sábado, 12 de marzo de 2011

“La máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas”

Liberar el cuerpo y la alegría. Dar lugar a la crítica social. Reconocer que no se puede ser espectador sino todo un partícipe. Estas reglas gobiernan el carnaval, una fiesta con orígenes remotos que no pierde vigencia.

Por Daniel Ulanovsky Sack para Clarín


Ella se planteó un desafío: encontrar lo racional en aquello que parece irracional. Porque el carnaval es la máxima expresión del despilfarro, del hacer para desaparecer, de algo efímero que dura cuatro días y se diluye hasta el año siguiente. Sin embargo, al explorar la vida de la gente en el festejo, se comprueba que hay mucho más que experiencia inmediata o “pequeña barbarie”. En 1986, cuando el país aún sentía en la piel la dictadura feroz, la economía debilitada, la guerra perdida, estudiar la murga podía parecer algo frívolo. Pero la antropóloga Alicia Martín había decidido que para entender una sociedad más allá de las lógicas de costo-beneficio y de productividad había que ingresar en la expresión y en las estéticas populares. Veinticinco años después, reconocida ya como la principal teórica del carnaval en la Argentina, doctorada en la UBA con una tesis sobre la celebración en la ciudad de Buenos Aires, asegura que vivimos un momento espléndido: las murgas se consolidan tanto en los barrios como en los talleres que forman nuevos artistas y grupos y se abren, con sus letras, al mundo contemporáneo, desde los cacerolazos a los amores virtuales por Internet.



Es curioso el carnaval: una celebración religiosa que festeja el exceso bacanal, casi pagano. ¿Cómo se entiende? Parece un contrasentido hablar de carnaval religioso, pero el hecho de que esté integrado en el calendario litúrgico de la Iglesia romana es un avatar histórico, tiene que ver con su tradición, que se puede medir en siglos. Si bien toma su nombre actual en la Edad Media, sus orígenes se remontan a las fiestas dionisíacas de los griegos y a las celebraciones en honor a Saturno, dios del Tiempo de los romanos, en las que imperaba el todo vale. Se liberaban las rutinas y había una inversión marcada de los papeles sociales: los amos pasaban a ser esclavos y los esclavos eran reyes por unos días. Un verdadero mundo del revés.



¿La religión católica, más que aceptarla como el momento de alegría antes de la penitencia de la Cuaresma, la incorpora a la liturgia para no dejar una fiesta popular fuera del marco institucional? Creo que sí. Por eso varios autores han señalado ese contraste entre una festividad que es una especie de derroche o de exceso de todos los sentidos y una religión altamente ascética donde lo corporal está muy vinculado con lo prohibido o, en otra época, con lo demoníaco. Justamente, el juego de “atreverse a” es central en el Carnaval. Hoy se cree que uno se tapa para ocultarse pero no es así: la máscara de carnaval propone un juego de rol, de ser otro por unas horas. Uno puede pensarse como ese otro, criticarlo, satirizarlo.



Pienso en mi infancia en Rosario –fines de los 60 y los 70– y recuerdo el Carnaval con tristeza. La idea era dañar al otro: echarle espuma en los ojos, arrojarle fuerte un globo de agua para que doliera, “ahogarlo” en serpentinas, golpearlo con unos martillos de plástico que no resultaban inocuos. Era la alegría convertida en agresión.



Siempre fue así y creo que se vincula con que en el carnaval no hay espectadores. Si estás, jugás, y si no te gusta, te vas. Por eso existe ese imperativo para que el otro se incorpore a las reglas. En todos los carnavales se tiran cosas de las más insólitas. Y antes era peor. Las crónicas del siglo XIX hablan de carreras de caballo: los jinetes se armaban de proyectiles hechos con grandes hojas de diario y rellenos de agua o a veces de sustancia fétidas, que tiraban a los transeúntes. Es curioso, los diarios de la época daban información sobre los excesos, pero en secciones diferentes a las del festejo. En la portada, por ejemplo, se podía leer “Gran despliegue, la mejor sociedad se dio cita en el corso de Flores” y en Policiales se publicaba que había sido arrestado un inmigrante italiano recién llegado por arruinar el disfraz de una señora de alcurnia.



Para la celebración del año pasado, el gobierno de Brasil repartió en forma gratuita 55 millones de preservativos. ¿El carnaval implica una sexualidad desbordada? Sí, absolutamente. Es hacer lo que no está permitido durante el año. En algunas ciudades de Europa –en especial en Alemania y en el norte de Francia– los matrimonios se pierden, no van a dormir a la casa, nadie sabe dónde está el otro y existe un pacto de no preguntar ni de contar lo que sucede en esos días. Acá, en la Argentina, en las pequeñas ciudades de provincia, durante mucho tiempo estuvo vigente el dicho de “hijo del carnaval” para referirse a los embarazos no buscados. Piense que hasta la década del 60, las jóvenes tenían un espectro de candidatos posibles para “matrimoniarse” muy restringido y el carnaval abría una ventana para conocer gente, lo que generaba lógica expectativa.



¿Pero en los corsos de antes no había poco espacio para que la mujer participara activamente? Ese es un concepto que se debe revisar. Yo he visto fotos de un grupo que se llamaba “Los días y las noches” y esas noches estaban representadas por lunas actuadas por mujeres. Ellas también eran fuertes en los bailes de disfraces y en los juegos de agua. Es que antes, durante los cuatro días de carnaval, había horarios. Después del almuerzo, a la hora de la siesta y hasta las seis o siete de la tarde, era el momento de los juegos con agua, y ahí todo valía. Se tiraban manguerazos, baldazos, bombitas. Las mujeres participaban y eso permitía romper un poco la jerarquía patriarcal de una sociedad estratificada.



Entre tanta agua arrojada, ¿quedaba espacio para la coquetería? A la noche, en el horario del corso. Todo el mundo se cambiaba y empezaba la gran vidriera: los comerciantes de los barrios organizaban actividades, armaban palcos y se instituían premios al disfraz más llamativo o a la mejor agrupación. Después venían los bailes; hasta la década del 70 había en Buenos Aires clubes con tres pistas: una donde sólo se tocaba tango, otra de jazz y una última de música tropical.



Parece usual suponer que en el carnaval porteño “todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Verdad o mentira? Mentira. Estamos en un momento espléndido porque hay una fuerte decisión de la sociedad civil de recuperar espacios públicos para la expresión, y en ese movimiento ocupa su rol la tradición carnavalesca. Algunos consideran a las murgas como una vanguardia del teatro porteño ya que en sus letras se van reflejando los temas y las estéticas que le importan a la gente. La murga también se ha ido adaptando a lógicas contemporáneas. Hasta hace algunas décadas, tenían una raíz barrial, pero ahora se trabaja mucho por grupos de afinidad ya que los participantes se conocen en talleres y a partir de allí empiezan a formar nuevas agrupaciones.



¿La murga es un fenómeno clasista, de sectores populares, o integra a todos los niveles? Depende de la región. En ciudades como Gualeguaychú, los profesionales participan de las murgas en forma habitual. En Buenos Aires, en cambio, el movimiento quedó en manos de sus militantes más fieles, que son los sectores populares. ¿Por qué? Porque es su forma más sencilla, si no la única, de expresarse, de exhibirse, de apelar a la diversión. Un profesional de clase media o alta tiene múltiples formas de hacerlo: integra un grupo de rock, de jazz, un coro, se muestra en un campeonato de golf o de tenis. El que no puede acceder a esas grandes instituciones logra, como dice el músico Coco Romero, una vía de acceso a las bellas artes a través de la murga. Además, es un ambiente muy abierto: para decirlo en lógica murguera, si no sabés bailar, fijate si te va bien con algún instrumento de percusión, y si no te va bien con el instrumento, te disfrazás de payaso, te hacés otro disfraz … hay lugar para todos.



¿De qué manera las letras de las murgas reflejan las preocupaciones sociales? A veces lo hacen a través de canciones originales; otras, modificando las letras de temas populares, ya instalados. En diciembre del año pasado publicamos un libro –que compilé junto a Hernán Morel y a Analía Canale– sobre un Concurso de Poesía Carnavalesca. Ahí encontramos, por ejemplo letras como el “Entremés de la cacerola”, de Ana Claudia Escobar: Cómo anda doña Lola/ Qué la trae por acá/ La veo con cacerola/ ¿Qué está por cocinar? Y la respuesta: ¡Qué cocinar ni que guiso!/ Yo vengo pa’ protestar/ El Juan ya van cinco años/ No consigue laburar! Es llamativo cómo se le pone humor a lo oscuro.



Hay un ingenio popular que parece imbatible. Y también se abordan las tendencias de época como el auge de las tecnologías. Recuerdo la canción, “Winner”, de Luis Tomasetig Rossini, que empieza: Quiero ser un “winner”/ cómo soy no va/ El ganar es imposible/ me tengo que aggiornar/ El amor no es fashion/ ahora hay que ser light … light.



Y cierra, luego de su desarrollo: Soy muy adaptado/ ya puse mi mail/ y mi amor, virtual deseado/ lo busco por Internet / Qué civilizado/ mi amor está en la Net … Net ¿Hay mucha parodia en las letras? Sí, eso cumple un doble efecto. El ensayista ruso Mijail Bajtín decía que la parodia tiene un carácter ambivalente: degrada pero a la vez resucita aquello mismo que degrada, le vuelve a dar actualidad, vida. Es como una espiral en la que uno se ríe de lo que está llegando aunque sin desconocer su inevitabilidad y reconocer que ya está integrado a lo cotidiano. Las murgas le aportan picardía y pasión al debate y se asumen como un testigo crítico de las “locuras” de cada época.
Carnavales, cultura y política


Por Washington Uranga

Sería una simplificación mirar la restitución de las fiestas de Carnaval decidida este año por el Gobierno simplemente como parte de la política de incentivos al turismo o como una estrategia económica. También sería una ingenuidad creer que la decisión adoptada por la dictadura militar aboliendo el Carnaval fue apenas una demostración de supuesta austeridad por parte de los dictadores.

