en la cabeza los oficiales de la marina
italiana, y una túnica de muchos colores
embellecida con curiosas insignias adornan el
exterior de este imponente personaje. Su mano
izquierda descansa en el brazo del sillón y con
el brazo derecho saluda gentilmente a la
multitud, siendo cortesía que "le sale de
dentro" mediante una cuerda de la que tira un
hombre modestamente oculto a la publicidad bajo
el sillón propiciatorio. Y ahora la multitud se
agita y arremolina junto a la carroza y se
expansiona con gritos montaraces de alegría,
mezclándose la gente sencilla y educada con los
demás que danzan con frenesí el saltarello. Un
carácter especial de esta fiesta es que todos
llevan en la mano lo que ellos llaman unaradica (raíz), lo que significa una hoja grande
de áloe o mejor de pita. Cualquiera que se
aventure entre el gentío sin llevar la hoja,
será recibido hostilmente y echado de allí, a
menos de llevar como sustituto una col grande en
el extremo de una vara larga o un manojo de
hierba curiosamente trenzada. Después de dar una
vuelta corta escoltando a la carroza que se
mueve despacio, va la multitud con ella a la
puerta de la subprefectura. Allí hacen alto y la
carroza, traqueando en el suelo lleno de baches,
entra en el patio. La multitud se calma y su
murmullo en voz baja suena, según la descripción
de los que lo han oído, semejante a la resaca de
un mar agitado.Todas las miradas se vuelven ávidamente hacia la
puerta, donde el mismo subprefecto y otros
representantes de la majestad de la ley están
aguardando la llegada para hacerle el homenaje
debido al héroe de la fiesta. Unos momentos de
silencio y después una tormenta de vítores y
aplausos saludan la aparición de los dignatarios
según van desfilando y descendiendo la escalera
para tomar su puesto en la procesión.. El himno
del Carnaval atruena en este instante y entre
una ensordecedora gritería son voltejeadas por
el aire las hojas de áloe y las coles cayendo
indistintamente sobre justos y pecadores, lo que
conduce a un nuevo placer, pues se empeñan con
ellas en una lucha libre. Cuando estos
preliminares han concluido a satisfacción de
todos los interesados, la procesión prosigue su
marcha. Al final de ella va una carreta cargada
de toneles de vino y policías, afanados éstos en
la simpática tarea de servir vino a todo el que
lo pida, mientrasuna lucha sin cuartel, salpimentada de copiosas
descargas de aullidos, golpes y blasfemias, se
libra entre la multitud arremolinada a la
trasera del carro, en su afán de no perder la
ocasión gloriosa de emborracharse a expensas
públicas. Finalmente, y cuando ya la procesión
ha desfilado por las calles principales a un
paso mayestático, cogen la efigie del Carnaval,
la arrebatan sus adornos y la tienden en medio
de una plaza pública sobre un montón de leña,
quemándola entre gritos de la multitud y
atronando los aires una vez más con el canto del
Carnaval, volando las llamadas "radicas" a la
pira y entregándose el público a los placeres
del bailoteo más desenfrenado.En los Abruzos cuatro enterradores con la pipa
en la boca y botellas de vino colgadas de los
tirantes de los pantalones a la espalda llevan
un muñeco de cartón figurando al Carnaval. Al
frente marcha la esposa del Carnaval, vestida de
luto y deshecha en lágrimas. De vez en cuando el
acompañamiento hace un alto y mientras la esposa
habla al público simpatizante, los enterradores
refrescan "al hombre interior" con un beso a la
botella. En una plaza abierta, tienden al
Carnaval muerto sobre una pira y al redoble de
tambores, a los aullidos estridentes de las
mujeres y a los ásperos gritos de los hombres,
le prenden fuego.(1) En el Entierro de la Sardina (Escenas
matritenses de Mesonero Romanos, 1857) no
faltaba detalle ritual: Cofradía de la Sardina
(sardina arenque muy salada), de San Marcos o
"mansos", coros de "doncellas", "inocentes",
gatos amarrados por el rabo, el bamboche de paja
que lleva la sardina en la boca, quema y
entierro respectivos, coro deprecatorio y
apoteosis de palos.(fin cita 1)------------ ---------Mientras arde el muñeco, tiran castañas a la
multitud. Algunas veces se representa al Carnaval por un
muñeco de paja en la punta de un palo que un
tropel de enmascarados llevan por toda la ciudad
durante la tarde, y cuando llega la noche,
cuatro máscaras cogen una manta o sábana por las
puntas y mantean al Carnaval. La procesión se
continúa y los ejecutantes lloran lágrimas de
cocodrilo acentuando lo acerbo de su pesar con
la ayuda de cacerolas y cencerros. Otras veces,
también en los Abruzos, representa al Carnaval
un hombre vivo tendido en un féretro y
acompañado de otro que hace de sacerdote
asperjando con gran profusión el agua bendita de
una tina.En Lérida, España, asistió a los funerales del
Carnaval un viajero inglés en el año de 1877 y
lo relata así: El Domingo de Carnaval, una gran
procesión de infantería, caballería y máscaras
de toda clase, muchos a caballo y otros en
carruajes, escoltaron en triunfo la carroza de
Su Gracia Pau Pi, como llamaban a la efigie, por
las calles más importantes.Durante tres días el jolgorio fue muy grande y
por último a medianoche del último día de
antruejo, recorrió otra vez las calles la misma
procesión pero bajo un aspecto diferente y con
un final harto distinto. El carro triunfal había
sido convertido en un carro fúnebre en el que
reposaba la efigie de su Gracia, muerta. Un
grupo de enmascarados, que en la primera
procesión había actuado como estudiantes de la
folia entre bromas y jaranas iban ahora vestidos
de sacerdotes y obispos, andando pausadamente,
llevando grandes cirios encendidos y cantando
responsos. Todas las máscaras enlutadas con
crespones y todos los jinetes llevaban antorchas
encendidas. La procesión caminaba
melancólicamente por la calle principal entre
las altas casas de muchos pisos y balcones,
donde cada ventana balconada y tejados estaban
atestados por una densa masa de espectadores,
todos con antifaz y disfraces de lujo y
fantasía. En este escenario, bailaban y se
cruzabanlos destellos de las antorchas en las sombras y
las luces de bengala rojas y azules deslumbran
unos instantes para desaparecer; sobre el ruido
de los cascos de los caballos en el empedrado y
del mesurado paso de la multitud marchando, se
elevaban las voces de los sacerdotes cantando el
réquiem, mientras las bandas militares batían
"tristes marchando, las trompas roncas, los
tambores destemplados" . Al llegar la procesión
a la plaza principal, recitaron una oración
funeral burlesca ante el difunto Pau Pi y
apagaron las luces; al punto el demonio y sus
diablos saltaron entre la multitud, arrebataron
el cadáver y huyeron con él, perseguidos
vivamente por todo el gentío chillando, gritando
y aclamando. Naturalmente los diablos fueron
alcanzados y dispersados y el falso cadáver
rescatado de sus garras, fue metido en una fosa
preparada al efecto. Así vivió, murió y fue
enterrado el Carnaval de 1877 en Lérida.En Provenza se celebra una ceremonia de la misma
clase el Miércoles de Ceniza. Llevan una efigie
llamada Caramantrán, burlescamente ataviada, en
una carroza o porteada en unas andas y
acompañada por el gentío con trajes grotescos,
llevando calabazas llenas de vino que vacían con
todas las señales, verdaderas o fingidas, de la
borrachera. A la cabeza de la procesión van unos
cuantos disfrazados de jueces y abogados y un
alto y flacucho personaje caracterizado de
Cuaresma; tras ellos sigue la gente joven
montada en rocines miserables y ataviados de
luto, pretendiendo llorar el sino reservado a
Caramantrán. En la plaza principal hace alto la
procesión, se constituye el tribunal y
Caramantrán ocupa el banquillo de los acusados.
Después de un proceso formal, es sentenciado a
muerte entre las lamentaciones de la gente; el
abogado que le defiende abraza a su cliente por
última vez, los oficiales de la justicia cumplen
su deber y sientan al reo deespaldas al muro y le empujan a la eternidad
bajo un diluvio de piedras. El mar o un río
recibe sus destrozados y mortales restos. Por
casi todas las Ardenas era, y todavía es,
costumbre el Miércoles de Ceniza prender fuego a
una efigie que suponen representa al Carnaval,
mientras se recitan coplas apropiadas al acto
alrededor de la figura en llamas.(2) Es costumbre mexicana quemar los