Ni tanto, ni tan poco. Nadie podría negar que en la decisión hay factores económicos y de estrategia política. También un sentido de justicia (ahora) y de injusticia (antes) respecto de los trabajadores y el reconocimiento o no de jornadas no laborables que pueden ser dedicadas al esparcimiento, a la distensión, a la vida familiar y cultural.

Pero habría que situar también la decisión actual en el camino de otras que se vienen adoptando para recuperar lo público como un espacio contenedor, la fiesta y la celebración como instancias que sirven para aglutinar a una comunidad, a un pueblo y consolidar su identidad. Ese fue también el sentido de las celebraciones del Bicentenario –el año anterior– que tan espontánea y genuinamente movilizaron a parte de la ciudadanía, en ese caso sin distingos de banderías o inclinaciones políticas. Aquélla fue la manifestación de un pueblo que recuperó para sí el espacio público sintiéndose protagonista del acontecimiento.

Para comprender el fenómeno habría que remontarse a la historia misma de la humanidad, para entender que la fiesta no es apenas un acto de representación. No es una manera de mostrar para otros. Es, ante todo y fundamentalmente, un acto de presencia a través del cual una comunidad, una colectividad, un pueblo se realiza. Particularmente el Carnaval no es un espacio donde las personas van a observar como espectadores. Es un ámbito donde el conjunto de las personas se integran y donde la vivencia en comunidad se hace concreta. En la fiesta la comunidad, y cada uno de sus integrantes, se hace visible. En el sentido más genuino la comunidad genera la ocasión para quitarse la máscara y sus miembros se revelan los unos a los otros. Para participar es necesario ser. El acto de representación, si es que existe como tal, viene a continuación.

Desde el punto de vista colectivo puede decirse que a través de la intervención en la fiesta los integrantes de una sociedad, los participantes que son a su vez ciudadanos, descubren y construyen juntos una razón de ser: la de vivir juntos en comunidad. Así se van constituyendo de manera asociada y compartida como un organismo vivo, dinámico, como una colectividad. Esta es la manera de construir la identidad cultural.

Privar a una sociedad, a la ciudadanía, del espacio de la fiesta es quitarle la posibilidad de construir también esa identidad nacional, romper o intentar romper los lazos que forjan una identidad cultural. Tomar una medida como la que ahora se pone en práctica es, entre otros motivos, aportar al sentido colectivo, una apuesta a seguir construyendo genuinamente una identidad cultural como pueblo. Podrá decirse que no alcanza con una medida aislada. Es verdad. Pero también es cierto que esta decisión de ahora se encuadra dentro de una serie de determinaciones que bien pueden entenderse como una orientación política en la misma línea. Recuperar el espacio público para la ciudadanía, como lugar de reconocimiento, de intercambio, de diálogo y también de celebración, es parte de una política pública en materia político-cultural.

Podrá decirse también que hoy el Carnaval no tiene las características de antaño. Porque la participación popular se ha restringido, porque las características de las celebraciones son otras. Es verdad. El sentido de la fiesta como lugar de encuentro y representación es otro, pero mantiene su condición fundamental: encontrarme con otros en un espacio común donde todos y todas nos hacemos visibles, nos reconocemos. No importa si es en el barrio o en un megafestival. La forma casi es un detalle menor.

Todo ello sin perder de vista que el acceso al espacio público hoy está atravesado por asimetrías. Y que mientras unos festejan en las calles y en las plazas, otros aprovechan la misma ocasión para hacer ostentación de consumo en selectos lugares turísticos. Las diferencias económicas y también socioculturales atraviesan y marcan nuestra sociedad. No se trata de olvidarlas. Pero esta realidad no invalida el sentido de lo que se afirma más arriba.

Uno de los mayores ataques que ha sufrido la cultura de nuestros pueblos latinoamericanos es la creciente individualización. El individuo se fue despojando (¿liberando?) de vínculos y hábitos culturales (¿tradicionales?) que por un lado lo encerraban y, por otro, lo protegían. Con ello se ganó en autodeterminación y en libertad, se abrieron otros horizontes, particularmente para los jóvenes. Pero ese ejercicio de la libertad depende de las capacidades y de las posibilidades. Unas y otras requieren de marcos de contención cultural para que aquella libertad pueda crecer y desarrollarse.

Si se disuelve lo público lo único que subsiste (y se potencia y sobrevalora) son las capacidades individuales. Sin lo público no sólo se pierde la posibilidad de reconocer a los otros y a las otras, sino que el sujeto mismo carece de referencias, de marcos para comprenderse a sí mismo, para desarrollar una identidad que siempre es en relación. Se diluye lo colectivo y desaparece la solidaridad.

En todo este recorrido, no es una cuestión menor recuperar el espacio y el sentido de la fiesta en el marco de lo público. Porque tiene valor político y cultural.

lunes, 22 de noviembre de 2010

En 1884, Lucio V. López escribía La gran aldea y describía allí uno de los bailes a los que acudía Alejandro, un cochero mulato integrante de Los Tenorios del Plata que seducía a una sirvienta vasca y la llevaba a bailar, enfatizando su poder sobre la mujer, y también el mestizaje irrefrenable que esto conllevaba (...) Esta reiteración en la fuerza seductora de los negros y de las negras, de sus movimientos sexuados en una época donde el pudor debía velar todas las conductas y que se reivindicaba en un tiempo de trasgresión como el carnaval, se basaba en las imágenes que construían los hombres pertenecientes a los grupos hegemónicos de los candombes de la época de Rosas y que continuaban desarrollándose y utilizándose a principios del siglo XX, cuando la figura del "negro" en el carnaval, lejos de "desaparecer" - como aparentemente pasaba con su homólogo en la vida real - ganaba cada vez más importancia. Geler, Lea: Andares negros, caminos blancos. Afroporteños, Estado y Nación Argentina a fines del siglo XIX, Rosario, Prohistoria Ediciones, 2010.


“La gran aldea” (Fragmento)
 Lucio V. López



Era la última noche de carnaval y el mulato Alejandro estaba de baile. Su comparsa, los "Tenorios del Plata", con un brillante uniforme blanco y celeste y sus botas imitadas en hule, invadía el teatro de la Alegría, campo de las batallas galantes de la clase, en los tres días clásicos del año. Pero el corazón de Alejandro no estaba aquella noche en el salón de baile, sino en los dormitorios de Blanca. Graciana, una linda y traviesa francesita, en quien Blanca depositaba todos sus secretos, había cautivado el alma del mulato, sin que los antagonismos de raza fueran una razón de timidez por parte del cochero o de repugnancia por parte de la sirvienta. La cuestión grave era saber cómo haría Graciana para ir al baile con Alejandro, y eso era algo difícil. La señora con su mamá iban al baile de máscaras del club. El viejo don Ramón permanecía en casa a causa de su reumatismo. Graciana debía velar aquella noche por el bebé ; la noche anterior había estado de pascana con su Otelo; porque es necesario saber que Graciana estaba fuertemente apasionada del mulato.

Alejandro se daba un tono insoportable para con los de su clase, con motivo de sus nuevos amores; y la francesita, aunque estaba lejos de ser una doméstica como las de Zola, no tenía el más mínimo embarazo en desempeñar todos los servicios de su ama y en adorar a Alejandro, sin la más mínima limitación. Pero aquella noche, Blanca al salir enmascarada para el club, había recomendado a Graciana, de la manera más severa, que velara al marido a quien se le podía antojar vestirse e irla a buscar y sobre todo al bebé , a quien don Ramón no podía atender a pesar del entrañable cariño que sentía por su hijita. Graciana había jurado fidelidad, pero Alejandro, así que las señoras y el señor de Montifiori desaparecieron, comenzó a excitar poco a poco la imaginación de Graciana contándole las maravillas que aquella noche iban a hacer los "Tenorios" en el tablado de la Alegría.

La mujer es un ser débil en todas las clases sociales. Graciana comenzó por resistir y Alejandro terminó por vencer. Verdad es que el pardo tenía, según él, un ascendiente poderoso sobre el bello sexo. Los dos amantes, una vez de acuerdo en bailar esa noche en la Alegría sin que los patrones lo notoran, pusieron en juego su plan. Alejandro vistió su uniforme de "Tenorio", color blanco y celeste, con gorra de oficial de marina, espléndido specimen de mojiganga criolla; se echó al bolsillo el triángulo, su instrumento oficial en la comparsa de los "Tenorios" y esperó a Graciana acurrucado debajo de la escalera, completamente a obscuras en el acto de la evasión de los dos danzantes fugitivos. Graciana, por su parte, recorrió las habitaciones; vio que mi tío no daba señales de vida, que el bebé dormía e hizo ruido en el cuarto de la niña, como para dar a entender que ganaba la cama. Después de media hora de silencio, notando que la tranquilidad de la casa era completa, saltó de la cama, descalza, para no hacer ruido; tomó la bujía encendida que alumbraba apenas la habitación y acercándose con ella a la cuna de la niña, notó que ésta dormía tranquilamente; dejó la luz como tenía de costumbre, y abriendo suavemente la puerta del aposento que daba sobre el corredor, y cuya cerradura había tenido cuidado de enaceitar para que no hiciese ruido, salió en puntas de pie llevando en una mano un par de botines de raso y suspendiendo en la otra nada menos que el dominó con que Blanca había asistido disfrazada la primera noche de carnaval al baile del Club del Progreso. La interesante mascarita cerró cuidadosamente la puerta, y ayudada por su amante, sin muchas exigencias de recato por su parte, se disfrazó en un instante; se calzó sus botines blancos, se colocó la máscara de raso, y ambos bajaron resueltamente la escalera principal, abrieron la puerta de calle con la llave que poseía Alejandro y se encontraron muy pronto en la calle, libres como Romeo y Julieta , si Romeo y Julieta hubiesen sido sirvientes y se hubiesen escapado juntos alguna vez.