"judas".(fin cita 2)Con gran frecuencia, se intenta dar a la efigie
el parecido de algún marido del pueblo al que
tachan de ser el menos fiel a su esposa. Como es
de suponer, la distinción de ser elegido para el
retrato bajo esta penosa circunstancia tiene una
ligera tendencia a producir altercados
domésticos, especialmente si queman el retrato
frente la casa del corretón burlador a quien
representa, mientras un coro atronador de
maullidos, balidos, rugidos y otros melodiosos
sones dan público testimonio de la opinión que
de sus virtudes privadas abrigan sus amigos y
convecinos. En algunos pueblos de las Ardenas,
un joven de carne y hueso, vestido de heno y
paja, hacía de Martes de Carnaval (Mardi Gras),
como se llama con frecuencia en Francia a la
personificació n del Carnaval, refiriéndose al
último día del período que personifica.Era llevado ante un tribunal de burlas y,
condenado ya a muerte le situaban de espaldas al
muro igual que a un soldado en una ejecución
militar y le disparaban cartuchos de salva. En
Vrigne-aux-Bois, uno de estos bufones inocentes,
llamado Thierry, fue muerto accidentalmente por
un taco que quedó en una escopeta del pelotón de
ejecución. Cuando el pobre Martes de Carnaval
cayó bajo la descarga, los aplausos fueron muy
fuertes y prolongados porque lo había hecho con
toda naturalidad; pero viendo que no trataba de
levantarse, corrieron a él y encontraron un
cadáver. Desde entonces no ha habido más de esas
ejecuciones de farsa en las Ardenas.En Normandía, al atardecer del Miércoles de
Ceniza se tenía la costumbre de celebrar lo que
llamaban el entierro del Martes de Carnaval..Una escuálida efigie escasamente vestida de
harapos, con un sombrero viejo, abollado y
encasquetado sobre la sucia cara y su grande y
redonda barriga rellena de paja, representaba al
viejo calavera desacreditado, que después de una
larga carrera de disipación estaba próximo a
pagar todos sus pecados. Alzado sobre los
hombros de un robusto compañero que simulaba
tambalearse bajo el peso, paseaban por las
calles a esta personificació n popular del
Carnaval, y siendo la última vez, de un modo muy
poco triunfal. Precedida de un tamborilero y
acompañada de un populacho insultante, entre
ellos todos los golfos, chusma y canalla de la
ciudad reunidos en gran número, la figura era
llevada a la vacilante llama de las antorchas y
al discordante ruido de badilas y tenazas,
pucheros y sartenes, trompas de cuerno y
cacerolas, mezclado con gritos, mugidos y
silbidos. De vez en cuando, la procesión hacía
un alto y algún campeón de la moralidad acusaba
alderrotado y viejo pecador de todos los excesos
que habían cometido y por los que se le iba a
quemar vivo. El culpable no encontraba nada que
decir en su propia defensa y era arrojado sobre
un montón de paja al que prendían fuego con una
de las antorchas y ardía levantando grandes
llamas, con delicia de la chiquillería, que
hacía cabriolas a su alrededor y recitaba a voz
en cuello algunas coplas populares que versaban
sobre la muerte del Carnaval.Algunas veces tiraban a la efigie por una cuesta
abajo antes de quemarla.En Saint-Lô, la andrajosa figura del, Martes de
Carnaval iba seguida por una viuda, mozallón
hastial vestido de mujer con un velo de luto,
lamentándose apesadumbrada con gritos
estentóreos. Después de pasearla por las calles
sobre sus parihuelas y acompañada por un grupo
de máscaras, tiraban la figura al río Vire. La
escena final la ha descrito Mme. Octavio
Feuillet tal como ella la vio en su niñez hace
setenta años '"Mis padres invitaron a los amigos
para ver desde lo alto de la torre de Jeanne
Couillard la procesión funeral. Allí sólo se
podía tomar limonada a causa del ayuno y al
llegar la noche vimos un espectáculo del que
siempre conservaré un vivo recuerdo. A nuestros
pies corría el río Vire bajo el viejo puente de
piedra. En mitad del puente yacía la figura del
Martes de Carnaval sobre unas andas de
hojarasca, rodeada de centenares de enmascarados
que bailaban, cantaban y agitaban antorchas.Algunos de ellos, con sus abigarradas
vestimentas, corrían por el pretil como
demonios. Los demás, cansados de la jarana,
estaban dormitando sentados en los pilares. De
repente cesó el bailoteo y uno del grupo,
cogiendo una antorcha, prendió fuego a la efigie
y después la tiraron puente abajo al río,
redoblando los gritos y el alboroto. El muñeco
de paja empapado de resina iba flotando llevado
por la corriente del Vire, iluminando con sus
llamas funerarias los bosques de las orillas y
los muros del viejo castillo en que durmieron
Luis XI y Francisco I.Cuando el último resplandor del llameante
fantasmón se desvaneció como una estrella
errante al final del valle, también se retiraron
gentes y máscaras y nosotros salimos con
nuestros huéspedes de la torre amurallada."En las vecindades de Tubinga, el Martes de
Carnaval visten con unos calzones viejos a un
muñeco de paja llamado el Oso de Carnaval y le
sujetan una morcilla fresca o dos vejigas de
sangre en el cuello; después de una ceremonia en
que se le condena, le decapitan, le tienden en
un féretro y el Miércoles de Ceniza lo entierran
en el cementerio.A esto llaman el "Entierro del Carnaval". En
algunos pueblos sajones deTransilvania, ahorcan al Carnaval. Así, en
Braller, el Miércoles de Ceniza o el Martes de
Carnaval, llevan un muñeco de paja envuelto en
una sábana en una narria arrastrada por dos
caballos alazanes y otros dos blancos. A su lado
hay una rueda de carro que va dando vueltas. Dos
jóvenes caracterizados de viejos siguen a la
narria lamentándose. El resto de los mozos del
pueblo, montados a caballo y adornados con
guirnaldas, acompañan la procesión, que va
encabezada por dos muchachas coronadas con
ramitas de abeto y transportadas en una carreta
o trineo.Celebran un juicio ante un tribunal, bajo un
árbol, en el que unos mozos caracterizados de
soldados pronuncian la sentencia de muerte. Los
viejos intentan rescatar al bausán para huir con
él, pero no lo consiguen; es capturado por las
dos muchachas y entregado al verdugo, que le
cuelga de un árbol. En vano los dos viejos
intentan gatear al árbol y descolgarle; siempre
se caen y al fin, desesperados, se tiran al
suelo y lloran y gimen por el ahorcado. Un
oficial les dedica un discurso en el que declara
que el Carnaval fue condenado a muerte porque
les había hecho mucho mal, obligándoles a
desgastar los zapatos y dejándoles además
cansados y soñolientos. En el entierro del
Carnaval, en Lechrain cuatro hombres transportan
en unas angarillas o un féretro a un hombre
vestido de mujer con ropas negras; le van
llorando otros hombres igualmente vestidos de
mujeres enlutadas. Al llegar al estercolero del
pueblo le arrojan de las angarillas, le mojancon agua y le entierran en el estiércol,
cubriéndole con paja. Los estonios, en el
anochecer del Martes de Carnaval, hacen una
figura de paja llamada metsik o "espíritu del
bosque"; un año visten al bausán con una
chaqueta de hombre y sombrero y al siguiente año
con una capota mujeril y enaguas; llevan esta
figura en lo alto de una pértiga por los
alrededores del pueblo entre grandes gritos de
alegría y por fin le atan a la parte más alta de
la copa de un árbol del bosque. Creen que esta
ceremonia es una protección contra toda clase de
desgracias.En ocasiones, en estas ceremonias del Carnaval o
de Cuaresma, efectúan la resurrección de la
persona que hace de muerto. Así, en algunas
partes de Suabia, en el Martes de Carnaval, el
Doctor Barba de Hierro trata de sangrar a un
enfermo que después cae como muerto al suelo;
pero el doctor le devuelve a la vida al fin
echándole su aliento por un tubo.En las montañas del Hartz, una vez que termina
el Carnaval, tienden a un hombre en una artesa
de amasar pan y le conducen entre responsos a la
sepultura, pero en lugar del hombre entierran
una botella de aguardiente. Pronuncian un
discurso y el acompañamiento vuelve al pueblo;
en el paseo o lugar de reunión, fuman esas
grandes pipas de barro que acostumbran a
distribuir en los funerales. Al año siguiente,
en la mañana del Martes de Carnaval,
desentierran la botella de aguardiente y la
fiesta comienza para todos probando "el
espíritu", que, según dicen, ha resucitado.” P. 352 -358
texto compartido por Alfredo Armando Aguirre.