Cuando llegaron a la puerta de la Alegría, el baile estaba en todo su esplendor. Los "Tenorios" hacían una mella terrible en aquella Ineses de media tinta y de color entero.

Las cuadrillas se bailaban con una seriedad rígida, casi británica; el vals no dejaba nada que desear por corrección: la mazurca era de un remeneo de ancas de dudosa moderación, y por último la habanera algo alarmante como chacota de articulaciones.

En medio de estos variados modos de bailar, se notaba en aquel salón, donde había una absoluta proscripción del perfil griego, una suma tendencia al tono y a la elegancia. Los "Tenorios" se llaman como sus amos; se dan su nombre y apellido; usan su papel timbrado, se ponen sus fracs, sus guantes, sus corbatas y sus camisas; la única nota discordante es el pie, el pie de un "Tenorio" es algo melancólico: un pedicuro con cierto talento dramático podría escribir una tragedia más terrible que Fedra, con sólo estudiar el pasaje de su instrumento a través del pie de un joven high-life de color. He ahí la causa por qué los negros, después de tres días de carnaval, por más elegantes y presuntuosos que sean, tienen que vivir otros tres días prendidos de una reja; los pies necesitan suspender su misión terrena por ese espacio de tiempo para volver a su estado primitivo.

En fin, a pesar de estos inconvenientes, los galanes bailaban aquella noche en la Alegría con tanto garbo, y tal vez con más suerte, que sus patrones del Club del Progreso. Un "Tenorio" con su uniforme blanco y celeste debe ser algo ideal para su compañera de baile y de color; porque al fin, convengamos en que, vestirse para enamorar con los purísimos colores del cielo, es mucho más lógico que hacerlo de negro como los amos.


Hay algo de fantástico en ese traje, en esa chaquetilla de merino azul con galones de plata, en ese pantalón de cotí blanco, en esas polainas de precio modesto pero de soberbio brillo, que se empeñan en confabularse con el botín chueco de elástico, para fingirse botas granaderas.

Alejandro entró en el baile del brazo de su compañera, cuyo espléndido dominó levantó el cotarro de todas las princesas negras que vieron pasar a su lado aquella vasca plebeya, pero blanca.

¡Alejandro, rendido a una "extranjera de Uropa"! ¡Qué decepción! ¡El, el más aristocrático swell de la clase , la flor y nata de las academias de baile, entregado a una gringa!

Las señoritas y las matronas no se lo perdonaron, pero el lindo mulato, sin importársele mucho de las críticas que le hacían por todos los centros del salón, tomó de la cintura a su linda compañera y acometió un scottish de paso doble que en aquel momento comenzaban a rascarlo cuatro violines de la orquesta y un figle solitario y pifión que se quejaba entre los labios de un viejo músico panzón y dormido, representante de la música de viento.

Es de ver la galantería del negro porteño. Prescindiendo, si es posible prescindir del ambiente del salón, que es algo pesado, la cortesía y la urbanidad entre ellos son incomparables: el lenguaje incorrecto pero elevadísimo. Se conversa con las mismas pretensiones con que se conversa en el gran mundo; se enamora con la misma gracia, con la misma compostura y con el mismo chic . Las niñas no dejan nada que desear desde el punto de vista de la educación: es cierto que los labios son un poco gruesos y las narices algo chatas, pero de una autenticidad indiscutible; allí no hay veloutine ni crema de perlas que formen cutis apócrifos. Los mozos son de la más alta estirpe administrativa: entre ellos está representada la secretaría del presidente de la República, por un empleado, que aunque sirve el té y el agua con panal, no se apea de su categoría de empleado público. Los cinco ministerios de la Nación tienen sus más dignos representantes: la diplomacia, el gobierno, la instrucción pública, la guerra y la hacienda forman parte de los "Tenorios del Plata", que bailan en la Alegría las tres noches de carnaval. Las mamás o las tías y madrinas viejas, que se le acomodan desde su asiento a una masa sopada en vino Priorato, ven pasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempeña cargos modestos, pero honrosos en la política argentina. Y generalmente, esos snobs de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodea su nombre; pero, si suelen ser eximios como amantes, son intolerables como maridos; todos concluyen enamorando vascas, como Alejandro, o perdiendo a las negritas mimadas de casas decentes. Aquella sociedad tiene sus escándalos como todas las sociedades: raptos, seducciones, adulterios, suicidios y hasta duelos. Hablan de las guerras y de las batallas pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque el negro y el pardo porteño saben batirse con la bizarría del mejor de los soldados y caer sobre el campo de la acción como caen los héroes.

Las dos de la madrugada habían dado ya, y Graciana apuraba a Alejandro para volver a casa. La sirvienta pensaba con razón, que el señor podía haber notado su ausencia, que la niñita podía haber llorado, que Blanca podía haber regresado del club; pero el negro, rumboso al fin, como todos los de su clase, quería concluir la noche con una cena en un café de la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita.

Tanto hizo Alejandro, que Graciana, después de bailar con él la última galopa con un ímpetu y un entusiasmo indescriptibles, consintió en ir a cenar, no por cierto unas ostras con Sauterne, sino unas suculentas costillas de chancho, apoyadas por una copiosa taza de café con leche, con pan y manteca, que sirvieron para corregir la vacuidad incómoda que todos los estómagos, ya sean plebeyos o aristocráticos, sienten a las tres de la mañana después de una noche de baile.

Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salían conjuntamente del teatro, con los "Tenorios", extenuados por la fatiga de la noche, demostrando en el rostro esa melancolía peculiar que demuestra el último comparsa que se retira en la madrugada de la tercera noche de carnaval.

Por entre ellos atravesó orgullosamente Alejandro con su compañera del brazo, y doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puerta de la casa de sus patrones.

Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa de mi tío Ramón; la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestíbulo bajo y en el vestíbulo alto. Algo de extraordinario debía de haber pasado durante su ausencia, y la fuga de Graciana había sido notada. La sirvienta tuvo un acceso de nervios muy común entre las francesas y no se atrevió a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de miedo.

El pardo vacilaba también, y caballeresco como era, no se atrevía a comprometer ni a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentaba con el ruido de los carruajes que comenzaban a remolinear en la esquina del Club del Progreso, lo que les indicaba que el baile allí tocaba a su término, que de un momento a otro, Blanca llegaría a su casa y encontraría a Graciana disfrazada con su dominó. Los dos amantes optaron por lo más práctico en aquellos instantes críticos y huyeron calle de Victoria arriba, prefiriendo la fuga a pasar por la vergüenza de ser descubiertos. Alejandro, el audaz seductor de aquella honesta Margarita, fue a golpear la puerta de una posada de la plaza de Lorea, donde se instaló con su compañera, resuelto a darle su nombre para cubrir su falta y purificar su honra manchada.
Fuente: Carnavales del siglo XIX. El club del Progreso,

lunes, 15 de noviembre de 2010

RESTITUCION DEL FERIADO DE CARNAVAL

Nuevos feriados, arrancando el lunes 22 de noviembre

Se conmemorará el Día de la Soberanía Nacional. Vuelven los feriados de carnaval y se agregan dos feriados turísticos por los próximos tres años. En 2011 habrá 17 feriados nacionales.
DyN

Buenos Aires, 3 de noviembre.- El Gobierno puso hoy en marcha a través de dos decretos el nuevo esquema de feriados nacionales, que reincorpora el lunes y martes de carnaval, crea el 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional y suma al calendario dos días por año para fomentar el turismo.
De acuerdo a las decisiones 1584 y 1585 publicadas hoy en el Boletín Oficial, en 2011 habrá 17  feriados: 1° de enero, lunes y martes de carnaval, 24 de marzo, 25 de marzo (turístico), Viernes Santo, 2 de abril, 1º de mayo, 25 de mayo, 20 de junio, 9 de julio, 17 de agosto, 12 de octubre, 20 de noviembre, 8 de diciembre, 9 de diciembre (turístico) y 25 de diciembre.
El proyecto había sido enviado al Congreso el 14 de septiembre, pero el Ejecutivo argumentó que `todo evidencia` que la sanción de la norma `no podrá concretarse con la premura del caso, obstaculizando una de las finalidades del envío`, que `era dar previsibilidad con un tiempo de antelación suficiente como para posibilitar a los ciudadanos la planificación de sus actividades`.
Es que, según explica en otro párrafo, desde la fecha del ingreso de la iniciativa, la Cámara de Diputados `casi no ha sesionado`.
Según lo establecido, el feriado del 17 de agosto será cumplido el tercer lunes de ese mes, el del 12 de octubre el segundo lunes de ese mes y el del 20 de noviembre el cuarto lunes de ese mes.
En cuanto a los feriados turísticos, cuando los feriados nacionales coincidan con los días martes o jueves, se fijarán dos feriados por año que deberán coincidir con los días lunes o viernes inmediato, usualmente denominados feriados puente.
En tanto, si los feriados no coinciden con los días martes o jueves, se fijarán dos feriados destinados a desarrollar la actividad turística, y en este caso el Poder Ejecutivo deberá establecer los feriados turísticos por períodos trianuales.
En este caso, el Gobierno ya anticipó las fechas de los próximos tres años: en 2011 será el 25 de marzo y 9 de diciembre, en 2012 30 de abril y 24 de diciembre y en 2013 1 de abril y 21 de junio.
El feriado de carnaval, que había sido eliminado durante la última dictadura militar, volverá al calendario a partir de este proyecto y se cumplirá durante dos jornadas (lunes y martes).
Para el Gobierno, ésta `una de las manifestaciones más genuinas de las diferentes culturas que habitan nuestro vasto territorio`.
Otra novedad que se suma es la instauración como nuevo feriado patrio el 20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional, en homenaje a la batalla de Vuelta de Obligado, `uno de los hitos históricos más importantes de nuestra Nación`, se destaca. Además, se suma a la lista de feriados inamovibles el 20 de junio, Día de la Bandera, en honor a Manuel Belgrano. En tanto, el 12 de octubre dejará de denominarse Día de la Raza y pasará a llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural.
Por otra parte, se estableció como días no laborables el Jueves Santo, para la comunidad judía el Año Nuevo (dos días), el Día del Perdón (un día) y la Pascua (los dos primeros días y los dos últimos); y para la comunidad islámica el Año Nuevo Musulmán, el día posterior a la culminación del ayuno y el día de la Fiesta del Sacrificio.

lunes, 11 de octubre de 2010

11 de octubre de 2010
Diputados comienza a discutir el proyecto del Ejecutivo para el reordenamiento de los feriadosDFuente: Télam

La comisión de Legislación General de la Cámara de Diputados buscará esta semana avanzar en el dictamen del proyecto enviado por el Poder Ejecutivo, que reordena los feriados anuales y eleva de 12 a 15 esas celebraciones nacionales.