jueves, 29 de octubre de 2009

El festejo del carnaval en la Buenos Aires del siglo XXI.
Ninguna certeza, muchos interrogantes

Pupita La Mocuda

No es la primera vez que nos referimos a la manera en que el abigarrado escenario de la murgueridad argentina contemporánea de profunda raigambre porteña incluye, en su fluir incesante de acomodamientos y reacomodamientos, situaciones que, en un amplísimo y variado arco van desde la segmentación y la fragmentación hasta la redificación y la confluencia a partir de afinidades de distinto tipo.  (1) Esto se relaciona profundamente con la celebración del  carnaval en la Ciudad de Buenos Aires, el cual puede ser caracterizado como murgocéntrico  ya que han sido precisamente las murgas las que han mantenido vivo el festejo participativo  y el espíritu colectivo al organizarse y volver a ganar la calle. (2) El panorama actual se complejiza, entre otras cuestiones, con la puesta en práctica desde 1997 de políticas de promoción cultural únicas en el país por parte del estado – emanadas de la  lucha de quienes mantuvieron la práctica y el arte murgueros aún en momentos tremendamente difíciles, incluso durante los años de la última dictadura militar – que han dado gran impulso a la actividad de las agrupaciones de carnaval.


La actual normativa, aunque reciente, no solamente ha generado intensos y nutridos intercambios, disensos y controversias a su alrededor en el seno de la “comunidad del carnaval” capitalina y sus ámbitos de expresión y trabajo conjunto sino que también ha sido objeto de distintas transfomaciones que de manera paulatina han ido alterando su fisonomía. Este último año el debate ha girado mayormente en torno al sistema de ingreso al circuito de corsos generados a partir del Programa Carnaval Porteño así como también a la cantidad de agrupaciones con posibilidad de participación en él. A toda esta conjunción no son ajenas tampoco ni la problemática del financiamiento de la actividad carnavalera en nuestra ciudad a partir del presupuesto previsto para ese menester por la legislación ni la preocupación por lo que suele denominarse la "calidad del espectáculo" y su programación así como tampoco la probable reorganización de las celebraciones carnavalescas en cuanto a cantidad de espacios para ellas destinadas.