La iniciativa incorpora tres nuevos feriados: los lunes y martes de Carnaval (anulados por la última dictadura militar) y el 20 de noviembre (Día de la Soberanía Nacional).

Además, establece "días puente" para lunes o viernes cuando los feriados inamovibles caigan martes o jueves, con lo cual se extenderán esos fines de semana a cuatro días.

En tanto, el 20 de noviembre se recordará la batalla de Vuelta de Obligado, en la que milicias criollas enfrentaron a fuerzas anglo-francesas.

El texto propone además que el 12 de octubre se celebre el "Día del Respeto a la Diversidad Cultural " y no el Día de la Raza, como ocurre actualmente.

En la iniciativa se suma también el 20 de junio (Día de la Bandera) a los feriados inamovibles, a pedido de la provincia de Santa Fe y de la intendencia de Rosario, por lo que serán diez las fechas anuales no trasladables.

El proyecto del PEN ingresó el 14 de septiembre a la Cámara de Diputados y tiene como comisión cabecera a la de Legislación General, que preside Vilma Ibarra (Nuevo Encuentro), pero debe ser discutido también en la de Turismo.

"Será rápidamente tratado en la comisión de Legislación General para lograr una rápida sanción", aseguró Ibarra, para quien, entre otras cuestiones, "recuperar los carnavales es una iniciativa valiosa" por su aporte a la "cultura popular y al turismo".

Ibarra, autora de otra propuesta con objetivos similares a los del proyecto del PEN, consideró que "da contenido a la conmemoración festejar las fechas patrias en su día" y juzgó que los feriados "puente" estimulan la actividad turística, el desarrollo regional y el consumo interno.

La norma presentada a principios de septiembre por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner establece además que serán no laborables e inamovibles varias festividades religiosas de las colectividades judías e islámicas.

En todos los casos, una vez que se apruebe la ley, el Poder Ejecutivo deberá reglamentar y planificar antes del 30 de octubre el cronograma de feriados para el próximo año.

Ya en el 2006, el gobierno del ex presidente Néstor Kirchner introdujo cambios al calendario al instaurar por ley el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia (24 de marzo, día en que ocurrió el último golpe militar) y declarar no trasladable el feriado del 2 de abril (Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas).





martes, 14 de septiembre de 2010

Que no se vaya nunca más la retirada
Por Adrián Pérez para Página 12

La actividad de las murgas viene creciendo desde 1985. Por ese entonces casi no existían y hoy ya son más de cien. Hay proyectos oficiales para recuperar los feriados de Carnaval, eliminados por la dictadura y hoy vigentes sólo en la ciudad


“Sos la murga que nace en la entraña del malón, de la raza que destila este sudor”, dice el tema “Negra Murguera”, de Bersuit Vergarabat, como tributo musical a un fenómeno cultural que se apropia de las calles de Buenos Aires durante febrero, amalgamando estandartes, disfraces y desfiles en una variedad de personajes paridos por las agrupaciones barriales. Con un origen en las fiestas paganas de la antigüedad que se brindaban en honor al dios del vino –Dioniso en la mitología griega–, el Carnaval se remonta cinco mil años atrás a Sumeria y Egipto; celebración que rescata antiguos elementos de las fiestas de invierno romanas o Saturnalias, donde amos y esclavos eran libres de intercambiar vestimentas y roles. Y aunque llegó al Río de la Plata con el hombre blanco, entre el abanico de celebraciones que el calendario gregoriano determina, el Carnaval está entre los momentos del año donde el ingenio y lo popular se estrechan en un abrazo fraterno e interminable. Página/12 dialogó con dos antropólogas de la Universidad de Buenos Aires especialistas en el Carnaval porteño para adentrarse en sus orígenes, significados y rituales. Analía Canale es licenciada en Ciencias Antropológicas de la UBA y becaria del Conicet en el Instituto de Ciencias Antropológicas de la misma universidad, donde estudió la poética, las canciones y presentaciones ante el público de las murgas a partir de mediados de los ’80. Su trabajo se centró en los cambios producidos en un proceso que la investigadora determina como de “resurgimiento”, cuando la actividad murguera comienza a practicarse durante todo el año. “Aunque para 1985 quedaban muy pocas murgas y en algunos barrios comenzaban a formarse dos o tres nuevas, a mediados de los ’90 fueron treinta y cinco, y cerca de 2000 crecieron hasta ser cien. Con el retorno de la democracia se produjo toda una movida en cuanto a la recuperación del espacio público, no sólo desde los movimientos populares, sino también desde el Estado.”

Ese panorama comenzó a profundizarse, a fines de 1980, con la apertura de talleres. “Fue entonces cuando se produjo un nuevo espacio donde se aprende a ser murguero en muy poco tiempo y la murga muda su centro de los barrios y del aprendizaje folklórico desde la participación familiar. En los talleres se aprende canto, baile, a tocar el bombo con platillos y a escribir las letras de las canciones”, destaca la antropóloga y, además, afirma que la aparición de nuevas generaciones interesadas en el Carnaval “jugó un papel importante en el proceso de resurgimiento”. En esta nueva escena comienzan a formarse agrupaciones donde “el interés de los jóvenes, especialmente de clase media, está puesto en prácticas artísticas, pero ya no al estilo de las escuelas más tradicionales sino con formas más participativas”. ¿Por qué la murga atrajo particularmente a ese estrato socio-etario? “Ellos se involucran con expresiones artísticas que permitan formas más democráticas de participación y que no requieran una formación estructurada o estandarizada, ni escuelas de música, teatro o conservatorios.”

Además de los jóvenes, para que ese paradigma cambiara, fue necesaria la emergencia de otro actor que participara activamente en el nuevo modelo. “Muchos de los viejos murgueros de los barrios fueron quienes comenzaron a enseñar en los nuevos talleres; ellos identificaron, a través del interés que mostraban los jóvenes, que eran poseedores de una forma de arte popular. Así pudieron revalorizar sus propios conocimientos y formas de expresión”, indica.

El discurso irónico es otra de las características que rescata la antropóloga. “La crítica es un tipo de canción dentro de la presentación de las murgas que es considerada central. Es una construcción lírica que se edifica a partir de la ironía, la burla, la inversión de los sucesos o personajes que hayan tenido algún interés durante los sucesos del año anterior.” “Con la crítica, que puede ser de una o hasta tres canciones, se pretende mostrar que la interpretación popular de las noticias o de los hechos considerados importantes por la política, la sociedad o el espectáculo son de una importancia relativa”, amplía. Por el orden de aparición, las canciones reciben tres clasificaciones. En la presentación o canción de entrada se menciona el nombre de la agrupación, barrio de origen o ciertas características propias de la agrupación (la más antigua, la que se destaca por su baile) y se hacen promesas de brindar alegría y felicidad. Funciona como “carta de presentación”, donde se mencionan los colores de pertenencia.

El homenaje es otro de los tipos de canciones. En este caso, se destaca algún personaje con reconocimiento o anónimo. “Pueden haber canciones de homenaje referidas al barrio de Saavedra, a su murga o a Goyeneche –ejemplifica la investigadora–. La canción de homenaje forma parte del discurso crítico porque al resaltarse los valores de esa figura o personaje se contrastan con los valores de los que se burlaban, anteriormente, en las canciones de crítica. Es una canción que puede o no hacerse y cuya interpretación es patrimonio de las formas más tradicionales.” El cierre de cada murga llega con la canción de despedida o retirada, donde se suele hacer alusión al “mito del eterno retorno del carnaval”, a la idea del entierro y renacimiento del festejo. “En las canciones se habla mucho del ‘volveremos’, ‘esta murga seguirá’ o ‘hasta el otro Carnaval’, bajo una idea de permanencia en el tiempo”, describe Canale.

La antropóloga considera que el proceso que llevó a las actividades de Carnaval a ser declaradas Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires en 1997 fue interesante porque inauguró una negociación entre legisladores porteños y murgueros, que “generó un proyecto conjunto donde los murgueros tuvieron que organizarse entre sí e institucionalarse para poder mediar con el Estado”. Antes, el corsero era un empresario que organizaba todo y las agrupaciones “trabajaban cada una por su lado con mucha competencia entre ellas para obtener los mejores lugares de actuación. Pero con la intervención estatal, al que muchos consideran un ‘gran corsero’, las agrupaciones tuvieron que coordinarse entre sí para generar un espacio importante de participación”, puntualizó

jueves, 2 de septiembre de 2010

HISTORIAS DE BUENOS AIRES
Desde Nuevo Ciclo


Durante el año 1990 el Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires promovió diversos talleres de Historia Oral en distintos barrios de la Ciudad, uno de ellos el de Boedo, que fue coordinado por el Sr. Roberto D. Bolan. Uno de los temas abordados con la participación de quince vecinos, fue el referido a los carnavales en Boedo, recibiéndose los testimonios de quienes vivieron las fiestas desde las primeras décadas del siglo pasado. Un boletín del Instituto, actualmente agotado, que lleva el Nº16, editado en marzo de 1991, resumió aquellos encuentros, dejando recuerdos de reconocido interés. Creemos que, como introducción a las notas correspondientes al Carnaval 2007, resultará interesante para muchos de los lectores visitantes de estas páginas, tomar conocimiento de las vivencias sentidas por nuestros padres y abuelos en aquellos carnavales de la primera mitad del siglo XX. En la introducción a la nota, el coordinador expresa: “Para el lector llega ya el momento de introducirse en una especie de máquina del tiempo para transportarse al pasado de un barrio de Buenos Aires, para “vivir esos cuatro días locos” para recrear un ayer que produjo alegría e instantes de felicidad a un barrio tan entrañablemente metido en el corazón de los porteños“.