Mucho ha sido el camino recorrido gracias al compromiso y la entrega personales de quienes han brindado todo de sí para que ocurriera. Aún así, en la etapa actual de consolidación  del extraordinario resurgimiento de la actividad de las formaciones murgueras en especial y carnavaleras en general es necesario redoblar los esfuerzos para que puedan ir gestándose y afianzándose configuraciones - y no sólo a nivel de la Ciudad de Buenos Aires, aunque ella es lo que nos ocupa en esta comunicación - que sean a la vez realmente integradoras, inclusivas y generadoras de la adhesión y participación de todo el espectro de las agrupaciones involucradas como así también de la ciudadanía mas no sólo con respecto a la restitución del feriado nacional sino también – y quizás principalmente –en el fomento y la promoción de la valoración positiva de los vecinos con respecto a la recuperación de la celebración y la consiguiente recuperación de la memoria colectiva. (No es ajeno a esto último el papel que juegan los medios masivos de comunicación en el tratamiento del tema).

El fenómeno murguero en la Argentina (desde su cuna, Buenos Aires) y también el carnavalero han estado desde siempre signados por su conexión con lo múltiple, lo multitudinario y una de sus características principales y distintivas es su innegable fuerza de absorción de “los muchos”. (3)  El acceso a la celebración es de modalidad libre y gratuita y ocurre principalmente en el espacio público. Son estas cuestiones y su ligazón, por ejemplo, con la posibilidad de su privatización o comercialización sobre las que hay posturas encontradas tanto entre los artífices del carnaval en sí como entre la población, las autoridades gubernamentales e instituciones de la sociedad civil.

Frente a este cuadro quedarían planteadas muchas preguntas que sólo tendrán respuestas con el correr del tiempo, ya sea en el corto, el mediano o incluso el largo plazo y las que, obviamente, no puede circunscribirse a lo que ocurra solamente dentro de los límites de la Ciudad de Buenos Aires sino que debe tener alcance nacional. Contabilizamos entre estos interrogantes aquello relacionado con lo que pueda deparar el futuro a la conformación de las agrupaciones en sí tanto como de los colectivos que las reúnen; a sus luchas y justos reclamos, los cuales se vienen sucediendo desde hace alrededor de dos décadas y a su fortalecimiento o su debilitamiento; a la posibilidad o no de formación y sostenimiento de nuevas y plurales corrientes de opinión y acción así como de articulación de las distintas corrientes que conforman el arco murguero y carnavalero en la actualidad siempre teniendo presente el hecho de que la cara triste de la diversidad puede ser la fragmentación si no hay algún horizonte común que nos contenga.

Otra de las interrogaciones posibles se abre alrededor de la compleja problemática de la tan mentada identidad de las agrupaciones de carnaval y su relación con el festejo del carnaval en tanto y en cuanto es necesario pensar cómo se conjugan o en qué medida se potencian o se contraponen. Una tercera se relaciona con los alcances y las limitaciones del reestablecimiento del feriado de carnaval  como manera de promover la participación y el involucramiento de la ciudadanía en general con la fiesta carnavalera aun cuando la lucha por su restitución haya sido iniciada y sostenida por distintos sectores murgueros a lo largo de más de una década.

Por último,  una cuestión de vital importancia se plantea en el desafío que supone para la “comunidad del carnaval” como conjunto de agentes culturales de activa participación en el mantenimiento de la celebración popular por excelencia para (re)convocar, para volver a enamorar, para  encontrar la fuerza, el empuje que afiance la imprescindible comunión con los habitantes de la ciudad, con sus instituciones barriales y vecinales así como para desmarcarse, destrabar los determinimos que amenazan con socavarla y que pretenden seguir ocultándola,  marginándola, invisibilizandola por ser el espacio de alegría de "los de abajo"  y ser, entonces,  capaz de disfrutarse a sí misma en plenitud. Por esto entendemos encontrar (o reencontrar) formas y modalidades más fecundas y superadoras que en vez de achicar o acotar la fiesta la hagan aún más vital, más amplia, más trascendente.