Este juego, que resultaba muy intenso y prolongado, a veces causaba algún accidente, ya sea por los elementos que se manejaban, como por los peligrosos resbalones debido al piso mojado…..
Herminia Faregna (H.F.): Al atardecer se jugaba con el pomo de plomo con agua perfumada (marca “La bella porteña”, y como costaba caro, Ud. no podía comprar otro. Luego los chicos se hacían de unas moneditas vendiendo el plomo.
Aurora Trotta (A.T.) Llevaban pomos y el lanza-perfume, pero no tiraba en los ojos; no había agresión, no. Jugaban con serpentina y con papel picado.
Leonor Trotta (L.T.). Eso sí, si le podían tirar papel picado en la boca, se lo tiraban.
Domingo Mittica (D.M.) Lo que quiero aclarar es que el juego de los lanza-perfumes, con serpentinas y papel picado, ocurría a la iniciación del corso. Por lo regular, los hombres acostumbraban expulsar los líquidos (que eran fríos) de los lanza-perfumes por las espaldas y piernas de las damas y cuando éstas querían esquivar el chorro, el líquido sin querer, a veces, se dirigía a los ojos, con los resultados de afecciones en la vista que debían ser tratadas en los hospitales.. Había problemas graves y por eso fue prohibido su uso, pero, a pesar de ello, aparecían los lanza-perfumes en carnaval, pues eran vendidos a escondidas de las autoridades policiales. Para la prevención en los ojos aparecieron a la venta las famosas antiparras…
A.T.: sobre todo en el pasaje Cabot, muchos jugaban al agua en la calle; eso sí, lo hacían nada más que los que querían jugar; no es como ahora (1990), que uno va por la calle le tiran un balde de agua. En dicho pasaje se juntaban vecinos de tres, cuatro o cinco casas; era una cosa que no se pasaba un año sin jugar al agua, aunque fuera un día, pero se jugaba…
María Ana Ugo (M.A.U.): Mi familia es muy vieja en el barrio. Vinieron de Italia y se establecieron en la zona sur de Boedo, a fines del siglo pasado (XIX) o principios de éste (XX). Mi abuelo fundó el mercado de “Inclan” y contaba que se jugaba mucho al agua, que era una tradición en el barrio…….
D.M.: Recuerdo que por una ordenanza o edicto policial (no se que sería), era permitido jugar al agua en carnaval en la vía pública, solo en la Costanera Sur, en el horario de 14 a 17:30 hs. El juego se hacía con pomos, bombitas o globitos y se usaban unas pistolas de goma que absorbían el agua de baldes que poseían en sus vehículos, coches, camiones y camionetas. Sucedió, según mis recuerdos, entre los años 1937 y 1945…si la memoria no me falla.
La gran fiesta
G.O.: Al atardecer comenzaban a aparecer las primeras comparsas y las “mascaritas” sueltas. Las agrupaciones desfilaban en correctas formaciones y vistosos disfraces. Algunos de estos conjuntos, como en el caso de los centros corales y musicales y de los marinos, se destacaban por sus impecables uniformes...
Ciertos conjuntos, como los de los clowns y murgas, acostumbraban detener sus marchas para hacer breves demostraciones, ya sea de pruebas acrobáticas o del repertorio de sus canciones, pero el objeto principal que perseguían era su presentación en los concursos organizados por las salas de espectáculos.
En dichos concursos se otorgaban premios a las mejores agrupaciones, consistentes en medallas, plaquetas y otros trofeos, cuyos merecedores los exhibían luego en sus estandartes.
Saturio Ortíz (S.O.): El Teatro Boedo era el que verdaderamente organizaba el carnaval en Boedo. Se ponían en venta las localidades y con solo mencionar al dúo Buono-Striano (animadores) en 35 o 40 minutos se vendía toda la sala con días de anticipación. La función empezaba a las 20:30 y terminaba a las 4 o 5 de la madrugada; un desfile constante, comparsa, tras comparsa Y a la gente, había que golpear las manos y decirles: ¡Se acabó, señores, hasta mañana!
Ángel Landro (A.L.) Al carnaval iba el gaucho, el paisano, el matrero, también el cocoliche, el que hablaba medio en italiano. Un pariente mío, cocoliche, decía al entrar al carnaval:
“Permasso pito p’entrare
Francesco Letra Cardone
Per te ven a salotare
A questa grande revonione”
No citado en el Boletín que estamos transcribiendo, pero obrante en los archivos de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo, se encuentra el más antiguo testimonio que hemos hallado de los carnavales en Boedo, y tiene relación –precisamente-con lo citado:
Beatriz Clavenna (B.C.): A mi marido, cuanto tenía 8 o 9 años los padres lo mandaban a las 5 de la tarde para ocupar una mesa en el “Rió de Oro” (Carlos Calvo y Boedo) – hoy café Recuerdo- para que a las 20:30 disfrutara toda la familia del corso de Boedo.
S.O.: recuerdo que desde 1922, aproximadamente, la gente venía al corso de Boedo desde muy lejos, con sus banquitos o sillas de paja para sentarse próximos al cordón de la vereda. El corso tenía una extensión desde Independencia (por Boedo) hasta San Juan y daban la vuelta (POR Boedo) porque era mano y contramano.
Luis Brenna (L.B.): En la comparsa de losMarinos Unidos del Plata (de la que fui integrante de chico) íbamos vestidos de marineros con el uniforme y el clásico sombrero de marino. Chicas y chicos ensayábamos meses en la calle Luzuriaga; nos enseñaban a marchar. Primero iba la banda, le seguían los que llevaba estandarte y luego la tropa.
Herminia Farenga (H.F.): Desfilaban los “limpia Spuzza y Cía.” (Un juego de palabras en italiano y castellano para designar a los cloaquistas); La comparsa de ese nombre aparecía con sus integrantes vestidos de cloaquistas que generalmente usaban un uniforme azul y portaban un recipiente de regular tamaño de bronce, bien lustrado. En el llevaban un cepillo, una sopapa, un trapo de piso, en fin lo necesario para limpiar piletas y baños (sin olvidar el uso de la acaroina)
G.O.: Otro de los conjuntos numerosos era el de los barrenderos o “musolinos”, Estas agrupaciones, cuyos uniformes eran parecidos al de los barrenderos municipales, llevaban cepillos y carritos para la limpieza de las calles. Los barrenderos marchaban parodiando el trabajo de esos servidores públicos, moviéndose exageradamente, lo que provocaba la risa de los presentes. Completaban la actuación con divertidos cánticos, en un italiano alrevesado……..
H.A. Lo importante del corso de Boedo era que acaparaba la atención de gente de muchos barrios de la Capital y del Gran Buenos Aires. Yo sabía de personas que venían de Valentín Alsina, de Lanús y de más lejos, además de las que llegaban desde Pompeya, Parque Patricios, Almagro, Caballito, en fin de todos lados.
Murgas y disfraces:
H.F.: Las murgas de los pibes atorrantes preparaban sus trajes con las bolsas de arpillera, algunos muy trabajados. Las tapitas de “Bilz” servían de adorno al traje y los cantos eran tan “fuertes” que las chicas tenían que “volar”
A.L.: Había una murga extraordinaria que se llamaba “Llanta de goma y su cría” porque
parecían de goma, saltaban muy alto y hacían pruebas acrobáticas.
G.O. Las murgas eran totalmente distintas a las de ahora, tanto en la cantidad de componentes como en vestimentas, instrumentos musicales, excepto el bombo, y canciones.
La cantidad de murguistas nunca superaba la docena de participantes y marchaban en fila india llevando, a su frente, como mascota, un chico vestido de director; luego le seguía el verdadero director. Ambos vestían pantalón, levita, galera alta, bastón, llevando largas melenas; el verdadero hacía sonar un silbato al compás del bombo.
Los instrumentos musicales de esas murgas eran de conexión casera, imitando a los de viento, pero de tamaño exageradamente grande.
Con el nombre de murga, los más chicos formaban pequeños grupos que usaban como vestimenta alguna ropa vieja; se colocaban sacos dado vuelta, se tiznaban las caras con corcho quemado, se ponían sombreros viejos y usaban como instrumentos musicales cacerolas a las que golpeaban con sus tapas. Sus canciones eran tan procaces que las familias optaban por rechazarlos cuando se acercaban para entonar su repertorio. En cambio eran bien aceptados por los parroquianos de los bares y despachos de bebidas, Quienes se divertían con sus ecires y les retribuían con alguna moneda, que era lo que finalmente buscaban esos pequeños muguistas………
G.O.: También había mascaritas sueltas. No todos se disfrazaban para integrar conjuntos; muchas personas mayores lo hacían para actuar individualmente y su actuación se reducía a visitar amigos, parientes, vecinos, etc.
En cuanto a los chicos, además de disfrazarlos para que lucieran sus vestidos ante familiares y amistades, su finalidad muchas veces consistía en presentarlos en los concursos de máscaras infantiles que organizaban los corsos. Es importante reiterar el concepto: el corso de Boedo no era organizado: carecía de palcos y de adornos. Podría decirse que era un corso con plateas, cuyas butacas las constituían las sillas de los cafés que se extendía a lo largo de la calle Boedo, desde
Independencia hasta San Juan
Bailes de carnaval.
Emilio Musi (E.M.): en el Club Mariano Boedo había Bailes. En Rioja pasando Cochabamba, había un club llamado “El Refugio”….
G.O.: Los grandes bailes eran con Di Sarli, Pugliese, Jazz Casino, Barry Moral. Hubo épocas en que a los bailes se iba con traje y corbata, los días domingo. Todo esto que comenté está referido a los bailes del Club San Lorenzo de Almagro.
B.C.: Ya no se hacen más los bailes de disfraces de aquellas épocas. Toda la gente se disfrazaba. En la calle los chicos, pero en los salones y en los clubes también los grandes. Actualmente (1990) se ha perdido esa costumbre, inclusive en el caso de los chiquitos. En el Club Mariano Boedo se organizaban bailes “a todo trapo”, con concurso de mascaritas y disfraces. En realidad todos los clubes hacían bailes y tenían su público.
Y así vamos llegando al final de esta evocación de viejos tiempos, realizada por nuestros mayores, hace ya quince años. Por supuesto ahora y no veremos chicos por las calles con disfraces de variado tipo y tampoco mayores, como este personaje de 1970 ¿el último disfrazado?, mostrado por La Nación en “Diario íntimo de un país”.
Pero tendremos para disfrutar los carnavales de estos tiempos. Con más de 11.000 actores participando de ocho jornadas plenas de alegría, que serán acompañadas por más de 800.000 personas, de toda edad, que aportarán su presencia y su aplauso al paso de cada una de más de cien agrupaciones de murga existentes en la ciudad.
Y hecha esta introducción, vamos a ocuparnos del Boedo 2007

jueves, 26 de agosto de 2010

El Carnaval Santafesino

Quizás una de las costumbres más antiguas de la humanidad haya sido el Carnaval; costumbre que ha perdurado a través de los siglos, y que aún continúa con toda su sugestión y magia.

Su origen se remonta a las antiguas fiestas de griegos y romanos en honor de sus dioses; festejos paganos en honor de Saturno o lujuriosas bacanales que enloquecieron a los pueblos de entonces, para convertirse más tarde en el auténtico Carnaval, establecido en la Edad Media, como rara antesala de la Cuaresma.

Desde entonces "la vida ha sido un carnaval", como dice algún tango. En América su culto se entronca con las ceremonias religiosas de quichuas y aimaráes en lo que hace a nuestro territorio, siendo así el Carnaval una fiesta de "neto sabor telúrico y profundo simbolismo", donde lo pagano se mezcla con lo trascendente en medio de un sonar de cajas, quenas o bombos y un desborde sin tregua de aloja y chicha, inspiradores báquicos del hombre del altiplano.

En nuestra vida independiente, a través de los españoles, la tradicional fiesta se prolongó en la sociedad criolla, pero con grandes intervalos y en forma e intensidad distintas según los pueblos o ciudades. En Buenos Aires, por ejemplo, el Carnaval tuvo un gran despliegue, especialmente en los barrios del sur: San Telmo, Monserrat y otros aledaños, donde la población de negros era muy numerosa. Luego cundió en el centro. Debido a sus excesos, en 1830, Tomás Guido ministro de Gobierno llamó a la reflexión a los habitantes de Buenos Aires para que controlaran o se abstuvieran de esa "cosa tan humillante como perniciosa". Y dentro de esta política, el Ilustre Restaurador de las Leyes, en 1844, luego de extensos considerandos, sobre la moral y demás extravíos de los hombres declara "abolido y prohibido para siempre el juego del Carnaval".

En la ciudad de Santa Fe, por aquellos años de don Juan Manuel, la popular fiesta pasó desapercibida, pero no fue prohibida del todo. Hay que tener en cuenta que durante los años de las luchas civiles el Carnaval, como otras fiestas populares, quedaron reducidas cuando no suprimidas, por las lógicas razones de toda guerra, donde no hay tiempo para el jolgorio.

Llegada la época de la Organización Nacional el dios Momo asoma recién su cabeza entre nosotros. Sobre estos carnavales del pasado siglo, en su parte final, han escrito muchos de nuestros historiadores, entre los que cabe mencionar a Floriano Zapata, Clementino Paredes, Jo-sé Pérez Martín, Mateo Booz y Agustín Zapata Gollán; sin olvidar a Lina Beck Bernard que, aunque extranjera, alude también al tema. De todos éstos, es indudable que es el Dr. Paredes quien nos proporciona más abundante material. También acudiremos a los relatos que nos hacía nuestro padre, testigo y protagonista de aquellos inolvidables carnavales.

En los primeros tiempos el corso santafesino se realizaba en las arenosas calles de nuestra ciudad; así también era la polvareda que hacían los carros, las comparsas y los jinetes disfrazados. Debido a eso, previo al corso, cada vecino "baldeaba" prolijamente el frente de su casa. El primitivo recorrido del corso era por calle Comercio (hoy, San Martín) desde la Plaza de Mayo hasta Tucumán; desde ahí se doblaba hacia el oeste, y se retornaba por calle San Jerónimo hasta 23 de Diciembre (hoy General López). Más tarde se prolongó hasta Humberto I, llegando así hasta el bulevar, ya en nuestro siglo.

Debido a la tradicional puja o rivalidad entre los del sur y los del norte, hubo un tiempo en que cada barriada tuvo su corso. El sureño llegaba, por calle Comercio, hasta Rosario; y cuadras más, los norteños hacían el suyo. Con el tiempo, limadas las asperezas, que no eran tales, los corsos se unificaron, y también los vecinos.

En cada Carnaval no había santafesino que no sacara a relucir sus pilchas o platería o adornara su vehículo a sangre de la mejor forma posible. Y así, coches de plaza, breackes, milores o landós, tirados por hermosos troncos, lucían orondos en las carnestolendas. En 1888 desfiló por las calles un carro, donde se levantaba un rancho de utilería, totalmente cubierto de nardos hasta el techo y tirado por seis caballos. En otra oportunidad dice el cronista se presentó un milord, tirado por tres yuntas de caballos, y uno plateado al frente, que lo manejaba Albino Crespo, solamente con las riendas. Don Albino, a quien tuvimos el gusto de conocer ya en su vejez, era en sus años mozos el azote del barrio, especialmente en los días de Carnaval. Sus bromas eran famosas y se le temía. Una vez, debido al chichoneo que le hicieron unos amigos suyos, cuando paseaba por el corso, a caballo, no tuvo mejor idea que enlazar a uno de ellos, y llevarlo así, entre paradas y tumbos, durante varias cuadras. En otra ocasión, el día llamado del "entierro del Carnaval", es decir, el último, cuando se quemaba el "Judas", un extraño y enorme muñeco, al que se lo llenaba de cohetes y bombas de estruendo, ceremonia a la que concurría todo Santa Fe (en el barrio sur), Albino Crespo, trepándose a hurtadillas por las barrancas de San Francisco, y faltando todavía dos horas para que empezara el festejo con los fuegos artificiales, se acercó subrepticiamente al muñeco custodiado por un viejo guardiacárcel y le prendió fuego. Demás está decir la indignación de los vecinos que, al llegar al lugar a la hora indicada, sólo pudieron contemplar las cenizas humeantes de Judas, junto a las carbonizadas cañitas voladoras y cohetes. Cuando la gente volvía esa noche apesadumbrada por la Plaza de Mayo, Albino el moderno Nerón reía a mandíbula suelta en lo de Merengo, junto a sus amigos.

Los coches que más llamaban la atención en los corsos de entonces eran los de Rodolfo Bruhl, Luciano Leiva, Néstor de Iriondo, Paulino Llambí Campbell, Luis Bruno, Ignacio C. Risso, Eugenio Alemán, Javier Silva, José Gálvez y José María Echagüe, entre otros.

Eran famosas en esa época las patotas, especialmente las que se formaban en la vereda del Bar Quo Vadis (San Martín entre Salta y Mendoza) y del Gambrinus (entre Mendoza y 1ra. Junta), o la que tenía su cuartel en el café de Aguirre y Bonechea, en calle San Martín y Moreno. Eran también temibles las establecidas en el almacén de D. Francisco Lafuente (San Martín y Gral. López); en la tienda de D. Sixto Sandaza (San Martín y Rosario); en la farmacia de D. Dalmiro Videla; en la tienda de D. Pedro Saldaña; en la tienda de D. Fernando Stagno, o en el almacén de D. Santiago Barros.

Al pobre infeliz que pasaba por allí, con aire de pajuerano o "candidato", le azotaban "un tremendo vejigazo en la espalda" o simplemente un cubo de agua en la cara amén de otras cosas más subidas de tono.

Los bailes del Carnaval fueron también célebres entre los santafesinos. El Club del Orden reunía a las viejas familias. Era un club de costumbres sencillas que gustaba de las reuniones sociales. El baile dedicado al rey Momo era infaltable. Es interesante la descripción de Paredes en una de esas noches: "Sus salones dice eran decorados artísticamente con flores naturales y guirnalda*. De sus techos pendían unas arañas de vidrio con caireles, cuya iluminación era toda a kerosene, y en sus mesas lucían candelabros de bronce con velas de estearina, que reemplazaban a las antiguas luces a base de aceite de potro".

Durante el baile la orquesta tocaba los consabidos valses, polcas, mazurcas, habaneras y cuadrillas, mientras las "mamás" de las niñas, sentadas alrededor del salón eran obsequiadas con vasos de agua con panales, chocolate con viscotela y masas de lo de Merengo y bizcochuelos de las Andino, y los señores, con cerveza marca "Caballo", refrescos y los clásicos sorbetes, preparados a base de jugo de uva, de limón o de naranja, con almíbar. (Estos bailes son alrededor de 1870).