(1) Por ejemplo, en el Grupo Yahoo Dale Murga donde el debate ha sido y es intenso.
(2) Martín, Alicia (2001)
(3) Nos hemos referido a esto en La Murga como una de las Formas de la Multitud, (2006), Sostengan que Nacemos, [on line]: http://sostenganquenacemos.blogspot.com/2006/08/la-murga-como-una-de-las-formas-de-la.html









lunes, 26 de octubre de 2009

Escribí este pequeño artículo para mi blog y bajo la inspiración de los intercambios que se producían en ese momento en el Grupo Dale Murga luego hace dos años de las dos marchas reclamando la restitución del feriado. En términos generales sigo teniendo las mismas inquietudes y preguntas que allí y entonces aunque no me arriesgo a decir lo mismo de algunas de sus hipótesis cómo, por ejemplo, como entra a jugar la cuestión de lo generacional en las desaveniencias.
Marchas y Contramarchas
Impresiones acerca de las Concentraciones Murgueras en Buenos Aires por la Restitución del Feriado de Carnaval - Febrero de 2007


Pupita La Mocuda

Algún que otro distraído se habrá quedado pensando: - ¿Pero cómo? ¿Yo ayer a estos no los vi yendo para el otro lado?¿Donde habrán trasnochado? No por las cosas obvias como los trajes, las banderas, los bombos, los muñecos, la alegría, la efusividad y la mirada maravillada de los niños ... Ni tampoco porque hubo estandartes que estuvieron en las dos marchas ... Ni mucho menos porque las dos concentraciones, aún con consignas similares aunque no iguales, tenían cabeceras parecidas con sendos carteles que la encabezaban (en la del lunes se leía Murgas Independientes y en la del martes Agrupación M.U.R.G.A.S) ... Sino porque lo que fluye subterráneo - más allá o más acá de los estilos organizativos, de las estructuras y andamiajes institucionalizantes de distintos ropajes, de los soportes teóricos y hasta políticos - lo que aflora desde lo más hondo de nuestra memoria colectiva es decididamente lo mismo. Bienvenido que así sea.
Y la mascotita que cuando le cuente a sus propios nietos que pudo estar allí, en el momento preciso en que la historia la necesitaba, tal vez no recuerde si fue un martes o un lunes que marchó junto con otros murgueras y murgueros y seguramente no le importe no recordarlo. Porque, tal vez, lo verdaderamente importante sea que fue partícipe de algo que la sobrepasa como persona y la ubica en una instancia superadora: la lucha por la recuperación del carnaval cercenado como fiesta de todos y con todos, como parte esencial de su cultura.
Unos meses atrás, Osvaldo de Los Dandys de Boedo escribía para Dalemurga: "... Les dejo una frase de un murguero chapado a la antigua que todavía habla del aroma de su barrio. Los jóvenes murgueros creen que los viejos murgueros no saben nada y cuando pasa mucho tiempo se dan cuenta que tenian razon ... " Vamos a volver sobre algo a lo que ya nos refererimos hace algún tiempo: La puñalada que atravesó e intentó aniquilar la cultura popular - pensamos aquí en el inicio de la dictadura en 1976 aunque hay quienes ven sus comienzos en 1955 cuando cae el peronismo - de cabo a rabo fue tan pero tan profundo que recién hoy, tres o cuatro décadas después, podemos empezar a recomponer los pedazos. Bien o mal, la murga - en toda su variedad - se fortalece día a día. No se puede esperar que, en un país como el nuestro, plagado de ejemplos de desaveniencias presentes y pasadas, de rencores, de conflicto social desbordando aquí y allá, el quehacer murguero no contenga también cierta dosis de discusión y debate. A veces, incluso con las mejores intenciones o por una simple estrategia de supervivencia ante la adversidad y la carencia, lo que se genera son pequeños Frankensteins que se vuelven contra sus creadores. Eso sin contar que puede caerse en la trampa de los que sí saben que están creando monstruos que repriman, acallen o comercialicen.