En la octava de Carnaval se llevaba a cabo el "baile de la piñata", a la que se asistía con trajes de fantasía, pero sin disfraz. "Se colocaba en medio del salón y colgada del techo, una bolsa de seda que contenía exquisitas masas, alfeñiques y caramelos, y, pasada la medianoche las niñas abrían la bolsa y sacaban las confituras, obsequiando a sus respectivos novios".

También fueron renombrados los bailes que, a partir de 1894, comenzó a dar el club Gimnasia y Esgrima. Comenta el cronista que, al margen de su actividad social, este club respondía a la política de don Luciano Leiva, que aspiraba entonces a la Gobernación; agregando que en oposición, estaba el Club del Orden que respondía a los hombres del Partido Radical que sostenía la candidatura de D. Marcos Paz. Creemos que no había tal lucha. En ambas instituciones sociales, había adictos a los dos partidos.

En las casas de familia, se organizaban también hermosas tertulias festejando al Carnaval, como en lo de doña Escolástica J. de Suárez, doña Cirila Britos de Fogues, doña Petrona Seco, y otras vecinas del norte. En dichas reuniones no faltaba el arpa de D. Roque Lisondo, la guitarra de Benito Ortegoza o el violin de Martín Molina (a) "Mangana".

En cuanto a los bailes populares, no cabe duda que los de la Plaza de Mayo fueron los más renombrados durante años.

A la pista, levantada sobre la calle Gral. López, frente a la casa de don Simón de Iriondo, se la rodeaba con escaños de algarrobo para que el público se sentara a mirar el bailongo. Colgados de los árboles se movían los infaltables farolitos chinescos y alrededor una profusión de candilejas y faroles a kerosene. El baile, amenizado por la banda de Policía, comenzaba pasada la medianoche. Alternaba con la banda una orquesta compuesta de acordeones y guitarra; y así se bailaba hasta que las velas ardían. En los jardines de la plaza los vendedores ambulantes ofrecían sus mazacotes y panales, sus alfeñiques y rosquillas, su cerveza y sus refrescos con caña paraguaya.

No faltaban tampoco los que, haciendo "rancho aparte" organizaban sus bailongos en la plazoleta llamada Paseo de las Ondinas, ubicada frente al puerto viejo, en la intersección actual de calle Rivadavia y 1ra. Junta. Allí, criollos y marinantes se entreveraban con sus "damas" y con música o con algo parecido bailaban hasta la madrugada, en una pista la media o la poca luz conspiraban contra la moral y las buenas costumbres.

El teatro Argentino (ubicado en la actual calle Lisandro de la Torre entre San Martín y 25 de Mayo), propiedad de don Juan Manuel Reyes daba también buenos bailes. Una noche, como la función teatral no terminaba, pues la obra era larga, y de esta manera el baile no empezaba, un grupo, capitaneado por Albino Crespo, Sebastián Puig, Aurelio Sebastián Puccio y Agustin Aragón comenzó a tirar cascotes al escenario por la cual, tuvo que suspenderse la función y dar comienzo el baile.

Finalmente cabe mencionar a los bailes de máscaras que se organizaban en el teatro Politeama, de Juan y Luis Terroza ubicado en la esquina de San Jerónimo y 1ra. Junta (después, cine Doré). En estas reuniones sus asistentes, de común terminaban en la comisaría, por embriaguez o por riña (desde 1887 en adelante)

Las comparsas

Uno de los aspectos más pintorescos de los carnavales fueron las comparsas que, años tras años, desfilaron por las calles de Santa Fe, poniendo su cuota de buen humor y bullicio.

Quizás la primera que se conoce es la llamada Alegría, presidida por Nicolás Fontes e integrada, entre otros, por Bartolomé Aldao, Juan Arzeno, José Gálvez, Celestino Rosas, Francisco B. Clucellas y Leoonidas Anadón. En ese mismo año, nace también una comparsa titulada La Juventud, fundada por el coronel Ricardo Basso, dirigiendo la orquesta el maestro Vicente Geannot. Estaba integrada por Ricardo Aldao, Néstor de Iriondo, Alejandro Videla y Dalmiro Videla, Agustín Aragón, Sebastián Puig, y Filadelfio y Cayetano Echagüe, por citar algunos, ya que las listas son largas.

Durante varios años época de revoluciones y agitaciones políticas las comparsas no asisten a los corsos, pues se controla el orden y se teme el encuentro armado o el alboroto callejero, especialmente entre los integrantes del Partido la Conciliación, liderado por don Nicanor Oroño y en donde militaban Luciano Leiva, Estanislao López, Francisco, Ventura, Ygnacio y Demetrio Iturraspe, Ramón Candioti, Nicanor Molinas y don Ignacio Crespo, candidato a gobernador para las elecciones de 1878, y por supuesto centenares de ciudadanos más. En el banco opuesto se movían los hombres que respondían al Dr. Simón de Iriondo y que se agrupaban en el Club del Pueblo, máxima expresión del "autonomismo" en nuestra provincia.

Pasada la revolución de abril del ` 78, y calmados los ánimos, surge a fin de ese año la comparsa La Fraternal que trata unir aunque más no fuera en Carnaval a los bandos en pugna. Presidieron este grupo Francisco Clucellas y Juan G. Parma. Esta, como las otras comparsas eran la atracción central de los corsos, ya que medio Santa Fe participaba en ellas, unos, como músicos; otros, como poetas; los más, como máscaras; sin faltar los artistas que construían y decoraban los carros. Terminado el corso las comparsas recorrían las casas de gente amiga, entonando su repertorio, lo que obligaba a recibirlos y convidarlos ya sea con "agua fresca de aljibe con panales blancos, con licor de rosas o con una rica cerveza, importada de Alemania".

Los jóvenes santafesinos con veleidades poéticas escribían los versos para las comparsas, distinguiéndose entre ellos, Ramón Lassaga, Horacio Rodríguez, Luis Martínez Marcos y Genaro Doldán, por mencionar algunos. Y entre los músicos, compositores de hermosas habaneras, mazurcas, valses o himnos alusivos, se destacaban don Francisco Parreño, D. Gaspar Vicente Geannot, D. Alfredo Arija, Enrique Spreáfico y don Zelindo Palamedi.

En ese mismo año 1878 los "jóvenes del norte" formaron la comparsa La Marina, bajo la presidencia de Francisco Zuviría. En la orquesta, dirigida por el maestro Jose Andreotti, se destacaban Juan P. Beleno y Pascual Bruniard con sus violines.

En 1880 nace la comparsa Los Locos, precursores de los llamados más tarde "mamarrachos", pues vestían con ropas harapientas y sus instrumentos eran latas y tarros, con los cuales atormentaban a los vecinos. Cuando veían una puerta abierta, entraban a esa casa con ollas y sartenes, revolvían todo, cantaban desaforadamente, y se despedían, no sin antes dar unos buenos vejigazos a los moradores. Desde las azoteas los vecinos les contestaban con cascotes, huevos de gallinas, y a veces de avestruz, duraznos y otros objetos contundentes.

Entre la larga nómina de comparsas podemos citar a Los Negros, fundada en 1883 por don Pedro San Martín; a Los Monos, del mismo año, cuyos integrantes vestían imitando a los orangutanes; a Los Artesanos, dirigidos por Emilio Lamothe (1883); a Los Murmuradores, destacados en el "alacraneo" y la farra; v a la comparsa de Los Seis, formada por José María Iriondo, Conrado Porta (h) y Guillermo Cullen, los cuales, paseaban en el corso montados en tres burros; de ahí, los "seis".

También queremos recordar a La Juventud Santafesina, fundada por Enrique Gaydou, formada en su mayoría por estudiantes; a Los Guitarreros, cuyos componentes tenían que saber tocar la guitarra; a Los Luises (1892); Los Trece (1890); La Tuna (1892); Los Hijos de la Noche (1893); Marinos en Tierra (1893); Los Descamisados (1894); Los Invencibles (1896); Juventud Santafesina (1896); Los Artesanos del Sud (1896) y la comparsa de la Sociedad Recreativa Musical, titulada Obreros, cuyo objeto principal era presentarse todos los años en los corsos.

Entrado el siglo, aparece la comparsa Los Negros del Sur y más tarde la de Los Negros Santafesinos. Miguel Angel Correa (Mateo Booz) en el prefacio de su libro El Tropel, dedica estas palabras al Negro Arigós, tradicional presidente de esta comparsa que, sin lugar a dudas integra el cosmos mitológico de nuestra historia popular. "Ningún nombre como el suyo --le dice para decoro de un libro elaborado íntegramente --tapa y contenido con pensamiento y herramientas de Santa Fe de la Vera Cruz. He procurado en El Tropel el abigarramiento de sones y tonos que descubrí entre luces de talcos y espejuelos, a sus negros santafesinos. Sus negros desfilaban por las calles de la ciudad nativa, en un morado atardecer, bajo el pendón ilustrado con la gloria de innúmeros carnavales y el medallerío de triunfos insignes. Cabalgaba usted las piernas destartaladas-- un petiso peludo y macilento y lo circuía una cohorte de diablillos desbaratados por los danzones salvajes. Y la comparsa, al ritmo de guitarras, masacallas y candombes, coreaba sus loas de homenaje al viejo paladín, erguido en la silla con el empaque orgulloso y taciturno de un monarca etíope".

A pesar de pertenecer a la pequeña historia, nuestro carnaval tuvo un no sé qué que todavía perdura y nos atrapa. Es que esa diminuta sociedad santafesina, ingenua y pacata tuvo sus encantos, difíciles de olvidar. Cómo echar al olvido aquellos corps bulliciosos aunque bullangueros, con sus guirnaldas de flores y sus faroles a kerosene; esos carromatos plenos de colorinches, esos bailes de la high society o los de "a media luz" en la plazoleta de las Ondinas; esas tremendas batallas de agua a puro vejigazo; esos Judas quemados, presidiendo la ceremonia del "entierro del Carnaval", con sus panzas plenas de cohetería esas orquestas de la legua musicalizando el aire y la noche con sus violines y sus flautas; esos tranvías a caballo, coronados de máscaras, que no pagaban el boleto; esos aguateros llevando en sus carritos de dos ruedas agua del Quillá para venderla a las patotas (a dos reales el barril); aquellas criollas vendiendo sus pasteles y sus panales; esos viejos mateos arrastrándose penosamente por el arenal: los fuegos artificiales, los farolitos chinescos, los saltimbanquis y cachidiablos, y toda esa runfla vocinglera y policroma que convertían como por arte de magia a una pequeña ciudad de provincia en una urbe feérica y alucinante. Milagro que sólo duraba tres días, los que marca el almanaque; porque después, después que pasaba el fugaz momento, la ciudad y sus seres volvían a lo de siempre, a esa fatiga de recorrer los mismos sitios, casi sin objetivos, con un destino aparente, como si la vida terminara todos los días al final de la calle. Sólo quedaba al pobre vecino el consuelo de saber que después de 365 días más volvería a renacer de nuevo la ciudad.

José Rafael López Rosas


Cfr. Coluccio Félix. "Fiestas populares y tradicionales de la República Argentina" (Bs. Aires, 1972).
Paredes Clementino. "Los carnavales de la vieja Santa Fe", (S. Fe, 1940).
Pérez Martín José. "Latitud sur 31°" (S. Fe, 1975).
Zapata Gollán A. "El Carnaval en Santa Fe" (1966).

Fuente:
http://www.patrimoniosf.gov.ar/ver/0-502/

miércoles, 14 de julio de 2010

Contribución de Enrique Molina

Me permito aportar algunos datos para entender los motivos que impulsan a Juan Manuel de Rosas a prohibir el carnaval. A continuación, extractos de: Kartun, Mauricio – Escritos 1975-2005 – Primera Edición – Buenos Aires, Colihue, 2006. (Colección Colihue Teatro dirigida por Jorge Adrián Dubatti)

“Con Rosas en el gobierno surgen arrasadoras las corrientes culturales del gaucho y del negro… El Restaurador empuja una política en la que el negro y el gaucho juegan un papel predominante”


“La copla del carnaval se tiñe de rojo punzó: “El es negro bosalona/ pelo neglo fedelá/ y agradecido a la patlia/ que le dio la libertá./ Esi neglo cada noche/ sueña con Don Juan Manuel/ y luego de mañanita/ ota vesi hablando de él” (G. A. Terrera: Cantos tradicionales argentinos)”

“El 22 de febrero de 1844 Rosas prohíbe por decreto el carnaval: once navíos franceses e ingleses penetran el Paraná, tratando de abrirse paso hacia el norte, Obligado ya es una amenaza que pesa sobre los federales.”

La medida responde a una necesidad de limitar el accionar de los unitarios aliados de la escuadra anglo-francesa, que bloquea el puerto de Buenos Aires, y que aprovechando la fiesta popular multitudinaria pudieran producir actos de violencia interna que favorecieran la agresión imperial.

miércoles, 31 de marzo de 2010

miremos otro aspecto

aca les comparto algo que escribi hace mucho y que sigo escribiendo que es una forma de seguir pensando..es algo sobre el cuerpo..porque convengamos que en el carnaval es el cuerpo el protagonista....
luego me gustaria conocer que les a parecido...cariños ..latorda

"A veces el cuerpo se nos presenta implacable ante nosotros y nos pide respuestas. Ese cuerpo que nos permite ser, a la vez nos urge con sus necesidades.
No siempre podemos responder a lo que él desea.
A veces, actuamos como si la dimensión corporal fuera ajena a nosotros mismos. Es el momento en que nuestra mente, nuestra psiquis domina el ámbito de lo corpóreo y dirige los deseos. Este momento puede ser alternante, efímero, medido o continuo. Nuestro cuerpo entonces aprenderá a subordinarse automáticamente, o podrá encontrar escapes a través de actos de rebeldía o elegirá la opción de aparente adecuación, soportando la tensión del no poder manifestarse.
Pero es él, quien dice qué somos.
Y sin embargo, se es a partir de su dominación, por lo menos en esta sociedad en la me encuentro.
Tal vez en este proceso de adecuación de lo corporal a lo aceptado por nuestro entorno, radique la posibilidad de vivir en plenitud o a medias.
El manejo entre lo que nuestro cuerpo nos pide y lo que nosotros definimos como posible, filtrado por lo aprendido, lo exigido por nuestro medio y lo aceptado como conducta para nosotros mismos es complejo.
¿Lo fue siempre? ¿Lo es para todos?
¿Cada modelo cultural propone una relación mente cuerpo particular?
Muchas veces la forma de expresar lo que sentimos o necesitamos a través de lo gestual corporal, califica a esa persona y la ubica en diferentes status, prefijado por otros, pero que pone en evidencia lo esperable vs. lo no permitido.
Una carcajada a destajo, un tono de voz alto o sumamente bajo, la forma de balancear los brazos al caminar, la forma de cruzar o no las piernas al sentarnos, la forma de estornudar o de bostezar, es decir todo aquello que manifiesta lo que nos pasa y como nos pasa, está determinado por un modo y un tiempo que nos definirá como correctos o incorrectos.
Si salimos de lo gestual puramente postural, y tratamos de adentrarnos en otras instancias del cuerpo, también encontraremos situaciones similares y no deja de ser llamativo como el grado de disfrute de comer por ejemplo o de reaccionar frente a una película muchas veces se acota según los límites que le imponemos a nuestra posibilidad de expresarnos.
El comer con las manos parecería como mas disfrutable que comer con los cubiertos, reír o llorar a destajos, abiertamente, sin vergüenza aparece como más intenso que contenerse y moderar la respuesta. Sin embargo no siempre o no todos se animan a hacerlo.
El cuerpo limitado, domesticado, acotado parecería sinónimo de refinación y de sectores inteligentes, sin embargo nos condena a vivir a medias. ¿Es eso inteligente?
Esta dicotomía nos pone frente a una falacia: elegir entre educación o pasión.
Esta falsa opción, ubica a las personas en veredas opuestas y nos muestra como diferentes.
Esta brecha calificatoria condiciona nuestro accionar, y en un intento por ser aceptado en algunos ambientes nos exigen que subordinemos lo corporal a los códigos establecidos en esos círculos.
El soltar el cuerpo aparece como temido.
Un hombre o una mujer que es capaz de bailar desenfrenadamente, soltarse el pelo, descalzarse, sacarse la corbata o desabrocharse atrevidamente una blusa, asustan.
Asustan.
Asustan, porque si pueden hacer eso con el cuerpo, cuantas cosas más podrían hacer con sus pensamientos, sus sentimientos, su obrar.
La dimensión cuerpo, concreta, palpable, presagia entonces una manera de ser, una determinada forma de pensar, un anticipo del obrar.
Las personas en un intento de salvarse dentro la sociedad en que viven, aprenden desde muy pequeños a mostrar aquello que saben que les procura tierra segura para su andar en el medio, señalado para ellos.
Al ir creciendo, la vida, el destino, los ubica frente a diferentes opciones, y en cada decisión podrían modificar lo aprendido y ofrecido, sin embargo esto a veces presupone renunciar a los privilegios que vienen acoplados a esta programación familiar y social. Por lo que inician el proceso de olvido. Y se sienten seguros aceptando la propuesta.
Otros deciden mantener lo corporal a modo de máscara que tranquiliza, mientras la mente: las ideas, las convicciones, los valores inician un viraje hacia otros territorios. El corazón, con sus opciones se suma a este proceso y de a poco los individuos van sintiendo como el cuerpo ajusta, oprime, limita. Y se ponen en marcha diversos mecanismos para ayudar al cuerpo a acotarse. Pese al grito interior de liberación.
Son pocos los que realizan el verdadero salto, aflojando el cuerpo y permitiendo que se exprese fielmente el interior, disfrutando de las emociones sin barreras, permitiendo escucharlo, siendo capaces de
Arriesgarnos a sensaciones corporales diferentes…. Parecería que el ser respetable, en esta cultura, trae como añadidura que el cuerpo no esté en juego.
Las personas avanzan más fácilmente en el campo de las ideas….en el campo de la dialéctica….y hasta en algunas formas de darse a conocer….con opiniones jóvenes, actualizadas, impertinentes, inesperadas, provocativas, que hasta descolocan a los interlocutores, y presuponen cierta decisión de promover la libertad interior, de permitirse cuestionar a los propios principios, de fractura con lo establecido, de avanzar hacia territorios alternativos, de internarse con lo diferente, con lo marginal, con lo excluido.
Sin embargo, son pocos los que se animan al salto más importante. Ese que permite no decir con lenguaje escrito u oral, sino con el corporal. Ese lenguaje que naturalmente comunica el murguero/a, ese lenguaje temido, ese que sorprende y hasta algunos asusta. Esa manera desenfrenada de decir acá estoy.
La sociedad dominante recompensa a los cuerpos neutros. Y aborrece los que son liberados por eso de alguna manera establece mecanismos para contribuir a evitar el desborde.
No opera sobre lo que se siente: sabe que existen las turbulencias pero espera que se reacomoden permitiendo solo sensaciones de sereno placer. En la sabiduría del opresor, se sabe que el cuerpo que “dice” y por eso debe ser acotado.
La murga subvierte también esta dimensión y no es tolerable ese desenfreno expresado en disfraces, gestos, baile, risas, burlas, sudor, olor, que porta lo murgueril.
Y asimismo, todos los y las murgueras, conscientes o no de esto, apasionadamente disfrutan de esa sensación incomparable que es sentir el propio cuerpo libre, permitiéndole que se diga a si mismo."
Del Libro : Mueva!!!- Maria Graciela Zavala